jueves, 27 de diciembre de 2012

canción que habla de lluvia.



            Ernesto río con ganas pero, en su fuero interno, la cosa no le había hecho ninguna gracia. Lo que Atilio acababa de contar le había descorrido la púa del tocadiscos de un modo abrupto, despiadado. Permaneció callado por espacio de un minuto, con la latita de Quilmes entibiándose en sus manos, contemplando la lluvia que formaba una tenue pantalla brumosa sobre la arboleda de pinos que se alzaba en el patio trasero de la casa. Dio un trago y se la pasó a Atilio, a la vez que preguntaba en un tono que fingía desinterés:
           
            - ¿Vos sabes de quién es, Tilio?
           
           -¿Qué cosa?- contestó Atilio algo distraído, mientras se tanteaba los bolsillos de la camisa y del jeans.
           
            -¿Quién fue, quién la dejó embarazada?
           
            -¡Ah! No, no sé, ni idea. Pudo ser cualquiera, tratándose de ella uno no puede saberlo. Vos sabes como es- dijo Atilio. Luego echo un buen trago de cerveza, se la pasó a Ernesto y encendió un cigarrillo.
           
            -¿De cuántos meses está?- insistió Ernesto.
           
            -¿Cómo puedo saberlo, Erno, qué preguntas haces?

            Ernesto asintió y se rascó la barbilla. Luego se reclinó sobre su asiento y se sumió en sus pensamientos. Así que Guadalupe está embarazada, pensó, era difícil de creer, difícil de aceptar y, a la vez, nada podía hacerse al respecto. Lo hecho, hecho estaba. Pero, debía de haber una equivocación, tenía que tratarse de una gravísima equivocación, podía ser sólo un rumor malintencionado, un invento. En el pueblo se decía cada cosa, cada cuento, se dijo para consolarse. Entonces, recordó que tres días atrás se había cruzado a Guadalupe en la puerta de la panadería y que la había notado un poco hinchada. ¿O sólo era su imaginación? Tuvo ganas de salir corriendo bajo la lluvia hasta la casa de la muchacha pero lo único que pudo hacer fue seguir allí sentado, tomando cerveza, viendo caer el aguacero, aullando para sus adentros.

            La tormenta se había anunciado con varios días de anticipación. En el amanecer nublado del lunes, en las altas temperaturas y los elevados porcentajes de humedad que se registraron durante la semana -alcanzando elevados picos de 30 grados centígrados la tarde del jueves- todo señalaba que tendrían lluvia para el viernes. Y, efectivamente y ya desde el mediodía, una cortina de agua cubría toda la población de Berizzio, desde las dársenas del puerto frente al río Del Plata hasta las plantaciones de uva y de ciruelas de Los Talas. Allí, cerca de unas las canteras linderas a la terminal de colectivos de la línea Unión S.A., se encontraba la casa donde Atilio vivía junto a su madre, doña Clara. En primavera, este tipo de lluvias duran semanas enteras y ésta recién habían comenzado. Aquel viernes por la tarde, los dos amigos no tenían mayor plan fuera de sentarse a conversar, beber unas cervezas y ver la lluvia desfilar. El patio de la casa era ideal para realizar este tipo de planes. El alero de chapa repiqueteaba sonoramente bajo el temporal; las plantas de doña Clara parecían alegrarse con la caída de agua y arrojaban su perfume fresco para celebrarlo. El fondo de la casa se perdía en un bosque de pinos que se extendía hasta chocar con la cantera, frente a la ruta provincial 15. El paisaje brindaba todo el encanto necesario que ambos requerían para pasárselo a lo grande, era de las pocas ventajas que les ofrecía vivir en las afueras del poblado. Un paquete de seis cervezas heladas y las sillas reposeras completaban la formula para que los muchachitos se sintieran a sus anchas aquella tarde.

            Un mosquito picó en la nuca a Ernesto y lo trajo de vuelta a la realidad. Aunque no era un secreto para Atilio lo de él y Guadalupe, sentía curiosidad al respecto de su embarazo pero no quería sonar demasiado sentimental, prefería no delatarse frente a su amigo, se trataba de una de esas cosas que había que sentirlas en carne propia para entenderlas. La lluvia parecía aumentar su caudal de bendición, Ernesto empezó a formularse las preguntas en su cabeza y buscó la forma de hacerlas para que no parecieran tan obvias. Mientras tanto, Atilio aguzaba el oído para escuchar a través del aguacero. Doña Clara podía llegar en cualquier momento y, de ser así, esconder la evidencia sería necesario para salvar sus pellejos muchachiles. Claro que el diluvio podía retener a doña Clara en la ciudad hasta altas horas de la noche, pero de ser así ella ya debería de haber telefoneado para avisar. ¿Se habrán cortado las redes telefónicas como se había cortado la luz? Era difícil saberlo. De todos modos, así era mejor para ellos, sólo les quedaba beber y esperar y pasar un buen rato. Cada uno, muy en el fondo, sabía que estarían haciendo lo mismo de no estar lloviendo, les daba igual.
            Tras unos minutos de abstracción, Ernesto creía haber encontrado las palabras justas para preguntar por el estado de Guadalupe sin delatar su posición, pensaba sacar a colación el partido de Estrellas del sábado anterior, de lo mal que había jugado el equipo y de las pocas probabilidades que tenían de ganar el campeonato, de como, pese a la derrota, Lucio Lunatti tenía importantes chances de ser descubierto por algún cazatalentos y de llegar a jugar en primera. Lucio, sí, Lucio, que era hermano de Lorenzo que, hasta donde él sabía, salía con Anahí, amiga o conocida de Guadalupe. En fin, poco importaba ya, de una u otra manera la charla los conduciría hasta donde él quería, estaba decidido a que así fuera. Cuando Ernesto ya se disponía a hablar, fue interrumpido por Atilio.
           
            -Esta se terminó, ¿Queres que traiga otra?

            -¿Otra qué?- preguntó Ernesto desconcertado.
           
            -Otra cerveza. Esta se terminó, ¿Queres que traiga otra, tomamos otra?
           
            -No, no. Creo que ya está bien. Tilio, ¿Escuchaste el partido del sábado pasado?- preguntó Ernesto, pero Atilio no lo escuchaba, su mirada perseguía la nada a través del aguacero, más allá de los pinos y del alambrado que separaba la propiedad de las otras casas de la zona.
           
            - La lluvia siempre me hace acordar de Amadeo. Cuando éramos chicos y mi vieja se quedaba en el colegio hasta que parara y yo y Amadeo nos quedábamos solos. Me acuerdo que un día de lluvia, así zarpada como esta, Amadeo me preparó una taza enorme de café con leche. Lo hizo sin que yo se lo pidiera y todo, fue como un buen gesto que tuvo para conmigo, para tranquilizarme, porque él sabía que a mi me gustaba el café con leche pero que mi vieja no me dejaba tomarlo porque decía que yo era chico para tomar café. ¡Hasta le rayó canela y todo!- exclamó Atilio, casi riendo. Ernesto, en silencio, lo contemplaba detenidamente.

