domingo, 3 de noviembre de 2013

esperando.

El teléfono no suena y Carolina está esperando, y no importa cuan fijo lo mire, ni cuanta atención le presten sus orejas, no parece haber señales de que vaya a sonar esta tarde. Hoy es sábado y él debió haber llamado hace días, piensa, debió haber llamado hace días y hoy tendrían que estar juntos en algún otro lugar y ella no tendría que estar ahí, así, esperando como una boba a ver si obtiene un poco de su atención. Ahora mismo, él podría llamar y todo saldría de maravillas: un saludo, una disculpa y luego, si, finalmente, la invitación, la que tanto ha estado necesitando, al cine, al parque o al jardín-zoológico, no importa a donde sea, mientras sea…con él.

Carolina muerde su labio inferior y ensaya una sonrisa que no engaña a nadie, tampoco puede evitar que se le arqueen las cejas, mientras sus ojitos color marrón avellana le brillan a la nada que domina la habitación. Ella sola se delata. Su rostro es el vivo rostro de la angustia, la angustia mas fina y elegante que jamás haya conocido la calle Bélgica, en el barrio Farol, allá en Ensenada.

Desde muy temprano en la mañana, pasado el mediodía, el almuerzo de tallarines con albaca y aceite, la sobremesa, la posterior limpieza de platos (acompañada de una sorprendente cantidad de suspiros), y ahora, que la tarde está cayendo, Carolina ha estado pendiente del teléfono. Disimulada, levanta el tubo y comprueba si hay tono. Lo hay. Cuelga y maldice en voz baja. Y sigue esperando.

Cruzadita de piernas, hundida en el sillón, pegada al teléfono, ya no sabe que hacer para no desmoronarse. Hasta el momento, todo lo ha intentado y los resultados no han sido para nada eficaces. Empezó a leer “Un estudio en escarlata”, pero las aventuras del excéntrico Holmes y su fiel camarada Watson no lograron apartar su atención del silencioso aparato y ahora descansan sobre la mesita del té, frente al sillón, junto a un juego de cartas deshecho y a una taza con un resto de tilo en el fondo. También pensó en dedicarse a tejer una bufanda o un suéter, lo que fuera con tal de matar el tiempo, pero su orgullo acabo por descartar ese proyecto, están en noviembre, en plena estación primaveral, pensarán que se está volviendo loca y que ha perdido la noción del tiempo, o algo así. Por momentos hasta prefiere fantasear con la idea de que algo horrible le ha sucedido al muchacho, impidiéndole realizar el llamado, cualquier cosa antes de aceptar que no la llamó porque no tuvo ganas de hacerlo. Lo imagina tendido en la cama de algún hospital, lamentándose por no haberla llamado antes; puede escucharlo pidiendo auxilio a través del rugido de la tormenta, nadando ya sin fuerzas, viendo como el barco se hunde frente a sus ojos, los únicos ojos que supieron intimidarla; puede palpar con sus manos el frío del calabozo en el cual se encuentra, lo ve agarrado a los barrotes y pidiendo por ella; incluso hasta le gustaría verlo siendo abducido por un platillo volador, desapareciendo para siempre en el espacio. Aquellas fantasías la divierten y le sirven de consuelo, Carolina se sonríe complacientemente, contenta con su fechoría, hasta que recapacita y se averguenza de si misma, un suave rubor colorea sus mejillas y baja la mirada. Entonces vuelve a dirigir su atención hacia el estático aparato y se olvida por un rato de lo que está esperando en realidad, sólo quiere escucharlo sonar, aunque sea una vez. Casi hasta cree que realmente puede hacerlo sonar si se concentra en ello, puede sentirlo en los huesos, en cada fibra de su cuerpo, puede sentir como se aproxima el llamado a través del cableado, desde el numero 615 de la calle Ingrasia a través de la Avenida Bossinga, cruzando la plaza San Martín, saltando el canal oeste, hasta el número 45 de la calle Bélgica, pero, al cabo de unos segundos nada termina por pasar. Afuera en el patio un canario pía entusiasmado desde su jaula, los primeros rayos de la tarde están cayendo sobre las plantas y flores del jardín, arrojando todo su verdor y su frescura en el interior de la casa, en la sala de estar, allí donde está el sillón, sobre el cual se encuentra la chica, al lado del teléfono, que sigue sin sonar.

La tarde avanza y todo sigue igual. El sol ha llegado a su punto más alto en el cielo y pronto comenzará su lento descenso. Carolina sigue ahí. Su bellísimo rostro joven, que asemeja el de una muñequita de esas que se exhiben en las vitrinas, se ha compungido y se ha congelado. Parece una estatua, inmóvil y olvidada para siempre en el tiempo. Permanece inmutable, esperando, tan concentrada en el teléfono y en juguetear con la crucecita de oro que cuelga de su cuello que ni siquiera ha escuchado el timbre, que acaba de sonar.

-¡Caro!- pide una voz desde el patio.

Tras unos segundos, el timbre vuelve a insistir.

-¡Timbre, Carolina!-

Carolina no responde, sigue atenta al teléfono, y el timbre repite su gracia. A los pocos segundos, la dueña de la voz entra en la sala. Pertenece a la señora Lima, la madre de Carolina, una señora de pies diminutos y anchas caderas, de unos cincuenta años, rubia y muy bonita. Lleva un pañuelo azul recogiendo sus cabellos, una blusa a cuadros, un pantalón de jeans y unas zapatillas náuticas azules, haciendo juego con el pañuelo. Mientras restriega sus manitos con un repasador, mira hacia Carolina y reclama.

-Carolina Anabel Lima, están tocando timbre ¿Qué te pasa? ¿No escuchas?

La muchacha la mira desconcertada y no logra articular una oración coherente, apenas balbucea algo parecido a un “qué”, pero que suena como un “cuál”. Su madre resopla, deja el repasador sobre la mesa y se apresura a través del pasillo que lleva a la entrada de la casa. Se abre la puerta, se escucha un ligero cotorreo y tras una breve pausa vuelve a oírse su voz.

-Caro te buscan.-

Carolina deja escapar una risita nerviosa y se rasca ligeramente la nuca, luego se pone de pie y se arrastra pesadamente hacia la entrada. En su interior sabe que no es posible, ni siquiera en sus mejores sueños seria posible, él no va a venir a su casa sin llamar primero. No. Ella sabe muy bien que quien acaba de llegar a la puerta de su casa no es la misma persona que estaba esperando junto al teléfono. No. Eso no va a pasar, “no va a pasar nada” repite para si misma.

-Mira quiénes vinieron a visitarte- le dice su madre, exhibiendo una gran sonrisa de postal. Detrás de ella, aparecen dos jovencitas, diminutas y delgadas vestidas casi iguales (con sendas bermudas de jeans y musculosas blancas), con el pelo tan corto como el de un muchacho. Una tiene los ojos saltones y la otra más bien apagados. Ellas también lucen la misma sonrisa de postal que la señora Lima.

-¡Hola Caro!- dice una, mientras la otra saluda con su manito. Caro les sonríe y responde.

-¡Hola queridas! ¿Cómo andan? Pasen, siéntense, ya vengo, voy a poner agua para el té.

