lunes, 25 de febrero de 2013

conversando con la noche.

            Llovía a cantaros. El Cuatrocientos Doce se detuvo en la intersección de la once  y la número sesenta y dos, Celeste Carletti bajó por la puerta trasera cubriéndose con un periódico y se echó a correr a través del aguacero. Llevaba una prisa que poco tenía que ver con evitar salir empapada. Realmente quería llegar a su casa, quería meterse en el baño y darse una larga y reconfortable ducha, quería fumarse un tabaco y luego tenderse en la cama y permanecer allí despierta durante un buen rato, con los ojos abiertos y la luz apagada, escuchando la lluvia caer sobre las chapas del techo. Ese había sido su único deseo durante toda la jornada, el incentivo que la mantuvo de pie, la pequeña recompensa de la cual se sabía merecedora luego de tanto sacrificio y entrega. No había sido un día fácil en el museo: ocho horas a tope, cinco visitas de diferentes colegios, niños de todas las edades, maestras que los alentaban a hacer todo tipo de preguntas sobre los hombres de las cavernas, los dinosaurios de la Patagonia y las momias aztecas. Había sido demasiado para Celeste Carletti. Diplodocus, Triceratops, Homo Erectus, Paleozoico, Mesozoico y hombres cubiertos con un tapa-rabos que golpeaban a sus mujeres con un garrote y las llevaban arrastrándolas de los pelos hasta sus lecho de amor, había tenido suficiente de ellos por hoy. Mientras corría bajo la lluvia recabó en ello por un instante. “De buena gana aceptaría yo que alguien me tumbará y me arrastrará de los pelos hasta dentro de su caverna”, pensó, “cualquier cosa sería más divertida que esta maldita soledad en la que estoy metida”. Pero no, nada de eso le tocaba jamás. Tan sólo hordas tras hordas de colegiales haciendo gala de su más recóndita curiosidad, aventándole preguntas imposibles, como rocas, que le restaban entusiasmo a sus días. Los contingentes de la tercera edad eran mejores porque no hacían tantas preguntas, directamente no hacían preguntas, sólo se limitaban a callarse y a escuchar lo que ella tenía para decirles y asentían con una sonrisa y, al finalizar la recorrida, le agradecían por su excelente labor y algunas señoras depositaban billetes de diez y de cinco en sus manos y le daban un tibio beso en las mejillas y aquello le servía de consuelo. Lamentablemente, hoy no le había tocado nada de eso, nada de personas mayores, nada de amables y dulces ancianitas. Definitivamente, había sido demasiado. Ahora sólo quería llegar a su casa y estar tranquila.
            Celeste anduvo media cuadra bajo el agua y comprendió que era inútil, arrojó el diario tras de si y se maldijo por olvidar el piloto esa mañana, había tanto sol cuando salió de casa esta mañana y el cielo lucía tan despejado que era imposible predecir esta tormenta. Su cabellera -que era muy, muy larga y tan oscura como la noche de África- se le pegaba a la cara y grandes chorros de agua caían de ellos como en una cascada, toda su ropa estaba empapada y el olor de las prendas mojadas se le mezclaba con la fuerte fragancia dulzona de su perfume. Finalmente, cuando llegó a la esquina de su casa, en la intersección de la trece y la número sesenta y dos, comprobó con mucho desencanto la profunda oscuridad que dominaba a todo el vecindario. Los cortes de luz se sucedían a la minima caída de agua en esa parte de la ciudad. Celeste se detuvo y contempló aquella escena. La línea trifásica de electricidad y el cableado telefónico se recortaban contra un cielo púrpura que no paraba de derramar su llanto sobre la fila de autos que dormían al resguardo de los sauces en la entrada de las casas. La cuadra donde vivía estaba llena de sauces, incluso ella tenía dos en el patio. También había ficus y algunos fresnos emergiendo de entre las baldosas. Los favoritos de Celeste eran los sauces, los llamados sauces llorones ¿Les llamaban llorones porque lloraban? A ella le parecía que si lloraban y que eran como personas arrodilladas que miraban al cielo y las ramas eran brazos extendidos que preguntaban por qué y las hojas caían de estas personas como se dejaba caer ella al suelo tantas veces y luchando por ahogar el llanto se preguntaba por qué, por qué la mala suerte, por qué tanto desencuentro, por qué tanto desamor, por qué esta mala racha, por qué, por qué. Ellos seguían allí, de pie frente a la tormenta, tenían una voluntad inamovible que ella envidiaba, porque muchas veces sentía que a le faltaba esa valentía, ese aplomo de árbol que resiste a las tormentas. Celeste sentía que hasta ahora ella había escapado a los problemas en lugar de resolverlos. Había escapado del fracaso matrimonial de sus padres, había escapado a todas esas discusiones y peleas, hasta había escapado de sus propios fracasos amorosos y se iba, del barrio, de la ciudad, de la provincia, se marchaba pero siempre acababa regresando al nido sobre la calle trece y ahora sentía que toda esa angustia se había metido muy dentro suyo y le había enfermado el corazón, porque todas las noches -y alguna que otra mañana también- sentía ese vacío, esa tristeza que sólo experimentan las mujeres, que es como la funda de un cuchillo, que no se siente satisfecho sino hasta ver el mango del puñal saliéndole por las espaldas  y no sabía por qué y mientras escrutaba la calle sin luz ya presentía que esa noche no sería la excepción, pero tal vez el cansancio la dormiría antes de darse cuenta de que estaba sola, que hacia meses que no pisaba firme, que estaba triste y que, para colmo de males, no había luz en su hogar. Espetó un golpe con el tacón de su bota sobre la vereda, agitó sus brazos como boxeando con la lluvia y lanzó una maldición contra el viento. Refunfuñando se apresuró hasta el portón de su casa, abrió el bolso y comenzó a bucear dentro en busca de sus llaves, mientras lo hacía, se preguntó con qué se encontraría adentro esta vez.

            Los ladridos de Cuco, el ovejero alemán que dormitaba en su cucha, del otro lado del portón, rasgaron la bruma de la tormenta y llegaron hasta Celeste. El ruido de las llaves lo había despertado.
            -Cuco, Cuco, shh, shh, quieto.
            El llamado de atención de Celeste se mezclaba con los ladridos del perro y el caer de la lluvia en una canción disonante. Celeste cerró el portón tras de si y volvió a regañar al perro con un tono más demandante. Cuco le obedeció esta vez y tras dar un giro sobre sus patas volvió a meterse en la cucha.