            Amadeo era el hermano mayor de Atilio. El año pasado, en los días que transcurrían entre Navidad y Año nuevo, apareció muerto, ahorcado, colgado de un árbol con su propia bufanda. Los motivos del por qué permanecían secretos para todo el mundo, salvo para él. Atilio nunca hablaba de eso, nunca hablaba de cosas que le pasaban. Hasta ahora.
           
            -La lluvia, el café con leche, la canela, esas cosas me recuerdan a Amadeo. Los pinos de ahí, del fondo, también. Montones de veces, a la madrugada, lo veía fumando ahí a escondidas. Fumaba Camel. Se fumaba el último de la noche cuando volvía de la casa de Daniela. Yo lo espiaba por la ventana y él no se daba cuenta. El destello del cigarro lo delataba, el destello naranja y el humo también. Fumaba un rato, después lo apagaba y entraba en la casa. Yo me tapaba hasta las narices con la frazada y lo escuchaba entrar en la cocina, lo escuchaba atentamente, paso a paso: abría la heladera y se comía lo primero que encontraba. Mi vieja siempre le dejaba algún resto preparado, porque sabía que la lombriz siempre llegaba con hambre de la casa de Daniela. Después lo escuchaba entrar en el baño. Lo escuchaba levantar la tapa del inodoro, lo escuchaba toser y escupir adentro, tenía montones de esas manías que eran medio un asco. Después abría la canilla, meaba, se lavaba las manos y, a lo último, se cepillaba los dientes. Cuando entraba en la pieza yo me hacía el dormido para que no se diera cuenta de que lo había estado espiando. El no sabía que yo sabía que fumaba. A veces, si estaba de buen humor me sacudía y me preguntaba si le molestaba que pusiera música, en realidad me despertaba porque quería hablar, la música era una excusa, porque también pasaba que a veces llegaba y ponía el grabador bien bajito sin preguntarme nada. A veces yo le contestaba, pero la mayoría de las veces me hacía el dormido porque no tenía ganas de hablar con él, siempre me hablaba de Daniela y eso me aburría tremendamente. Me acuerdo que ponía mucho Creedence en el grabador, a mi me gustaba bastante, sobre todo por esa canción que hablaba de la lluvia, la que arranca con la guitarra limpia y después va subiendo, es hermosa esa canción.- los ojos de Atilio irradiaban una luz brumosa de amor sincero.

            Ernesto lo contemplaba en silencio. El también lo recordaba a diario y de sólo imaginar como debía sentirse Atilio se ponía cabizbajo.

            -Lo extraño, sabes, lo extraño un montón. Sé que mamá piensa que no, y que mis tías y mis primas piensan que no, pero es así. Yo lo extraño un montón. Jamás pensé que lo iba a extrañar, pero es así, Erno, lo extraño.
           
            -¡Claro que lo vas a extrañar! ¿Qué saben tus tías?

            -No saben nada, pero hablan mucho.

            - ¿No se llevaban muy bien entre ustedes no?- preguntó Ernesto.
           
            -En el último tiempo no. No se llevaba bien con nadie, andaba siempre enojado, siempre de mal humor. Era como que estaba y no estaba, su presencia, no sé como decirtelo, era fantasmagórica, casi invisible.- Atilio calló y se puso de pie, dio dos pasos hacia el borde del alero y se apoyo en uno de los parantes. La lluvia se había detenido y se escuchaban las últimas gotas desprendiéndose de los pinos del fondo. Ernesto se puso de pie y se acercó hasta Atilio.
           
            -¿Estás bien?- preguntó.
           
            -Si, si. No es nada, no te preocupes, es sólo que...
           
            -¿Es sólo que qué?
           
            -Me gustaría haber podido hablar con él.
           
            -Entiendo, te entiendo, Tilio, pero ya es muy tarde y pensando así no va a cambiar la historia. Ya está.
           
            -Si, si. Lo sé. Por eso te digo que no te preocupes. ¿Querés otra cerveza?
           
            Ernesto consultó su reloj antes de responder.
           
            -No, gracias, ya es tarde. Mejor me voy pateando hasta casa.
           
            -Bueno, está bien. Dale mis saludos a tus viejos.
           
            -Serán dados- dijo Ernesto y se alejó esquivando los charcos que pululaban en el fondo de la casa. Atilio vacío la espuma de las latas y entró en la casa. El sol descorría el telón de nubes y lanzaba su amorosa luz rosada sobre los techos de las casas, los árboles y la cantera. La tarde había terminado.

domingo, 23 de diciembre de 2012

de mi corazón, para los jovenes de esta nación.



Todo eso que se ha perdido parece más perdido aún. Aquí mismo, ahora, en el interior de esta sala con pisos de mármol donde me encuentro viviendo un instante de vida irreal, una parodia, una burla del destino.  

De a ratos, me llegan, como ráfagas de metralla, fragmentos entrecortados de conversaciones y llantos que se ahogan y se pierden bajo el ruido de los ómnibus que circulan fuera, por la avenida Montevideo, haciendo vibrar las paredes del salón. También hay quienes ríen. Supongo que estarán recordando los buenos tiempos. Tal vez sea esa la mejor manera de homenajearlo, de acompañarlo en el comienzo de su viaje a través del valle de las sombras. Pienso en el viejo pidiendo un brindis, obligando el fondo blanco, entonando canciones labradas sobre la marcha, para la ocasión, aplaudiendo por todo y por nada, arengando, pidiendo nueras, pidiendo nietos y más nietos, pidiendo y pidiendo y dando tanto, tantas risas y alegrías como le fuera posible, alimentándose de aplausos y ovaciones. Puedo verlo ahora, sentado a la cabecera de la mesa frente a un vaso lleno a medias de vino tinto, luciendo un sombrero de paja, con las manos cruzadas sobre su vientre prominente, con la piel roja y oscura castigada por la viruela, exhibiendo su sonrisa perfecta, coronado por un mondadientes que se pasea de aquí para allá dentro de su boca. Tan sólo siendo él.

Maldito viejo, desgraciado, te has ido sin avisar, sin dejar dicho a dónde ibas, con tanta prisa que no has sido capas de despedirte y ahora nos hemos quedado acá, privados de tu magia para siempre. No me parece justo, pero nada es justo en esta vida, sin importar que tanto te sometas a las reglas que rigen el buen comportamiento de los hombres, todo siempre se termina y, si ese algo es bueno, lo más probable es que se termine pronto. Así funciona la cosa.

