domingo, 23 de diciembre de 2012

de mi corazón, para los jovenes de esta nación.



Todo eso que se ha perdido parece más perdido aún. Aquí mismo, ahora, en el interior de esta sala con pisos de mármol donde me encuentro viviendo un instante de vida irreal, una parodia, una burla del destino.  

De a ratos, me llegan, como ráfagas de metralla, fragmentos entrecortados de conversaciones y llantos que se ahogan y se pierden bajo el ruido de los ómnibus que circulan fuera, por la avenida Montevideo, haciendo vibrar las paredes del salón. También hay quienes ríen. Supongo que estarán recordando los buenos tiempos. Tal vez sea esa la mejor manera de homenajearlo, de acompañarlo en el comienzo de su viaje a través del valle de las sombras. Pienso en el viejo pidiendo un brindis, obligando el fondo blanco, entonando canciones labradas sobre la marcha, para la ocasión, aplaudiendo por todo y por nada, arengando, pidiendo nueras, pidiendo nietos y más nietos, pidiendo y pidiendo y dando tanto, tantas risas y alegrías como le fuera posible, alimentándose de aplausos y ovaciones. Puedo verlo ahora, sentado a la cabecera de la mesa frente a un vaso lleno a medias de vino tinto, luciendo un sombrero de paja, con las manos cruzadas sobre su vientre prominente, con la piel roja y oscura castigada por la viruela, exhibiendo su sonrisa perfecta, coronado por un mondadientes que se pasea de aquí para allá dentro de su boca. Tan sólo siendo él.

Maldito viejo, desgraciado, te has ido sin avisar, sin dejar dicho a dónde ibas, con tanta prisa que no has sido capas de despedirte y ahora nos hemos quedado acá, privados de tu magia para siempre. No me parece justo, pero nada es justo en esta vida, sin importar que tanto te sometas a las reglas que rigen el buen comportamiento de los hombres, todo siempre se termina y, si ese algo es bueno, lo más probable es que se termine pronto. Así funciona la cosa.

Sentado frente al viejo, que descansa, que parece tan sereno, tan raramente callado, contemplo el desfile de los que asisten a despedirse y los convido con mis lágrimas. Tengo de sobra, hoy no las voy a echar en falta. ¿Existirá algo más duro para un hombre que ver llorar a su padre? Puedo citar de memoria las pocas veces que vi llorar al mío y tengo plena certeza de que cada ocasión fracturó los cimientos de mi estructura de un modo irreparable. Tengo la sensación de que aquí estamos perdiendo algo más que un padre, algo más que un marido o un hermano, algo más que un abuelo, tío o primo, algo más que un padrino, algo más que un amigo o un compadre, algo más que un compañero de trabajo o de equipo, algo más que un conocido del bar, mucho más, estamos perdiendo mucho más que eso. Tengo la sensación de que estamos perdiendo al genio generador de los grandes momentos, estamos perdiendo a uno de los últimos valientes capaz de poner en su lugar a cualquier desubicado que pudiera cometer un atropello en la cola del supermercado, en el colectivo o, incluso, hasta en el bar, estamos perdiendo 93kilos de hombría, de bravura ejemplar. Lo estamos perdiendo, lo hemos perdido, para siempre.

Lo escucho riendo, festejando la ilícita flor de espada que Manuel solía presentarle a Ignacio cuando jugaban al truco en el departamento de Mar de Ajó, cuando todavía veraneábamos en familia. Lo escucho roncando de un modo atronador por las noches, dejando las luces del pasillo encendidas y todas las puertas abiertas para lograr una mejor acústica. Lo escucho retando a los perros y a la tele. Lo escucho contando sus historias: cuidador de ovejas en Santiago, vendedor de diarios en Berisso, la conquista de Cristina, la ayuda cómplice de Graciela, el Swift, el Armour, la base y la propulsora. Lo escucho contando orgulloso como era ser pobre: andar descalzo, pasar hambre, divertirse con nada más que una pelota de trapo, el ser discriminado por ser un cabecita del barrio bajo y, aún así, luchar para ganarse el amor de una muchachita de alta alcurnia y lo mejor de esta historia era que tuvo éxito en su empresa y que trajo al mundo a cinco hijos y que todos fueron bautizados con uno de sus dos nombres, ese que no le daba vergüenza. Lo escucho durmiendo en compañía de los noticieros de medianoche y el boxeo. Lo escucho, todavía lo escucho latiendo adentro, muy dentro mío.

Lo veo llegando a Constitución en un oxidado vagón de tren proveniente desde el Estero de Santiago. Lo veo crecer hasta convertirse en mi padre. Lo veo leyendo el diario bajo el primer sol de la mañana, ayudándose con unas gafas gigantescas y ridículas. Lo veo estrujando entre sus brazos a Juanita y a León mientras pide que le digan que lo quieren mucho. Lo veo enrojecido, haciendo un asado con una remera del xeneixe atada en la cabeza. Lo veo apurando un cinzano en la barra del tiburón azul. Lo veo llegando una hora tarde para el almuerzo, cantando bajito, con la bolsa del pan bajo su brazo, aparentando que sólo se ha demorado unos minutos, preguntando cómo no lo esperamos para comer. Lo veo tomando mates en la puerta de casa, saludando a los vecinos y transeúntes, mientras el sol se va escondiendo quedamente entre las siluetas de las casitas del barrio Villa Zula. Ya nadie hace esas cosas, nadie mezcla tanta soltura y heroísmo y lo hace parecer tan sencillo. Lo veo, todavía lo veo, puedo verlo de un modo nítido, excesivamente vivido, fiel, tan real como un cuadro. Tan cercano y tan distante como la vez que me llevó a la playa un día de lluvia y sólo estábamos yo y él y el mar y la arena parda y el cielo gris cargado de rayos y de tormenta. 

Todavía estás acá, aún no te has ido y aunque me desespero y trato de no perder tus recuerdos sé qué voy a tener que dejarte ir. Me miento a mi mismo, me digo que aún no ha llegado el momento. Me pongo de pie y salgo de la sala. Camino hasta el patio lateral donde hay un banquito. Fuera hace frío y está calmo. Adentro quedan pocos, muchos se han ido a sus casas a dormir, a llorar sin ser vistos, a juntar nervio para enfrentar lo de mañana. Me siento en el banquito y trato de recapitular los escenarios, los personajes, los diálogos de mi padre. Todo es en vano. Como una mancha de tinta en el medio del océano, la marea lo está dispersando todo en mi imaginación, siento que casi no puedo recordarlo. Rompo a llorar, amargamente, en silencio. Quisiera que esto hubiera sucedido de otra manera, quisiera. Pienso en las palabras que me dijo Victorio: “ningún hombre supera la muerte de su padre”, pienso en ello hasta quedarme dormido y despierto para marchar en la procesión que acompaña los restos de mi señor padre hasta el cementerio de la ciudad.

Ahora, estoy en casa y todo ha quedado atrás, al menos en lo que a la dimensión del tiempo se refiere. El recuerdo de mi padre se sigue desintegrando en la marea, y pienso, de manera irremediable, pienso, si ¿Todavía quedan hombres así en la tierra? Yo sólo conocía a mi padre y ahora se ha ido, para siempre. Adiós.

No hay comentarios:

Publicar un comentario