            Aurora Carletti acababa de dar la última pitada a su cigarrillo cuando escuchó los ladridos de Cuco. Automáticamente, comprobó la hora en su teléfono celular y apresurada remató la colilla sobre el cenicero a la vez que giraba sobre la silla y lanzaba la bocanada a través del mosquitero hacia el patio. La acción le produjo una violenta acometida de tos y mientras tapaba su boca con el puño cerrado tiró un poco del desodorante de ambiente que tenía junto a sus pies para emergencias como estas. Guardó el cenicero, la cajetilla de Phillip Morris y el encendedor en la gaveta debajo de la mesa y dibujo el símbolo del infinito en el aire con sus brazos, tratando de despejar el humo del comedor. Fue en ese momento cuando la puerta de la sala se abrió y Celeste, la hermana de Aurora, entró en la casa. En un veloz e imperceptible movimiento, que abarcó menos de una milésima de segundo, Aurora apagó de un soplido la vela que ardía sobre la mesa y permaneció en silencio y a oscuras, esperando no ser descubierta, intentando contener su propia risa delatora.
            -¿Aurora, sos vos?- preguntó Celeste desde el hall, su voz sonaba algo molesta- ¿Aurora?
            -Si, acá estoy, hermanita ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue en el trabajo?
            -Me re cagué mojando -dijo Celeste y, tras una pausa- pero bien ¿Vos cómo estás?
            -Bien, un poco aburrida, no hay mucho que hacer en esta casa cuando se corta la luz.
            -¿Mamá?
            -Está acostada.
            -¿Hace mucho se acostó?
            -No sé, cuando llegué ya estaba acostada. Hay pizza en la heladera si queres.
            -Me quiero dar una ducha primero.
            Aurora dudó por un segundo antes de hablar.
            -No hay agua- dijo, finalmente, con gran pesar.
            Celeste maldijo con todas sus fuerzas, haciendo gala de su amplio conocimiento en materia de juramentos y todas sus variantes y se encaminó hacia su habitación. La habitación de Celeste estaba al final de un pasillo en donde se enmarcaba una ventana que daba al patio trasero, enfrentada a la habitación de su madre. Celeste se detuvo un segundo ante la puerta abierta que daba a la habitación de su madre, escrutando la oscuridad reinante, visualizándola recostada sobre la cama, sumida en un sueño profundo e inalterable, luego entró en su habitación y comenzó a desvestirse poco a poco. Primero desenroscó la bufanda de su cuelo, desabotonó el saco y los colgó en el perchero; luego desató la bota izquierda, los cordones escurrieron agua entre sus dedos produciéndole una ligera sensación de asco, y valiéndose de la derecha la empujó fuera de su pie y la aventó contra la pared de la habitación; para remover la bota derecha tuvo que forcejear un poco con sus manos, la bota derecha fue a unirse con su compañera, al pie de la pared; siguió el turno de la camisa, la falda y las calzas. Todo quedó hecho una pintoresca pila a un costado de la cama. Celeste se acostó dejándose puesta solamente la ropa interior.