Sentado frente al viejo, que descansa, que parece tan sereno, tan raramente callado, contemplo el desfile de los que asisten a despedirse y los convido con mis lágrimas. Tengo de sobra, hoy no las voy a echar en falta. ¿Existirá algo más duro para un hombre que ver llorar a su padre? Puedo citar de memoria las pocas veces que vi llorar al mío y tengo plena certeza de que cada ocasión fracturó los cimientos de mi estructura de un modo irreparable. Tengo la sensación de que aquí estamos perdiendo algo más que un padre, algo más que un marido o un hermano, algo más que un abuelo, tío o primo, algo más que un padrino, algo más que un amigo o un compadre, algo más que un compañero de trabajo o de equipo, algo más que un conocido del bar, mucho más, estamos perdiendo mucho más que eso. Tengo la sensación de que estamos perdiendo al genio generador de los grandes momentos, estamos perdiendo a uno de los últimos valientes capaz de poner en su lugar a cualquier desubicado que pudiera cometer un atropello en la cola del supermercado, en el colectivo o, incluso, hasta en el bar, estamos perdiendo 93kilos de hombría, de bravura ejemplar. Lo estamos perdiendo, lo hemos perdido, para siempre.

Lo escucho riendo, festejando la ilícita flor de espada que Manuel solía presentarle a Ignacio cuando jugaban al truco en el departamento de Mar de Ajó, cuando todavía veraneábamos en familia. Lo escucho roncando de un modo atronador por las noches, dejando las luces del pasillo encendidas y todas las puertas abiertas para lograr una mejor acústica. Lo escucho retando a los perros y a la tele. Lo escucho contando sus historias: cuidador de ovejas en Santiago, vendedor de diarios en Berisso, la conquista de Cristina, la ayuda cómplice de Graciela, el Swift, el Armour, la base y la propulsora. Lo escucho contando orgulloso como era ser pobre: andar descalzo, pasar hambre, divertirse con nada más que una pelota de trapo, el ser discriminado por ser un cabecita del barrio bajo y, aún así, luchar para ganarse el amor de una muchachita de alta alcurnia y lo mejor de esta historia era que tuvo éxito en su empresa y que trajo al mundo a cinco hijos y que todos fueron bautizados con uno de sus dos nombres, ese que no le daba vergüenza. Lo escucho durmiendo en compañía de los noticieros de medianoche y el boxeo. Lo escucho, todavía lo escucho latiendo adentro, muy dentro mío.

Lo veo llegando a Constitución en un oxidado vagón de tren proveniente desde el Estero de Santiago. Lo veo crecer hasta convertirse en mi padre. Lo veo leyendo el diario bajo el primer sol de la mañana, ayudándose con unas gafas gigantescas y ridículas. Lo veo estrujando entre sus brazos a Juanita y a León mientras pide que le digan que lo quieren mucho. Lo veo enrojecido, haciendo un asado con una remera del xeneixe atada en la cabeza. Lo veo apurando un cinzano en la barra del tiburón azul. Lo veo llegando una hora tarde para el almuerzo, cantando bajito, con la bolsa del pan bajo su brazo, aparentando que sólo se ha demorado unos minutos, preguntando cómo no lo esperamos para comer. Lo veo tomando mates en la puerta de casa, saludando a los vecinos y transeúntes, mientras el sol se va escondiendo quedamente entre las siluetas de las casitas del barrio Villa Zula. Ya nadie hace esas cosas, nadie mezcla tanta soltura y heroísmo y lo hace parecer tan sencillo. Lo veo, todavía lo veo, puedo verlo de un modo nítido, excesivamente vivido, fiel, tan real como un cuadro. Tan cercano y tan distante como la vez que me llevó a la playa un día de lluvia y sólo estábamos yo y él y el mar y la arena parda y el cielo gris cargado de rayos y de tormenta. 

Todavía estás acá, aún no te has ido y aunque me desespero y trato de no perder tus recuerdos sé qué voy a tener que dejarte ir. Me miento a mi mismo, me digo que aún no ha llegado el momento. Me pongo de pie y salgo de la sala. Camino hasta el patio lateral donde hay un banquito. Fuera hace frío y está calmo. Adentro quedan pocos, muchos se han ido a sus casas a dormir, a llorar sin ser vistos, a juntar nervio para enfrentar lo de mañana. Me siento en el banquito y trato de recapitular los escenarios, los personajes, los diálogos de mi padre. Todo es en vano. Como una mancha de tinta en el medio del océano, la marea lo está dispersando todo en mi imaginación, siento que casi no puedo recordarlo. Rompo a llorar, amargamente, en silencio. Quisiera que esto hubiera sucedido de otra manera, quisiera. Pienso en las palabras que me dijo Victorio: “ningún hombre supera la muerte de su padre”, pienso en ello hasta quedarme dormido y despierto para marchar en la procesión que acompaña los restos de mi señor padre hasta el cementerio de la ciudad.

Ahora, estoy en casa y todo ha quedado atrás, al menos en lo que a la dimensión del tiempo se refiere. El recuerdo de mi padre se sigue desintegrando en la marea, y pienso, de manera irremediable, pienso, si ¿Todavía quedan hombres así en la tierra? Yo sólo conocía a mi padre y ahora se ha ido, para siempre. Adiós.

domingo, 16 de diciembre de 2012

una manzana del deseo para la señorita Muñoz.



La señorita Muñoz entra en el aula, saluda a la clase y comienza con la lección del día. Nada la detiene, nadie la interrumpe con preguntas soeces. Sentaditos, calladitos, todos prestan atención.

No tiene chances de ganar un concurso de belleza, tampoco podría ser bailarina de caño,
no tiene un físico exuberante y hasta es probable que pase inadvertida frente a una obra en construcción.

Allá lejos y hace tiempo, en México y en Perú, Don Ernesto Laclau realizó un trabajo admirable con ella. Se sentiría orgulloso si pudiera escucharla disertando sobre historia de las ideas y los procesos políticos.

Aquel ferviente peregrinaje por Centroamérica ha dejado una huella interesante en su voz, un tono desarticulado y falto de identidad que se mezcla con la utilización de un lenguaje candido y encendido.

“Hegemonía”, “contra hegemonía”, “coyuntura”, “estado” y “democracia” salen apasionadamente de su boca y caen sobre nosotros como bolas salidas de un cañón teórico, cargadas de sentido social y político.

Cada tanto, emite un suspiro y toma aire para seguir con su clase y cada suspiro produce un terremoto en mis emociones y, luego, continúa, tratando de contagiar su entusiasmo en el alumnado enmudecido.

Todos la admiran como embobados. Algunos escuchan, otros anotan, pero nadie parece entender muy bien lo que dice. Algo los distrae. Una fuerza especial ejerce un control sobre los cuerpos de estos individuos.