Al cabo de unos minutos, las tres muchachas se encuentran sentadas en torno a la mesa de mármol decorada con venecitas de colores que esta ubicada en el patio, justo debajo de una frondosa palmera, al lado de la pileta. Sobre la mesa hay tres tazas de porcelana (con su correspondiente platito y cucharita), una azucarera y un paquete de mazas abierto. La señora Lima ha salido de compras y la tarde está en su mejor momento.

-¡Estas rosquitas son riquísimas!- dice una de las visitantes, la de los ojos saltones.

-¡Ay, si, me comería un millón!- exclama la otra, la de los ojos apagados, con un resto de azúcar impalpable sellándole los labios.

-Si, son muy ricas ¿Son de La Real?- pregunta Carolina, que no deja de mirar por el ventanal que da a la sala, como si acaso pudiera llegar a ver el teléfono sonando.

-No, las compramos en La Río de La Plata, ahí cerquita de la Plaza San Martín.-

-Ah, si, ya se donde es- otorga Carolina con notorio desgano.

Todas callan por un segundo, se miran y comprenden que no hace falta andarse con tantos rodeos.

-¿No te llamó?- pregunta ojos saltones.        

-No, y no creo que llame tampoco, si no llamó hasta ahora.-
Ojos cerrados suelta un “uh”, mientras toma otra rosquita y se la mete disimuladamente en la boca.

-Pero, ¿Cuándo fue la última vez que se vieron?-

-El jueves…de la semana pasada.-

-Es mucho tiempo ya.-

-Si, mucho más del que quisiera- reconoce Carolina apenada, las palabras caen de su boca como pesadas rocas en el mar.

-Y, pero, ¿No te animas a llamarlo vos?- pregunta ojos saltones.

-No. No es esa la cuestión, no es si me animo o no me animo, porque si me animo, pero no es eso. Es otra cosa. No sé chicas, él dijo que me iba a llamar.-
-Pero…-

-Miren, la vez pasada yo le dije de vernos, la anterior también, no quiero ser una pesada, no quiero ser yo la que siempre termina llamando- interrumpe Carolina, algo enfadada.

-El tendría que mostrarse más interesado también- sentencia ojos saltones.

-Claro- acota ojos cerrados.

-Pero lo hace. Lo que pasa es que ustedes no lo conocen tanto. Cuando estamos juntos es muy dulce y muy atento- dice Carolina, y por primera vez, sus ojos se encienden, mostrando algo de vida y entusiasmo  -es muy divino.-

-¡Qué chico más raro el que te elegiste!- dispara ojos saltones.

-Si. Es muy raro- agrega ojos cerrados, que no ha hecho mas que acotar y engullir rosquitas todo el rato.

-Es muy raro- concuerda Carolina, alargando y acentuando notablemente la “u” de “muy”- debe ser por eso que me gusta tanto, siempre me gustaron los raritos, los fuera de serie, tienen ese no sé qué, son únicos.-

Tras esta confesión todas echan a reír a carcajadas, casi hasta llegar al punto de las lagrimas. Luego la charla deriva en otras vicisitudes y temas de menor importancia, al menos así lo siente Carolina, que se mantiene al margen, apenas participando del dialogo, en su interior, sólo piensa en el muchacho, en el teléfono y en el llamado. Ella sabe que estar allí en el patio es una gran perdida de tiempo que la separa de su vigilia.

Unas horas más tarde, las visitas se marchan y la tarde llega a su fin. Carolina lava y enjuaga las tazas y  luego vuelve a retomar su puesto en la sala, sobre el sillón, junto al teléfono. Tras unos minutos de espera, Carolina se impacienta y sale al patio, se asoma hasta el borde de la pileta y se detiene a observar su reflejo en el agua estancada. Contempla su pelo, largo, de un color castaño claro y perfectamente alisado, recogido a cada lado por un broche negro; contempla su nariz, tan pequeña, apenas visible vista de perfil, con los orificios minúsculos y el larguísimo túnel del tabique; contempla su boca, mustia y aniñada; trata de sonreír, dejando ver unos aparatosos frenos que recorren sus dientes como si fueran las vías del ferrocarril; contempla los aros de perlas y el crucifijo bañado en oro que pende de su cuello; auque sus ojos se posan sobre el agua, su mirada está como ida, como en otro lugar o con otra persona. “Olvídalo”, se dice en voz alta, mientras sus ojos recorren el fondo de la pileta, recubierto por una ligera capa de musgo verdoso y hojas muertas. El verano se acerca, pronto habrá que vaciar y limpiar esa pileta. Carolina se pregunta qué pasará con todos esos planes de invitarlo a bañarse y a tomar la merienda, qué pasará con la idea de presentárselo a mamá y qué pasará con nosotros, si existe un nosotros todavía, si se puede hablar de un nosotros, si existió un nosotros alguna vez.

Mientras Carolina se sumerge profundo en sus reflexiones, la pequeña Candi hace su aparición en la escena, correteando a toda velocidad, con la lengua colgándole a un lado del hocico, jugueteando entre las piernas de la muchacha, interrumpiendo sus meditaciones. Carolina le propina una suave caricia y vuelve la vista hacia la pileta, esta vez, repara en una hoja de palmera que yace inerte en el fondo, descolorida y roída por efecto de la descomposición. “¿Qué pasará conmigo? -se pregunta-  ¿Cuál será mi destino? ¿Estoy destinada a estar con él o estoy condenada a morir sola? Sola, como esa hoja en el fondo de la pileta, sola,  pudriéndome sin más remedio, sangrando mis colores y nadie se acordará de mi y nadie vendrá a rescatarme y, si acaso alguien viniera, ya sería demasiado tarde para mi, puesto que ya me dejé caer, ya me separé de mi materia y mi tallo se ha oxidado y no hay, no existe forma de recomponerlo, ya no se puede remediar este desastre. Acaso…acaso soy merecedora de esto, acaso lo es alguien, cualquiera, quien sea. Oh, hasta cuándo seguirá esta espera…hasta cuándo”. Entonces, un pensamiento disparatado atraviesa la mente de Carolina y se arremanga el puño de la camisa, se inclina sobre el borde de la pileta y sumerge su brazo en el agua, tratando de alcanzar la hoja de palmera. Antes de que pueda lograrlo, el cable de locura que urde sus pensamientos se corta y se da cuenta de lo que está haciendo. Saca la mano del estanque, se pone de pie y entra en la casa, dejando un zigzagueante rastro de gotitas tras de si.

Carolina mira el gato-reloj que cuelga en la pared, son apenas unos minutos pasados de las ocho. Ya es muy tarde para cualquier invitación que puedan hacerle, y en todo caso, no aceptaría ninguna, no ahora. Carolina siente todas las ganas de llorar, pero se niega a reconocer la derrota. Entonces, calcula que una ducha caliente le ayudará a sentirse mejor.