            La habitación estaba completamente a oscuras. No había un mínimo haz de luz en toda la casa, ni en la cuadra, ni en el barrio. Fuera las nubes cubrían el cielo y bloqueaban el brillo de la Luna y toda la ciudad era una penumbra absoluta, desde los viñedos de Los Talas hasta el puerto industrial a orillas del canal Este. El cuerpo pálido de Celeste, apenas cubierto por la ropa interior de color tinto, se estremecía sobre el cubrecama, su cabello negro se fundía con la noche mientras que su mente sondeaba la oscuridad de la habitación, buscando quedar en blanco, buscando despejarse, buscando sacarse el día de encima. Quería eliminar la calesita de imágenes, personas y preguntas que inundaban su cabeza cada vez que cerraba los ojos. La cama nunca se había sentido tan agradable como en este momento, con la lluvia metrallando las chapas sobre su cabeza, el viento gritándole a los sauces y la calma que en su interior sentía ya acercarse. Una ráfaga de luz, proveniente desde el comedor, cinceló la negrura en el interior de la casa y llegó hasta la pieza, cubriendo la voluptuosa silueta de Celeste. Aurora acababa de encender otro cigarro.
            -¿Celeste, Celeste sos vos, vida mía?- la voz grave provenía de la habitación contigua y pertenecía a Roxana, la madre de las chicas.
            Celeste se ovilló sigilosamente sobre su cama y esperó en silencio, deseando que Aurora contestara por ella desde el comedor. Mientras tanto, en el comedor, Aurora soltó una bocanada de humo muy lentamente y esperó en silencio, deseando que Celeste respondiera al llamado de su madre y la salvará de ser descubierta fumando y de tener que dar una explicación para su negligencia a pesar de las recomendaciones que había dado el doctor Razziti.
            -Celeste, ¿cómo te fue en el trabajo, vida mía, cómo estuvo tu día?- insistió Roxana. Celeste mordió sus labios y se tragó una maldición antes de hablar, con tono de resignación.
            -Hola, má, recién llegué, no te quería molestar porque pensé que estabas durmiendo. El día estuvo agotador, como siempre, mucho trabajo, mucha gente, más de lo mismo.
            -¿Te mojaste?
            -Si, ma, imposible no mojarse con este día.
            -¿Llevaste el piloto?
            -No, lo dejé acá. Hoy a la mañana estaba re lindo el día, no entiendo cómo se pudo largar tan fuerte,
            -¿Cenaste? Te dejamos unas porciones de pizza en la heladera.
            -Me quería dar una ducha pero no hay agua- se quejó Celeste.
            -Y, no, mi vida. Cuando se corta la luz...
            -...se corta el agua- le interrumpió Celeste con tono mordaz
            -Quería ducharme- dijo Celeste puchereando.
            -Con la mojada que te pegaste no te hace falta- bromeó Roxana.
            -Ja, ja, ja- ironizó Celeste, acentuando enfáticamente cada silaba.
            -Lo crucé a Alejo en el colectivo hoy a la mañana, te mandó saludos, dijo que andas desaparecida, que ya no pasas a saludarlo más por la cafetería del museo.
            El rostro pálido de Celeste se incendió al escuchar el nombre de Alejo salir de los labios de Roxana y cruzar de habitación a través de la oscuridad hasta llegar a sus oídos. Ella sabía que no había existido tal encuentro casual. Acaso hasta dudaba que esas palabras fueran siquiera pronunciadas por él. Semanas atrás Alejo le había contado todo lo que estaba pasando entre él y Roxana. Celeste giró sus ojos en torno al cielo raso, mordió su labio inferior y disparó.
            -¿Qué es lo que pasa entre vos y Alejo, ma, qué es lo que pasó?
            Tras una pausa, que Celeste la sintió como el intervalo entre el agua y el horizonte que desfila por la escotilla de un barco durante una tormenta, Roxana respondió.
            -¿Quién te metió semejante disparate en la cabeza, mi vida?
            -Nadie me metió nada en la cabeza. Te hice una pregunta, nada más. Decime si es verdad o es mentira que pasó algo entre ustedes dos.
            -No es asunto tuyo- dijo Roxana muy seriamente. Celeste se incorporó sobre la cama y comenzó a tantear en el piso en busca de algo que ponerse.
            -¿Quién te dijo semejante cosa, Celeste, necesito saberlo?- preguntó Roxana.
            -No importa quién me lo dijo, importa si es verdad o es mentira, eso es lo único que importa y por la forma en que reaccionaste me parece que es verdad- la voz de Celeste comenzaba a quebrarse y asfixiaba cada palabra que salía de su boca. Mientras hablaba, apretó fuertemente la zapatilla que tenía entre sus manos. Una tenue lágrima corrió por sus mejillas y se acomodó en su mentón, dispuesta a dar el salto final hacia el vacío.
            -¿Cómo pudiste, tiene mi edad, es un conocido, cómo pudiste? Podes tener a quien quieras, por qué, por qué justo a él, por qué- la voz de Celeste se había echo añicos llegado este punto. Desde la otra habitación no hubo respuesta alguna. Fuera podía escucharse que la lluvia había cesado.
            -¿Hace cuánto de esto?- preguntó Celeste, su voz iba recuperando el color. Desde la otra habitación no hubo respuesta.
            -¿Hace cuánto de esto? - insistió Celeste y nada, no hubo respuesta.
            - Ma.
            -¿Qué, Celeste, qué querés?- preguntó Roxana, evidentemente contrariada.
            -¿Hace cuánto de esto?
              -Cuando te fuiste de viaje con tu papá, que Ariel vino a traerte unas cosas del museo, unos folletos.
            -Eso fue en Enero.
            -Si.
            -Ahora estamos en Octubre, quiere decir que se ven desde entonces y yo ni enterada- la voz de Celeste temblaba nuevamente mientras que el silencio reinaba en la habitación de Roxana. Ahora Celeste estaba de pie, en la arcada de su habitación, mirando a la oscuridad donde Roxana yacía tendida sobre su cama. Celeste se tomó su tiempo antes de hablar, cuando hablo, hablo muy calmadamente, como si cada palabra fuera perfectamente seleccionada, como si tuviera que bajar al sótano de una biblioteca a buscar cada una de ellas antes de soltarlas.
            -Sinceramente, no esperaba mucho viniendo de vos, porque en el fondo, siempre supe la clase de persona que eras, supe todo lo que le hiciste a papá y por qué se separaron. Lo único que te pido, y por favor te lo pido, es que no te metas con gente de mi entorno, no, por favor, por favor, hace un esfuerzo y mantené las piernas cerradas porque esto que pasó ahora es una vergüenza, una vergüenza y una humillación para mi persona.
            Celeste salió de la habitación sin molestarse a escuchar la respuesta de su madre. En el comedor, pasó junto a Aurora, que fumaba distraídamente sin prestar atención de nada. Siguió dando grandes zancadas hasta llegar a la puerta fiambrera que daba al patio trasero. Allí se detuvo y volvió sobre sus pasos y como si tuviera ojos que pudieran ver a través de la oscuridad, tomó el encendedor que Aurora tenía junto al cenicero y regresó hacia la puerta del patio trasero diciendo: “Ahora te lo devuelvo”. Aurora se levantó de la mesa y enfiló hacia su habitación. Fuera podía oírse el continuo gotear de los árboles y de los techos. Era todo cuanto podía oírse.