Por mi parte, he asistido a catorce de las dieciséis clases que la señorita Muñoz ha dictado este semestre y debo admitir que -al margen de lo aprendido- nunca antes la había visto así, de esta manera, con estos ojos, que anhelan más de lo que podrían conseguir.

A diferencia de todas las clases anteriores, ha optado por un suntuoso vestido negro que le da un toque distinguido, muy elegante. Se ha vestido así para la audiencia, para nosotros, ¿Para quién más sino?

El vestido, negro como el carbón y sin mangas, contrasta a la perfección con su piel tostada bajo el sol de Centroamérica y produce un efecto napalm en las mentes más débiles.

Esta excelentísima pieza de arte que viste, le queda muy ceñida en la cintura y posee un tableteado laberíntico en la falda, de la cual se escapan dos rodillas simétricamente perfectas.

Puras e incorruptibles, esas rodillas no son como otras rodillas que he visto. Esas rodillas son rodillas únicas. Ni una sola marca, ni un solo manchón, nada de raspones. Nada de nada de nada que sea feo.

Su piernas, delgadas, huesudas, concluyen en un par de zapatos de charol marrón que quieren hacer juego con tres brazaletes que lleva en el brazo izquierdo, muy cerca del codo.

Noto que durante las dos horas y media que dura la clase sostiene su brazo rígido, muy rígido, formando un ángulo de noventa grados, para evitar el baile torpe de los brazaletes.

Hay un collar abrazando su cuello. Se trata de un collar de cuentas nacaradas con perlas de fantasía. De a ratos, su mano derecha asciende con delicadeza y sujeta el collar, arrastrándolo media vuelta en torno a su garganta cual montaña rusa desbordante de placer.

También lleva un par de gafas de aumento, que se quita cada tanto, cuando resopla y exclama con agobio “qué calor”. Y hay un lunar en su cachete derecho que invita a ser mordido.  Y hay un rodete descansando sobre su cabecita bullente de historicismo.

Yo debería estar tomando apuntes, o al menos debería estar escuchando lo que dice, más no puedo. Hay otra cosa -más fuerte- en el aire. No es el azote del calor de diciembre que me agobia y no es la famosa humedad asesina.

Tampoco son los bichos cascarudos que entran volando por la ventana. Los bichos que volaban cruzando el Bosque de noche, los que vieron luz y entraron por la ventana y fueron a estrellarse contra las sienes de la señorita Muñoz. Cabrones, afortunados, insectos.

La clase continua su marcha, pese al calor, pese a la humedad, pese a los insectos y pese a lo otro. El momento culmine llega cuando la señorita Muñoz se da vuelta para escribir algo en la pizarra, revelando su espalda desnuda y, debajo de ésta, el cierre de su vestido.

El cierre sube desde la cintura hasta la mitad de la espalda de la señorita Muñoz. El paisaje se me antoja como un sendero de sabores intensos, como un curso de agua dulce que recorre el valle formado por sus omoplatos y que esconde oro en sus profundidades.

Si pudiera, si tan sólo pudiera, llevármela, lejos de este lugar, para cuidarla, para protegerla y resguardarla de todas las manos y las miradas hambrientas. Nunca permitiría la caída de ese cierre. Cortaría las manos de todo aquel que osara intentarlo siquiera.

No dejaría que esas rodillas besarán el suelo jamás. No dejaría que se raspen ni que se lastimen. Y ese cabello, que encierra el secreto de siglos de historia en casa uno de sus vasos, ese cabello no sería pervertido por el deseo de los amantes sobresaltados.

Ser el guardián y único centinela de esa estampita sagrada que es la santa señotira Muñoz es todo a cuanto puedo yo aspirar. Acariciarla es una tontería. Sería lo mismo que batirse a golpes contras las olas del mar. No detendría nada, sólo estaría echando a perder una vista preciosa.




   

lunes, 3 de diciembre de 2012

los tiempos que corren se han vuelto inalcanzables.



Escuché atentamente a las generaciones más jóvenes
gritando a los cuatro vientos cuales eran sus necesidades
pero aquello que recibieron no era lo que buscaban
y en los días que continuaron, se rompieron sus corazones.

No escuché a mi generación, se quedaron todos callados
las muchachas sin habla, los muchachos avergonzados
ellas lloraban por nada y aunque ellos tenían motivos, el llanto se lo tragaron
y endurecieron sus corazones, en los días que continuaron.

Escuché a las generaciones anteriores, convidaronme su experiencia
me dijeron que entre nosotros sólo existían diferencias
que los tiempos habían cambiado y que ahora todo nada nos cuesta
y sus corazones se han apagado, están brillando por su ausencia.

y todos juntos vamos marchando hacia el ocaso de nuestras vidas
llevamos prisa por encontrarnos con esa pálida dama fría
y le damos la espalda a los más bellos atardeceres
y olvidamos en un descuido encender nuestros corazones.

viernes, 30 de noviembre de 2012

amplificado y distorsionado, pánico.



La lluvia de imágenes que irradiaba la pantalla se había vuelto monótona,
te dio la sensación de que ya era tarde para seguir despierto
o te pareció escuchar algún ruido fuera.

Apagaste la tele y con mucho, mucho esfuerzo te pusiste de pie,
tus rodillas crujieron como papel al hacerlo y un cosquilleo
te recorrió desde la nuca hasta los talones.

Todo era silencio en la casa. Podías escuchar la canilla goteando en el baño,
la respiración trabajosa de la vieja heladera Siemens
y un concierto de grillos en el patio.

Imaginaste a los grillos llegando de a uno hasta el patio, saludándose
quitándose la galera y haciéndose una respetuosa reverencia
y, tras una mirada cómplice, daban inicio al concierto.

Fue ahí, justo ahí, cuando realizaste un descubrimiento que no tenía nada de nuevo para vos
lo habías hecho tantas veces y tantas veces habías buscado la forma de desecharlo,
pero, no había forma de desecharlo, puesto que siempre volvía.

Estabas solo. Querías gritar. Nadie llamó, nadie escribió, nadie. Te viste solo para siempre.
Uno a uno, tus amigos iban encontrando compañía mientras vos te quedabas solo,
solo, para siempre.

No había forma de revertirlo esta noche, no habría forma de revertirlo mañana.
Muy lentamente, te fuiste a la pieza cobijando este único pensamiento:
“que nadie se atreva a quitarme este vacío, pues es todo lo que siempre he tenido”.

Conozco bien esos lugares
uno se acostumbra
después ya no quiere salir más
y esto es cosa de todos los días.

Todos
los
días.

lunes, 26 de noviembre de 2012

pudieron tenerlo todo.



¿Te imaginaste caminando sobre la espalda de mujeres bonitas?
Te viste, si, te viste, te viste pisando a todas las que un día te rechazaron
hundiendo tus pies sobre la carne de adolescentes histéricas
soñabas con este momento de dicha, el momento que marcaría tu progreso, el momento que marcaría su ruina.

