martes, 28 de agosto de 2012

insistencia.


Sonó el teléfono en el living. Fuera llovía copiosamente. Llovía copiosamente desde hacia tres días. Empezó a llover en la madrugada del viernes, siguió lloviendo todo el fin de semana y seguía lloviendo hoy, lunes. Atendí. Buscaban a Amadeo. La luz del pasillo entraba en la pieza a oscuras a través de la puerta entornada y caía sobre el cuerpo de Amadeo, que estaba tendido sobre la cama, como una fina guillotina amarilla. Entré en la pieza y lo llamé. Tuve la sensación al entrar de que Amadeo tenía los ojos abiertos, es más, hasta podría asegurar que los cerró muy quedamente cuando me escuchó llamarlo.  
-Amadeo- le dije. No hubo respuesta.
-Amadeo, tenés teléfono- insistí. No hubo ninguna respuesta.
-Amadeo, eh, Amadeo- lo sacudí. Siguió sin haber ninguna respuesta.
-Amadeo, Gato, tenés teléfono. En casa estaba prohibido llamarle Gato a Amadeo, ese era el nombre con el que se lo conocía en las calles. A don Mirador no le gustaba que le dijeran así a su hijo.
-Gato- le dije, ya resignado. Obviamente, siguió sin haber ningún tipo de respuesta. Salí de la pieza, crucé el pasillo, entre al living y tomé el tubo.
-No hay caso, che, Amadeo sigue durmiendo, ni se mueve.
-¿Ah, sí? ¿Estás seguro que está dormido? ¿No se estará haciendo, no?- la voz metálica sonaba algo inquieta al otro lado de la línea.
-Si- le dije -estoy seguro.
-¿Le dijiste que era yo?
-Si, le dije que eras vos.
-¿Y se siguió haciendo el dormido?
-No se está haciendo el dormido, está dormido.
-Si, claro. Escúchame una cosita, nene, si se levanta decile que lo llamó el chino, que me llame cuanto antes. Decile que no se haga el pelotudo, mira que es importante.
-Bueno, yo le digo. Quédate tranquilo- contesté de mala gana.
-De todos modos, dentro de un rato lo vuelvo a llamar.
-¿Para qué vas a llamar? Si se levanta yo le digo que te llame. Vas a llamar dentro de cinco minutos de nuevo, como hace cinco minutos atrás, como hace diez, quince, veinte. Ya te dije que le voy a decir que te llame cuando se levante- le aclaré.
-Lo voy a llamar dentro de cinco minutos, pendejo, y lo voy a llamar dentro de diez minutos si hace falta. Lo voy a llamar hasta que ese hijo de puta deje de hacerse el pelotudo y me atienda y más le vale que me atienda porque ya me estoy cansando y si no me atiende la próxima vez lo voy a ir a buscar y ahí no me importa que sea la casa de tus viejos, ahí se las va a entender conmigo- dijo y colgó sin darme tiempo a decirle nada.
Colgué. Afuera seguía lloviendo. Cada tanto paraba y se podían oír las gotas acumuladas en la canaleta cayendo a los charcos del patio. Luego volvía a llover de nuevo, con más ganas que antes. Había estado así todo el fin de semana. Amadeo también seguía igual. Desde el viernes a la mañana estaba acostado en su cama y no salía de la pieza. El teléfono empezó a sonar el sábado a la noche. Distintas voces preguntaban por él, hasta habían llamado pasada la medianoche. “Esta es una casa de familia, acá la gente labura” le escuché decir a mi padre en una ocasión. Pero no había caso, seguían llamando, a cada rato, a cualquier hora y Amadeo seguía durmiendo, o haciéndose el dormido.
Me recosté sobre el sillón, al lado del teléfono, con el living a oscuras. Apoyé la cabeza entre mis manos y cerré los ojos. Podía jurar que Amadeo estaba despierto la última vez que entré a la pieza. Son las cuatro de la tarde y está durmiendo desde hace tres días, no puede estar dormido ni puede estar cansado. Sí, no había dudas, el muy bastardo estaba despierto y tenía las ojos abiertos, hasta lucía algo pálido. Necesitaba una afeitada también ¿En qué se habrá metido esta vez? Y lo peor, ¿Cómo era posible que nadie le dijera nada por dormir tanto? ¿Cómo se lo tomarían mis padres si yo hiciera lo mismo? Me sacarían de la cama a patadas, pero con Amadeo era distinto, siempre era distinto.
El ruido de la puerta de la pieza llegó hasta mis oídos. Permanecí quieto y silencioso sobre el sillón. Sentí pasos en el pasillo y la puerta del baño, luego escuché una gargajeada y un escupitajo impactando en el inodoro y el agua de la canilla corriendo. Volvió a sonar el teléfono. Apareció Amadeo en el living. Parecía tambalearse sobre su metro ochenta y cinco, su cara estaba amarilla, se rascaba un sobaco, fijaba su mirada en la nada. El teléfono seguía sonando. Amadeo agarró su jeans que estaba colgado sobre una silla del living, se lo calzó, luego se puso una remera roja, desteñida y una campera también de jeans y salió hacia el patio, descalzo. El teléfono seguía sonando, metálico, estridente, tan amenazador como la campana de largada de un encuentro de box.
Escuché la puerta del galpón del fondo, donde se guardaban las herramientas. El teléfono seguía ahí, gritando, clavándose en mis oídos, crispándome los nervios. Amadeo volvió, se detuvo en el living, dejó un bulto de ropa sobre la mesa y siguió por el pasillo. Al instante volvió con las zapatillas de lona puestas. Tomó el bulto y abrió la puerta que daba a fuera. Llovía como nunca. Ninguno de los dos había dicho ni una sola palabra y el teléfono no había parado de sonar en todo el rato. Amadeo se detuvo en la puerta, miraba hacia fuera.
-¿Vas a salir?- le pregunté
-Sí- respondió.
-¿Querés llevarte mi paraguas?- le pregunté.
-No. No hace falta- me dijo. Sonaba realmente muy calmado.
-¿Y si esperas a que paré?
-No va a parar, me voy a mojar de todos modos. Chau, nos vemos.
La puerta se cerró tras de Amadeo. Por la ventana le vi andar bajo la cortina de lluvia hasta la puerta de rejas y detenerse delante de ella. Se acomodó el bulto bajo el brazo, abrió la puerta de rejas y siguió hasta perderse de vista. El teléfono dejó de sonar. Ya no volvería a sonar durante el resto de ese día.  