            Sentada sobre una reposera, bajo el alero de aluminio del patio trasero, Celeste Carletti liquidó contra el piso su cigarrillo. Era el tercer cigarrillo en diez minutos. Celeste tiró la colilla sobre el pasto, sacó otro cigarrillo del paquete y comenzó a hacerlo bailar entre sus dedos mientras recibía la fragancia de las rosas y la frescura de los helechos que la rodeaban, mientras absorbía todo el paisaje a oscuras y adivinaba las sombras de todas las plantas, las macetas, los árboles y la gran farola destacándose en el centro del jardín. Encendió el cigarrillo que tenía entre sus dedos y fue allí que percibió el croar de un sapo escondido en el jardín. Celeste lo pudo adivinan moviéndose entre las plantas y se preguntó cómo podía haber llegado hasta allí. Dio un par de pitadas y perdió de vista a su sapo, aunque no puede verlo, lo escuchaba moverse pesadamente, lo advertía croando, saltando en el pasto, acercándose directo hacia ella. Cuando ya estaba apagando el cuarto cigarrillo se le ocurrió que Roxana había metido el sapo en la casa para besarlo y convertirlo en príncipe azul. La idea se le antojó divertidísima y Celeste rompió a reír, bajo el alero, al amparo de la noche púrpura. En ese momento, volvió la luz y la farola erigida en el centro del jardín estalló en poderosos rayos que iluminaron todo el patio. Celeste pudo divisar al sapo. Estaba justo parado frente a ella, sobre sus cuatro patas, con el corpacho de un tono verde enfermizo, cubierto de verrugas, con la piel húmeda y viscosa, chorreando pegajosidad, con sus ojos entreabiertos que la examinaban de un modo amenazante. Celeste reparó en el sapo que se destacaba en el pasto brillante a la luz de la farola. Celeste lo miro fijamente, casi con desprecio, con asco y el sapo la miro de la misma forma a ella. Recordó lo que su abuela le había contado una vez sobre los sapos. La abuela de Celeste tenía la teoría de que los sapos eran seres que estaban en esta vida pagando por los pecados cometidos en otra vida, imaginaba que todos los sapos del mundo habían sido hervidos en gigantescas ollas sobre una hoguera por sus herejías y que luego eran escupidos a esta vida con esas burbujas horrendas sobre sus espaldas, cuanto más grandes las verrugas, más graves habrían de ser las faltas cometidas. Los sapos eran seres inmorales, tan inmorales como Roxana, pensó Celeste.
            -Es usted un maldito y gordo pecador- le dijo Celeste al sapo y lo observó acercarse hacia ella a los saltos. Lo vio venir, cada vez más cerca, casi pudo sentirlo cayendo sobre sus pies, trepando sobre sus piernas desnudas, introduciéndose entre sus piernas y saliendo por su boca acompañado de una violenta irradiación de una espuma blanca y verde, haciendo arder sus tripas. Lo vio acercarse, quiso gritar y escapar de un salto pero estaba inmóvil. Sintió que algo trepaba sobre su hombro, lo sintió agitándose, pataleando sobre ella.
            -Vida mía, ¿Qué haces acá afuera? Vamos, veni, vamos adentro que acá hace frío y se está por largar a llover de nuevo.- la voz de Roxana y la expresión en su mirada desbordaban de amor y de afecto. Celeste volvió su mirada hacia el pasto y no vio señales del horrendo sapo.
            -Dale, vida mía, vamos adentro.
            -Perdóname, ma.
            -¿Qué decís, vida mía?- preguntó Roxana, en sus palabras no había ni una pizca de rencor.
            -Si, ma, por lo que te dije. No es el modo.
            -Vamos adentro, hace frío.
            Celeste se puso de pie y le dio un fuerte abrazo a su madre, un abrazo que ni siquiera la lluvia que volvía a caer pudo romper. Al cabo, ambas entraron en la casa, cerrando la puerta tras de si y apagando todas las luces de la casa.

sábado, 23 de febrero de 2013

el día que empezaron mis sospechas.

Sonó mi teléfono y tuve que salir de la clase de Opinión Pública para atender. Era ella. Me preguntó a dónde estaba y qué estaba haciendo, dijo que le gustaba escuchar mi voz, me recordó que mañana en la noche iríamos juntos a la fiesta de cumpleaños de Elías y preguntó si tenía planes para esta noche, “pensé que podría ir a tu casa y vos me ayudarías a hacer una torta para Elías”. Dijo que se encargaría de comprar todos los ingredientes, que llegaría a casa “a eso de las once” y me daría un fuerte abrazo. Dijo que lo necesitaba. Luego, dijo que me quería mucho y cortó.

Regresé al aula y tomé asiento y aunque traté con mucho esfuerzo, no hubo manera de concentrarme, de seguir el hilo de la clase, de incorporar los conocimientos, de retener la información. No hubo manera. Terminó la clase, me despedí de mis compañeros y de los profesores y salí del aula. Bajé las escaleras y caminé hasta el hall central, subí el cierre de mi campera, me aseguré el gorro de lana y enrosqué la bufanda escocesa en torno a mi cuello, antes de salir del edificio y dejar atrás el predio universitario, andando a través del crepúsculo invernal, bajo un manto de estrellas nacientes que enmudecía al barrio El Mondongo y a una buena parte de la ciudad de La Plata.

Emprendí el trayecto hacia la parada del ómnibus entera y perdidamente entregado a la fantasía, al deseo y a la ilusión. La ilusión de verla un día antes de lo esperado; la ilusión de tenerla un viernes por la noche en mi casa, ahuyentando a la soledad fuera del armario, de los rincones lúgubres y de los techos, encendiendo todas las luces de las esperanza. La podía imaginar con un enorme sombrero de cocina y un delantal, la veía nítida frente a mis ojos, decorando la torta. Permanecí trémulo ante la perspectiva del silencio repentino, del encuentro de las miradas, de la atracción de los cuerpos y del beso de doscientos veinte volts de potencia.

Llegó el ómnibus y me apresuré a subir en él. Todos los asientos estaban llenos y tuve que viajar de pie. Mientras miraba el desfile de autos, árboles y personas por la ventanilla casi podía escuchar su voz atiplada, podía ver su peinado aparatoso coronado por un moño y podía palpitarme el momento en que me pediría que la acompañase fuera de la casa para fumar un cigarrillo y como yo accedería a su pedido por el place de verla fumar a la luz de la Luna y su parla nerviosa e incesante, machando sin tegua entre bocanada y bocanada y mi corazón gritando “me rindo, me rindo, tómame entre tus manos y déjame descansar porque soy tuyo ahora” y ella lo escucharía, supongo que lo escucharía, parecía ser la indicada. Esa persona por la que hemos estado esperando toda una vida y un poco más.

Recuerdo muy bien la excitación agolpando mi pecho al llegar a casa y el continuo consultar de los relojes. Recuerdo con toda claridad el sonar de mi teléfono, recuerdo haberlo escuchado desde la ducha y el haberme apresurado a secarme y el haber corrido a atenderlo, sólo para encontrarme con un mensaje que decía que había “caído” su prima de sorpresa y que no podía dejarla sola y que no podríamos vernos, cosa que lamentaba y prometía contar las horas para nuestro encuentro de mañana en la noche. El consuelo de verla al día siguiente era suficiente en aquel entonces, así que me fui a dormir, arropado con mis esperanzas y sin demasiada vuelta. Aquello me acercaría algunas horas más al tan ansiado momento de verla.

El sueño se mostraba esquivo esa noche y las sabanas enredaban mi cuerpo como un remolino cuando sonó de nuevo el teléfono. Era ya de madrugada. Salté de la cama y encontré un mensaje, de un número desconocido, decía ser la madre de mi prometida y preguntaba si ella estaba conmigo. No respondí. Apagué el teléfono y volví a la cama. Fue fácil dormirse después de aquello.

