jueves, 27 de diciembre de 2012

canción que habla de lluvia.



            Ernesto río con ganas pero, en su fuero interno, la cosa no le había hecho ninguna gracia. Lo que Atilio acababa de contar le había descorrido la púa del tocadiscos de un modo abrupto, despiadado. Permaneció callado por espacio de un minuto, con la latita de Quilmes entibiándose en sus manos, contemplando la lluvia que formaba una tenue pantalla brumosa sobre la arboleda de pinos que se alzaba en el patio trasero de la casa. Dio un trago y se la pasó a Atilio, a la vez que preguntaba en un tono que fingía desinterés:
           
            - ¿Vos sabes de quién es, Tilio?
           
           -¿Qué cosa?- contestó Atilio algo distraído, mientras se tanteaba los bolsillos de la camisa y del jeans.
           
            -¿Quién fue, quién la dejó embarazada?
           
            -¡Ah! No, no sé, ni idea. Pudo ser cualquiera, tratándose de ella uno no puede saberlo. Vos sabes como es- dijo Atilio. Luego echo un buen trago de cerveza, se la pasó a Ernesto y encendió un cigarrillo.
           
            -¿De cuántos meses está?- insistió Ernesto.
           
            -¿Cómo puedo saberlo, Erno, qué preguntas haces?

            Ernesto asintió y se rascó la barbilla. Luego se reclinó sobre su asiento y se sumió en sus pensamientos. Así que Guadalupe está embarazada, pensó, era difícil de creer, difícil de aceptar y, a la vez, nada podía hacerse al respecto. Lo hecho, hecho estaba. Pero, debía de haber una equivocación, tenía que tratarse de una gravísima equivocación, podía ser sólo un rumor malintencionado, un invento. En el pueblo se decía cada cosa, cada cuento, se dijo para consolarse. Entonces, recordó que tres días atrás se había cruzado a Guadalupe en la puerta de la panadería y que la había notado un poco hinchada. ¿O sólo era su imaginación? Tuvo ganas de salir corriendo bajo la lluvia hasta la casa de la muchacha pero lo único que pudo hacer fue seguir allí sentado, tomando cerveza, viendo caer el aguacero, aullando para sus adentros.

            La tormenta se había anunciado con varios días de anticipación. En el amanecer nublado del lunes, en las altas temperaturas y los elevados porcentajes de humedad que se registraron durante la semana -alcanzando elevados picos de 30 grados centígrados la tarde del jueves- todo señalaba que tendrían lluvia para el viernes. Y, efectivamente y ya desde el mediodía, una cortina de agua cubría toda la población de Berizzio, desde las dársenas del puerto frente al río Del Plata hasta las plantaciones de uva y de ciruelas de Los Talas. Allí, cerca de unas las canteras linderas a la terminal de colectivos de la línea Unión S.A., se encontraba la casa donde Atilio vivía junto a su madre, doña Clara. En primavera, este tipo de lluvias duran semanas enteras y ésta recién habían comenzado. Aquel viernes por la tarde, los dos amigos no tenían mayor plan fuera de sentarse a conversar, beber unas cervezas y ver la lluvia desfilar. El patio de la casa era ideal para realizar este tipo de planes. El alero de chapa repiqueteaba sonoramente bajo el temporal; las plantas de doña Clara parecían alegrarse con la caída de agua y arrojaban su perfume fresco para celebrarlo. El fondo de la casa se perdía en un bosque de pinos que se extendía hasta chocar con la cantera, frente a la ruta provincial 15. El paisaje brindaba todo el encanto necesario que ambos requerían para pasárselo a lo grande, era de las pocas ventajas que les ofrecía vivir en las afueras del poblado. Un paquete de seis cervezas heladas y las sillas reposeras completaban la formula para que los muchachitos se sintieran a sus anchas aquella tarde.

