miércoles, 14 de febrero de 2018

poema para cuando mamá me descubra haciendo el hara-kiri.



podemos ir borrando la sorpresa de nuestras caras
y que las agujas del reloj reanuden su giro
y que las paredes detengan su colapso
y que los nervios no se declaren la guerra todavía,
antes quiero ponerle palabras a este silencio
que se derrama por toda la habitación
enrojeciéndonos las mejillas
y haciéndonos mierda de a poco,
los dos sabíamos que iba a volver a pasar,
sabíamos de lo quebradiza que se torna mi voluntad
ante ciertos descuidos intencionalmente buscados,
sabíamos de lo tentadora que se pone la soledad
cuando de tragar veneno se trata,
sabíamos de tu engañosa confianza ciega
que me espía por debajo de la venda
cuando le doy la espalda
y mi espalda es lo único que ves últimamente,
la espalda del que siempre se anda escapando,
la espada del que cierra los días a portazos,
la espalda del que se aleja prometiendo volver,
la espalda del que amanece desmayado entre tus malvones,
la espalda del que se enerva cuando le susurras un buen día,
la espalda que tus manos ya no pueden tocar sin miedo,
la espalda que es vaina de cuántos facones,
la espalda del cobarde que vendió sus alas
la espalda que carga el peso de la vergüenza
como una mochila de elefantes borrachos
a través de laberínticas ciudades de cristal,
la espalda que tu mirada acompaña hacia el cementerio,
la espalda del que se sumerge en el ocaso del raciocinio,
la espalda del que ya no puede mirarte a los ojos,
la espalda de un extraño al que llamabas hijo
y que lleva tu nombre bordado en su pecho,
repartamos un poco la culpa, ma
hagámosla miti y miti,
vos no sabés lo difícil que fue llegar hasta acá,
sostener esta ficción del desertor que vuelve sobre sus pasos,
del trastornado que despierta una mañana y dice voy a amar la vida,
del suicida arrepentido que baja de la horca y se da otra oportunidad,
lo tuyo es tan simple como zambullirte en la marejada de gente y chau,
de nuevo me quedé escuchando tus pasos llevándose la calma,
de nuevo cada intento de acallar la ansiedad parecía amplificarla
de nuevo las paredes se desmoronaban y la piel me asfixiaba,
de nuevo conté los minutos después que saliste de casa,
de nuevo creí que podía hacerlo y no traer consecuencias,
de nuevo la puerta se abrió en un momento inoportuno,
de nuevo los dos sintiéndonos engañados,
y sé que pedirte perdón no cambia nada
y que ya es muy tarde para lo que sea
fuera de una última voluntad:
prometéme que te vas olvidar de haberme visto así
-tropezado, caído, decidido a no levantarme más,
amortajado de lagrimas y diáfanas luces-,
y abrazáme con el mismo amor que le diste a mi llegada,
abrazáme ahora que estoy hecho de dolor
y no de los miedos ni de las burlas ni de los rechazos
que me alimentaron y me tuvieron con hambre
todos, TODOS, estos años.

lunes, 29 de enero de 2018

confesión.



esta rechoncha bestezuela que soy
tan perpetuamente hambrienta
tan perpetuamente enviciada
tan perpetuamente vacía
se confiesa:
la oportunidad me hizo ladrón
y el robo un monstruo feliz,
me aproveché de aquello
que el azar sirvió delante de mí
y lo arrebaté, harto ya de soñarlo.

fui presa del pánico hasta dar el primer paso,
fui un alma perdida después,
un falopero abrazado a un caballito blanco de madera
girando para siempre en una calesita de pesadilla,
fantaseando con un galope raudo hacia los horizontes
cuando no hacía más que encerrarme,
cuando no hacía más que hundirme,
en su espiralada prisión,
cambiar un vicio por otro
es lo más cerca que estuve de sentirme libre.

hubo un instante de duda al principio,
un pequeñísimo lapso de forcejeo
entre la vergüenza y la consideración,
un segundo contemplando el desvío,
una hora proyectando el fracaso,
una vida fabricando pretextos,
prevaleció el impulso
y entonces decidí que esa noche cambiaría mi destino:
manoteé un par de medias que habías dejado
hechas un bollo al lado de tus zapatillas
y me las metí en el bolsillo de la campera
rogándole a mi buena estrella
que no descubrieras su falta cuando volvieras
de la cocina trayendo la pava, el mate y unas galletitas.