La noche siguiente se mostró más que cariñosa conmigo, más apasionada de lo que me tenía acostumbrado y, debo reconocer, que ese vestido a lunares le sentaba esplendido y realmente acentuaba la prominencia de sus senos. Y, fui testigo de como aventaban sobre Elías una torta que decían haber preparado la noche anterior y luego, ella se acercó hacia donde estaba yo, riendo, bajo las luces, atravesando un océano de gente, hasta tenerla a un palmo de distancia y levantó su mano y me untó de crema las narices y siguió riendo con su risa tan aniñada y me dio un profundo y húmedo beso. Podía sentir su lengua hundiéndose en mi boca, bajando por mi garganta hasta arrancar mi corazón. Me hizo prometerle que dormiríamos juntos esa noche, cosa a la que yo accedí encantado.

Aquello fue sólo el comienzo. Hace rato que ya dejé de preguntarme por qué o hasta cuándo. Todavía puedo verla desde las gradas, balanceándose en brazos de los jovencitos, con ese peinado que nunca pasa desapercibido, con ese busto firme como de estatua, con esas piernas torneadas a las que nadie sabe negarse, prometiendo y haciéndose prometer, esnifando la dulzura de sus cuerpos. Hasta el momento se ha salido con la suya y no ha tenido problemas para obtener lo que quería y hasta puede que nadie la detenga. Nunca antes había sentido la necesidad de hablar sobre este asunto. Hasta ahora.   

miércoles, 20 de febrero de 2013

la esperanza puso alas a todas y cada una de mis palabras

¿Qué hay de las palabras que se estrellan contra un muro? ¿Qué hay de las grandes distancias recorridas a pie? ¿Qué hay de los últimos actos heroicos? ¿Qué hay de las quijotadas? Los actos desinteresados, las largas esperas, los sacrificios del alma, todo se hace por amor, con amor, nada de esto sería posible sin él. Bien ya lo sabemos aunque nos hagamos los distraídos, los olvidadizos, los enojados. ¿Qué hay de la confianza diseminada como fichas de colores sobre el tablero del T.E.G? Las emociones cambian de lugar como las piezas en una partida de ajedrez ¿Quién estaría dispuesto a entregar a su rey para salvar a la reina? Aún a sabiendas de que la suerte que traiga la caída de los dados no dependerá de nosotros ni de la sinceridad con que ejerzamos nuestros actos ¿Quién? Un noble espíritu retrocede al casillero de inicio en una mala jugada y no puede evitar  preguntarse si el amor, ¿el amor es un juego o es un campo de batalla? Puede que  ninguna y las dos al mismo tiempo. Te queda una sola ficha y la estás haciendo bailar entre tus dedos desde hace rato, tienes miedo de perderla. Y en la vereda de enfrente: ellas, mostrándose radiantes con sus peinados, su ropa y su maquillaje. No han entregado ni una sola de sus fichas y se consideran hábiles jugadoras por ello. Lo cierto es que ni siquiera están participando del juego, lo cierto es que no tienen lo necesario para librar esta batalla ¿Qué hay de la vela en ese candelabro que llevas en tus manos? ¿Qué hay de la llama que has protegido a cada paso en este largo viaje hacia el corazón de la noche? Aún conservas la esperanza, lo sé, de poder revivir ese fuego, de volver a hacerlo arder, de poder calentar tu cuerpo, de poder secarte las ropas empapadas de tanto llorar. Sé que podrás y sabes que puedes sólo si encuentras la madera adecuada, sólo si buscas y no descuidas tu llama podrás encontrar, bien sabemos que no abunda esa buena madera. Y en cuanto a mi, bueno, pues, me has dejado hecho el muro de los lamentos, chiquita, y mis amigos están aprendiendo lo agotador que puede ser hablar con un muro, razonar con un muro, intentar ver a través de él, remover cada ladrillo y a escondidas acarician secretos planes de derribarme y, tal vez, será mejor así, tal vez sea lo mejor para todos, para todos menos vos, chiquita. Conserva tus fichas todo el tiempo que quieras, y que tengas buenas suerte.

viernes, 15 de febrero de 2013

construir un puente.

El canto de las chicharras anticipaba un caluroso día para la estancia de don Silvano Saghessi, una de las tantas propiedades situadas a las puertas del monte de Berizzio, en el ala este del pueblo. Lindero a la ribera del Plata, el monte formaba parte del patrimonio que enorgullecía a los paisanos berizzienses, ya que allí se encontraban muchas de las quintas donde se producía  el vino artesanal que daba renombre al pueblo y que rendía buenos dividendos a sus viñateros. Desperdigadas a lo ancho y a lo largo del monte, las quintas se conectaban entre sí por una serie de senderos y canales que atravesaban la espesura del monte como las nervaduras de la hoja de un árbol. Tiempo atrás, en los albores fundacionales del pueblo, había sido tarea exclusiva de los quinteros y de la peonada trazar y desmontar esos caminos, pero era ya una práctica abandonada desde hacía décadas. Las rutas y sus destinos ya estaban asentados y, no había necesidad de abrir nuevos caminos que condujeran a los mismos lugares.
 Los sauces de la quinta de don Saghessi se extendían a más de diez metros de altura y sus copas eran vastas y densas y las ramas se entrecruzaban de un árbol a otro, formando un cielo de hojas donde la luz del sol no lograba penetrar y donde el viento se transformaba en llanto al soplar a través de ellas. Abajo, en el suelo siempre húmedo, abundaban los arbustos, algunos árboles frutales y pequeños bosques de caña y paja brava, así como también había extensos claros de terreno donde no crecía nada. Caminando por medio de este rustico paisaje venía el joven mozo Atilio Smith, balanceando un machete en su mano derecha, cargando una gastada mochila de campaña sobre sus espaldas, acompañado por Ernestino, un perro negro de aspecto callejero que traía la lengua afuera, la oreja izquierda partida y una cola que nunca cesaba de agitarse. Atilio calzaba un par de agrisados borceguíes de media caña con punta de acero, una bombacha de campo verde y un pulóver de cuello redondo de un color similar al vino tinto por donde asomaba su testa rígida y blanquecina, coronada por una maraña de cabellos rubios. La mochila de campaña, verde oscura alguna vez, se había degradado en un tono olivado a causa del uso y de los años y el mango del machete era de madera con un pequeño agujerito por donde se enhebraba un soguín para asirlo con mayor comodidad. Atilio avanzaba a paso firme por el terreno, sumergiéndose cada vez más en las profundidades del monte.

