miércoles, 15 de agosto de 2012

"Paciencia y tolerancia y saber cuando callarse".


La enfermera se llamaba Antonia y me condujo de la sala de espera hasta una habitación donde había dos camastros. Antonia era una señora grande y llevaba puesto un uniforme de enfermera color rosa y zapatillas blancas. En una de las camas había un joven de mi edad que parecía dormido. El joven llevaba una especie de bata celeste, una gorra en su cabeza y bolsas cubriendo sus pies, todo lo necesario para entrar al quirófano. Antonia me dio una pastillita amarilla y me dijo que la metiera debajo de mi lengua. “Esto es Trapax” me dijo “es un calmante”. Luego, me pidió que me sentara y salió de la habitación. El joven parecía realmente dormido. Había una ventana en la habitación, cubierta por una cortina de tela gris. Traté de correr la cortina para ver hacia fuera pero no pude. Escuché pasos acercándose. Volví a mi asiento. Al cabo, entró Antonia acompañada de un señor mayor que estaba conmigo en la sala de espera. “¿Usted es el señor Cirio, Daniel, verdad?” le preguntó Antonia. “El mismo” respondió el señor con una gran sonrisa. “Tomé esto y póngaselo bajo la lengua” le dijo Antonia, ofreciéndole la misma pastillita amarilla que a mi. “¿Qué es esto?” preguntó Daniel Cirio, algo molesto. “Es Trapax” contestó Antonia. “¿¡Trapax, para qué quiero yo Trapax!?”. “Es un calmante señor Cirio” aclaró Antonia. “Si, ya sé lo que es, soy odontólogo y sé muy bien lo que es un Trapax. Anoche antes de acostarme tomé un Libium, no necesito ningún Trapax”. “No me cause problemas señor Cirio y tómese el Trapax” le pidió Antonia, siempre amable e imperturbable. Daniel Cirio se metió la pastilla bajo la lengua y me guiño un ojo. “Toma, Altamiranda, vos anda poniéndote esto” me dijo la enfermera Antonia y me dio una de esas batas. A simple vista se podía decir que la señora Antonia era una enfermera por demás agradable, hacía bien su trabajo, tal vez encontrara satisfacción en ayudar a los demás. Mientras me ponía la bata, Antonia despertó al jovencito que estaba recostado sobre la cama. “Vamos” le dijo “arriba, ya es hora”. Lo tomó de la mano y salieron de la habitación. Me coloqué la bata como pude y me volví a sentar. “¿Para qué estás acá, tenés cataratas?” me preguntó el señor Cirio “No” le dije casi riendo “no, vengo a poner un cristal ICL” le aclaré. “Ah, es una pavada me dijo, quédate tranquilo”. A esta altura del partido Cirio Daniel era la vigésimo tercer persona que me invitaba a quedarme tranquilo en lo que iba del día y eso que apenas daban las 12.35 PM. Seguí sentando, viendo como Cirio Daniel golpeteaba sus dedos sobre su rodilla derecha, cruzada sobre la izquierda. Trataba de no pensar en lo que vendría a continuación. Trataba de imaginarme fuera de peligro, en casa, en apenas un par de horas. Antonia volvió a entrar y le dio una bata al señor Cirio, el odontólogo. “¿Está retirado?” le preguntó Antonia. “¿Yo?” respondió Cirio con un dejo de sorna e indignación. “Para nada, sigo teniendo un montón de gente, ejerzo desde hace 50 años, tengo 49 de casado, no, miento 51 años el pasado 6 de julio, sí 51 años de profesión. Ser odontólogo y casarme con mi mujer fueron las dos mejores decisiones que tomé en mi vida” declaró con orgullo. “Ah, mire que bien” le dijo Antonia. “Y vos cuántos años tenés” preguntó, dirigiéndose a mi. “Veinticinco” le dije. “¡¿Veinticinco!? Pareces más grande, debe ser por la barba. Veinticinco, igual que mi hijo mayor”. Yo me reí y Antonia me obsequió una delicada sonrisa. Se notaba a la legua que era una persona encantadora, una enfermera aplicada y, seguramente, una madre amorosa. “Acostate” me dijo. Yo me acosté y Antonia me colocó de esas bolsas en los pies y volvió a marcharse de la habitación. Fuera se largó a llover con gran estrépito. Podía escucharse el ruido de las gotas cayendo sobre los techos de las