miércoles, 8 de agosto de 2012

casi.


La noche anterior a la cita no pudo dormir. Cuando los primeros rayos de luz solar se filtraron a través de la cortina que cubría la ventana que daba a su pieza el muchacho estaba perfectamente despierto, tendido sobre la cama con los brazos abiertos a cada lado, como si estuviera crucificado, incapacitado para pensar en otra cosa, inhabilitado para cerrar el grifo de imaginación que fluía y fluía y no paraba de fluir dentro de su cabeza. Salió de la cama antes de que el gallo del vecino le diera los buenos días al sol. El insomnio le había quitado el apetito. No desayunó ni almorzó, tampoco tomó la merienda, no probó bocado en todo el día. Tuvo, si, la inexplicable necesidad de compensar esa falta de alimentación con un exceso de duchas meticulosas. Se duchó una y otra vez, una y otra vez. Ahora, que el reloj Casio Sport de su muñeca indica las 17.47hs, acaba de darse la sexta ducha y se encuentra frente al espejo, ultimando los detalles de su aspecto antes de partir. Tenía que encontrarse con ella a las 19.00hs en la arboleda de 31 y 177, debajo del eucalipto, a once cuadras de su casa. Caminando, tranquilo, no tardaría más de 20 minutos. Cepilló sus dientes - por tercera vez en el día- y se pasó el peine fino por el cabello ondulado, todavía mojado a causa de la última ducha. Se ató los cordones, se lavó las manos -utilizó mucho jabón perfumado para esto- y se mojó la cara. Se secó con la toalla de manos y se estudió en el espejo. La pinta que tenía le pareció aceptable, apropiada para la ocasión, no menos que elegante. Se dijo a si mismo que no le podía ir mal, no esta vez. Le había tomado mucho valor el invitarla a salir y, cuando ella dijo que sí, él no lo podía creer. No lo podía creer. Era como un sueño hecho realidad, algo demasiado bueno para ser verdad. No, se dijo, esta vez no puedo fallar. Tenía sólo una oportunidad y no la iba a dejar pasar, no se iba a desperdiciar junto al resto de las otras ilusiones hechas un bollo y apiladas en el fondo del ropero. No, no, no. No. Desató y volvió a anudar los cordones de sus zapatos, se acomodó el dobladillo, enfundó la camiseta de Morley dentro del jeans y ajustó el cinturón, se alisó la camisa y dio una última revisada a su peinado, a los dientes y a la nariz. Realizó un rápido examen de la fragancia debajo de sus axilas y detrás de sus orejas. También olisqueó sus manos, acercándoselas a la nariz. Aunque no descubrió nada desagradable, volvió a lavarse las manos y la cara. Se secó con la toalla de manos y salió para la arboleda. Tenía que cubrir la distancia de once cuadras, o sea, de 1100 metros. Empezó a caminar. A los 1058 metros se sentía tranquilo.  A los 1002 metros seguía tranquilo. A los 987 metros creyó estar olvidando algo. Se detuvo en seco. Titubeo por un instante. Luego, se dio cuenta de que todo estaba en su lugar y de que nada había sido olvidado. Retomó la marcha. A los 823 metros tuvo la impresión de que hacía mucho calor. A los 801 metros temió llegar sudando a la gran cita. Disminuyó la velocidad y mantuvo la calma, aún tenía tiempo a su favor para andar a paso sereno. A los 679 metros se puso a pensar en cuál sería la mejor forma de romper el hielo. A los 675 metros tuvo miedo de no saber qué decir cuando la tuviera enfrente. A los 580 metros concluyó que lo mejor sería actuar de manera natural, soltarse, intentar ser un poquito gracioso (pero no demasiado), hacerle algunos cumplidos (pero no demasiados) y tratar de mantener la calma. A los 467 metros todo iba bien. A los 320 metros se sentía confiado. A los 238 metros todo seguía igual de bien. A los 124 metros ocurrió la catástrofe, a los 124 metros sintió que había pisado algo raro con su pie izquierdo, algo que parecía barro caliente. Ligeramente aterrado, levantó su pie para ver de qué se trataba. Un agrio y penetrante vaho llegó hasta sus narices. Sintió que se le revolvía el estomago, sintió que podía desmayarse allí mismo, a apenas 124 metros de su cita ideal. Eso que muchos consideraban un signo de buena suerte, él lo interpretó como un muy mal augurio. Cerró sus puños y elevó sus brazos y su rostro y soltó una tormenta de insultos sobre el cielo, propaló un insulto por cada perro en la ciudad. Entonces, quiso recuperar la compostura y ver de qué manera salía de ese aprieto. Pensó en limpiar de alguna manera el zapato. Se agachó y desató los cordones, una nueva ráfaga pestilente lo azoto directamente en la cara. Se incorporó asqueado, tambaleándose como una marioneta. Quiso vomitar y salir corriendo. Volvió a intentar con el zapato. Consiguió sacárselo y respiró aliviado. Miro a su alrededor buscando algún pasto crecido para limpiar el maloliente zapato. No encontró nada a la vista. Llegó ahí al punto límite entre el llanto y la desesperación. Supo en ese preciso instante que sólo se sentiría a gusto desandando esos 976 metros recorridos. Arrojó el zapato lo más lejos que pudo y lanzó un grito incoherente. Quiso intentar calmarse una vez más. Probó contando hasta diez. Volvió a insultar a todos los perros de la ciudad. A todos. Permaneció en silencio por espacio de un segundo. Dudó, una vez más, y luego, por fin, se decidió. La dejó plantada, sin aviso ni notificación alguna. Volvió andando hasta su casa con un pie descalzo. Fue el comienzo de una larga y prometedora carrera en el terreno de la soltería para él.         

No hay comentarios:

Publicar un comentario