Amparado bajo el techo de sauces, Atilio Smith continúo hasta divisar un claro en el que se insinuaba un recodo que era surcado por uno de los viejos canales que utilizaban los viñateros. Dejó caer su mochila y, acompañado de un grito jubiloso, dio un gran salto sobre sus pies. Ernestino también festejó el hallazgo lanzando una serie de ladridos al cielo y ambos salieron disparados hasta llegar a la orilla del canal. De un fuerte golpe, Atilio hundió su machete sobre un tronco caído en el suelo y echó un vistazo alrededor, bordeando la curvatura del canal. El lecho del canal estaba vacío, apenas se divisaba un hilito de agua clara recorriendo el fondo fangoso. No había señales de la riada todavía. Cercano a la orilla se alzaba un grupo de árboles cubiertos por enredaderas que ofrecían sombra y refugio. En el suelo había grandes y largas ramas caídas de los árboles durante las tormentas de primavera y, a menos de veinte metros de allí, se alzaba un bosquecillo de sauces y cañas.
-Este es el lugar que estaba buscando- le comunicó sonriendo a Ernestino.
-Este es, finalmente lo hemos encontrado, amiguito. Ahora hay que poner manos a la obra.
Atilio sacó un pañuelo del bolsillo trasero de la bombacha, se secó el sudor de la frente y lo volvió a guardar. Eran ya las ocho y media de la mañana de aquel día. El sol se había despegado del suelo y se encontraba ahora saltando por encima de las copas de los árboles. Las chicharras estaban a pleno y el calor empezaba a despegar la humedad acumulada en el suelo y en las hojas de las ramas. El día y su consecuente propósito y aventura recién comenzaban para Atilio Smith y su amigo Ernestino.

Sentado a la entrada de la tapera, Tarcisio Domínguez también escuchó a las chicharras. Eso lo hizo reaccionar. Creyó haber visto un fantasma, luego se dijo a si mismo que los fantasmas no andaban sueltos a plena luz del día, entonces creyó que estaba soñando, pero no estaba soñando, estaba despierto, tenía su botella a medio tomar en la mano y otra intacta, aunque descorchada, junto a la silla. También estaban los perros haciéndole compañía desde la noche anterior. No, era imposible que estuviera soñando. No era un sueño ni un fantasma, era Atilio Smith con su perro y acababan de pasar por la entrada de la quinta, pasaron frente a él y hasta lo saludaron y siguieron hasta perderse de vista. Vacilante, trató de recordar lo que su patrón, don Silvio Saghessi, le había encomendado respecto de este muchacho. Para refrescar su memoria le dio un trago a la botella de vino que pendía de su mano. Se sujetó la mandíbula con la mano y miró directo hacia el sol como buscando allí la respuesta. Tras cosa de un minuto pudo recordar de qué se trataba. Don Saghessi había pasado algunos días atrás a dejarle una canasta con bebidas, turrones y un pan dulce y le contó que la nena seguía mal por la pelea que había tenido con Atilio y que aparentemente su historia había terminado. Don Saghessi dijo que no soportaba ver a su hija en ese estado y que de sólo pensar en el nombre de Atilio se sentía embargado por la furia y la decepción. Doblando sobre sí mismo el brazo derecho, con el puño cerrado y las cejas arqueadas con vehemencia, le dijo a Tarcisio que el muchacho ya no era bienvenido en su propiedad, que no le dejará pasar bajo ningún punto de vista. Luego, le dejó saludos y se marchó. Tarcisio Domínguez se sacudió como en un espasmo, entró en la casa con gran alboroto, tomó la escopeta y, acompañado por su jauría de galgos sucios y desnutridos, se lanzó hacia el monte.