casas, en las terrazas de los edificios de Quilmes, sobre los capotes de los autos y los colectivos, sobre los árboles, en las veredas, por todas partes, agua venida del cielo aterrizando sobre la gente y sus paraguas y sus capas de lluvia. Para abrir un poco la conversación, le pregunté a Cirio cómo había elegido su profesión. “Fue más que nada una cuestión de azar, pude haber sido odontólogo como pude haber sido peluquero o abogado. Al principio me gustó, pero fue en tercer año, cuando empezamos a hacer practicas acá en la clínica Santa Lucía que le empecé a tomar el gustito y , ahora, 51 años después sigo ejerciendo, sigo teniendo mi gente, así que sigo, hasta que no pueda más. Ahora vine a operarme de cataratas, que es una pavada, ya sé que hoy a la tarde voy a poder abrir mi consultorio sin ningún problema. Lo malo de esto es la espera, se tarda más esperando que con la cosa en si”. Me dio un escalofrío cuando le escuché decir “la cosa en sí”. “Vos estás nervioso” me preguntó. “Un poco, si” le dije. “No estés nervioso, nene, es una pavada, no te vas a dar ni cuenta” me dijo. Antonia volvió a entrar en la habitación. “De qué estás cuchicheando ustedes dos” preguntó. “De nada” le dijo el señor Cirio y volvió a guiñarme el ojo. “En unos minutitos te toca a vos” dijo Antonia, refiriéndose a mi. “Este chico está muy nervioso, Antonita” dijo el señor Cirio “dale otro calmante”. “¿Estás nervioso? Pero si no va a pasar nada, vos sos fuerte, tenés que estar tranquilo. Si fuera mi hijo el que estuviera acá estaría temblando, pero vos no, vos estás tranquilo” dijo, luego, tras un instante, agregó “Bah, si fuera el más chico por ahí no, el más grande, el que tiene tu edad, sí, es muy asustadizo, más de este tipo de cosas, en eso salió al padre, todos los hombres son miedosos, todos”. “Si” convino el odontólogo. “Abrí la boca, saca la lengua” me dijo Antonia y me puso otra pastillita de Trapax bajo la lengua. “Enseguidita vengo a buscarte” me dijo y volvió a salir de la habitación. “¿Qué es lo que hace falta para que un matrimonio duré tanto tiempo?” le pregunté al señor Cirio. Algo en la expresión de su rostro blanco, lleno de pecas y con algunas arrugas me dijo que se sintió halagado por la pregunta. Cirio permaneció meditabundo por una fracción de segundo, sus manos habían dejado de golpetear la rodilla derecha. Se acomodó con la espalda recta sobre el respaldo de la silla, juntó las manos y me dijo “Paciencia y tolerancia” y, tras una pausa “y saber cuando callarse la boca. Por más que algunas veces tengas ganas de mandarla al carajo, te tenés que calmar y callarte la boca, de eso se trata la tolerancia”. Yo le observaba complacido desde mi cama, casi dormido, me había dado la respuesta adecuada, la respuesta que yo esperaba y necesitaba. El rostro amable de Cirio me sonreía desde la otra punta de la habitación, afuera se escuchaba como la lluvia aumentaba su caudal. La segunda dosis de Trapax estaba haciendo efecto. Antonia volvió a entrar. “Vamos” me dijo. Muy despacio, bajé de la cama y Antonia me tomó de la mano, mientras salíamos de la habitación miré para donde estaba Cirio Daniel. “Éxitos muchachito y estate tranquilo que no va a pasar nada” me dijo y volvió a darme la última guiñada de ojo. Salimos de la habitación, cruzamos por un pasillo oscuro y entramos por una puerta giratoria que decía: Quirófano, prohibido entrar sin la vestimenta pertinente. Entramos a una habitación intermedia que estaba a oscuras. Frente a nosotros se veían las luces de la sala de operación que se escapaban por una ventana circular. Se oía el ruido metalico de las maquinas de cirujia y las voces de los doctores, que hablaban en un tono bajo y algo grave.“Quédate tranquilo” me dijo Antonia y apretó bien fuerte mi mano. Era una buena enfermera, la mejor que se podía tener.

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