-Má, me voy a dar una ducha ¿Me avisas si llegan a llamar?, por favor.-

-Si, claro. Anda tranquila, yo te aviso ¿Vas a salir?-

-No, no.-

-¿No vas a salir?-

-No. No tengo ganas, má.-

-¿Te pasa algo nena?-

-No má, estoy bien, nada más no tengo ganas. Además, estoy cansada, me quiero ir a dormir cuanto antes.-
-Bueno, está bien, anda tranquila, yo te aviso si llaman.-

La señora Lima sigue preparando la cena y Carolina se mete en el baño. Las dos saben que nada está bien y que el cansancio se debe a tanta espera. Lo único que puede contrarrestar ese malestar es el llamado, el saludo, la disculpa y la invitación, pero a esta altura del día, ninguna de las dos lo cree posible de suceder.

Una vez en el baño, Carolina abre la canilla de la regadera y comienza a desnudarse, lo hace de un modo excesivamente acompasado, con tanto desgano que hacerlo le toma un cuarto de hora, luego mete su mano bajo el agua, prueba la temperatura y se mete bajo la ducha. Dudas y confusión impregnan y salpican todo aquel momento, de principio a fin. Por momentos, logra olvidarse del teléfono, siente como el agua caliente baja por su espalda, bañando su cuerpo, acariciándole el alma y diluyendo apaciblemente las penas que la aquejan. Por momentos, se olvida de la ducha y de su verdadero propósito y concentra todos sus sentidos en ver si logra percibir el sonido del teléfono, así permanece en silencio bajo el agua por un largo tiempo, tensa tan tensa como los cables del teléfono que nunca llegó a sonar, sin obtener placer ni disfrute. La ducha acaba sin darle ningún tipo de resultados.

Para cuando sale del baño, las agujas del reloj de la sala se están aproximando a las diez de la noche. Carolina sigue tensa y angustiada, sabe que ya no tiene sentido estar pendiente del teléfono. Se sienta a la mesa, sonríe a su madre y, con gran esfuerzo, logra tragar dos o tres bocados de comida. La cena se sucede sin mediar dialogo alguno entre las dos mujeres. Su madre la observa y aunque se muere de ganar de hablar, ella comprende la raíz de su tristeza, por eso no se anima a preguntarle nada, no quiere interferir ni causarle más dolores de cabeza. Al cabo, Carolina se excusa y se retira a su habitación. Una vez en la cama, bajo las sabanas, reflexiona sobre su vigilia, su estado de ansiedad y la desilusión que ellas le han significado. “No debí esperar tanto de él”, concluye tristemente. No caben dudas de que la llama de su esperanza se ha consumido por hoy. Su cabeza está completamente agotada de tanto invocar el nombre y las facciones del muchacho que nunca la llamó, agotada de recrear conversaciones anteriores, agotada de recordar y martillar esas imágenes en su memoria, como la vez que se rieron de aquel tipo que se cayó de su bicicleta en el Parque Saavedra o los viajes en tren a la Capital o los encuentros en el pasaje Dardo Rocha, rememora calidamente los regalos, los besos a escondidas, los abrazos fuertes y las caricias tiernas, todo.

Carolina suspira, introduce un brazo bajo la almohada y rueda hacia la izquierda, dándole la espalda a la ventana, a través de la cual se filtran algunas sombras desde el jardín, proyectadas sobre el piso de parquet por la luz de la Luna. Esta noche no quiere dormirse mirando a esa ventana, teme que una sorpresa pueda entrar por ella. Hoy ya no quiere sorpresas, sólo quiere dormir.

Afuera los grillos ofrecen su música, mientras el resto del mundo permanece en silencio y Carolina dedica los últimos minutos antes de dormirse a pensar en lo que hará mañana. Aunque hoy la esperanza se haya consumido, aun conserva una leve chispa, diminuta, atesorada muy en lo profundo de su ser, tal vez pueda usarla para reavivar el fuego mañana. Tal vez se duerma y se olvide de todo el asunto, tal vez no. Tal vez encuentre al muchacho en sus sueños y todo sea perfecto en aquel lugar y tal vez mañana despierte feliz, recordando lo que soñó y eso renueve sus ilusiones y tal vez él llame mañana para invitarla a salir o tal vez ella lo haga, de cualquier modo, habrá que esperar para averiguarlo.

jueves, 31 de octubre de 2013

corteza.

le puse gravedad a sus facciones

las hice duras, varoniles, confiables

le dibujé una gran sonrisa que dejara a todos reconfortados

y le bajé las persianas a su mirada para que nadie pudiera abismarse en él

trabajé y trabajé y trabajé sobre el personaje, estudiando sus movimientos, copiando las mejores líneas de dialogo, perfeccionándolo día a día, sometiéndolo a prueba y error

fui puliendo cada detalle

cincelé y cincelé y cincelé en largas noches de búsqueda introspectiva donde lo falaz se insinuaba siempre como la mejor salida

y puedo asegurar que en todas esas noches que pase sentado sobre la cama, rascándome la cara y las manos, espantando mosquitos, resoplando el tedio y el desgano,

esperando el termino de otro día sin novedad

sin un indicio de amor que habría de rescatarme insinuándose en el horizonte

mientras papá y mamá se peleaban, mientras los hermanos no estaban

y puedo asegurar que en todas esas noches

nadie se molestaba

nadie sabía quién era

no existía en toda la ciudad una sola mano que se extendiera hacia mi buscando el contacto, buscando la vida, buscando el calor

ahora mira que tanto ha cambiado

mira que tarde ha llegado

todo

–shh.

–no digas nada –dice

–no tienes porque arruinar el momento

–hasta ahora nadie se ha dado cuenta

–y nadie tiene por qué saberlo

–tienes razón– le digo

entonces sonrío y asiento con la cabeza y alzo mi copa hacia los hombres fuertes y las bellas mujeres

el show debe continuar.

lunes, 7 de octubre de 2013

lo inconfesable parte II.

rompo el cristal
atravieso la pantalla
irrumpo en la escena
y a puñetazo limpio,
dando de patadas
y regando de insultos a todos los presentes
me propongo destruir la felicidad de aquél momento
me propongo hacerlos miserables desde el comienzo
por haber sido tan estúpidos de creerse que algo así –tan bello y tan puro y tan perfecto– podía llegar a durarles

a ellos

quiero hacerlos sentir la rugosidad del suelo y la madera que cubren mis labios ahora
quiero borrarlos, destruirlos, eliminarlos…porque no puedo eliminarlos
porque no es tan sencillo como clickear el botón derecho y tildar la opción de eliminar
porque la realidad no se constituye de ceros y unos
porque aunque los enviara a todos a la papelera de reciclaje
seguirían existiendo
porque existieron
y porque existen
porque aunque cierre mis ojos, ahí están
nada podrá hacerlos marchar
nada podrá moverlos de dónde están
se han ganado el espacio
les pertenece
y no existen buenas razones para que las personas dejen de estar a nuestro lado

podemos aceptarlo
y hasta podemos aprender a vivir con ello
pero nunca
jamás
podremos tomarlo como algo bueno
no importa cuanta buena cara le pongamos al engaño
el espejo no miente
y el fantasma que dejaron nos horroriza más que el monstruo de lo que fueron

un día en nuestros días:

ruina eterna garantizada.

lo inconfesable parte I.