Atilio regresó sobre sus pasos, recogió la mochila y volvió hasta la orilla. Depositó la mochila sobre el suelo y se arrodilló frente a ella. Ernestino lo miraba fijamente, con la lengua afuera y la cola agitándose. “Vamos a hacerlo, amiguito, vamos a hacerlo juntos. Yo no podría hacerlo sin ti. Yo necesito que estés aquí a mi lado, ayudándome. Yo no podría hacerlo solo” le decía Atilio a Ernestino a la vez que se sacaba el pulóver, lo plegaba sobre el suelo y lo guardaba en la mochila. Cuando acabó, Atilio se puso de pie, se sacó la remera negra de adentro del pantalón y dirigió una mirada sobre el canal. No se veían cambios en el tenue curso del agua, el río no había empezado a subir aún. Desclavó el machete del tronco y lanzó un silbido a Ernestino, que se había arrimado hasta la orilla a beber agua, el perro alzó las orejas y miró en dirección a Atilio. “Vamos, amiguito, no hay tiempo que perder” le dijo y los dos se alejaron del recodo, adentrándose en el bosquecillo.
Atilio era hábil con el machete, esto se lo debía en buena medida a sus días como scout, días en los que desarrolló un temprano interés por la vida al aire libre y un amor profundo y secreto por la calma y tranquilidad que le ofrecía el monte de su pueblo. Con sumo cuidado iba asestando certeros golpes de machete a las ramas caídas de los sauces, las pelaba de pequeñas ramificaciones y luego las apilaba en montones que llevaba hasta la orilla, bajos los árboles cubiertos de enredaderas, donde  había dejado la mochila. Trabajó arduamente durante dos horas, hasta que se hicieron las poco más de las diez y media de la mañana. Cuando regresó al recodo con el último cargamento de ramas se sintió satisfecho, había hecho un excelente trabajo de recolección y calculó que tenía material de sobra para realizar su empresa. Se recostó contra el tronco caído donde había clavado el machete y se relajó. Le dio un respiro a los músculos a la vez que despejaba su cabeza y apreciaba la belleza natural del paisaje. Tomó la mochila y sacó su caramañola, un libro de aspecto ajado y un gran ovillo de hilo sisal. Bebió dos tragos cortos de la caramañola y la volvió a guardar. Retiró el señalador de cuerina marrón del libro y estuvo hojeando sus páginas durante un breve lapso. Entonces, lo cerró, se puso de pie y dirigiéndose a Ernestino dijo:
 -Ya lo tengo, amiguito. Manos a la obra, antes de que perdamos el ritmo.
Atilio separó cuatro de las ramas que tenía en el montón y, valiéndose del hilo sisal y su navaja del ejército suizo, se las arregló para amarrar un rectángulo, similar al marco de un cuadro. El rectángulo cumplía la función de andamiaje en esta empresa. Le tomó media hora realizar el primero de ellos. Se acercó hasta la orilla y la observó detenidamente, el curso seguía igual, sin variaciones. Volvió sobre las ramas que había separado y construyó un nuevo andamio. Así, pasó otra media hora. Al cabo había construido los dos andamios que necesitaba para su puente. “Con esto bastará” le dijo a Ernestino y el perro ladró asintiendo. “Vamos a tomar un descanso, amiguito, y luego seguiremos hasta terminar” dijo y sacó un paquete de papel de madera y la caramañola de la mochila. Se recostó nuevamente sobre el tronco, abrió el paquete, que contenía tres emparedados de queso y tomate en pan de centeno y empezó a comer, arrancando pequeños pedazos con sus manos y ofreciéndoselos a  Ernestino, quien accedía gustoso a los bocadillos. Eran casi la una de la tarde. Atilio almorzaba con gusto, pero con tranquilidad, sabía que el tiempo le alcanzaría y que el entusiasmo no le faltaría, sabía que podía contar con la fiel compañía de Ernestino y sabía que juntos terminarían el puente y sabía que, al final de la tarde, podría cruzar el puente hacia el otro lado y se sentiría mejor, sabía que ese sería el comienzo de algo, un comienzo en un lugar distinto, un lugar que quería conocer, un lugar nuevo donde empezaría a trazar nuevos objetivos. Ernestino se tumbó a los pies de su dueño y se dispuso a dormir una siesta, Atilio, observándolo, se dijo que no estaría mal descansar un poquito más antes de retomar la empresa, tenían bastante trabajo por delante, pero de nada servía afrontarlo con el estomago convulsionado y el cuerpo cansado. Bebió un trago más de la caramañola, sacó el pulóver de la mochila y lo hizo un bollo sobre el cual apoyo su cabeza. Del bolsillo izquierdo de su camisa sacó una hoja de tamaño carta que fue desdoblando cuidadosamente y se puso a leer con suma atención, así, quedó totalmente abstraído en su lectura.

“Cuando encuentre a ese mequetrefe le voy a enseñar una o dos cosas que nunca olvidará”. Ese era el pensamiento que asaltaba la mente de Tarcisio Domínguez mientras avanzaba casi tambaleándose por entre la maleza montesina. De tanto en tanto se detenía y lanzaba una mirada furtiva hacia los costados. Como no lograba ver nada, aguzaba el oído y apaisaba su longo físico hacia delante a la vez que ponía su mano derecha sobre su oreja para oír mejor. Como tampoco lograba resultados de esta manera, tomaba asiento, apoyaba la escopeta en su regazo y le sacudía un generoso lingotazo a la botella, lingotazo que concluía con un desmedido “ah” de placer hacia el final. Luego, acariciaba a uno de sus perros y le decía “¿Dónde está, Tata, dónde está? Muéstrame el camino, Tata, muestra la dirección que ha tomado ese pequeño rufián”. El perro lo miraba con la lengua fuera, respirando agitadamente y no daba indicio alguno de rastreo. Domínguez bebió otro trago y recordó sus días en la base. Los días en que era el soldado Domínguez del cuerpo de infantería de la segunda división en la provincia de Tucumán. Había pasado tanto ya. Allí fue que aprendió el uso del fucil, allí fue donde conoció al sargento Florencio Saghessi, el padre de don Silvio Saghessi, allí fue que se hicieron amigos y este le prometió un trabajo en su estancia cuando terminarán el servicio. Tarsicio no podía recordar cuántos años habían pasado desde aquellos días. Dio un nuevo trago para recordarlo y permaneció en silencio, meditándolo. Entonces, un ruido ahogado en la lejanía lo sacó de su ensimismamiento. Se puso de pie y paró la oreja. Ahí estaba, de nuevo, tenue, si, pero claro a la vez. Un sentido del deber se apodero de su escuálido esqueleto y vociferando algo en dialecto quechua salió disparado a la carrera, acompañado por su temerario ejército de galgos espectrales.   

Las gallinas de monte y las iguanas lanzaban cantos fantasmales que se perdían entre el espeso follaje. Escondidas en las copas de los sauces, las chicharras aportaban lo suyo a la salvaje música del monte. Abajo, Atilio dobló la hoja dos veces por la mitad y la guardó en el bolsillo de su camisa, abotonó el bolsillo y consultó su reloj. Daban las 13.20 de la tarde. Sacudió cariñosamente a Ernestino y le dijo “Arriba, amiguito, ya hemos descansado suficiente. Si no empezamos ahora nunca terminaremos”. El perro bostezó y se incorporó sobre sus patas. Luego se dirigió tras de Atilio que ya empezaba a descender por la bajada a la orilla, cargando uno de los dos andamios en sus brazos, procurando hacer pie y no resbalarse en el terreno fangoso del canal.
            Valiéndose de una pala plegable, que traía en su mochila, Atilio cavó dos pozos a cada lado de la orilla, en el lodo del canal, uno para cada pata de los andamios. En los pozos clavó y martilló, ayudándose con una roca, las patas de los andamios y rellenó el espacio sobrante con puñados de ramitas que iba metiendo a la fuerza. Luego los cubrió con barro y cruzó a la otra orilla. Repitió la operación y aseguró el segundo andamio. Ernestino observaba a su amo trabajar con paciencia y alegría. Lo veía sudar y lo veía ensuciarse y lo veía resbalarse y caer en el barro y veía como nada quitaba la expresión dócil de su rostro y éste no dejaba de sonreírle cada vez que lo pescaba viéndolo y los dos compartían la tarea y se sentían bien allí, en el monte, alejados del ruido y la locura del pueblo y sus habitantes. Una vez que hubo afirmado los dos andamios al fondo del canal, Atilio caminó hasta la pila de ramas. Necesitaba dos ramas que fueran realmente largas, las necesitaba para cumplir la función de tirantes del puente, las dos ramas debía cubrir la longitud del canal, unos cuatro metros. Las encontró y bajó cargando una hasta los andamios. Comprobó la longitud de la rama y se alegró de ver que le alcanzarían para cubrir el ancho del canal. Afirmó el primer tirante a las dos patas del andamio y luego le hizo un amarre diagonal. Colocó los primeros dos tirantes y notó como el monte se había tornado silencioso. Recabó luego en el curso del agua del canal, lentamente empezaba a fluir con más velocidad. El río estaba subiendo. Ernestino lucía un gesto de preocupación en su rostro. “No pasa nada, amiguito, no te preocupes. Aún tenemos tiempo de sobra”, le dijo Atilio Smith a su perro. Ernestino ladró y su cola, que por primera vez en el día se había quedado quieta, volvió a moverse con alegría. Atilio miró al cielo y no alcanzó a ver el sol. Consultó su reloj. Faltaban diez minutos para las cinco. Aún tengo tiempo, pensó, y se apresuró a rematar los amarres.