domingo, 26 de agosto de 2012

cómodamente en tus bolsillos.


Llévame a donde quieras
de la mano o de las orejas
con cariño o sin cuidado
llévame como solamente tú sabés hacerlo.

Paséame por el continente
o encérrame en tu habitación
¿Con que lugares soñaste,
podrías contármelo?

¿Querés viajar por los cielos
llegar hasta el suelo inglés?
¿Querés pasear por Londres
y qué más querés hacer?

¿Querés viajar a Francia
conocer la torre Eiffel?
Querés ir a todas partes
hay tanto por conocer.

¿Querés pasear por Italia
tan sólo en mi compañía?
¿Querés que seamos nosotros
los únicos dos en el mundo?

Si eso es lo que quieres, querida
eso es lo que tendrás
yo nunca podría negarme
de seguirte a donde tu vas.

Ser jóvenes es nuestra aventura
nuestra brújula el corazón
los dos sentimos lo mismo
no hay margen para el error.

Ahora, escucha lo que te digo
y préstame mucha atención
porque siento que es necesario
hacerte una aclaración.

Todos los viajes terminan
lo bueno no puede durar
quisiera poder cambiarlo
pero no te quiero engañar.

Por eso, no te preocupes
por mí, yo estaré bien
te lo recuerdo, querida
hacé lo que tengas que hacer.

No tengas miedo ni angustia
hacélo y no mires atrás
no tenés que pensarlo dos veces
a donde quieras, me podés dejar.

Porque todo lo que me diste
tus ojos y escuchar tu voz
es más de lo que pude pedirte
ese poco fue demasiado para alguien como yo.

jueves, 23 de agosto de 2012

dejar atrás.


Me alegra saber que todo marcha de mil maravillas
me alegra saber que todo dio un giro en el último momento
y que conseguiste el trabajo
y que seguís estudiando
y que saliste de la depresión
y que ahora te reís cuando te acordas de eso
y que tu familia está bien
y que la salud de tu madre ha mejorado.
y que todo ha cambiado para bien
me alegra
realmente
me alegra.


