jueves, 31 de enero de 2013

esto envejece.

el mismo escenario, la misma ciudad, la misma avenida por la cual todos han caminado,
el mismo puerto hacia el norte, las mismas playas al sur, el mismo río y el monte hacia el este, la misma ciudad dorada brillando al oeste. el mismo pueblo chico y el mismo infierno grande se repiten: el mismo artista, el galán; las mismas tretas, los mismos trucos; el mismo propósito, los mismos medios para llegar hasta ella; otra muchacha en el mismo papel, no tan distinta de las otras, un poco más apuesta tal vez, un poco menos corrompida también; el mismo público, el mismo elenco, y se abre el telón.

la misma primera vez que se vieron, la misma presentación, el mismo nombre a cambio de otro, el mismo encanto y galantería, la misma buena primera impresión, la misma simpatía de parte de ambos, el mismo suceder natural de las cosas y su curso que siempre lo lleva todo hacia buen puerto. la misma mirada que se encuentra y se sostiene más de lo necesario, las mismas mejillas en llamas, el mismo agachar la cabeza, el mismo volver a mirarse y reírse al unísono en dos partes totalmente alejadas de la habitación, el mismo intercambio de sonrisas, la misma aprobación inicial.

el mismo irse a la cama pensando en él, en su vibración tan positiva, en lo lindo que es y lo bueno que parece, en sus facciones tan dóciles que dejan entrever lo noble de su espíritu, en sus cabellos dorados, sus manos delgadas y el mismo pensar en cómo deberá sentirse sobre la piel. el mismo dormirse con una sonrisa imperturbable, con los labios rugiendo ante la perspectiva de hacer contacto.

el mismo retener de su imagen en el pensamiento en los días que le siguen.

el mismo sueño que llega unos días más tarde, el mismo amanecer sintiendo diferente, el mismo tantear de las emociones en busca de un flechazo, la misma negación al encontrarlo, la misma inquietud, la misma curiosidad, la misma aceptación del hecho, el mismo miedo, el mismo tibio deseo de volver a verlo y el mismo andar dando vueltas del corazón en la cabeza. el mismo análisis exhaustivo de las probabilidades y de las posibilidades y de las oportunidades. la misma charla con las amigas, la misma falta de aliento para seguir adelante con algo así, el mismo “¿él, te parece?”, el mismo rollo sobre su mala fama con las mujeres, el mismo argumento de “ustedes no lo conocen”, la misma no atenuación del sentimiento, el mismo seguir en la misma por las noches, durante varias noches, hasta que...

la misma casualidad que los cruza un buen día, acompañada de la misma dificultad para comprender que nuestra ciudad no es tan grande y que estas cosas pasan todo el tiempo: en la parada del colectivo, de camino al almacén o hasta en la puerta de tu casa, frente a las rejas blancas, a la sombra del ficus. el mismo énfasis en el saludo, con las cejas arqueadas y la boca demasiado abierta para decir un “hola”. la misma charlatanería afectada, las mismas preguntas, las mismas respuestas, las mismas sonrisas estúpidas, los mismos intentos en vano por camuflar algo evidente, la misma resistencia a las emociones, la misma invitación “a tomar algo un día de estos”, el mismo “puede ser”, la misma dilación del asunto, la misma insistencia de martillo, el mismo convencimiento, el mismo y definitivo “si”, la misma alegría que ilumina su rostro de príncipe y que enternece a sus testigos, la misma despedida que encierra la euforia que circula por las venas y el mismo “hasta el sábado” final.

el mismo contárselo a sus amigas, los mismo reproches, los mismos enojos imposibles de disimular, las mismas miradas cargadas de piedad, la misma resignación, la última advertencia, la misma necedad, la misma obstinación, tan femenina, siempre presta a desatender a quienes más saben ya por experiencia o por intuición, el mismo nadie les pidió un consejo, el mismo adiós orgulloso y apresurado y el mismo portazo llevándose consigo pequeños pedacitos de nuestras almas. el mismo pensamiento tranquilizador: la cita, el muchacho, su pelo, sus ojos, sus manos. el mismo ardiente aumento del deseo, las mismas ganas de que sea sábado, las mismas ganas de él.

la misma llegada del día elegido, la misma hora, el mismo lugar, el mismo efusivo saludo, el mismo abrazo que dura demasiado, tanto que nadie pensó que un hombre podía dar abrazo así. el mismo caminar sin dirección, el mismo detenerse en cualquier parte, el mismo muchacho encantador, sentado, cruzado de rodillas, el mismo termo, el mismo mate, las mismas apreciaciones sobre el clima, el mismo destacar de la belleza que endulza los oídos de la muchacha. los mismo chistes, la misma charlatanería sobre nada en particular, y así comienza, cuando el hielo yace roto y esparcido: el mismo momento escogido para largar el mismo cuento sobre la infinita tristeza que lo embarga día y noche, noche y día; el mismo cuento sobre la incomprensión que lo persigue, mire donde mire, vaya donde vaya; y, el mismo cuento sobre su inseparable compañera, la señorita soledad. la misma tragedia que se repite con cada mujer que ha cruzado en su camino, las mismas palabras que envuelven poco a poco, la misma mirada frágil mirada, el mismo bajar la guardia, la misma pausada confesión, el mismo buscar de ojos, el mismo lento y suave acariciar de manos, el mismo trémulo acercar de los cuerpos y la misma tenue, muda solicitud de un abrazo que a este punto se ha vuelto tan necesario como irresistible.

entonces, será cuestión de minutos, de horas, de días o de semanas, pero tarde o temprano llegará: la misma búsqueda entre las ropas se hará cada vez más fuerte, más rápida, más desesperada; el mismo hallazgo y la explosión de sensaciones; el mismo desabotonar, desprender de breteles, bajar de cierres, subir y sacar de prendas, quitar todo aquello que entorpezca la satisfacción del deseo de extender sus días, de clavar su inmortalidad sobre un espíritu endeble como el papel y que nadie se detenga ahora que el tren ha iniciado su marcha, ni siquiera aunque ella se haya dado cuenta -tarde, como siempre- de que ya no se está comportando tan inofensivo como al comienzo; seguirá hasta el final a sabiendas de que las consecuencias no son tan graves para él, será sólo un poco más de mala reputación, serán más muchachas marcadas como ganado; y tratarán de escaparse de su cama, se enredaran con las sabanas y caerán de bruces al suelo y algunas saldrán lastimadas, las bajas son algo inevitable en esta guerra; y, luego, el mismo acto seguido: la desaparición de todo rastro del muchacho o el dejar de contestar los mensajes o el enterarse de que la señorita soledad era un invento o que todos se enteren de lo que hicieron con lujo de detalles.

lo que sigue no es nada nuevo: es la misma decepción, ancha y profunda como una tumba; es el mismo atardecer que apresura las decisiones; es el mismo llanto de niña. en algún lugar frente al mar, las olas rompen contra la orilla y en el corazón de una muchacha se toma la decisión de no caer dos veces en la misma trampa, de no volver a bajar la guardia y de nunca más confiar en las emociones. todo se siente equivocado.  “enamorarse es estúpido”, piensa mientras se aleja caminando por la arena, tan sólo más de lo mismo.

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