pienso en la foto
busco la foto
y encuentro la foto

miro la foto
contemplo la foto
y me encuentro en la foto

sostengo la foto
me pierdo en la foto
me meto en ese recorte visual de nuestros días más felices

nos veo y no me lo creo:
tan jóvenes, tan saludables y despreocupados
no es ropa sino alegría la que cubre nuestros cuerpos
no es el cielo sobre nuestras cabezas, ni el suelo bajo nuestros pies, ni el aire a nuestro alrededor lo que nos mantenía en este mundo, lo que sostenía nuestra existencia

era otra cosa
algo que no se puede ver
en la foto

veo esas sonrisas
muertas
esas miradas
perdidas
esas manos
ya no se tocan
ya no se buscan
ya no se sostienen la una en la otra
me apeno por ello
y me regaño por ello
por haber sido tan tonto
tan ingenuo
por no haber sabido interpretar las cosas a su debido tiempo

si pongo atención
puedo ver
,todavía está estable,
ese puente que une las miradas de todos los que componen la foto
ese puente que es real
que está hecho de confianza
que prometía nunca caer
y que cayó

ya no me preguntó por qué

a esta hora de la noche:
“tal vez sea demasiado temprano para sacar conclusiones,
tal vez demasiado tarde”

domingo, 6 de octubre de 2013

indigestión.

pareciera imposible en este momento que algo bueno saliera de nosotros de estas manos que tocan el papel quemándolo, contaminándolo de rabia, de resentimiento de las mismas miserables sensaciones que undía quisimos desterrar fuera y lejos de nuestros corazones pareciera imposible en este momento que algo bueno saliera de nosotros de esta boca y esta lengua y estos dientes que sacan veneno a destajo, que empujan y empujan lo malo hacia fuera sacandp la podredumbre, mudándola hacia tus oídos, están haciendo lugar para que lasmoscas se sientan más cómodas en su hogar pareciera imposible en este momento que algo bueno saliera de nosotros cuando cada palabra desata una tormenta cuando cada movimiento causa escozores alrededor cuando el suelo se incendia bajo mis pasos y se deshacen como figuras de papel en el fuego todas las puertas que toco pidiendo ayuda pareciera imposible en este momento que algo bueno saliera de nosotros ¿quién pudiera hacer que algo bueno saliera? ¿quién pudiera remediaralo? unas buenas risas es todo cuanto necesito en estos días unas buenas risas eso es todo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

pacman.

los derechos y garantías que daban un marco de legalidad a nuestra unión, al nosotros esos derechos y garantías que no fueron puestos por escrito que nadie firmó ni autorizó ni promulgó jamás pero enunciados, si dichos entre caricias y besos y miradas al atardecer en plazas, terrazas y paradas de colectivo en la penumbra amable de la habitación donde una vez compartimos la cama esos derechos y garantías de compañía incondicional, de cariño del bueno, de fidelidad hasta el final eran todo para nosotros cuando había un nosotros pero ahora, ahora es distinto ahora que ya no tengo derechos ni garantías que me respalden necesito quitar este velo que cubre mi boca necesito dar un paso al frente y preguntar aunque que caigan sobre mi con todo el peso de la ley ¿Qué podría ser más descorazonador que este no saber? ¿Cuál sería peor castigo para mi persona? necesito saberlo, ¿qué, qué es lo que fue, qué fue lo que te hizo qué fue lo que viste en su mirada, qué fue lo que te prometieron sus manos qué paraísos de miel inagotable descubriste en su voz? ¿qué pudo ser más tranquilizador para tu persona que lo que fuimos nosotros? estas preguntas, cuya respuesta me quitan el sueño, aún siguen dando vueltas sobre mi cabeza, en la habitación envuelta en penumbras que ya no son de mi agrado, bailan y cantan y se ríen sardonicamente entornándose sobre mi cuerpo helado, desprovisto de todo tacto estas preguntas no consiguen llegar hasta allí, donde ella se encuentra, embriagada y risueña entre el gentío.

lunes, 12 de agosto de 2013

y es mejor así.

temo preguntar y descorrer el velo que cubre la sombra del que fuiste mirar detrás del biombo que nos separa y romper el silencio entre dos almas gemelas y este silencio que se ha vuelto moneda corriente y ordinaria entre nosotros que me incomoda que de extraño y repetitivo ya se torna familiar temor preguntar y estallar los cristales que cubren tu silencio temo preguntar y lastimarnos al hacerlo temo preguntar y que sea el fin para dos almas gemelas temo preguntar sacarte del lugar en el que estás y llevarte hacia otro lado pararte justo donde caminan mis pies y hacer que vas las cosas a través de mis ojos y hacer que lo sientas a través de mi piel como se hunden fríos, metálicos, despiadados en tu espalda los puñales y sé que para ti no se trata de traición para ti sólo ha sido un pasatiempo una diversión del momento que podras deshechar y olvidar y seguir con tu vida y sin embargo... temo preguntar m{as ahora que se te ha dado por el silencio por evitarme hasta cuando estamos a solas ahora que tus ojos ya no invitan a quedarme ahora que tu abrazo ya no alivia mis pesares temo preguntar y destruir este silencio este silencio que no debería existir entre dos almas gemelas pero existe y temo preguntar los vi doblar la esquina juntos una tarde y los vi juntos entrando en casa de ella y así fue que un día dejaste de contarme en qué andabas y ahora temo preguntar... porque conozco la respuesta.

jueves, 1 de agosto de 2013

sopa.

esa persona

de nombre hoy impronunciable
de cabello indisciplinable
de piernas que no terminan
y besos que no se olvidan
de andar reptante y suplicante mirar
dueña de una voz palpitante que llenó algunas de las mejores noches de mi vida

que cae del cielo en la madrugada
que descansa en las plantas del jardín de la vecina y sobre las hojas de los árboles del barrio y en los techos de los autos que durmieron afuera, después
que no he encontrado forma de patear fuera de este hospital que es mi memoria
que se resiste al olvido
que provoca la muerte de mi confianza cada vez que su nombre sale de las bocas
que envenenó el pozo del que bebían mis sueños
que, muerto el niño que fui, golpeó las puertas del purgatorio y se alejó a toda prisa, dejándome a solas con el destino
que no sé bien dónde andará hoy, ni con quién, ni cómo
que no importaron las promesas que inscribimos sobre nuestra piel un día, ya lejano, ya perdido, ya olvidado

            
una mañana se alejó un día de mi lado
no dijo adiós
no dijo a dónde iba
no dio explicaciones ni razones ni palabras finales a las cuales aferrarse
sólo se marchó, sin más
dejando a su paso un tendal de fragmentos inconclusos, retazos de una historia recién iniciada
dejó, si, algunos signos, algunas pistas y señales
para que yo hiciera el inventario de lo que fuimos
para que yo solito descubriera:
que nunca fuimos lo que yo quise que fuéramos
que nunca fuimos lo que ella dijo que éramos
que nunca estuvimos ni remotamente cerca de serlo
que todos tenían razón cuando decían lo que decían
            
            
y ahora
que sigue ensuciando vidas con su peculiar forma de andar
que no se ha molestado en aprender las lecciones
que ha reconocido su error, ha llorado y ha pedido ser perdonada
y todo ha sido un engaño que no cesa de renovar contrato con la inocencia
...
yo debería dejar de ocuparme de esa persona
aún cuando cierto es que
quise salvarla
quise creerle
quise ayudarla
y
por encima de todas las cosas:
quise

y hoy sé que no fue suficiente el cariño, no fue suficiente para acortar esa distancia entre lo que era y lo que dijo ser
amantes futuros y amistades de suelo frágil pronto comprobarán quién es en verdad

se ha olvidado ya del amor que nos entregamos un día
y eso no es lo que importa
aún quiero lo mejor para esa persona
hete aquí la brutalidad de mi error
humano, después de todo.