            Un mosquito picó en la nuca a Ernesto y lo trajo de vuelta a la realidad. Aunque no era un secreto para Atilio lo de él y Guadalupe, sentía curiosidad al respecto de su embarazo pero no quería sonar demasiado sentimental, prefería no delatarse frente a su amigo, se trataba de una de esas cosas que había que sentirlas en carne propia para entenderlas. La lluvia parecía aumentar su caudal de bendición, Ernesto empezó a formularse las preguntas en su cabeza y buscó la forma de hacerlas para que no parecieran tan obvias. Mientras tanto, Atilio aguzaba el oído para escuchar a través del aguacero. Doña Clara podía llegar en cualquier momento y, de ser así, esconder la evidencia sería necesario para salvar sus pellejos muchachiles. Claro que el diluvio podía retener a doña Clara en la ciudad hasta altas horas de la noche, pero de ser así ella ya debería de haber telefoneado para avisar. ¿Se habrán cortado las redes telefónicas como se había cortado la luz? Era difícil saberlo. De todos modos, así era mejor para ellos, sólo les quedaba beber y esperar y pasar un buen rato. Cada uno, muy en el fondo, sabía que estarían haciendo lo mismo de no estar lloviendo, les daba igual.
            Tras unos minutos de abstracción, Ernesto creía haber encontrado las palabras justas para preguntar por el estado de Guadalupe sin delatar su posición, pensaba sacar a colación el partido de Estrellas del sábado anterior, de lo mal que había jugado el equipo y de las pocas probabilidades que tenían de ganar el campeonato, de como, pese a la derrota, Lucio Lunatti tenía importantes chances de ser descubierto por algún cazatalentos y de llegar a jugar en primera. Lucio, sí, Lucio, que era hermano de Lorenzo que, hasta donde él sabía, salía con Anahí, amiga o conocida de Guadalupe. En fin, poco importaba ya, de una u otra manera la charla los conduciría hasta donde él quería, estaba decidido a que así fuera. Cuando Ernesto ya se disponía a hablar, fue interrumpido por Atilio.
           
            -Esta se terminó, ¿Queres que traiga otra?

            -¿Otra qué?- preguntó Ernesto desconcertado.
           
            -Otra cerveza. Esta se terminó, ¿Queres que traiga otra, tomamos otra?
           
            -No, no. Creo que ya está bien. Tilio, ¿Escuchaste el partido del sábado pasado?- preguntó Ernesto, pero Atilio no lo escuchaba, su mirada perseguía la nada a través del aguacero, más allá de los pinos y del alambrado que separaba la propiedad de las otras casas de la zona.
           
            - La lluvia siempre me hace acordar de Amadeo. Cuando éramos chicos y mi vieja se quedaba en el colegio hasta que parara y yo y Amadeo nos quedábamos solos. Me acuerdo que un día de lluvia, así zarpada como esta, Amadeo me preparó una taza enorme de café con leche. Lo hizo sin que yo se lo pidiera y todo, fue como un buen gesto que tuvo para conmigo, para tranquilizarme, porque él sabía que a mi me gustaba el café con leche pero que mi vieja no me dejaba tomarlo porque decía que yo era chico para tomar café. ¡Hasta le rayó canela y todo!- exclamó Atilio, casi riendo. Ernesto, en silencio, lo contemplaba detenidamente.

            Amadeo era el hermano mayor de Atilio. El año pasado, en los días que transcurrían entre Navidad y Año nuevo, apareció muerto, ahorcado, colgado de un árbol con su propia bufanda. Los motivos del por qué permanecían secretos para todo el mundo, salvo para él. Atilio nunca hablaba de eso, nunca hablaba de cosas que le pasaban. Hasta ahora.
           