mirá si te dabas cuenta apenas entrar en la pieza,
mirá si me decías: che, no viste un par de medias que dejé acá
mirá si te ponías a buscarlas debajo de la cama-en el ropero-en mis bolsillos,
mirá si te determinabas -re pesada- a encontrarlas o encontrarlas,
mirá si justo mirabas el bulto criminal que formaban donde las metí,
mirá si preguntabas - entre sorprendida y horrorizada- qué era eso,
mirá si tenía que mirarte a la cara y explicártelo,
mirá si "mirá, no sé cómo decirte esto pero...pero...pero..."
pero por suerte volviste y no te fijaste que faltaban,
tomaste asiento en la cama, cebaste uno y dijiste:
"guarda, que está caliente"
y todo fue risa y cháchara y confianza entre dos amigos.

mirá si yo iba a tener el coraje de robarte un beso
cuando podía robarte las medias,
meterme una entre los dientes,
la otra entre las piernas
y vivir una fantasía distinta cada día
durante cien días

y qué son cien días, quinientos o mil
en una espera que nunca termina.



jueves, 25 de enero de 2018

otro verano de persianas bajas.



este verano me lo paso enajenado,
encalleciéndome rabiosamente los pulgares,
sudando bajo techo-a puertas cerradas-en la negrura,
apenas iluminado por la pantalla de tres pulgadas,
buscando la manera de romper esa ventana
que ayer tapiada, hoy se vuelve a abrir,
que no conoce de recato,
que se auto-gobierna,
que me sujeta
con la misma tenacidad que sujetábamos al fuego,
mordíamos la hambrienta carne, apretujábamos el vacío,
chupábamos hasta saciarnos de la sed del otro
y le vendíamos nuestra carencia,
transgrediendo los siete pecados capitales a la vez,
dos cuerpos arremolinándose entre el placer y la culpa
como formaciones ferroviarias desbocadas a punto de colisionar,
clavaste el freno de mano-me pediste: "esperá un minuto"
esperé-el minuto no fue tal-sino que fue menos
lo sé porque conté los segundos, yo cuento todo,
aburro y aburro a las personas con mis historias,
la charlatanería es el ineficiente método
del que me valgo para agradar
seguro de que el silencio repele instantes
como el que tuvimos cuando volviste,
me agarraste de la mano y atravesamos el pasillo a oscuras,
"esta es la pieza, creo que ya la conoces" dijiste
mientras descorrías la persiana
y la soga circulando en la polea
y la velocidad con que se deslizaba entres tus dedos
y el clack de la madera al caer
calentaban
y el tierno empujoncito que me diste
y los resortes del somier que compró papá
y el frufrú del cubrecama almidonado bajo nuestro rodar
y cierres y botones y respiraciones disparándose
calentaban
y afuera los autos en la avenida
y la copiosa lluvia
y los deditos de los pies envueltos en nylon negro
introduciéndose lenta y exasperadamente en mi boca
(recordándome a James Stewart
curioseando a través de la cortina veneciana
para descubrir aquello que le costaría la vida)
y el tintineo de las alhajas
y el flash de la luz de la cocina
reflejándose en el cristal de las gafas
calentaban
y trabajosamente gustosa fue la llegada,
el volcánico néctar de la vida
salpicando mi panza y las paredes,
almohadones tejidos a mano por ascendencias septuagenarias,
un blíster de Valeriana en la mesita de luz,
la compacta y apestosa molienda de cannabis,
los apuntes de materias abandonadas el cuatrimestre pasado,
los lentes y la sonrisa picara y satisfecha,
bendiciéndolo todo entre los gemidos de mi agonía.

cuando me quedé solo en la cama
escuché que los de arriba
empezaban a coger
y eso me volvió a calentar
y recordándolo ahora es posible avivar algunas cenizas,
lo cierto es que nadie sospecha de mi estrategia,
de si este poema reabre o cierra definitivamente la ventana
y eso lo tomo como un halago.