martes, 28 de agosto de 2012

insistencia.


Sonó el teléfono en el living. Fuera llovía copiosamente. Llovía copiosamente desde hacia tres días. Empezó a llover en la madrugada del viernes, siguió lloviendo todo el fin de semana y seguía lloviendo hoy, lunes. Atendí. Buscaban a Amadeo. La luz del pasillo entraba en la pieza a oscuras a través de la puerta entornada y caía sobre el cuerpo de Amadeo, que estaba tendido sobre la cama, como una fina guillotina amarilla. Entré en la pieza y lo llamé. Tuve la sensación al entrar de que Amadeo tenía los ojos abiertos, es más, hasta podría asegurar que los cerró muy quedamente cuando me escuchó llamarlo.  
-Amadeo- le dije. No hubo respuesta.
-Amadeo, tenés teléfono- insistí. No hubo ninguna respuesta.
-Amadeo, eh, Amadeo- lo sacudí. Siguió sin haber ninguna respuesta.
-Amadeo, Gato, tenés teléfono. En casa estaba prohibido llamarle Gato a Amadeo, ese era el nombre con el que se lo conocía en las calles. A don Mirador no le gustaba que le dijeran así a su hijo.
-Gato- le dije, ya resignado. Obviamente, siguió sin haber ningún tipo de respuesta. Salí de la pieza, crucé el pasillo, entre al living y tomé el tubo.
-No hay caso, che, Amadeo sigue durmiendo, ni se mueve.
-¿Ah, sí? ¿Estás seguro que está dormido? ¿No se estará haciendo, no?- la voz metálica sonaba algo inquieta al otro lado de la línea.
-Si- le dije -estoy seguro.
-¿Le dijiste que era yo?
-Si, le dije que eras vos.
-¿Y se siguió haciendo el dormido?
-No se está haciendo el dormido, está dormido.
-Si, claro. Escúchame una cosita, nene, si se levanta decile que lo llamó el chino, que me llame cuanto antes. Decile que no se haga el pelotudo, mira que es importante.
-Bueno, yo le digo. Quédate tranquilo- contesté de mala gana.
-De todos modos, dentro de un rato lo vuelvo a llamar.
-¿Para qué vas a llamar? Si se levanta yo le digo que te llame. Vas a llamar dentro de cinco minutos de nuevo, como hace cinco minutos atrás, como hace diez, quince, veinte. Ya te dije que le voy a decir que te llame cuando se levante- le aclaré.
-Lo voy a llamar dentro de cinco minutos, pendejo, y lo voy a llamar dentro de diez minutos si hace falta. Lo voy a llamar hasta que ese hijo de puta deje de hacerse el pelotudo y me atienda y más le vale que me atienda porque ya me estoy cansando y si no me atiende la próxima vez lo voy a ir a buscar y ahí no me importa que sea la casa de tus viejos, ahí se las va a entender conmigo- dijo y colgó sin darme tiempo a decirle nada.
Colgué. Afuera seguía lloviendo. Cada tanto paraba y se podían oír las gotas acumuladas en la canaleta cayendo a los charcos del patio. Luego volvía a llover de nuevo, con más ganas que antes. Había estado así todo el fin de semana. Amadeo también seguía igual. Desde el viernes a la mañana estaba acostado en su cama y no salía de la pieza. El teléfono empezó a sonar el sábado a la noche. Distintas voces preguntaban por él, hasta habían llamado pasada la medianoche. “Esta es una casa de familia, acá la gente labura” le escuché decir a mi padre en una ocasión. Pero no había caso, seguían llamando, a cada rato, a cualquier hora y Amadeo seguía durmiendo, o haciéndose el dormido.
Me recosté sobre el sillón, al lado del teléfono, con el living a oscuras. Apoyé la cabeza entre mis manos y cerré los ojos. Podía jurar que Amadeo estaba despierto la última vez que entré a la pieza. Son las cuatro de la tarde y está durmiendo desde hace tres días, no puede estar dormido ni puede estar cansado. Sí, no había dudas, el muy bastardo estaba despierto y tenía las ojos abiertos, hasta lucía algo pálido. Necesitaba una afeitada también ¿En qué se habrá metido esta vez? Y lo peor, ¿Cómo era posible que nadie le dijera nada por dormir tanto? ¿Cómo se lo tomarían mis padres si yo hiciera lo mismo? Me sacarían de la cama a patadas, pero con Amadeo era distinto, siempre era distinto.
El ruido de la puerta de la pieza llegó hasta mis oídos. Permanecí quieto y silencioso sobre el sillón. Sentí pasos en el pasillo y la puerta del baño, luego escuché una gargajeada y un escupitajo impactando en el inodoro y el agua de la canilla corriendo. Volvió a sonar el teléfono. Apareció Amadeo en el living. Parecía tambalearse sobre su metro ochenta y cinco, su cara estaba amarilla, se rascaba un sobaco, fijaba su mirada en la nada. El teléfono seguía sonando. Amadeo agarró su jeans que estaba colgado sobre una silla del living, se lo calzó, luego se puso una remera roja, desteñida y una campera también de jeans y salió hacia el patio, descalzo. El teléfono seguía sonando, metálico, estridente, tan amenazador como la campana de largada de un encuentro de box.
Escuché la puerta del galpón del fondo, donde se guardaban las herramientas. El teléfono seguía ahí, gritando, clavándose en mis oídos, crispándome los nervios. Amadeo volvió, se detuvo en el living, dejó un bulto de ropa sobre la mesa y siguió por el pasillo. Al instante volvió con las zapatillas de lona puestas. Tomó el bulto y abrió la puerta que daba a fuera. Llovía como nunca. Ninguno de los dos había dicho ni una sola palabra y el teléfono no había parado de sonar en todo el rato. Amadeo se detuvo en la puerta, miraba hacia fuera.
-¿Vas a salir?- le pregunté
-Sí- respondió.
-¿Querés llevarte mi paraguas?- le pregunté.
-No. No hace falta- me dijo. Sonaba realmente muy calmado.
-¿Y si esperas a que paré?
-No va a parar, me voy a mojar de todos modos. Chau, nos vemos.
La puerta se cerró tras de Amadeo. Por la ventana le vi andar bajo la cortina de lluvia hasta la puerta de rejas y detenerse delante de ella. Se acomodó el bulto bajo el brazo, abrió la puerta de rejas y siguió hasta perderse de vista. El teléfono dejó de sonar. Ya no volvería a sonar durante el resto de ese día.  

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