-¿Y, vos?- me preguntas
 -En la lucha- te digo
no se me ocurre decir otra cosa
pensar que vos fuiste “esa lucha”  hasta no hace mucho tiempo
y ahora me sonreís desde el asiento delantero del ómnibus
y bajas la mirada, y tus ojos dan un rodeo y soltás una risita
y yo no quiero preguntarte por qué ni de qué te reís
y me decís “esta es mi parada” y te pones de pie,
me das un beso y decís “que sigas bien” y te bajas
y yo me quedo sentado, con la cara como partida al medio
recordando que un día te abandoné en el campo de batalla
recordando que un día te abandoné para seguir adelante
seguir adelante
creo que estuve dando vueltas en circulo todo este tiempo
porque no creo estar diferente que hace seis meses atrás
de todos modos
me alegra saber que nadie te ha quitado esa sonrisa
y me alegra ver que todavía llevas un rodete coronando tu larga cabellera negra
y me alegra que aún sigas utilizando ese perfume que venía en un envase celeste
y me alegra ver que sigues usando grandes pañuelos de ceda rodeando tu cuello delgado.

Me alegra saber que uno de los dos pudo seguir adelante

El ómnibus tiene esa magia de siempre llevarnos a los lugares que queremos ir
sólo que a veces nos acerca personas que no quisiéramos cruzarnos
pero no porque esas personas sean malas personas
no, no, no
lo malo es que esas personas son un reflejo de lo que somos nosotros
y allí va
otro de mis fracasos
otra persona por la cual bajé los brazos
otra batalla perdida en una guerra que no puedo ganar
peleo para los dos bandos
y yo mismo me traiciono todo el tiempo

todo
el
tiempo.  

miércoles, 15 de agosto de 2012

la navidad llegó temprano ese año.


Siempre se ha dicho que esta ciudad es un pañuelo
y puede que estuvieran en lo cierto cuando lo dijeron,
pero yo nunca hubiera esperado encontrarte en mi camino
nunca hubiera esperado encontrarte en esa fiesta, en ese lugar, esa noche, de ese fin de semana, tan próximo a las navidades, de ese fin de mes que también era el fin de un año.

Nunca lo hubiera esperado.

Nunca hubiera esperando que entre tanta gente
habiendo tantos muchachos bien dispuestos a acompañarte
nuca hubiera esperado que levantarás tu mano y me dijeras “hola”
así, tan de la nada, tan de repente que yo nunca pude imaginarlo
yo nunca lo hubiera esperado, simplemente porque no había posibilidad de que algo así me tocara, y yo nunca soñé con lo que no podía tener y yo nunca soñé contigo.

Nunca soñé contigo.

Pero, aún así, pese a mi falta de expectativas, esa noche, en esa fiesta, en ese lugar, tú te acercaste hacia mí y levantaste tu mano y me dijiste “hola” con esa voz tan inequívocamente tuya, tan afectada y nasal y agradable por lo distinta que era a todas las otras voces que yo había escuchado, y, por algún extraño motivo, los minutos pasaron y tú seguías ahí, de pie, frente a mí, conversando de nada en particular, tan sólo pasando el rato.

Pasar el rato, juntos.

Parada, frente a mí, en ese vestidito de flores tan coloridas, con esa sonrisa que era como un tesoro y, entonces, dije algo que no puedo recordar y tú te empezaste a reír y ese fue el principio del fin para mi porque recuerdo que después de que descubrí tu risa supe que me gustabas y supe que me gustaba tu risa y supe que quería ser yo el provocador de esa risa y supe, en ese instante, que no quería hacer otra cosa en ese momento, que a mi me pareció toda una vida, fuera de hacerte reír y así lo hice.

Eso fue todo.

Pasé el rato haciéndote reír con mis monerías, llenándome con esa risa que no pasaba desapercibida ante nadie, tan marcada, tan nasal, como de cuerdas vocales partidas y, sin embargo, tan necesaria a partir de ese momento para mi. Y pasaron los minutos y yo seguí haciéndote reír, ofreciéndote de mi botella de vino blanco y tú seguiste rechazándola muy amablemente, juntando las dos manos y diciendo “no, no, gracias” y riéndote y cada vez que no aceptabas de mi invitación yo le daba un buen lingotazo a la botella y volvía a decir algo que te hacía reír y tú te reías y yo te volvía a ofrecer de mi botella y tú volvías a decir que no y yo volvía a darle un buen lingotazo y así pasamos el rato hasta que la botella se quedó vacía.

Se acabó.