jueves, 25 de julio de 2013

un océano propio.

aún cuando este desenlace no ha sido bueno para ninguno
y aún cuando una de las partes piense que no está todo dicho
y aún cuando la otra parte sepa que ya no se puede volver
la cosa es que el desenlace ya ha comenzado

uno de los dos desea lo mejor para el otro
el otro desea a uno para sí
(y no piensa compartirlo)

uno de los dos tiene el corazón roto
el otro no tiene corazón

uno de los dos lleva un océano de lagrimas dentro suyo
el otro llevó sus lagrimas al mar para soltarlas en el agua sin que nadie lo notara

la primera noche
uno de los dos se acostó pensando en el otro
se durmió pensando en el otro
soñó con el otro
y despertó, sabiendo que quería al otro a su lado y que no podía tenerlo
tal vez no ahora, tal vez jamás
se estremeció de miedo de sólo pensarlo
quiso llamarlo y decirle que lo intentarán de nuevo
pensó en tomarse un micro hasta la costa y buscarlo
lo buscaría hasta encontrarlo y le explicaría que no podía vivir sabiendo que no lo intentaron lo suficiente
le haría entender que no podía vivir sabiendo que se había rendido, así como así, sin dar batalla por lo que amaba y sabía le pertenecía
se dijo que no
barajó una locura tras otras
¿cortarse las venas? ¿ahorcarse? ¿meterse una farmacia entera de pastillas?¿seguir adelante?
finalmente sólo pudo llorar y lamentarse por lo que empezaba a perder

el segundo día
el otro amaneció con ganas de estar solo
quiso la bahía desierta
el mar para él solo
ni un sólo barco en el horizonte
nada de bañistas ni sombrillas ni esterillas ni trajes de baño
nada de nada
ni siquiera huellas de pisadas sobre la arena
tan sólo él y el océano
su océano
las olas rompiendo con la fuerza de un millón de gigantes estrellándose bajo el agua
el viento aullando el nombre de ella, ahuyentando toda esperanza, invocando a los demonios
las aves marinas volando sobre su cabeza, lanzándose a una nueva travesía atlántica
el azul del mar tan vivo que lo impresionaba, lo asustaba
la arena blanca como hueso
el paisaje y su dolor
todo para él, sólo para él
quiso gritar sin ser escuchado
quiso llorar y morirse ahí mismo
finalmente no paso a mayores

más tarde
ya tranquila
pensó
“si supiera lo que se pierde”

más tarde
ya intranquilo
pensó
“si supiera que estoy perdido”

lo que este par no entiende todavía que no existe tal cosa como el destino

pero son sólo los primeros días y todo está muy reciente

son sólo los primeros días de un verano que amenaza ser eterno

y es curioso

el uno y el otro pensaron lo mismo de su amor

al principio

martes, 23 de julio de 2013

amigovios.

pidanle a sus ojos que no dejen entrar a la luz
que no recorten a esa figura que durante tanto tiempo se presentó familiar y amistosa
y un buen día la presente diferente ante ustedes
no permitan que la bruma los haga sentir confundidos
y no permitan que la forma en que crecen las sombras al atardecer les haga creer que es posible
y no permitan que una noche de alcohol mezclada con el ruido y las luces de una fiesta les cambie la perspectiva
y no permitan que la calidez de una mirada demasiado encendida les rompa el esquema
no se sientan tentados a descorrer el velo de misterio que resguarda tan sólo la posibilidad de un tesoro aún más prometedor

pidanle al corazón que no se dejé engañar por lo aparente
que no se dispare detrás de cada fantasía que le sirve la vista
que no altere su ritmo de acuerdo a la distancia o proximidad de esa figura anteriormente mencionada
no permitan que se pregunte ¿cómo sería?
y menos aún permitan que se conteste
porque diría: sería perfecto
y podría cometer la estupidez de darles el valor suficiente como para intentarlo

pidanle a sus brazos que no sean idiotas y que se porten bien
que no trastoquen un gesto tan sincero como es el abrazo
que no encierren otras intenciones
que silencien las voces
que acallen esos anhelos
los palpitos
los deseos
la curiosidad
no se dejen llevar hacia ningún lugar que sea nuevo para ustedes
ni para los demás

puede ser perfecto si es como lo presenta la vista
puede ser perfecto si es como lo dicta el corazón
puede ser perfecto si es como lo sienten los brazos
pero también puede ser desastroso
y puede ser el fin de algo hermoso

o el comienzo

puede ser...

martes, 9 de julio de 2013

una chica de tu edad.

            Fue una sumatoria de infortunios lo que provocó la explosión de Jimena Santos De Alvarado. Podría hablarse de “detonantes” pero, de ser así, el lector suspicaz podría encontrarlo ofensivo o inapropiado y no es mi intención ofender a nadie sino que por el contrario, quiero contar esta historia de la manera más verídica y fehaciente posible. Para hacerlo, considero necesario principiarla situando el contexto en el que se dieron los hechos. Cincuenta y tantos veranos atrás, cuando las lanchas de vapor cargadas de uvas, ciruelas y manzanas todavía surcaban los canales de nuestra ciudad; cuando los trabajadores de los frigoríficos Armour y Swift esperaban la llegada del domingo para reunir a la familia y pasar el día en la isla Paulino o se tomaban el ómnibus  hasta la playa La Balandra o para ir de visita al Zoológico o al Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata o, incluso, hacer una visita al famoso paseo de La Gruta. Si, sin duda aquellos eran los años dorados para Berizzio.

            Jimena Magali era hija del señor Patricio Santos De Alvarado, uno de los socios propietarios de “Coqueto” la tienda de artículos para hombre que, a las pocas semanas de su apertura, se erigía triunfal y exitosa en el centro de la ciudad, sobre la avenida Montenegro, a escasos metros de la Hilandería. Favorita de todos, niños y adultos, “Coqueto” era famosa por la venta de camisetas de Morley y la distribución exclusiva de los productos marca Havanno, que le registraban al señor Santos De Alvarado una importantísima suma de dividendos que se gastaba sin problema con tal de tener “bien” a la familia. “Hay que vivir de primera y morir de última”, solía decir a la hora de la sobremesa, cuando se encendía un puro y la criada le servía café en tazas de porcelana importadas de Hong Kong. La señora Laurencia era la esposa del señor Santos De Alvarado y la madre de Jimena Magali y de su hermana Marcia. Las nenas se llevaban dos años de diferencia, pero en términos de madurez la distancia se ensanchaba notablemente. La señora se ocupaba de educar y formar en el ámbito de la moral y las buenas costumbres a sus dos pequeñas hijas. Para ello, las enviaba al prestigioso colegio San Vicente de Paul, las obligaba a tomar clases particulares de inglés y francés con la refinada señorita Alice Leonardi, experta en idiomas, y les prohibía mezclarse con “los otros niños de su edad que no gozan de su fortuna, chiquitas”. Lecciones de piano y de canto completaban la abultada currícula educacional de las nenas. Todo esto parecía no perturbar la alegría y diversión de Marcia pero, en lo que a Jimena Magali respecta, su pequeña vida de once años se había vuelto lenta y desabrida, pesada, cuasi infernal.