¡Qué vulgar es el sendero que conduce hacia la gloria!
los quejidos y lamentos se despiertan a tus pasos
no son más que una mueca del ayer, una mueca indecorosa
ya no son nada más que abono para un mañana mejor, para un mañana soleado de risa y algarabía.

¡Parece que siempre es demasiado tarde para todo!
Pudieron tenerlo todo, ellas, de haberlo querido, pudieron haberlo tenido todo
atrás quedaron las horas frente al espejo: produciendo, arreglando, ensayando
recorrer ese suave torso con tus manos ya no es parte de la fantasía, se acabaron los sueños húmedos.

Las lecciones de vida,
las oportunidades,
los acertijos
se deshacen con la música de un arpa que anuncia:
la entrada en un mundo donde ya no importan sus perfumes.

jueves, 15 de noviembre de 2012

otra noche llorando en el armario.



Seguramente hay secretos mejores guardados que este que han dejado escapar esta noche,
reconozco que tampoco me preocupé por mantenerlo demasiado en secreto, no, ¿para qué?
no me avergüenzo de mi condición ni recojo lo que dicen en el barrio sobre gente como yo,
pasé largas horas, trémulo frente a la perspectiva, esperando el momento en que llegará hasta tus oídos.

Ese momento llegó y desencadenó nuestro desenlace, confirmando todas, hasta la última de tus sospechas,
no voy a pedirte perdón por lo que he hecho, esto es lo que elegí para mi y ya no quiero vivir una mentira;
con los labios pintados y los ojos morados me alejo esta noche de la casa que nunca pudo ser mi hogar,
ahora que todos saben quienes somos y cuál era nuestro secreto y se dan la panzada de su vida con mi historia.

Está en su cama, acostado, pero sé que él no puede dormir, pensando en la vergüenza, la vergüenza, la vergüenza
me dijo que hoy ha perdido un hijo para siempre, yo también tengo la sensación de una perdida profunda en mi interior
ya junté mis cosas y emprendo mi viaje, esperando nunca tener que volver a llamar a su puerta
no pude ser lo que querías, señor, no pude ser lo que yo quería tampoco, así está la cosa.

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿quién sabe?




Desperté sin saber si era noche o era día, con el cuerpo cansado y las manos vacías.
Descubrí que nada es como yo lo esperaba: anoche me acosté soñando que jamás despertaría.

La brújula que me diste la arrojé en el río, porque, quería ser yo el que decidiera el camino. Se me está haciendo tarde para inventarle un sentido y aunque estoy lejos de casa no me siento perdido.

Y si me escuchaste llorando te pido: no te asombres, soy un niño atrapado en el cuerpo de un hombre. Y si pensabas que era fuerte es que logré engañarte: soy sólo un niño atrapado en el cuerpo de un hombre.

todos mis aviones.



Todos mis aviones se fueron para el cielo,
cargados de ilusiones, entre nubes se perdieron.

Todos mis aviones cruzaron el océano,
las buenas intenciones siempre los condujeron.

Trazados en un mapa los destinos se hallaban,
pobrecitos, mis aviones, eran mi única esperanza,

Diferentes direcciones tomaron mis aviones,
rechazos y negativas recibieron por montones.

“Este no es un buen lugar para dejar sus aviones”
me decían desde el radio las voces de esos señores.

Tras unas horas de vuelo la desesperación se nota,
el combustible se agota y mis aviones se caen.

Y se hunden y se estrellan en el agua y en la tierra,
pobrecitos, mis aviones, de ellos ya no queda huella.

Mi familia y mis amigos todavía no lo entienden
todos ellos me preguntan ¿qué es lo que pasa contigo?

Yo tuve un sueño y quise cumplirlo
lancé mis aviones y ahora los he perdido.

Para siempre se han marchado, ahora nunca volverán
mis aviones, mi esperanza, descansen en paz.

jueves, 8 de noviembre de 2012

como la tierra.



como la mugre, como dios
está en todas partes
nunca falla
no se ha perdido ni un solo día de clases
no importa si llueve, si nieva, si truena
no importa
la muy perra siempre está
ojala no fuera tan fiel
ojala extravíe la llave y no pueda entrar
ojala me engañara con otro
pero no
ella sabe muy bien que soy yo al que quiere
y se aferra
con fuerzas
y no suelta
¡basta!
de maquillaje embarrado sobre un rostro joven y hermoso
de las noches en que la locura tiene mano ganadora
de cuerpos temblando a la luz del velador
de hambre y sed de alegría
de miedo
todo ya dejo de ser necesario
creo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

envidia.



Hoy las veo en el micro
recién saliditas del cole
vuelven a sus hogares:
jovencitas, apuestas y alborotadas,
emitiendo pequeños destellos de magia,
llevándose el mundo por delante,
son capaces de acabar con todo con tan sólo una mirada
y yo las observo, sin ser visto, desde el fondo lúgubre del autobús.

Trenzan sus cabellos
en grandes oleadas salvajes de un cabello negro como el carbón
que se ven fácilmente domesticadas entre sus manos;
nada me produce más placer que observarlas hacerlo,
y sus risas y sus faldas y sus medias azules,
todo el conjunto me conmueve
y ellas se miran mutuamente, sin decir una palabra
y se entienden y se ríen y hay algo que no veo
pero está, existe, es real, sólo que es invisible para algunos

Trato de dilucidar cómo hubiera sido tener chicas así de compañeras en el secundario
cómo se debe sentir esa risa bien de cerca
cómo se debe sentir un abrazo de esas chicas
cómo se debe sentir que te inviten a sus casas,
después del cole, a tomar un jugo y a mirarse durante un buen rato sin hablar.
Sería el mejor rato de mi vida

Ahora todo parece más sencillo
a nosotros nunca nos tocó algo así
eso explica muchas cosas
cómo de dónde venimos y hacia dónde vamos,
ahora.

domingo, 14 de octubre de 2012

no queremos ser encontrados.



No fui contemplado
para ser parte de nada
ni de los inmigrantes
ni de los provincianos
que festejaban con alegría
el orgullo de esta ciudad.

No fui contemplado,
no estaba en la lista
y de a poquito me fui alejando
hasta que me perdí de vista
caminando entre las sombras
engranado y siempre en contra.

Yo no salí campeón,
yo no me puse contento
veía pasar el desfile
pero no me dejaba llevar
 aquí hay algo que está mal,
¿cómo nadie lo percibe?

No te das cuenta, mi amigo
perdíamos el tiempo
pateando las persianas
buscando una salida
nuestros ojos no veían
más allá de la avenida.

El sol saldrá mañana
y la gente seguirá marchando
y ese desfile no se detiene
y nosotros, ¿dónde quedamos?
las noches que pasamos juntos
preguntándonos ¿hasta cuándo?