La botella quedó vacía y mi lengua empezó a trabarse y tu risa llegaba a mi como desde otro lugar y mi visión empezaba a dar vueltas en una calesita interminable de chicos y chicas vestidos de fiesta que bailaban, y de un sol que asomaba por encima de los árboles que estaban detrás de la cantera, y de tipos grandes que vestían camisas blancas, corbatas y pantalones negros que iban de aquí para allá y también estabas tú y tú risa y también estaba yo, tan falto de gracia y astucia como un foco quemado y tú seguías riendo y empezaste a tambalearte de tanta risa y cada vez que te tambaleabas apoyabas tus manitos sobre mi pecho y era como si me estuvieran atravesando el alma con un picahielo y a mi me gustaba esa sensación.

Fue increíble.

Me encantaba tu risa y quise apoderarme de ella para siempre y te besé, muy torpemente pero con mucha pasión, con toda la pasión que tenía, y se hizo de día y ya no quedó nadie en la fiesta y yo te perdí de vista y después de ese día dejé de recibir mensajes de la chica que me había acompañado a esa fiesta y tampoco llegué a recibir mensajes de parte tuya. Aún así, supongo que fue un buen comienzo.

Y no creo estar equivocándome.

"Paciencia y tolerancia y saber cuando callarse".


La enfermera se llamaba Antonia y me condujo de la sala de espera hasta una habitación donde había dos camastros. Antonia era una señora grande y llevaba puesto un uniforme de enfermera color rosa y zapatillas blancas. En una de las camas había un joven de mi edad que parecía dormido. El joven llevaba una especie de bata celeste, una gorra en su cabeza y bolsas cubriendo sus pies, todo lo necesario para entrar al quirófano. Antonia me dio una pastillita amarilla y me dijo que la metiera debajo de mi lengua. “Esto es Trapax” me dijo “es un calmante”. Luego, me pidió que me sentara y salió de la habitación. El joven parecía realmente dormido. Había una ventana en la habitación, cubierta por una cortina de tela gris. Traté de correr la cortina para ver hacia fuera pero no pude. Escuché pasos acercándose. Volví a mi asiento. Al cabo, entró Antonia acompañada de un señor mayor que estaba conmigo en la sala de espera. “¿Usted es el señor Cirio, Daniel, verdad?” le preguntó Antonia. “El mismo” respondió el señor con una gran sonrisa. “Tomé esto y póngaselo bajo la lengua” le dijo Antonia, ofreciéndole la misma pastillita amarilla que a mi. “¿Qué es esto?” preguntó Daniel Cirio, algo molesto. “Es Trapax” contestó Antonia. “¿¡Trapax, para qué quiero yo Trapax!?”. “Es un calmante señor Cirio” aclaró Antonia. “Si, ya sé lo que es, soy odontólogo y sé muy bien lo que es un Trapax. Anoche antes de acostarme tomé un Libium, no necesito ningún Trapax”. “No me cause problemas señor Cirio y tómese el Trapax” le pidió Antonia, siempre amable e imperturbable. Daniel Cirio se metió la pastilla bajo la lengua y me guiño un ojo. “Toma, Altamiranda, vos anda poniéndote esto” me dijo la enfermera Antonia y me dio una de esas batas. A simple vista se podía decir que la señora Antonia era una enfermera por demás agradable, hacía bien su trabajo, tal vez encontrara satisfacción en ayudar a los demás. Mientras me ponía la bata, Antonia despertó al jovencito que estaba recostado sobre la cama. “Vamos” le dijo “arriba, ya es hora”. Lo tomó de la mano y salieron de la habitación. Me coloqué la bata como pude y me volví a sentar. “¿Para qué estás acá, tenés cataratas?” me preguntó el señor Cirio “No” le dije casi riendo “no, vengo a poner un cristal ICL” le aclaré. “Ah, es una pavada me dijo, quédate tranquilo”. A esta altura del partido Cirio Daniel era la vigésimo tercer persona que me invitaba a quedarme tranquilo en lo que iba del día y eso que apenas daban las 12.35 PM. Seguí sentando, viendo como Cirio Daniel golpeteaba sus dedos sobre su rodilla derecha, cruzada sobre la izquierda. Trataba de no pensar en lo que vendría a continuación. Trataba de imaginarme fuera de peligro, en casa, en apenas un par de horas. Antonia volvió a entrar y le dio una bata al señor Cirio, el odontólogo. “¿Está retirado?” le preguntó Antonia. “¿Yo?” respondió Cirio con un dejo de sorna e indignación. “Para nada, sigo teniendo un montón de gente, ejerzo desde hace 50 años, tengo 49 de casado, no, miento 51 años el pasado 6 de julio, sí 51 años de profesión. Ser odontólogo y casarme con mi mujer fueron las dos mejores decisiones que tomé en mi vida” declaró con orgullo. “Ah, mire que