            -La lluvia, el café con leche, la canela, esas cosas me recuerdan a Amadeo. Los pinos de ahí, del fondo, también. Montones de veces, a la madrugada, lo veía fumando ahí a escondidas. Fumaba Camel. Se fumaba el último de la noche cuando volvía de la casa de Daniela. Yo lo espiaba por la ventana y él no se daba cuenta. El destello del cigarro lo delataba, el destello naranja y el humo también. Fumaba un rato, después lo apagaba y entraba en la casa. Yo me tapaba hasta las narices con la frazada y lo escuchaba entrar en la cocina, lo escuchaba atentamente, paso a paso: abría la heladera y se comía lo primero que encontraba. Mi vieja siempre le dejaba algún resto preparado, porque sabía que la lombriz siempre llegaba con hambre de la casa de Daniela. Después lo escuchaba entrar en el baño. Lo escuchaba levantar la tapa del inodoro, lo escuchaba toser y escupir adentro, tenía montones de esas manías que eran medio un asco. Después abría la canilla, meaba, se lavaba las manos y, a lo último, se cepillaba los dientes. Cuando entraba en la pieza yo me hacía el dormido para que no se diera cuenta de que lo había estado espiando. El no sabía que yo sabía que fumaba. A veces, si estaba de buen humor me sacudía y me preguntaba si le molestaba que pusiera música, en realidad me despertaba porque quería hablar, la música era una excusa, porque también pasaba que a veces llegaba y ponía el grabador bien bajito sin preguntarme nada. A veces yo le contestaba, pero la mayoría de las veces me hacía el dormido porque no tenía ganas de hablar con él, siempre me hablaba de Daniela y eso me aburría tremendamente. Me acuerdo que ponía mucho Creedence en el grabador, a mi me gustaba bastante, sobre todo por esa canción que hablaba de la lluvia, la que arranca con la guitarra limpia y después va subiendo, es hermosa esa canción.- los ojos de Atilio irradiaban una luz brumosa de amor sincero.

            Ernesto lo contemplaba en silencio. El también lo recordaba a diario y de sólo imaginar como debía sentirse Atilio se ponía cabizbajo.

            -Lo extraño, sabes, lo extraño un montón. Sé que mamá piensa que no, y que mis tías y mis primas piensan que no, pero es así. Yo lo extraño un montón. Jamás pensé que lo iba a extrañar, pero es así, Erno, lo extraño.
           
            -¡Claro que lo vas a extrañar! ¿Qué saben tus tías?

            -No saben nada, pero hablan mucho.

            - ¿No se llevaban muy bien entre ustedes no?- preguntó Ernesto.
           
            -En el último tiempo no. No se llevaba bien con nadie, andaba siempre enojado, siempre de mal humor. Era como que estaba y no estaba, su presencia, no sé como decirtelo, era fantasmagórica, casi invisible.- Atilio calló y se puso de pie, dio dos pasos hacia el borde del alero y se apoyo en uno de los parantes. La lluvia se había detenido y se escuchaban las últimas gotas desprendiéndose de los pinos del fondo. Ernesto se puso de pie y se acercó hasta Atilio.
           
            -¿Estás bien?- preguntó.
           
            -Si, si. No es nada, no te preocupes, es sólo que...
           
            -¿Es sólo que qué?
           
            -Me gustaría haber podido hablar con él.
           
            -Entiendo, te entiendo, Tilio, pero ya es muy tarde y pensando así no va a cambiar la historia. Ya está.
           
            -Si, si. Lo sé. Por eso te digo que no te preocupes. ¿Querés otra cerveza?
           
            Ernesto consultó su reloj antes de responder.
           
            -No, gracias, ya es tarde. Mejor me voy pateando hasta casa.
           
            -Bueno, está bien. Dale mis saludos a tus viejos.
           
            -Serán dados- dijo Ernesto y se alejó esquivando los charcos que pululaban en el fondo de la casa. Atilio vacío la espuma de las latas y entró en la casa. El sol descorría el telón de nubes y lanzaba su amorosa luz rosada sobre los techos de las casas, los árboles y la cantera. La tarde había terminado.

domingo, 23 de diciembre de 2012

de mi corazón, para los jovenes de esta nación.



Todo eso que se ha perdido parece más perdido aún. Aquí mismo, ahora, en el interior de esta sala con pisos de mármol donde me encuentro viviendo un instante de vida irreal, una parodia, una burla del destino.  

De a ratos, me llegan, como ráfagas de metralla, fragmentos entrecortados de conversaciones y llantos que se ahogan y se pierden bajo el ruido de los ómnibus que circulan fuera, por la avenida Montevideo, haciendo vibrar las paredes del salón. También hay quienes ríen. Supongo que estarán recordando los buenos tiempos. Tal vez sea esa la mejor manera de homenajearlo, de acompañarlo en el comienzo de su viaje a través del valle de las sombras. Pienso en el viejo pidiendo un brindis, obligando el fondo blanco, entonando canciones labradas sobre la marcha, para la ocasión, aplaudiendo por todo y por nada, arengando, pidiendo nueras, pidiendo nietos y más nietos, pidiendo y pidiendo y dando tanto, tantas risas y alegrías como le fuera posible, alimentándose de aplausos y ovaciones. Puedo verlo ahora, sentado a la cabecera de la mesa frente a un vaso lleno a medias de vino tinto, luciendo un sombrero de paja, con las manos cruzadas sobre su vientre prominente, con la piel roja y oscura castigada por la viruela, exhibiendo su sonrisa perfecta, coronado por un mondadientes que se pasea de aquí para allá dentro de su boca. Tan sólo siendo él.