            El día de la explosión era un domingo como cualquier otro. Pese a los desmedidos esfuerzos que se han hecho para mantener el suceso en secreto, desde la incautación de todos los ejemplares del periódico local hasta el soborno de los más renombrados chismosos de la ciudad, todavía puedo recordarlo como si se tratara de ayer. Pasaba del mediodía ya en el Club Náutico, mientras que la señora Laurencia daba indicaciones a la criada sobre como cortar los rabanitos para la ensalada, el señor Santos De Alvarado supervisaba a los dos peones que había invitado especialmente para realizar la cocción y correcta disposición sobre la parilla del asado de tira, el vacío, los chorizos de cerdo, el pollo “para las nenas”, la morcilla vasca y las mollejitas. También se destacaba la ilustre compañía de Saturnino Sandoval, el hermano de la señora Laurencia, que ya iba por el tercer jarrito de cinzano desde antes de que se encendiera el fuego. Jimena y Marcia, untadas de protector hasta las narices, enfundadas en coloridos vestiditos floreados y coronadas con un par de sombreros panameños, tomaban sol descansado sobre unas reposeras a la orilla del canal.

            Castillos rosados que flotan sobre algodonadas nubes rosadas, preciosos ponys rosados con alas rosadas y azucaradas princesas rosadas luciendo suntuosos vestidos rosados poblaban el imaginario y reducido mundo de Marcia que, alejada de los controles maternales, podía dedicarle un minuto de su vida a tener pensamientos normales, pensamientos que nada tenían que ver con la etiqueta, ni con la correcta dicción o los modales de una dama. Por su parte, Jimena Magali contemplaba absorta el discurrir del canal frente a sus ojos. La quietud de sus aguas marrones y la medianera natural formada por juncales y mimosas que se extendían en la orilla vecina, bajo un desnudo cielo celeste le resultaban tan inalcanzables como la felicidad. Su padre estaba todo el día trabajando y cuando estaba en casa sólo hablaba de negocios; su madre había planificado el resto de su vida, desde su primer día en el jardín hasta la llegada de los nietos, todo estaba previsto de antemano, todo estaba fríamente calculado con años de anticipación, no se le escapaba ni un sólo detalle; y, en cuanto a Marcia, allí estaba ella, atildada, embobada, contenta en su ingenuidad, soñando con castillos que flotaban en las nubes ¿Podrían cometer sus propios errores? No, no podrían, su madre no lo permitiría jamás. Todo esto era agobiante y, para colmo, hacia semanas que la tenían ataviada con los preparativos de su fiesta de quince. “¡Fiesta de quince!”, pensó, pero si todavía no celebré ni siquiera mi fiesta de catorce, ni la de trece, ni siquiera la de doce, protestó para sí misma. Sabía que a la hora del almuerzo su madre comenzaría a pavonearse sobre el vestido que le mandarían a hacer a una modista en el Once, sobre el pastel de cinco pisos hecho con un esponjoso biscochuelo de vainilla, con relleno de crema y trocitos de durazno y dulce de leche, cubierto por una capa cremosa blanca y celeste, con florcitas de decoración y brillitos espolvoreados por encima que encargarían en La Piedad, sobre un sinfín de detalles que a ella no le interesaban para nada y que a su madre parecían encantar. En ese momento, una atiborrada lancha humeante paso surcando el canal frente a las chicas. Hombres con el torso desnudo y la mirada severa, luciendo pobres y sucios e incomprensiblemente alegres al mismo tiempo; niños revoltosos correteando de proa a popa; señoras con pañuelos atados a la cabeza,  cargadas con canastos de mimbre repletos de sándwiches y botellas de gaseosa; hasta perros que agitaban sus colas con alegría desbordaban la embarcación. Jimena vio alejarse la lancha como quien ve alejarse una oportunidad.
            -Jime, Jimena, ¡Ji-me-na! ¿Qué te pasa, Jimena, qué estás mirando con esa cara, por qué tenés esa cara, estás mirando el barco ese? Jimena, ¿Jugamos al veo-veo?- la vocecita de Marcia Lorena    parecía llevar algo de apuro, como si acabara de hacer un impostergable descubrimiento.
            -No me pasa nada. No tengo ganas de jugar al veo-veo- dijo Jimena.
            -Una cosa- contestó Marcia.
            -Ya te dije que no tengo ganas de jugar.
            -Maravillosa.
            -Marcia, no, basta.
            -Rosa.
            -Basta, Marcia.
            -No seas cruela conmigo, Jimena, soy tu hermana- replicó la menor.
            -No soy mala con vos, pero es que no tengo ganas de jugar a nada ¿No entendes?
            -Juguemos o le digo a mamá que te estás portando mal- la amenazó Marcia. Tras unos segundos de cuidadoso análisis, Jimena preguntó:
            -¿Qué cosa?
            -¡Maravillo!- contestó Marcia feliz.
            -¿De qué color?
            -¡Rosa!
            ¿Rosa?- preguntó Jimena extrañada.
            -¡Si, rosa!
            Tras un minucioso estudio del paisaje, abundante en matices verde, marrón, amarillo y anaranjado y donde la única nota rosada la brindaban el vestido y las sandalias de Marcia, Jimena dijo:
            -Tu vestido.
            -Mmm, frío.
            -¿No es tu vestido?
            -No-ohhhh- se burló Marcia.
            -Entonces, son tus sandalias- dijo Jimena satisfactoriamente.
            -Tampoco, seguís frío.
            -Marcia estás haciendo trampa.
            -¡No estoy haciendo trampa, vos no sabes jugar! ¿Te das por vencida?
            -Me doy por vencida, tramposa.
            -¡Qué no soy tramposa! Lo que pasa es que vos sos cieguita, cieguita y perdedora- se río Marcia. A espaldas de las nenas se oyó la voz de la criada que las llamaba a la mesa.
            -Entonces, ¿qué cosa maravillosa de color rosas estás viendo?-
            -¿Te digo?
            -Si, por favor Marcia, decime ¿Qué ves?
            -Veo-veo mi pony rosa allá en el cielo, vos no lo ves porque sos cieguita, cieguita y perdedora- gritó Marcia y salió corriendo hacia el quincho donde estaba la mesa servida. Jimena se quedó mirando hacia el canal, consideró caminar hasta la orilla y saltar en sus aguas y así morirse ahogada. Meditó la idea por espacio de unos segundos. Se puso de pie y enfiló hacia el quincho, caminando con gran pesar.
           
