viernes, 7 de septiembre de 2012

esto.



Nadie decía nada por temor a romper el encanto
ellos lo sabían, todos lo sabíamos, era hora de volver a casa
cada uno se marchaba rumbo a una casa distinta
¡qué manera extraña de ponerle fin a la velada!
salimos a la noche y nos despedimos en la entrada
había un camino diferente para cada uno de nosotros
la 162 norte, con sus charcos y su barro, me estaba esperando
y no había cosa más fiel que la sensación de vacío
que me acometía a la hora de volver a casa pedaleando.

En los charcos de agua sucia me miré como en un espejo
a la luz de los faroles que bailaban contra el viento
la cara fatigada, amoratada y sangrante
me pedía por favor el final de este combate.
no iba a parar, la vida nos tenía contra la cuerdas
la rutina, los guantazos nos mantenían a raya
no había tiempo para pensar una estrategia
sólo quedaba aguantar, aguantar y aguantar
pero, había, si, un poco de esperanza
en todo momento, en cualquier lugar podía sonar la campana
entonces podíamos retirarnos hacia nuestra esquina
la campana nos salvaría
nuestra esquina nos salvaría
los amigos esperaban allí, en la esquina
ellos eran la esquina en esta vida.

Después de tanta pelea tendríamos un respiro
y nos dejaríamos caer sobre el banquito de nuestra esquina
escupiríamos la sangre, las vísceras y los dientes
y recibiríamos el aliento necesario para continuar
rociábamos nuestro rostro con un poco de fe
y salíamos de nuevo al ring, a batallar
no íbamos a ganar, no teníamos chance
nadie ganaba en esta pelea
pero teníamos esto
y mientras tuviéramos esto
podíamos seguir en el combate
aguantando los golpes hasta que se acabara la suerte.

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