Maldito viejo, desgraciado, te has ido sin avisar, sin dejar dicho a dónde ibas, con tanta prisa que no has sido capas de despedirte y ahora nos hemos quedado acá, privados de tu magia para siempre. No me parece justo, pero nada es justo en esta vida, sin importar que tanto te sometas a las reglas que rigen el buen comportamiento de los hombres, todo siempre se termina y, si ese algo es bueno, lo más probable es que se termine pronto. Así funciona la cosa.

Sentado frente al viejo, que descansa, que parece tan sereno, tan raramente callado, contemplo el desfile de los que asisten a despedirse y los convido con mis lágrimas. Tengo de sobra, hoy no las voy a echar en falta. ¿Existirá algo más duro para un hombre que ver llorar a su padre? Puedo citar de memoria las pocas veces que vi llorar al mío y tengo plena certeza de que cada ocasión fracturó los cimientos de mi estructura de un modo irreparable. Tengo la sensación de que aquí estamos perdiendo algo más que un padre, algo más que un marido o un hermano, algo más que un abuelo, tío o primo, algo más que un padrino, algo más que un amigo o un compadre, algo más que un compañero de trabajo o de equipo, algo más que un conocido del bar, mucho más, estamos perdiendo mucho más que eso. Tengo la sensación de que estamos perdiendo al genio generador de los grandes momentos, estamos perdiendo a uno de los últimos valientes capaz de poner en su lugar a cualquier desubicado que pudiera cometer un atropello en la cola del supermercado, en el colectivo o, incluso, hasta en el bar, estamos perdiendo 93kilos de hombría, de bravura ejemplar. Lo estamos perdiendo, lo hemos perdido, para siempre.

Lo escucho riendo, festejando la ilícita flor de espada que Manuel solía presentarle a Ignacio cuando jugaban al truco en el departamento de Mar de Ajó, cuando todavía veraneábamos en familia. Lo escucho roncando de un modo atronador por las noches, dejando las luces del pasillo encendidas y todas las puertas abiertas para lograr una mejor acústica. Lo escucho retando a los perros y a la tele. Lo escucho contando sus historias: cuidador de ovejas en Santiago, vendedor de diarios en Berisso, la conquista de Cristina, la ayuda cómplice de Graciela, el Swift, el Armour, la base y la propulsora. Lo escucho contando orgulloso como era ser pobre: andar descalzo, pasar hambre, divertirse con nada más que una pelota de trapo, el ser discriminado por ser un cabecita del barrio bajo y, aún así, luchar para ganarse el amor de una muchachita de alta alcurnia y lo mejor de esta historia era que tuvo éxito en su empresa y que trajo al mundo a cinco hijos y que todos fueron bautizados con uno de sus dos nombres, ese que no le daba vergüenza. Lo escucho durmiendo en compañía de los noticieros de medianoche y el boxeo. Lo escucho, todavía lo escucho latiendo adentro, muy dentro mío.

Lo veo llegando a Constitución en un oxidado vagón de tren proveniente desde el Estero de Santiago. Lo veo crecer hasta convertirse en mi padre. Lo veo leyendo el diario bajo el primer sol de la mañana, ayudándose con unas gafas gigantescas y ridículas. Lo veo estrujando entre sus brazos a Juanita y a León mientras pide que le digan que lo quieren mucho. Lo veo enrojecido, haciendo un asado con una remera del xeneixe atada en la cabeza. Lo veo apurando un cinzano en la barra del tiburón azul. Lo veo llegando una hora tarde para el almuerzo, cantando bajito, con la bolsa del pan bajo su brazo, aparentando que sólo se ha demorado unos minutos, preguntando cómo no lo esperamos para comer. Lo veo tomando mates en la puerta de casa, saludando a los vecinos y transeúntes, mientras el sol se va escondiendo quedamente entre las siluetas de las casitas del barrio Villa Zula. Ya nadie hace esas cosas, nadie mezcla tanta soltura y heroísmo y lo hace parecer tan sencillo. Lo veo, todavía lo veo, puedo verlo de un modo nítido, excesivamente vivido, fiel, tan real como un cuadro. Tan cercano y tan distante como la vez que me llevó a la playa un día de lluvia y sólo estábamos yo y él y el mar y la arena parda y el cielo gris cargado de rayos y de tormenta. 