bien” le dijo Antonia. “Y vos cuántos años tenés” preguntó, dirigiéndose a mi. “Veinticinco” le dije. “¡¿Veinticinco!? Pareces más grande, debe ser por la barba. Veinticinco, igual que mi hijo mayor”. Yo me reí y Antonia me obsequió una delicada sonrisa. Se notaba a la legua que era una persona encantadora, una enfermera aplicada y, seguramente, una madre amorosa. “Acostate” me dijo. Yo me acosté y Antonia me colocó de esas bolsas en los pies y volvió a marcharse de la habitación. Fuera se largó a llover con gran estrépito. Podía escucharse el ruido de las gotas cayendo sobre los techos de las casas, en las terrazas de los edificios de Quilmes, sobre los capotes de los autos y los colectivos, sobre los árboles, en las veredas, por todas partes, agua venida del cielo aterrizando sobre la gente y sus paraguas y sus capas de lluvia. Para abrir un poco la conversación, le pregunté a Cirio cómo había elegido su profesión. “Fue más que nada una cuestión de azar, pude haber sido odontólogo como pude haber sido peluquero o abogado. Al principio me gustó, pero fue en tercer año, cuando empezamos a hacer practicas acá en la clínica Santa Lucía que le empecé a tomar el gustito y , ahora, 51 años después sigo ejerciendo, sigo teniendo mi gente, así que sigo, hasta que no pueda más. Ahora vine a operarme de cataratas, que es una pavada, ya sé que hoy a la tarde voy a poder abrir mi consultorio sin ningún problema. Lo malo de esto es la espera, se tarda más esperando que con la cosa en si”. Me dio un escalofrío cuando le escuché decir “la cosa en sí”. “Vos estás nervioso” me preguntó. “Un poco, si” le dije. “No estés nervioso, nene, es una pavada, no te vas a dar ni cuenta” me dijo. Antonia volvió a entrar en la habitación. “De qué estás cuchicheando ustedes dos” preguntó. “De nada” le dijo el señor Cirio y volvió a guiñarme el ojo. “En unos minutitos te toca a vos” dijo Antonia, refiriéndose a mi. “Este chico está muy nervioso, Antonita” dijo el señor Cirio “dale otro calmante”. “¿Estás nervioso? Pero si no va a pasar nada, vos sos fuerte, tenés que estar tranquilo. Si fuera mi hijo el que estuviera acá estaría temblando, pero vos no, vos estás tranquilo” dijo, luego, tras un instante, agregó “Bah, si fuera el más chico por ahí no, el más grande, el que tiene tu edad, sí, es muy asustadizo, más de este tipo de cosas, en eso salió al padre, todos los hombres son miedosos, todos”. “Si” convino el odontólogo. “Abrí la boca, saca la lengua” me dijo Antonia y me puso otra pastillita de Trapax bajo la lengua. “Enseguidita vengo a buscarte” me dijo y volvió a salir de la habitación. “¿Qué es lo que hace falta para que un matrimonio duré tanto tiempo?” le pregunté al señor Cirio. Algo en la expresión de su rostro blanco, lleno de pecas y con algunas arrugas me dijo que se sintió halagado por la pregunta. Cirio permaneció meditabundo por una fracción de segundo, sus manos habían dejado de golpetear la rodilla derecha. Se acomodó con la espalda recta sobre el respaldo de la silla, juntó las manos y me dijo “Paciencia y tolerancia” y, tras una pausa “y saber cuando callarse la boca. Por más que algunas veces tengas ganas de mandarla al carajo, te tenés que calmar y callarte la boca, de eso se trata la tolerancia”. Yo le observaba complacido desde mi cama, casi dormido, me había dado la respuesta adecuada, la respuesta que yo esperaba y necesitaba. El rostro amable de Cirio me sonreía desde la otra punta de la habitación, afuera se escuchaba como la lluvia aumentaba su caudal. La segunda dosis de Trapax estaba haciendo efecto. Antonia volvió a entrar. “Vamos” me dijo. Muy despacio, bajé de la cama y Antonia me tomó de la mano, mientras salíamos de la habitación miré para donde estaba Cirio Daniel. “Éxitos muchachito y estate tranquilo que no va a pasar nada” me dijo y volvió a darme la última guiñada de ojo. Salimos de la habitación, cruzamos por un pasillo oscuro y entramos por una puerta giratoria que decía: Quirófano, prohibido entrar sin la vestimenta pertinente. Entramos a una habitación intermedia que estaba a oscuras. Frente a nosotros se veían las luces de la sala de operación que se escapaban por una ventana circular. Se oía el ruido metalico de las maquinas de cirujia y las voces de los doctores, que hablaban en un tono bajo y algo grave.“Quédate tranquilo” me dijo Antonia y apretó bien fuerte mi mano. Era una buena enfermera, la mejor que se podía tener.

