miércoles, 15 de agosto de 2012

la navidad llegó temprano ese año.


Siempre se ha dicho que esta ciudad es un pañuelo
y puede que estuvieran en lo cierto cuando lo dijeron,
pero yo nunca hubiera esperado encontrarte en mi camino
nunca hubiera esperado encontrarte en esa fiesta, en ese lugar, esa noche, de ese fin de semana, tan próximo a las navidades, de ese fin de mes que también era el fin de un año.

Nunca lo hubiera esperado.

Nunca hubiera esperando que entre tanta gente
habiendo tantos muchachos bien dispuestos a acompañarte
nuca hubiera esperado que levantarás tu mano y me dijeras “hola”
así, tan de la nada, tan de repente que yo nunca pude imaginarlo
yo nunca lo hubiera esperado, simplemente porque no había posibilidad de que algo así me tocara, y yo nunca soñé con lo que no podía tener y yo nunca soñé contigo.

Nunca soñé contigo.

Pero, aún así, pese a mi falta de expectativas, esa noche, en esa fiesta, en ese lugar, tú te acercaste hacia mí y levantaste tu mano y me dijiste “hola” con esa voz tan inequívocamente tuya, tan afectada y nasal y agradable por lo distinta que era a todas las otras voces que yo había escuchado, y, por algún extraño motivo, los minutos pasaron y tú seguías ahí, de pie, frente a mí, conversando de nada en particular, tan sólo pasando el rato.

Pasar el rato, juntos.

Parada, frente a mí, en ese vestidito de flores tan coloridas, con esa sonrisa que era como un tesoro y, entonces, dije algo que no puedo recordar y tú te empezaste a reír y ese fue el principio del fin para mi porque recuerdo que después de que descubrí tu risa supe que me gustabas y supe que me gustaba tu risa y supe que quería ser yo el provocador de esa risa y supe, en ese instante, que no quería hacer otra cosa en ese momento, que a mi me pareció toda una vida, fuera de hacerte reír y así lo hice.

Eso fue todo.

Pasé el rato haciéndote reír con mis monerías, llenándome con esa risa que no pasaba desapercibida ante nadie, tan marcada, tan nasal, como de cuerdas vocales partidas y, sin embargo, tan necesaria a partir de ese momento para mi. Y pasaron los minutos y yo seguí haciéndote reír, ofreciéndote de mi botella de vino blanco y tú seguiste rechazándola muy amablemente, juntando las dos manos y diciendo “no, no, gracias” y riéndote y cada vez que no aceptabas de mi invitación yo le daba un buen lingotazo a la botella y volvía a decir algo que te hacía reír y tú te reías y yo te volvía a ofrecer de mi botella y tú volvías a decir que no y yo volvía a darle un buen lingotazo y así pasamos el rato hasta que la botella se quedó vacía.

Se acabó.

La botella quedó vacía y mi lengua empezó a trabarse y tu risa llegaba a mi como desde otro lugar y mi visión empezaba a dar vueltas en una calesita interminable de chicos y chicas vestidos de fiesta que bailaban, y de un sol que asomaba por encima de los árboles que estaban detrás de la cantera, y de tipos grandes que vestían camisas blancas, corbatas y pantalones negros que iban de aquí para allá y también estabas tú y tú risa y también estaba yo, tan falto de gracia y astucia como un foco quemado y tú seguías riendo y empezaste a tambalearte de tanta risa y cada vez que te tambaleabas apoyabas tus manitos sobre mi pecho y era como si me estuvieran atravesando el alma con un picahielo y a mi me gustaba esa sensación.

Fue increíble.

Me encantaba tu risa y quise apoderarme de ella para siempre y te besé, muy torpemente pero con mucha pasión, con toda la pasión que tenía, y se hizo de día y ya no quedó nadie en la fiesta y yo te perdí de vista y después de ese día dejé de recibir mensajes de la chica que me había acompañado a esa fiesta y tampoco llegué a recibir mensajes de parte tuya. Aún así, supongo que fue un buen comienzo.

Y no creo estar equivocándome.

No hay comentarios:

Publicar un comentario