Todavía estás acá, aún no te has ido y aunque me desespero y trato de no perder tus recuerdos sé qué voy a tener que dejarte ir. Me miento a mi mismo, me digo que aún no ha llegado el momento. Me pongo de pie y salgo de la sala. Camino hasta el patio lateral donde hay un banquito. Fuera hace frío y está calmo. Adentro quedan pocos, muchos se han ido a sus casas a dormir, a llorar sin ser vistos, a juntar nervio para enfrentar lo de mañana. Me siento en el banquito y trato de recapitular los escenarios, los personajes, los diálogos de mi padre. Todo es en vano. Como una mancha de tinta en el medio del océano, la marea lo está dispersando todo en mi imaginación, siento que casi no puedo recordarlo. Rompo a llorar, amargamente, en silencio. Quisiera que esto hubiera sucedido de otra manera, quisiera. Pienso en las palabras que me dijo Victorio: “ningún hombre supera la muerte de su padre”, pienso en ello hasta quedarme dormido y despierto para marchar en la procesión que acompaña los restos de mi señor padre hasta el cementerio de la ciudad.

Ahora, estoy en casa y todo ha quedado atrás, al menos en lo que a la dimensión del tiempo se refiere. El recuerdo de mi padre se sigue desintegrando en la marea, y pienso, de manera irremediable, pienso, si ¿Todavía quedan hombres así en la tierra? Yo sólo conocía a mi padre y ahora se ha ido, para siempre. Adiós.

domingo, 16 de diciembre de 2012

una manzana del deseo para la señorita Muñoz.



La señorita Muñoz entra en el aula, saluda a la clase y comienza con la lección del día. Nada la detiene, nadie la interrumpe con preguntas soeces. Sentaditos, calladitos, todos prestan atención.

No tiene chances de ganar un concurso de belleza, tampoco podría ser bailarina de caño,
no tiene un físico exuberante y hasta es probable que pase inadvertida frente a una obra en construcción.

Allá lejos y hace tiempo, en México y en Perú, Don Ernesto Laclau realizó un trabajo admirable con ella. Se sentiría orgulloso si pudiera escucharla disertando sobre historia de las ideas y los procesos políticos.

Aquel ferviente peregrinaje por Centroamérica ha dejado una huella interesante en su voz, un tono desarticulado y falto de identidad que se mezcla con la utilización de un lenguaje candido y encendido.

“Hegemonía”, “contra hegemonía”, “coyuntura”, “estado” y “democracia” salen apasionadamente de su boca y caen sobre nosotros como bolas salidas de un cañón teórico, cargadas de sentido social y político.

Cada tanto, emite un suspiro y toma aire para seguir con su clase y cada suspiro produce un terremoto en mis emociones y, luego, continúa, tratando de contagiar su entusiasmo en el alumnado enmudecido.

Todos la admiran como embobados. Algunos escuchan, otros anotan, pero nadie parece entender muy bien lo que dice. Algo los distrae. Una fuerza especial ejerce un control sobre los cuerpos de estos individuos.

Por mi parte, he asistido a catorce de las dieciséis clases que la señorita Muñoz ha dictado este semestre y debo admitir que -al margen de lo aprendido- nunca antes la había visto así, de esta manera, con estos ojos, que anhelan más de lo que podrían conseguir.

A diferencia de todas las clases anteriores, ha optado por un suntuoso vestido negro que le da un toque distinguido, muy elegante. Se ha vestido así para la audiencia, para nosotros, ¿Para quién más sino?

El vestido, negro como el carbón y sin mangas, contrasta a la perfección con su piel tostada bajo el sol de Centroamérica y produce un efecto napalm en las mentes más débiles.