lunes, 13 de agosto de 2012

una buena.


Había oscurecido y yo bajaba pedaleando a toda maquina por la avenida Montevideo
en algunas partes de la ciudad se había cortado la electricidad y yo quería llegar a casa antes que mis padres
sabía mis padres se preocupaban si llegaban a casa y no encontraban a nadie
se preocupaban porque NUNCA encontraban a nadie y eso era porque siempre estábamos metiéndonos en problemas en alguna otra parte, en los peores escenarios de la ciudad, en compañía de los peores personajes, los más crueles, los más inestables.

Yo quería ser el consuelo de mis padres
quería ser algo que no podía ser
quería ser el héroe de mi héroe
quería estar siempre en casa cuando ellos volvieran de sus trabajos
así tuviera que comunicarles las peores noticias del mundo (y siempre había noticias de estas esperando para ellos cuando volvieran del trabajo) quería estar allí, necesitaba estar allí, sentía que era mi deber estar allí para ellos cuando volvieran del trabajo.

Con este pensamiento dando vueltas en mi cabeza, torcí a la izquierda en la calle Mendoza y me detuve en el número 5261
frené la bicicleta y me quedé de pie en la entrada, estático
todas las casas de la cuadra despedían luces y risas fantasmagóricas
imaginé a todas las familias de todas las casas de la cuadra sentadas a la mesa en el comedor, comiendo la cena, riendo en torno a la luz de las velas.

En mi casa no había ninguna vela, no había ninguna luz, ninguna risa, no había nadie
la puerta delantera estaba abierta y también todas las ventanas
era verano, recuerdo, soplaba una leve brisa y hacia una noche deliciosa
la luna bañaba las paredes con su pálida luz y las sombras cubrían el interior de la casa y el jardín.

Entré, crucé el patio, seguí hasta el fondo y subí a la terraza
me alegré de, por una vez, no encontrarme con ninguna mala noticia
sentí como si la vida me estuviera haciendo un regalo esa vuelta
sentí que las cosas podrían llegar a mejorar para nosotros algún día
y así, feliz, me quedé en la terraza viendo la casa bañada de luna
quieta, calmada, desnuda y silenciosa
como nunca antes la había visto
como nunca después volví a verla jamás.


muchas malas.


Cuando era más chico temblaba a la hora de volver a casa
daba igual de donde regresaba, me inquietaba no saber con qué me encontraría
a veces, incluso, temía estando una vez allí. me paralizaba si tocaban el timbre o si ladraban los perros o si sonaba el teléfono. temía sin importar de quién se tratara, porque sabía que, fuera quién fuera, de seguro no traía buenas noticias para nosotros.

Como dije, eso pasaba a veces y esas veces, si era de noche o pasada la medianoche, el temor o la parálisis se duplicaban y hasta podían triplicarse y yo me sentía como una piedra inútil en el infierno. me dolía ver como eran las cosas y me moría de ganas de aliviar las cosas pero no había nada que yo pudiera hacer.

Pero, sobre todas las cosas, me acojonaba tener que volver a casa
todo tiempo lejos de ella era bueno y al regresar lo bueno se esfumaría
era una de esas cosas que sencillamente no tenían cura ni remedio
un destino que yo no podía cambiar, un destino que nadie podía cambiar.

