lunes, 13 de agosto de 2012

muchas malas.


Cuando era más chico temblaba a la hora de volver a casa
daba igual de donde regresaba, me inquietaba no saber con qué me encontraría
a veces, incluso, temía estando una vez allí. me paralizaba si tocaban el timbre o si ladraban los perros o si sonaba el teléfono. temía sin importar de quién se tratara, porque sabía que, fuera quién fuera, de seguro no traía buenas noticias para nosotros.

Como dije, eso pasaba a veces y esas veces, si era de noche o pasada la medianoche, el temor o la parálisis se duplicaban y hasta podían triplicarse y yo me sentía como una piedra inútil en el infierno. me dolía ver como eran las cosas y me moría de ganas de aliviar las cosas pero no había nada que yo pudiera hacer.

Pero, sobre todas las cosas, me acojonaba tener que volver a casa
todo tiempo lejos de ella era bueno y al regresar lo bueno se esfumaría
era una de esas cosas que sencillamente no tenían cura ni remedio
un destino que yo no podía cambiar, un destino que nadie podía cambiar.

Cuando volvía, temía encontrar las persianas bajas,  temblaba frente a la perspectiva de las persianas bajas
las persianas bajas sólo podían significar una cosa:  vergüenza. mis padres estaban avergonzados
las persianas bajas representaban el cansancio de mis padres, el agotamiento  de su espíritu y noble voluntad
la vergüenza, una carga inmerecida, la impotencia de no poder curar el dolor con cariño
el abandono de la búsqueda de la forma de cambiar las cosas

La resignación de mis padres se traducía en el aspecto de nuestra casa
eran las persianas bajas
eran las luces del pórtico siempre encendidas, sin importar si era de noche o de día
eran las plantas descuidadas y marchitas
eran las manchas de humedad en las paredes, cargadas de llanto invisible
eran las persianas que había perdido el brillo, el color
eran las persianas descascarándose
las persianas eran tus ojos y quisieras haberlos tenido siempre cerrados para no ver lo que las calles le estaban haciendo a tus hijos

Algunas veces, cuando volvía a casa de noche y me encontraba con las persianas bajas
me quedaba duro en la entrada, conteniendo la respiración y pensaba en lo que podía encontrarme adentro. me preguntaba con qué nueva desgracia me sorprendería esta vez
a veces me daba una sensación como de frío y vacío en la base del estomago
y decidía que lo mejor era irme por ahí
no entraba en mi casa, prefería no entrar
y me marchaba resignado
tan resignado como mis padres adentro
acostados en la cama
uno en cada lado, muy separados
con los ojos abiertos y las luces apagadas
callados
preocupados
resignados
sin respuestas
sin ayuda
sin muchas cosas.


Yo tenía miedo
mucho miedo
y tuve muchas noches como esas
tal ves demasiadas.

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