Han pasado los años
nosotros seguimos igual:
afuera de los planes,
tachados de la lista,
maldiciendo la suerte
que nos ha tocado.

En algún rincón oscuro
y solitario de la fiesta
 no nos busques allí,
porque allí estaremos
retorciendo las raíces
de nuestro árbol genealógico.

miércoles, 10 de octubre de 2012

la vida es justa.


Algunas personas nunca cambian
y otras personas siempre están inventando nuevas y sorprendentes formas de fallar
y mientras algunas y otras se encontraban en una plaza para conocerse un poco más
yo me quedaba relegado de la vida
desplazado una vez más
atrasado y a destiempo
a un costado de la vía
pensando que el tren se me había escapado
y que la próxima vez que lo viera venir
no sabría si subirme
o arrojarme frente a él.

sábado, 6 de octubre de 2012

yendo y viniendo en el bondi de la vida.



La  "semana de la salud dental” pone montones de estudiantes de odontología a circular por las calles
las jovencitas de blanco deambulan por los diagonales, se apostan en las esquinas, sueñan con llegar a ser
llevan sus uniformes, carteles con formato de muelas, mesas desplegables y valijas llenas de vaya uno a saber qué
ellas son el futuro de la nación, la viva imagen del amor por la camiseta, esfuerzo y dedicación al servicio de la humanidad.

Yo estaba -cuándo no?- volviendo a casa en el colectivo, sentado en uno de los últimos asientos, frente a la puerta de atrás
cada tanto volvía mi cabeza y veía a la gente que subía, todos ellos con sus caras de cansancio y movimientos bamboleantes
el 202 letra B, cartel rojo, volaba sobre el asfalto de la avenida uno rumbo a la intersección con la calle sesenta
frente a la facultad de odontología, dos muchachitas subieron con sus maletas y se sentaron en uno de los asientos de doble fila.

Hubo algo en el rostro de una de las dos muchachitas que me llamó poderosamente la atención
fue cosa de una fracción milésima de segundo, demasiado pronto para descubrir o recordar de qué se trataba
pero fue, fue poderoso y rápido y aniquilador, fue un ataque blitzkrieg sobre todos y cada uno de mis sentidos
y yo me pasé el resto del viaje mirándole la nuca, la espalda, el cuello y la larga, larga cabellera coronada por un rodete.

Trataba de descifrar, de descubrir en cuál rincón de mi mente se había escondido hábilmente en algún momento
no tuve éxito en mi tarea y cuando pasábamos por la calle guayaquil en la intersección de la avenida Montevideo lo descubrí
fue uno de esos momentos supremos de revelación que rayan lo bíblico, lo divino, lo fantástico, el bondi me acercaba otro milagro
en las cejas de la muchacha encontré lo que buscaba, mi revelación, sus cejas se arqueaban hacia arriba en una expresión gentil y bondadosa.

Era una santa y yo la conocía a esa santa, la conocía muy bien aunque nunca pude recibir de cerca el tacto de sus manos santas
cuarto grado B de la escuela Juan Bautista Alberdi de Berisso, clase de dos mil uno,
yo estaba en séptimo año y a punto de empezar la secundaria
pero recordaba a esa chica, a esa cara y a sus cejas que emanaban bondad y cariño y algo de tristeza también
pero ahora lucía distinta, cambiada, en algunos aspectos, no en los esenciales, no, pero si en lo que se muestra aparente.

A crecido bastante, ahora tiene la estatura de una amazona contemporánea y sus caderas y su torso se han deshinchado de un modo notable
tal parece que todo ese algo ha ido a parar a su busto y se ha concentrado ahí formando una base sólida de carne firme
su rostro se muestra tan agraciado como en aquellos días donde la espiaba en los recreos y la veía solita y objetivada de burlas
apuesto a que nadie se ríe de ella ahora, nadie le llamaría gorda, nadie rechazaría un beso de esta apuesta muchachita.

Pasó frente a mí y claro que no me reconoció y que nunca tuvo idea de quién era yo ni de dónde la conocía
quise prenderme de su rodete y acompañarla hasta donde ella quisiera llevarme, quise saludarla y presentarme
“hola, tal vez ni me recuerdes, pero yo te conozco desde antes que fueras lo que eres hoy”
pero qué estupidez, ella siempre fue lo que es hoy, sólo que había algo tapando nuestros ojos que nos impedía verlo.

Ahora ya es tarde para improvisar presentaciones y recordar los viejos buenos días en los anchos pasillos de la escuela dos
ella se está despidiendo de su amiga y está bajando por la puerta de atrás, dejando una estela de perfume que dice que no, no y no
saliendo de mi vida con el mismo apuro que entró, dejando todo hecho un desastre para siempre
en aquel momento desee más que nada en el mundo tener un martillo en mis manos
para destruir el espejo cruel que se paraba frente a mi
ante mi.

martes, 2 de octubre de 2012

una certeza.



Así es
nos creíamos tan especiales
únicos
y, sin embargo,
aquí estamos...

Encerrados en las habitaciones del miedo
bien quietecitos y calladitos
de pronto, ya no tenemos tanto para decir
de pronto, todas las bocas están cerradas y las manos abiertas esperan
y la pregunta gira como un pez inquieto en nuestras cabezas.

¿Cómo pasó?
Pero, ¿cómo pudo ser posible?
otra vez, ¿otra vez?
los mismos errores, las mismas personas
volvimos a equivocarnos y
de pronto, ya no nos creemos tan especiales en nada.

El niño chiquito
que monta berrinches
dejo la casa hecha un desastre
y ahora duerme la siesta
y nosotros tenemos que reparar los daños.

Sería más fácil si supiéramos por dónde empezar o a quién recurrir
a veces creo que todo esto no ha sido más que un error
desde el comienzo.

Nadie quiere acostumbrarse al silencio de la no compañía
nadie quiere acostumbrarse al encierro de todas las cosas.

Sería más fácil si esta sensación me dejara
ella es muy fiel y me confunde
y ese niño.

Cuando escuchaba a mis padres discutiendo decía “yo no”,
“nosotros no”,
nosotros somos especiales
lo nuestro es algo único
y, sin embargo,
aquí estamos...

Y es una tontería hacerse a uno mismo tantas preguntas
darle tantas vueltas al asunto, ¿para qué?
si está tan claro
está tan claro
tan
claro.

Tan claro como la primera estrella del firmamento
tan claro como el último árbol de navidad del mundo
tan claro como la luz de tu casa cuando volvés y es de noche
tan claro.

“Palos y astillas” decían,
“palos y astillas” reí,
pero el fruto no calló lejos del árbol
creció y se desarrolló al cuidado de su sombra protectora
y ahora está echando raices.