Cuando volvía, temía encontrar las persianas bajas,  temblaba frente a la perspectiva de las persianas bajas
las persianas bajas sólo podían significar una cosa:  vergüenza. mis padres estaban avergonzados
las persianas bajas representaban el cansancio de mis padres, el agotamiento  de su espíritu y noble voluntad
la vergüenza, una carga inmerecida, la impotencia de no poder curar el dolor con cariño
el abandono de la búsqueda de la forma de cambiar las cosas

La resignación de mis padres se traducía en el aspecto de nuestra casa
eran las persianas bajas
eran las luces del pórtico siempre encendidas, sin importar si era de noche o de día
eran las plantas descuidadas y marchitas
eran las manchas de humedad en las paredes, cargadas de llanto invisible
eran las persianas que había perdido el brillo, el color
eran las persianas descascarándose
las persianas eran tus ojos y quisieras haberlos tenido siempre cerrados para no ver lo que las calles le estaban haciendo a tus hijos

Algunas veces, cuando volvía a casa de noche y me encontraba con las persianas bajas
me quedaba duro en la entrada, conteniendo la respiración y pensaba en lo que podía encontrarme adentro. me preguntaba con qué nueva desgracia me sorprendería esta vez
a veces me daba una sensación como de frío y vacío en la base del estomago
y decidía que lo mejor era irme por ahí
no entraba en mi casa, prefería no entrar
y me marchaba resignado
tan resignado como mis padres adentro
acostados en la cama
uno en cada lado, muy separados
con los ojos abiertos y las luces apagadas
callados
preocupados
resignados
sin respuestas
sin ayuda
sin muchas cosas.


Yo tenía miedo
mucho miedo
y tuve muchas noches como esas
tal ves demasiadas.

domingo, 12 de agosto de 2012

como el abuelo Luis.


Fui boxeador como el abuelo Luis
aguantándome los golpes arriba del ring
aguantando y aguantando, tratando de ganar
aguantando y aguantando, resistiendo hasta el final
hasta que me tumbaron y empezó la cuenta regresiva
y los de mi esquina tiraron la toalla y pararon la pelea
“fue por tu bien” me decían. “te ibas a matar” me decían
y me sacaron de la pelea porque no pude evitar sangrar.

También fui adivino como el abuelo Luis
y en esto tuve más éxito que arriba del ring
leí la suerte en tus ojos y dejé el futuro en tus manos
y prometí que para siempre me tendrías a tu lado
y traté de cumplir siempre con mi promesa
pero tus ojos cambiaron y también tu forma de verme
y el destino torció su camino y yo tuve que acompañarle.

Fui el sastre de los mejores
confeccioné  trajes para los actores
fui el héroe de las mujeres
y la envidia de los varones
gran conocedor del éxito y frecuente explorador del fracaso
contuve el brillo de las estrellas en la palma de mis manos
y, a pesar de todo esto, no pude evitar desangrarme.

Fui pescador, fui marinero, fui doctor y fui enfermero
fui domador de leones, fui payaso y fui cirquero
fui soldado, fui general, fui el capitán de un barco que navegaba en el mar
fui todo lo que pude ser en esta vida y no me arrepiento de nada
y, a pesar de todo esto, no pude evitar sangrar
y la sangre nos lleva siempre a un mismo lugar
y allí espero encontrarte algún día.

miércoles, 8 de agosto de 2012

casi.


