viernes, 30 de noviembre de 2012

amplificado y distorsionado, pánico.



La lluvia de imágenes que irradiaba la pantalla se había vuelto monótona,
te dio la sensación de que ya era tarde para seguir despierto
o te pareció escuchar algún ruido fuera.

Apagaste la tele y con mucho, mucho esfuerzo te pusiste de pie,
tus rodillas crujieron como papel al hacerlo y un cosquilleo
te recorrió desde la nuca hasta los talones.

Todo era silencio en la casa. Podías escuchar la canilla goteando en el baño,
la respiración trabajosa de la vieja heladera Siemens
y un concierto de grillos en el patio.

Imaginaste a los grillos llegando de a uno hasta el patio, saludándose
quitándose la galera y haciéndose una respetuosa reverencia
y, tras una mirada cómplice, daban inicio al concierto.

Fue ahí, justo ahí, cuando realizaste un descubrimiento que no tenía nada de nuevo para vos
lo habías hecho tantas veces y tantas veces habías buscado la forma de desecharlo,
pero, no había forma de desecharlo, puesto que siempre volvía.

Estabas solo. Querías gritar. Nadie llamó, nadie escribió, nadie. Te viste solo para siempre.
Uno a uno, tus amigos iban encontrando compañía mientras vos te quedabas solo,
solo, para siempre.

No había forma de revertirlo esta noche, no habría forma de revertirlo mañana.
Muy lentamente, te fuiste a la pieza cobijando este único pensamiento:
“que nadie se atreva a quitarme este vacío, pues es todo lo que siempre he tenido”.

Conozco bien esos lugares
uno se acostumbra
después ya no quiere salir más
y esto es cosa de todos los días.

Todos
los
días.

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