domingo, 16 de diciembre de 2012

una manzana del deseo para la señorita Muñoz.



La señorita Muñoz entra en el aula, saluda a la clase y comienza con la lección del día. Nada la detiene, nadie la interrumpe con preguntas soeces. Sentaditos, calladitos, todos prestan atención.

No tiene chances de ganar un concurso de belleza, tampoco podría ser bailarina de caño,
no tiene un físico exuberante y hasta es probable que pase inadvertida frente a una obra en construcción.

Allá lejos y hace tiempo, en México y en Perú, Don Ernesto Laclau realizó un trabajo admirable con ella. Se sentiría orgulloso si pudiera escucharla disertando sobre historia de las ideas y los procesos políticos.

Aquel ferviente peregrinaje por Centroamérica ha dejado una huella interesante en su voz, un tono desarticulado y falto de identidad que se mezcla con la utilización de un lenguaje candido y encendido.

“Hegemonía”, “contra hegemonía”, “coyuntura”, “estado” y “democracia” salen apasionadamente de su boca y caen sobre nosotros como bolas salidas de un cañón teórico, cargadas de sentido social y político.

Cada tanto, emite un suspiro y toma aire para seguir con su clase y cada suspiro produce un terremoto en mis emociones y, luego, continúa, tratando de contagiar su entusiasmo en el alumnado enmudecido.

Todos la admiran como embobados. Algunos escuchan, otros anotan, pero nadie parece entender muy bien lo que dice. Algo los distrae. Una fuerza especial ejerce un control sobre los cuerpos de estos individuos.

Por mi parte, he asistido a catorce de las dieciséis clases que la señorita Muñoz ha dictado este semestre y debo admitir que -al margen de lo aprendido- nunca antes la había visto así, de esta manera, con estos ojos, que anhelan más de lo que podrían conseguir.

A diferencia de todas las clases anteriores, ha optado por un suntuoso vestido negro que le da un toque distinguido, muy elegante. Se ha vestido así para la audiencia, para nosotros, ¿Para quién más sino?

El vestido, negro como el carbón y sin mangas, contrasta a la perfección con su piel tostada bajo el sol de Centroamérica y produce un efecto napalm en las mentes más débiles.

Esta excelentísima pieza de arte que viste, le queda muy ceñida en la cintura y posee un tableteado laberíntico en la falda, de la cual se escapan dos rodillas simétricamente perfectas.

Puras e incorruptibles, esas rodillas no son como otras rodillas que he visto. Esas rodillas son rodillas únicas. Ni una sola marca, ni un solo manchón, nada de raspones. Nada de nada de nada que sea feo.

Su piernas, delgadas, huesudas, concluyen en un par de zapatos de charol marrón que quieren hacer juego con tres brazaletes que lleva en el brazo izquierdo, muy cerca del codo.

Noto que durante las dos horas y media que dura la clase sostiene su brazo rígido, muy rígido, formando un ángulo de noventa grados, para evitar el baile torpe de los brazaletes.

Hay un collar abrazando su cuello. Se trata de un collar de cuentas nacaradas con perlas de fantasía. De a ratos, su mano derecha asciende con delicadeza y sujeta el collar, arrastrándolo media vuelta en torno a su garganta cual montaña rusa desbordante de placer.

También lleva un par de gafas de aumento, que se quita cada tanto, cuando resopla y exclama con agobio “qué calor”. Y hay un lunar en su cachete derecho que invita a ser mordido.  Y hay un rodete descansando sobre su cabecita bullente de historicismo.

Yo debería estar tomando apuntes, o al menos debería estar escuchando lo que dice, más no puedo. Hay otra cosa -más fuerte- en el aire. No es el azote del calor de diciembre que me agobia y no es la famosa humedad asesina.

Tampoco son los bichos cascarudos que entran volando por la ventana. Los bichos que volaban cruzando el Bosque de noche, los que vieron luz y entraron por la ventana y fueron a estrellarse contra las sienes de la señorita Muñoz. Cabrones, afortunados, insectos.

La clase continua su marcha, pese al calor, pese a la humedad, pese a los insectos y pese a lo otro. El momento culmine llega cuando la señorita Muñoz se da vuelta para escribir algo en la pizarra, revelando su espalda desnuda y, debajo de ésta, el cierre de su vestido.

El cierre sube desde la cintura hasta la mitad de la espalda de la señorita Muñoz. El paisaje se me antoja como un sendero de sabores intensos, como un curso de agua dulce que recorre el valle formado por sus omoplatos y que esconde oro en sus profundidades.

Si pudiera, si tan sólo pudiera, llevármela, lejos de este lugar, para cuidarla, para protegerla y resguardarla de todas las manos y las miradas hambrientas. Nunca permitiría la caída de ese cierre. Cortaría las manos de todo aquel que osara intentarlo siquiera.

No dejaría que esas rodillas besarán el suelo jamás. No dejaría que se raspen ni que se lastimen. Y ese cabello, que encierra el secreto de siglos de historia en casa uno de sus vasos, ese cabello no sería pervertido por el deseo de los amantes sobresaltados.

Ser el guardián y único centinela de esa estampita sagrada que es la santa señotira Muñoz es todo a cuanto puedo yo aspirar. Acariciarla es una tontería. Sería lo mismo que batirse a golpes contras las olas del mar. No detendría nada, sólo estaría echando a perder una vista preciosa.




   

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