Y, si me decís que no lo viste
mejor agarras un cuchillo
y te sacas los ojos
porque no ha habido nunca nada más evidente.

Nunca
nada
más
cierto.

sábado, 29 de septiembre de 2012

siempre es tarde.



Allí estaban
las ranas
trepadas a los árboles
entre los juncos y las matas de pasto
agazapadas a orillas de la zanja
sumergidas en los charcos
cazando moscas
saltando
cantado
buscando pareja para copular
copulando
montadas las unas a las otras
con su corpacho verde y esas manchas negras
viscosas
de sangre fría.

Allí estaban
los tanques de la petroquímica,
los eucaliptos,
el campo de tiro,
los reflectores
acariciando el campo de juego desierto,
los refugios de la 202,
la línea de pinos raquíticos sobre la rambla,
algunos álamos
y la llama de los quemadores despedía volutas de fuego en el firmamento que simulaban un sol caprichoso.

Allí estaba yo
pedaleando,
de regreso a casa,
la historia de mi vida
¿Dormirás?
desde acá no alcanzo a ver la luz de tu ventana
pienso en desviarme y averiguarlo
me arrepiento
sigo
el sólo pensar que puedas estar acompañada me hace sentir enfermo
¿Quién será el afortunado hijo de puta que está contigo?
¿A quién le obsequiaste la gloría de verte dormir?
tu cabeza sumergida en esa laguna de pelo negro
los ojos felinos,
tan pacíficos
tan fuera de este mundo
imagino tus manos reposando sobre las mantas
tan inocente, tan correcta, tan dueña de todo lo que siempre quise para mí.

Estás tan lejos y tan cerca al mismo tiempo
podría acariciar tu cabello con tan sólo estirar mi mano
y mientras subo y bajo y esquivo los baches de la avenida
me pregunto
¿podré recuperar lo que nunca tuvimos?

sábado, 15 de septiembre de 2012

aquí y allá y en todas partes.



Están los tanques de agua, los cables eléctricos y las antenas de te-ve
están los techos de las casas, los faroles de la calle y algunos árboles
se recortan contra el cielo celeste hacia el fondo del horizonte
esta pequeña porción de paraíso suburbano me pertenece.

Están los grillos y están las ranas y están los sapos escondidos en algún sitio
están tocando su canción, poniendo a tono el crepúsculo del barrio
están los gritos y las puteadas de la cancha de fútbol cinco
y hay un avión disfrazado de estrella y ni una de ellas en el firmamento.

El sol se ha marchado, no sé a dónde está
está esta calma pasajera, chiquita, ficcional
está esta cerveza en mis manos, bajando por mi garganta, estacionándose en mi vientre
y está esta terraza desde donde miro el atardecer.

Están los mosquitos picándome las piernas
estás mis piernas cubiertas de tatuajes
rellenas de tornillos y con algunas cicatrices
y los mosquitos engordan con mi sangre posados sobre ellas.

Está este momento y quién sabe cuánto más pueda durar
mi corazón está inquieto
metido a la fuerza dentro de esta caja de carne y de huesos
apretando mis pulmones como si fueran gaitas escocesas, bombeando mala sangre sin parar.

En algún lugar de la ciudad está ella, también
no sé dónde ni con quién
pudo haberse marchado junto al sol
pudo haberse marchado para siempre.

No lo sé
pero su lugar parece a cada instante más distante.

viernes, 7 de septiembre de 2012

esto.



Nadie decía nada por temor a romper el encanto
ellos lo sabían, todos lo sabíamos, era hora de volver a casa
cada uno se marchaba rumbo a una casa distinta
¡qué manera extraña de ponerle fin a la velada!
salimos a la noche y nos despedimos en la entrada
había un camino diferente para cada uno de nosotros
la 162 norte, con sus charcos y su barro, me estaba esperando
y no había cosa más fiel que la sensación de vacío
que me acometía a la hora de volver a casa pedaleando.

En los charcos de agua sucia me miré como en un espejo
a la luz de los faroles que bailaban contra el viento
la cara fatigada, amoratada y sangrante
me pedía por favor el final de este combate.
no iba a parar, la vida nos tenía contra la cuerdas
la rutina, los guantazos nos mantenían a raya
no había tiempo para pensar una estrategia
sólo quedaba aguantar, aguantar y aguantar
pero, había, si, un poco de esperanza
en todo momento, en cualquier lugar podía sonar la campana
entonces podíamos retirarnos hacia nuestra esquina
la campana nos salvaría
nuestra esquina nos salvaría
los amigos esperaban allí, en la esquina
ellos eran la esquina en esta vida.

Después de tanta pelea tendríamos un respiro
y nos dejaríamos caer sobre el banquito de nuestra esquina
escupiríamos la sangre, las vísceras y los dientes
y recibiríamos el aliento necesario para continuar
rociábamos nuestro rostro con un poco de fe
y salíamos de nuevo al ring, a batallar
no íbamos a ganar, no teníamos chance
nadie ganaba en esta pelea
pero teníamos esto
y mientras tuviéramos esto
podíamos seguir en el combate
aguantando los golpes hasta que se acabara la suerte.

martes, 4 de septiembre de 2012

pies fríos sobre el marmol descalzo.



Hoy ya es muy tarde para intentar cualquier cosa, lo que sea, ya es muy tarde
lo único que queda por hacer es replegarme y cruzar el pasillo que conduce a la cama
como muchas otras noches de mi vida haré una escala en el baño
y como muchas otras noches de mi vida me detendré frente al espejo
y pasaré algunos minutos largos fascinado con lo que veo
con esa cabeza que está clavada en mi cuello
esa cabeza que me trae tantos problemas
esa cabeza que nunca descansa
nunca descansa
y no me deja en paz.

Voy a cortar esa cabeza, voy a tomar un cuchillo tramontina o la sierra de mi padre y lo haré
voy a cortar esa cabeza y luego me iré a acostar y voy a dormir y voy a soñar y voy a olvidarme de esa cabeza
y mañana cuando despierte y salga de la cama
y cruce el pasillo
y me meta en el baño
y me mire en el espejo
una nueva cabeza descansara sobre mis hombros.

Será una nueva cabeza
con una nueva boca
llena de dientes y una lengua
que sabrá cuando callarse y que dirá lo que haga falta cuando haga falta siempre que haga falta y en este mundo hace falta decir muchas cosas, eso yo lo sé
con un par de ojos nuevos
que verán el mundo y a las personas de otra manera
que verán la belleza de las cosas simples
ojos que no sienten miedo y que no ven con odio
ojos ciegos a la violencia de este mundo
un par de ojos nuevos que no se dejarán engañar por el brillo de la fantasía
un par de ojos nuevos que verán más allá de las apariencias engañosas
una nueva cabeza
con orejas nuevas
que escucharán con claridad y nitidez
y que no dejarán pasar más mentiras ni estupidez
orejas nuevas para escuchar aquello que nunca tuve tiempo de escuchar
y que quiero escuchar ahora: nuevas palabras que vuelven de la niñez
palabras que necesito escuchar para recuperar la fe extraviada.