La noche anterior a la cita no pudo dormir. Cuando los primeros rayos de luz solar se filtraron a través de la cortina que cubría la ventana que daba a su pieza el muchacho estaba perfectamente despierto, tendido sobre la cama con los brazos abiertos a cada lado, como si estuviera crucificado, incapacitado para pensar en otra cosa, inhabilitado para cerrar el grifo de imaginación que fluía y fluía y no paraba de fluir dentro de su cabeza. Salió de la cama antes de que el gallo del vecino le diera los buenos días al sol. El insomnio le había quitado el apetito. No desayunó ni almorzó, tampoco tomó la merienda, no probó bocado en todo el día. Tuvo, si, la inexplicable necesidad de compensar esa falta de alimentación con un exceso de duchas meticulosas. Se duchó una y otra vez, una y otra vez. Ahora, que el reloj Casio Sport de su muñeca indica las 17.47hs, acaba de darse la sexta ducha y se encuentra frente al espejo, ultimando los detalles de su aspecto antes de partir. Tenía que encontrarse con ella a las 19.00hs en la arboleda de 31 y 177, debajo del eucalipto, a once cuadras de su casa. Caminando, tranquilo, no tardaría más de 20 minutos. Cepilló sus dientes - por tercera vez en el día- y se pasó el peine fino por el cabello ondulado, todavía mojado a causa de la última ducha. Se ató los cordones, se lavó las manos -utilizó mucho jabón perfumado para esto- y se mojó la cara. Se secó con la toalla de manos y se estudió en el espejo. La pinta que tenía le pareció aceptable, apropiada para la ocasión, no menos que elegante. Se dijo a si mismo que no le podía ir mal, no esta vez. Le había tomado mucho valor el invitarla a salir y, cuando ella dijo que sí, él no lo podía creer. No lo podía creer. Era como un sueño hecho realidad, algo demasiado bueno para ser verdad. No, se dijo, esta vez no puedo fallar. Tenía sólo una oportunidad y no la iba a dejar pasar, no se iba a desperdiciar junto al resto de las otras ilusiones hechas un bollo y apiladas en el fondo del ropero. No, no, no. No. Desató y volvió a anudar los cordones de sus zapatos, se acomodó el dobladillo, enfundó la camiseta de Morley dentro del jeans y ajustó el cinturón, se alisó la camisa y dio una última revisada a su peinado, a los dientes y a la nariz. Realizó un rápido examen de la fragancia debajo de sus axilas y detrás de sus orejas. También olisqueó sus manos, acercándoselas a la nariz. Aunque no descubrió nada desagradable, volvió a lavarse las manos y la cara. Se secó con la toalla de manos y salió para la arboleda. Tenía que cubrir la distancia de once cuadras, o sea, de 1100 metros. Empezó a caminar. A los 1058 metros se sentía tranquilo.  A los 1002 metros seguía tranquilo. A los 987 metros creyó estar olvidando algo. Se detuvo en seco. Titubeo por un instante. Luego, se dio cuenta de que todo estaba en su lugar y de que nada había sido olvidado. Retomó la marcha. A los 823 metros tuvo la impresión de que hacía mucho calor. A los 801 metros temió llegar sudando a la gran cita. Disminuyó la velocidad y mantuvo la calma, aún tenía tiempo a su favor para andar a paso sereno. A los 679 metros se puso a pensar en cuál sería la mejor forma de romper el hielo. A los 675 metros tuvo miedo de no saber qué decir cuando la tuviera enfrente. A los 580 metros concluyó que lo mejor sería actuar de manera natural, soltarse, intentar ser un poquito gracioso (pero no demasiado), hacerle algunos cumplidos (pero no demasiados) y tratar de mantener la calma. A los 467 metros todo iba bien. A los 320 metros se sentía confiado. A los 238 metros todo seguía igual de bien. A los 124 metros ocurrió la catástrofe, a los 124 metros sintió que había pisado algo raro con su pie izquierdo, algo que parecía barro caliente. Ligeramente aterrado, levantó su pie para ver de qué se trataba. Un agrio y penetrante vaho llegó hasta sus narices. Sintió que se le revolvía el estomago, sintió que podía desmayarse allí mismo, a apenas 124 metros de su cita ideal. Eso que muchos consideraban un signo de buena suerte, él lo interpretó como un muy mal augurio. Cerró sus puños y elevó sus brazos y su rostro y soltó una tormenta de insultos sobre el cielo, propaló un insulto por cada perro en la ciudad. Entonces, quiso recuperar la compostura y ver de qué manera salía de ese aprieto. Pensó en limpiar de alguna manera el zapato. Se agachó y desató los cordones, una nueva ráfaga pestilente lo azoto directamente en la cara. Se incorporó asqueado, tambaleándose como una marioneta. Quiso vomitar y salir corriendo. Volvió a intentar con el zapato. Consiguió sacárselo y respiró aliviado. Miro a su alrededor buscando algún pasto crecido para limpiar el maloliente zapato. No encontró nada a la vista. Llegó ahí al punto límite entre el llanto y la desesperación. Supo en ese preciso instante que sólo se sentiría a gusto desandando esos 976 metros recorridos. Arrojó el zapato lo más lejos que pudo y lanzó un grito incoherente. Quiso intentar calmarse una vez más. Probó contando hasta diez. Volvió a insultar a todos los perros de la ciudad. A todos. Permaneció en silencio por espacio de un segundo. Dudó, una vez más, y luego, por fin, se decidió. La dejó plantada, sin aviso ni notificación alguna. Volvió andando hasta su casa con un pie descalzo. Fue el comienzo de una larga y prometedora carrera en el terreno de la soltería para él.