sábado, 6 de octubre de 2012

yendo y viniendo en el bondi de la vida.



La  "semana de la salud dental” pone montones de estudiantes de odontología a circular por las calles
las jovencitas de blanco deambulan por los diagonales, se apostan en las esquinas, sueñan con llegar a ser
llevan sus uniformes, carteles con formato de muelas, mesas desplegables y valijas llenas de vaya uno a saber qué
ellas son el futuro de la nación, la viva imagen del amor por la camiseta, esfuerzo y dedicación al servicio de la humanidad.

Yo estaba -cuándo no?- volviendo a casa en el colectivo, sentado en uno de los últimos asientos, frente a la puerta de atrás
cada tanto volvía mi cabeza y veía a la gente que subía, todos ellos con sus caras de cansancio y movimientos bamboleantes
el 202 letra B, cartel rojo, volaba sobre el asfalto de la avenida uno rumbo a la intersección con la calle sesenta
frente a la facultad de odontología, dos muchachitas subieron con sus maletas y se sentaron en uno de los asientos de doble fila.

Hubo algo en el rostro de una de las dos muchachitas que me llamó poderosamente la atención
fue cosa de una fracción milésima de segundo, demasiado pronto para descubrir o recordar de qué se trataba
pero fue, fue poderoso y rápido y aniquilador, fue un ataque blitzkrieg sobre todos y cada uno de mis sentidos
y yo me pasé el resto del viaje mirándole la nuca, la espalda, el cuello y la larga, larga cabellera coronada por un rodete.

Trataba de descifrar, de descubrir en cuál rincón de mi mente se había escondido hábilmente en algún momento
no tuve éxito en mi tarea y cuando pasábamos por la calle guayaquil en la intersección de la avenida Montevideo lo descubrí
fue uno de esos momentos supremos de revelación que rayan lo bíblico, lo divino, lo fantástico, el bondi me acercaba otro milagro
en las cejas de la muchacha encontré lo que buscaba, mi revelación, sus cejas se arqueaban hacia arriba en una expresión gentil y bondadosa.

Era una santa y yo la conocía a esa santa, la conocía muy bien aunque nunca pude recibir de cerca el tacto de sus manos santas
cuarto grado B de la escuela Juan Bautista Alberdi de Berisso, clase de dos mil uno,
yo estaba en séptimo año y a punto de empezar la secundaria
pero recordaba a esa chica, a esa cara y a sus cejas que emanaban bondad y cariño y algo de tristeza también
pero ahora lucía distinta, cambiada, en algunos aspectos, no en los esenciales, no, pero si en lo que se muestra aparente.

A crecido bastante, ahora tiene la estatura de una amazona contemporánea y sus caderas y su torso se han deshinchado de un modo notable
tal parece que todo ese algo ha ido a parar a su busto y se ha concentrado ahí formando una base sólida de carne firme
su rostro se muestra tan agraciado como en aquellos días donde la espiaba en los recreos y la veía solita y objetivada de burlas
apuesto a que nadie se ríe de ella ahora, nadie le llamaría gorda, nadie rechazaría un beso de esta apuesta muchachita.

Pasó frente a mí y claro que no me reconoció y que nunca tuvo idea de quién era yo ni de dónde la conocía
quise prenderme de su rodete y acompañarla hasta donde ella quisiera llevarme, quise saludarla y presentarme
“hola, tal vez ni me recuerdes, pero yo te conozco desde antes que fueras lo que eres hoy”
pero qué estupidez, ella siempre fue lo que es hoy, sólo que había algo tapando nuestros ojos que nos impedía verlo.

Ahora ya es tarde para improvisar presentaciones y recordar los viejos buenos días en los anchos pasillos de la escuela dos
ella se está despidiendo de su amiga y está bajando por la puerta de atrás, dejando una estela de perfume que dice que no, no y no
saliendo de mi vida con el mismo apuro que entró, dejando todo hecho un desastre para siempre
en aquel momento desee más que nada en el mundo tener un martillo en mis manos
para destruir el espejo cruel que se paraba frente a mi
ante mi.

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