Una cabeza nueva
eso es todo lo que necesito.

Buenas noches.

martes, 28 de agosto de 2012

insistencia.


Sonó el teléfono en el living. Fuera llovía copiosamente. Llovía copiosamente desde hacia tres días. Empezó a llover en la madrugada del viernes, siguió lloviendo todo el fin de semana y seguía lloviendo hoy, lunes. Atendí. Buscaban a Amadeo. La luz del pasillo entraba en la pieza a oscuras a través de la puerta entornada y caía sobre el cuerpo de Amadeo, que estaba tendido sobre la cama, como una fina guillotina amarilla. Entré en la pieza y lo llamé. Tuve la sensación al entrar de que Amadeo tenía los ojos abiertos, es más, hasta podría asegurar que los cerró muy quedamente cuando me escuchó llamarlo.  
-Amadeo- le dije. No hubo respuesta.
-Amadeo, tenés teléfono- insistí. No hubo ninguna respuesta.
-Amadeo, eh, Amadeo- lo sacudí. Siguió sin haber ninguna respuesta.
-Amadeo, Gato, tenés teléfono. En casa estaba prohibido llamarle Gato a Amadeo, ese era el nombre con el que se lo conocía en las calles. A don Mirador no le gustaba que le dijeran así a su hijo.
-Gato- le dije, ya resignado. Obviamente, siguió sin haber ningún tipo de respuesta. Salí de la pieza, crucé el pasillo, entre al living y tomé el tubo.
-No hay caso, che, Amadeo sigue durmiendo, ni se mueve.
-¿Ah, sí? ¿Estás seguro que está dormido? ¿No se estará haciendo, no?- la voz metálica sonaba algo inquieta al otro lado de la línea.
-Si- le dije -estoy seguro.
-¿Le dijiste que era yo?
-Si, le dije que eras vos.
-¿Y se siguió haciendo el dormido?
-No se está haciendo el dormido, está dormido.
-Si, claro. Escúchame una cosita, nene, si se levanta decile que lo llamó el chino, que me llame cuanto antes. Decile que no se haga el pelotudo, mira que es importante.
-Bueno, yo le digo. Quédate tranquilo- contesté de mala gana.
-De todos modos, dentro de un rato lo vuelvo a llamar.
-¿Para qué vas a llamar? Si se levanta yo le digo que te llame. Vas a llamar dentro de cinco minutos de nuevo, como hace cinco minutos atrás, como hace diez, quince, veinte. Ya te dije que le voy a decir que te llame cuando se levante- le aclaré.
-Lo voy a llamar dentro de cinco minutos, pendejo, y lo voy a llamar dentro de diez minutos si hace falta. Lo voy a llamar hasta que ese hijo de puta deje de hacerse el pelotudo y me atienda y más le vale que me atienda porque ya me estoy cansando y si no me atiende la próxima vez lo voy a ir a buscar y ahí no me importa que sea la casa de tus viejos, ahí se las va a entender conmigo- dijo y colgó sin darme tiempo a decirle nada.
Colgué. Afuera seguía lloviendo. Cada tanto paraba y se podían oír las gotas acumuladas en la canaleta cayendo a los charcos del patio. Luego volvía a llover de nuevo, con más ganas que antes. Había estado así todo el fin de semana. Amadeo también seguía igual. Desde el viernes a la mañana estaba acostado en su cama y no salía de la pieza. El teléfono empezó a sonar el sábado a la noche. Distintas voces preguntaban por él, hasta habían llamado pasada la medianoche. “Esta es una casa de familia, acá la gente labura” le escuché decir a mi padre en una ocasión. Pero no había caso, seguían llamando, a cada rato, a cualquier hora y Amadeo seguía durmiendo, o haciéndose el dormido.
Me recosté sobre el sillón, al lado del teléfono, con el living a oscuras. Apoyé la cabeza entre mis manos y cerré los ojos. Podía jurar que Amadeo estaba despierto la última vez que entré a la pieza. Son las cuatro de la tarde y está durmiendo desde hace tres días, no puede estar dormido ni puede estar cansado. Sí, no había dudas, el muy bastardo estaba despierto y tenía las ojos abiertos, hasta lucía algo pálido. Necesitaba una afeitada también ¿En qué se habrá metido esta vez? Y lo peor, ¿Cómo era posible que nadie le dijera nada por dormir tanto? ¿Cómo se lo tomarían mis padres si yo hiciera lo mismo? Me sacarían de la cama a patadas, pero con Amadeo era distinto, siempre era distinto.
El ruido de la puerta de la pieza llegó hasta mis oídos. Permanecí quieto y silencioso sobre el sillón. Sentí pasos en el pasillo y la puerta del baño, luego escuché una gargajeada y un escupitajo impactando en el inodoro y el agua de la canilla corriendo. Volvió a sonar el teléfono. Apareció Amadeo en el living. Parecía tambalearse sobre su metro ochenta y cinco, su cara estaba amarilla, se rascaba un sobaco, fijaba su mirada en la nada. El teléfono seguía sonando. Amadeo agarró su jeans que estaba colgado sobre una silla del living, se lo calzó, luego se puso una remera roja, desteñida y una campera también de jeans y salió hacia el patio, descalzo. El teléfono seguía sonando, metálico, estridente, tan amenazador como la campana de largada de un encuentro de box.
Escuché la puerta del galpón del fondo, donde se guardaban las herramientas. El teléfono seguía ahí, gritando, clavándose en mis oídos, crispándome los nervios. Amadeo volvió, se detuvo en el living, dejó un bulto de ropa sobre la mesa y siguió por el pasillo. Al instante volvió con las zapatillas de lona puestas. Tomó el bulto y abrió la puerta que daba a fuera. Llovía como nunca. Ninguno de los dos había dicho ni una sola palabra y el teléfono no había parado de sonar en todo el rato. Amadeo se detuvo en la puerta, miraba hacia fuera.
-¿Vas a salir?- le pregunté
-Sí- respondió.
-¿Querés llevarte mi paraguas?- le pregunté.
-No. No hace falta- me dijo. Sonaba realmente muy calmado.
-¿Y si esperas a que paré?
-No va a parar, me voy a mojar de todos modos. Chau, nos vemos.
La puerta se cerró tras de Amadeo. Por la ventana le vi andar bajo la cortina de lluvia hasta la puerta de rejas y detenerse delante de ella. Se acomodó el bulto bajo el brazo, abrió la puerta de rejas y siguió hasta perderse de vista. El teléfono dejó de sonar. Ya no volvería a sonar durante el resto de ese día.