            Una presa de pollo descansaba intacta sobre el plato de Jimena Magali. Marcia, siguiendo el ejemplo de su madre, desmenuzaba la suya con precisión quirúrgica, apartando cualquier rastro de grasa que pudiera ser nociva para su cuidada figura. El señor Santos De Alvarado sonreía orgulloso entre bocado y bocado y pedía brindis y aplausos para los asadores, brindis que eran recogidos con gran entusiasmo y festejados con suma alegría por el señor Sandoval quien ya había perdido la cuenta de los aperitivos que se había bebido y comenzaba a mirar con ojos excesivamente simpáticos a la criada. Fue justo en ese momento cuando empezó. Acaso como si alguien se lo hubiera preguntado, la señora Laurencia se lanzó con una  detallada perorata sobre los costos y beneficios de contratar un servicio de mozos para “los quince de la nena”.
            -La esposa del turquito me puso en contacto con una gente de La Plata que hacen un excelentísimo trabajo. Estuvieron en el casamiento del hijo del Intendente, ahí en el Club Estrellas, ¿Te acordás Saturnino?
            -Si, me acuerdo, brindo por ello.
            -Se puede pagar en cuotas, si lo empezamos a pagar ahora nos hacen un 20% de descuento. Ya nos olvidaríamos por completo de ese asunto y podríamos pensando en contratar una orquesta para que toque en vivo. ¿O no Patrick, mi amor?
            -Sería grandioso- dijo su marido
            -Yo no quiero una fiesta de quince, yo no quiero una fiesta de nada- dijo Jimena.
            -Pero una fiesta de quince es el sueño de todas las nenas, vos ya me lo vas a agradecer algún día.
            -No creo.
            -Ya vas a ver.
            -Te repito que no lo creo.
            -La fiesta la vamos a hacer para vos, Jimena Magalí, no seas tan desconsiderada con tus padres.
            -Pero...
            -Pero nada- le cortó la señora Laurencia- la fiesta se hace y punto. Deberías estar más agradecida de la suerte de madre que te ha tocado, que piensa tanto en vos.
            .Vos sólo pensás en vos.
            -De verdad ¿Eso es lo que crees?- preguntó Laurencia, su voz se oía trastornada.
            -Si.
            -Y, ¿Qué más crees, a ver? Decime, mocosita.
            Las palabras de la señora Laurencia caían sobre Jimena Magalí desde un altísimo pedestal.
            -Decime, a ver, ¿Qué más tenés para decirle a tu madre?
            -¡Sos la peor madre que se puede tener, te odio!- chilló Jimena. La señora Laurencia no podía creer lo que había escuchado.
            -Che, que esa no es forma de hablarle a tu madre- dijo el señor Santos de Alvarado.
            -Che, que esa no es forma de hablarle a mi hermana- dijo el señor Saturnino.
            -Che, que esa no es forma de hablarle a mamá- agregó Marcia.
            Colorada como un tomate, Jimena Magali se sintió a cientos de miles de kilómetros de distancia de cualquier síntoma de comprensión y dignidad. Ofuscada, empujó su silla para atrás y se alejó dando zancadas hacia el embarcadero.
            -Dejenla que se vaya, que piense en lo que acaba de decir, que se de cuenta sola de lo errada que está- dijo la señora Laurencia. Parecía bastante molesta a pesar de sus pedidos.
            -Coman, por favor, que no se eche a perder este momento- agregó el señor Santos de Alvarado, vertiendo más tinto en la copa de los comensales y haciendo ademanes de mangiare con sus manos. Todos siguieron comiendo y bebiendo (sobre todo el señor Sandoval), nadie pareció perturbarse demasiado por lo sucedido. Pronto se levantaron los platos y la criada sirvió fresca ensalada de frutas en coloridas compoteras y se descorcharon botellas de Sidra y Clericó.
           
            Sentada como chinito sobre las tablas del embarcadero, protegida del sol por su sombrero panamá, Jimena Magalí se esforzaba en disimular el insipiente puchero que se dibujaba sobre su boca deshojando una florcita de bicho colorado, arrancando pétalo tras pétalo, dejándolo caer desde el borde y observándolo como aterrizaba y se alejaba flotando hasta perderlo de vista. Admiraba esa calma inanimada, ese dejarse caer y alejarse sin problemas, sin complicaciones, sin vida. Buceó en sus recuerdos, lamentándose por la penosa situación actual. “Antes no eran así las cosas”, se dijo a sí misma. Recordó que hasta no hace mucho vivían los cuatro felices en la casa de Los Talas, cerca de las canteras. Su padre trabajaba en los talleres de La Línea Unión y su madre cultivaba una quinta en el fondo de la casita de chapas. Nunca faltaba el aroma de los panes cocinándose en el horno a leña y su padre jugaba con ellas cuando volvía a casa al atardecer ¡Si hasta las dejaban tener un perro y se juntaban con otros chicos de los caseríos cercanos! Fueron tiempos tan felices pero, ¿Qué pasó, qué fue lo que salió mal? Fue cuando ese tipo de apellido raro que llamaban el turco se presentó en su casa una tarde y le dijo a su padre que tenía una oportunidad única.
            -¿Tenés algún ahorro?- le preguntó sin poder disimular su ansiedad.
            Ahí fue que todo se fue al garete, con el nacimiento de esa sociedad llegaron los lujos y la riqueza para reemplazar los juegos, el olor a mandarina en las manos y las rodillas raspadas por agacharse en la tierrita. Papá dejó de prestarnos atención y mamá se olvidó de dónde veníamos y quiénes éramos. En ese momento sintió que no podía gobernarse a sí misma, se sentía a punto de estallar. Un pejerrey saltó en el agua delante de ella y en la orilla de enfrente chillaron las chicharras. Jimena escrutó las bastas copas de los árboles tratando de divisarlas. Supuso que si un bicho era capaz de producir semejante ruido, sin duda debería ser fácil de reconocer. Pero el no descubrirlo sólo le generó un mayor fastidio. Estaba perdida, sentía que algo perdido dentro de su esternón comenzaba a sacudirse con vehemencia. Primero trató de no pensar, pero al cabo de unos segundos terminó dando rienda suelta a sus más negros pensamientos, pensamientos que sólo servían para ennegrecer y empequeñecer a su pobre corazón afligido. “Tontería de mozos”, pensó, “¿Quién los necesita? ¡De seguro que yo no! Quisiera saber ¿a quién le van a servir del bendito pastel de cinco pisos con cubierta de crema celeste y blanca? ¡¿A quién!? Si yo no tengo amigos, lo único que tengo en esta vida es a la tontolona de Marcia ¡Claro, ahí está! Ella podría invitar a todos los plebeyos rosados de su reinado, podrían comer pastel y bailar el vals toda la noche, podrían turnarse para sacarme a bailar, paseándome entre sus brazos, si, cómo no. Tontería de mozos, tontería de fiesta, tontería de quinces y tontería....tontería...tontería de madre”. Jimena experimentó un placer culposo al decir: tontería de madre. Notó que era difícil resistirse a tan delicioso descubrimiento. Lo repitió, “tontería de madre”. De nuevo, “tontería de madre”. Ahora en voz alta, “tontería de madre”. Precioso, de nuevo, más alto, “tontería de madre”. Más alto, “tontería de madre”. Más, “tontería de madre”. Más, “tontería de madre”. Más y más y más y más, “tontería de madre”, “tontería de madre”, “tontería de madre”, “tontería de madre”. Un cosquilleo orgásmico le acometía el cuerpo con la repetición de este credo novedoso, pero había algo más, Jimena percibía una leve sacudida que emanaba de ella y que hacía temblar el embarcadero, podía sentir como algo se agitaba en su interior, se agitaba salvaje y enojado como una fiera enjaulada que daba nerviosas idas y vueltas entre  las paredes de su caja torácica. De pronto, las aguas del canal ya no parecían tan mansas, algo se agitaba ahí en el fondo, en el lecho de su corazón. Las tablas crujían bajo sus piernas, ¿Era por la liviandad de su espíritu, era el peso que oprimía su pecho, era la angustia que amenazaba romper su esqueleto, la cárcel de huesos que la aprisionaba? Todo parecía a punto de romperse, todo amenazaba con explotar. Jimena Magali estaba a punto de perder el dominio de si misma. En voz baja comenzó a contar hasta diez para calmare.