Esta excelentísima pieza de arte que viste, le queda muy ceñida en la cintura y posee un tableteado laberíntico en la falda, de la cual se escapan dos rodillas simétricamente perfectas.

Puras e incorruptibles, esas rodillas no son como otras rodillas que he visto. Esas rodillas son rodillas únicas. Ni una sola marca, ni un solo manchón, nada de raspones. Nada de nada de nada que sea feo.

Su piernas, delgadas, huesudas, concluyen en un par de zapatos de charol marrón que quieren hacer juego con tres brazaletes que lleva en el brazo izquierdo, muy cerca del codo.

Noto que durante las dos horas y media que dura la clase sostiene su brazo rígido, muy rígido, formando un ángulo de noventa grados, para evitar el baile torpe de los brazaletes.

Hay un collar abrazando su cuello. Se trata de un collar de cuentas nacaradas con perlas de fantasía. De a ratos, su mano derecha asciende con delicadeza y sujeta el collar, arrastrándolo media vuelta en torno a su garganta cual montaña rusa desbordante de placer.

También lleva un par de gafas de aumento, que se quita cada tanto, cuando resopla y exclama con agobio “qué calor”. Y hay un lunar en su cachete derecho que invita a ser mordido.  Y hay un rodete descansando sobre su cabecita bullente de historicismo.

Yo debería estar tomando apuntes, o al menos debería estar escuchando lo que dice, más no puedo. Hay otra cosa -más fuerte- en el aire. No es el azote del calor de diciembre que me agobia y no es la famosa humedad asesina.

Tampoco son los bichos cascarudos que entran volando por la ventana. Los bichos que volaban cruzando el Bosque de noche, los que vieron luz y entraron por la ventana y fueron a estrellarse contra las sienes de la señorita Muñoz. Cabrones, afortunados, insectos.

La clase continua su marcha, pese al calor, pese a la humedad, pese a los insectos y pese a lo otro. El momento culmine llega cuando la señorita Muñoz se da vuelta para escribir algo en la pizarra, revelando su espalda desnuda y, debajo de ésta, el cierre de su vestido.

El cierre sube desde la cintura hasta la mitad de la espalda de la señorita Muñoz. El paisaje se me antoja como un sendero de sabores intensos, como un curso de agua dulce que recorre el valle formado por sus omoplatos y que esconde oro en sus profundidades.

Si pudiera, si tan sólo pudiera, llevármela, lejos de este lugar, para cuidarla, para protegerla y resguardarla de todas las manos y las miradas hambrientas. Nunca permitiría la caída de ese cierre. Cortaría las manos de todo aquel que osara intentarlo siquiera.

No dejaría que esas rodillas besarán el suelo jamás. No dejaría que se raspen ni que se lastimen. Y ese cabello, que encierra el secreto de siglos de historia en casa uno de sus vasos, ese cabello no sería pervertido por el deseo de los amantes sobresaltados.

Ser el guardián y único centinela de esa estampita sagrada que es la santa señotira Muñoz es todo a cuanto puedo yo aspirar. Acariciarla es una tontería. Sería lo mismo que batirse a golpes contras las olas del mar. No detendría nada, sólo estaría echando a perder una vista preciosa.




   

lunes, 3 de diciembre de 2012

los tiempos que corren se han vuelto inalcanzables.



Escuché atentamente a las generaciones más jóvenes
gritando a los cuatro vientos cuales eran sus necesidades
pero aquello que recibieron no era lo que buscaban
y en los días que continuaron, se rompieron sus corazones.

No escuché a mi generación, se quedaron todos callados
las muchachas sin habla, los muchachos avergonzados
ellas lloraban por nada y aunque ellos tenían motivos, el llanto se lo tragaron
y endurecieron sus corazones, en los días que continuaron.

Escuché a las generaciones anteriores, convidaronme su experiencia
me dijeron que entre nosotros sólo existían diferencias
que los tiempos habían cambiado y que ahora todo nada nos cuesta
y sus corazones se han apagado, están brillando por su ausencia.

y todos juntos vamos marchando hacia el ocaso de nuestras vidas
llevamos prisa por encontrarnos con esa pálida dama fría
y le damos la espalda a los más bellos atardeceres
y olvidamos en un descuido encender nuestros corazones.