            Mi tío era el Jardinero a cargo del Club Náutico. Los fines de semana me llevaba temprano a trabajar con él y por la tarde me daba permiso de nadar en el canal, cuando el predio quedaba vacío. Estábamos allí ese día. Mi tío podaba los ligustros y yo juntaba las hojas con un rastrillo y las embolsaba. Pude ver a la señora Laurencia cruzar el bajío hacia el embarcadero, pasó como un rayo delante de nosotros. Le seguía su hermano Saturnino, tenía pinta de relámpago averiado, lucía realmente enfermo, se tambaleaba y vociferaba incoherencias. Los dos marcharon hasta la orilla donde estaba el embarcadero.
            -Jimena Magali Santos de Alvarado, vení para acá ¿Qué es eso de levantarte de la mesa cuando todavía no terminaron de almorzar nuestros invitados?- le gritó su madre. La niña, concentrada en amainar su afluente interior, no la escuchó. Laurencia, ofendida, avanzó algunos pasos sobre las tablas del embarcadero.
            -Mocosa maleducada, te estoy hablando, soy tu madre- protestó Laurencia, dando un golpe de taco sobre las tablas. El golpe sacudió el interior de la niña y la sacó de su letargo, la bestia comenzó a inquietarse dentro suyo, nuevamente. Jimena sintió que perdía el control de sus nervios, la calma se escapaba horrorizada por una ventana de su alma. Saturnino vomitaba sobre las aguas del canal, a un lado del embarcadero.
            .Saturno, Saturno ¿Te encuentras bien?- preguntó Laurencia preocupada.
            -Dejálo, ma, está descompuesto- dijo Jimena.
            -Vos no te metas en esto, a vos ya te va a tocar tu hora- le regañó Laurencia.
            Escondido detrás de los ligustros, contemplé la rigidez de la niñita, parada al borde del embarcadero, de espaldas a su madre. Ella miraba algo fijo en el agua, era como si una voz le hablara desde el fondo, parecía a punto de saltar y zambullirse de un clavado. Podía pescar parte de lo que decía su madre, le gritaba que dejara de hacer una escena, que cortara el papelón y volviera a la mesa a pedirle disculpas a los invitados. La niña ya no le contestaba, seguía rígida, mirando al canal. Parecía incrementar su tamaño a la par de su silencio. Creció hasta volverse enorme. Cautelosamente, me acerqué un poco más.
            -Compórtate como una nena de tu edad- le gritó Laurencia.
            -Mamá, por favor, detente.
            -A mi no me vas a decir lo que tengo que hacer.
            -Mamá, por favor, no- le rogó Jimena, parecía llorar.
            Pero ya era tarde, la señora Laurencia avanzó sobre el embarcadero dispuesta a darle una buena reprimenda a la niña. Fue en ese momento que estalló. Una tormenta de luz cegadora comenzó a brotar de la piel de la nena. Le salía de los ojos, de la boca, de la nariz, le chorreaba de entre las piernas y caía a sus pies como una cascada de incandescencias multicoloridas. La tierra se sacudió con pisadas de elefante, las aguas se elevaron por los cielos con la fuerza de cien ballenas australes. Jimena, el embarcadero y parte de la orilla desaparecieron por completo. Fue como si, en un descuido, Dios hubiera estornudado sobre ellos. La onda expansiva propulsó a la señora Laurencia en la dirección contraria, voló algunos metros cual golondrina beoda y cayó con la cabeza inclinada al cielo. Parecía felizmente dormida. Saturno, por su parte, fue torpemente engullido por el canal y se hundió en sus aguas sin oponer resistencia, simulando el suicidio de un adoquín. El señor Santos de Alvarado llegó corriendo al instante, blandiendo un puro en su boca. Se arrodilló junto a su esposa y trató de reanimarla dándole tiernas cachetaditas en las mejillas. Atrás llegaron los peones, la criada y la pequeña Marcia. La criada se abalanzó sobre la desmayada, resguardó su mano entre las suyas, se persignó y, con los ojos cerrados, farfulló un rosario completo en nombre de la patrona. Hacerlo le tomó menos de un minuto. Con escaso entusiasmo y mucha menos valentía, los peones se aprestaron a sacar al señor Saturno del canal. Todavía alelada por lo sucedido, Marcia caminó despacito hacia donde estaba el embarcadero, de éste no quedaban ni rastros. No había restos de madera, ni humo, ni olor a quemado. El pasto alrededor de la orilla estaba intacto, seguía tan verde como hasta hace un minuto, tampoco había peces muertos flotando panza arriba, no había retazos del vestido floreado de Jimena, ni siquiera retazos de la propia Jimena, nada de lo que pudiera esperarse normalmente en un caso así, si es que hubiera espacio para algo de normalidad en un caso semejante.

            Una ligera película de formada por granitos de tierra y agua caía desde los cielos como si fuera una insistente garúa. Marcia extendió su brazo y atrapó un poco, era como tener una isla en sus manos. Una isla, pensó, allí debería de estar Jimena ahora, se dijo, ella nunca fue feliz aquí con nosotros y puede que ahora si lo esté. Emocionada por su descubrimiento, Marcia volvió corriendo a contárselo a su madre, pero ésta seguía desvanecida. No fue hasta horas después, en una sala de urgencias del Hospital Español de La Plata que volvería en sí y, para entonces, Marcia ya se había olvidado lo que quería decirle.

            El nombre Jimena Magalí pasó rápidamente al olvido, su historia, su pasado y su presente fueron borrados de los archivos municipales, no ha quedado registro ni constancia de su existencia. La familia Santos de Alvarado no se vio demasiado afectada por el hecho: no hubo duelo, ni lamentos, ni velorio, ni entierro. Todo siguió su curso de acuerdo a los lineamientos trazados por la calculadora mano de la señora Laurencia, fríamente determinada a darle un lugar digno a su familia en el mapa social de la ciudad. La única revelación que arrojó este episodio sobre la vida de esta familia ejemplar la tuvo Saturno, que se sintió bendecido por las aguas del canal y ya bautizado  decidió alejarse completamente de la bebida. No pasó más de una semana para que la señora Laurencia empezara a disponer los preparativos para los quince de Marcia.
            -Mamá, quiero un vestido rosa y un pastel de color rosa también- pidió la menor.
            -Los tendrás- le prometió su madre, embriagada de satisfacción.