            Agazapado tras unas cañas, tratando de mantener la calma, mientras le daba el último lingotazo a una botella casi vacía, Tarcisio Domínguez creía haber divisado al desgraciado de Atilio Smith, y a su perro apestoso, unos veinte metros más adelante de su posición. Se preguntó si podría hacer puntería cerca del muchacho, para darle un buen susto. Recostado sobre un montículo de tierra, extendió sus brazos y los agitó en un movimiento de arriba hacia abajo, con las palmas de las manos abiertas como pidiendo silencio a sus perros y al monte y acaso al mundo. Trató de concentrarse en recordar como disparar, trató de recordar algo de lo aprendido en sus días como el soldado Domínguez, pero sólo pudo visualizarse a sí mismo y al sargento Saghessi tomando grapa detrás de las barracas mientras montaban guardia. El recuerdo le hizo saltar unas lágrimas y, nuevamente, se decidió a mantener y defender el honor de su patrón y su familia. Envalentonado, y algo mareado, Tarcisio Domínguez se incorporó de golpe y al hacerlo, las copas parecieron subírsele a la cabeza y lo tumbaron sobre las cañas, causando gran estrépito y revuelo a su alrededor. Permaneció allí tirado durante un buen rato, con la mirada hacia el cielo, preguntándose si el ruido habría espantando al pobre diablo de Smith y si quedaría algún resto de vino en la botella. Realmente necesitaba un buen trago para llevar a cabo esta misión. Tendido sobre las cañas, con los perros olisqueando y lamiendo su calavérico rostro, Tarcisio Domínguez se dijo que era hora de terminar con esta faena. Lentamente, con mucho esfuerzo, logró ponerse de pie y avanzó a paso firme en dirección a donde se encontraba Atilio Smith. Mientras caminaba se decía a si mismo “Este pobre tonto no sabe lo que le espera, este pobre diablo tiene sus minutos contados”.


            En lo alto, el sol rayaba los cielos y lanzaba una tormenta de calor y humedad sobre el monte. Allá abajo, el agua verde del río del Plata que subía por los canales empezaba a treparse por los tobillos de Atilio Smith mientras éste ajustaba los últimos amarres a su puente.

            Lo último que hizo Atilio fue disponer una serie de ramas sobre los dos tirantes y entrelazarlas con más hilo sisal, para luego rematarlas con un amarre sujeto a cada uno de los andamios. Cuando concluyó de tensarlas y anudarlas cruzó de una orilla a la otra. La riada había estado subiendo toda la tarde y ahora llegaba hasta las rodillas de Atilio. Atento, al otro lado de la orilla, el perro Ernestino seguía todos los movimientos de su amo. El fondo del canal estaba resbaladizo y Atilio casi se cayó tratando de salir del canal. Cuando logró salir le dio un golpecito en la cabeza a Ernestino y le dijo “Vení, acompáñame a buscar la cantimplora”. Fueron hasta la mochila y volvieron hacia la orilla. El sudor se acumulaba en luminosas perlas en la frente de Atilio, en sus brazos y en su espalda. Las hojas muertas del suelo se adherían a sus pies y su pelo arremolinado se trenzaba a causa del sudor. Con la cantimplora en su mano, Atilio se arrodilló frente al puente y comenzó a beber en compañía de Ernestino. “Vamos a esperar a que suba un poco más y vamos a probar el puente, amiguito” le dijo al can y éste gimió en tono de desaprobación. “Si tú no te animas está bien, pero yo tengo que probarlo”.

            Cuando la cantimplora se vació, la riada ya había llegado a cubrir todo el canal y a lo lejos se escuchaba un ligero clamor de explosiones. Atilio se puso de pie y, decidido, avanzó hacia el puente. Tomó aire y cerró los ojos y como si fuera un hombre que está a punto de saltar al vacío dio el primer paso. El puente resistió su peso y Atilio, aliviado, rompió a reír. Reía como un niño cuando aprende a andar en bicicleta, emocionado en tanto que sorprendido. Era una risa tonta y sincera. Siguió avanzando hasta llegar a la mitad de la construcción. Ahí se detuvo y miró hacia abajo. Bajo las ramas del puente, el agua fluía fresca y a raudales. Siguió avanzando hasta cruzar al otro lado. El suelo del otro lado no era distinto al de su lado, pero, sin embargo, él lo sentía distinto, más firme, más fértil, más propicio. Giró sobre sus talones y miró al otro lado. Ernestino le miraba con la lengua afuera desde la otra orilla.

            -Vení- le ordenó. Ernestino dio una vuelta sobre sus patas y gimió lastimeramente.

            - Dale, vení- insistió, Atilio. Ernestino siguió inmóvil, gimiendo.

            -Vamos, amiguito, no hay nada de qué temer, el puente es lo bastante resistente para ti también- argumentó Atilio, pero Ernestino seguía allí, estático y temeroso. Atilio cruzó el puente, tomó la mochila y el machete y golpeándose la falda con las manos instó a Ernestino a que lo acompañara. Viendo que su amo se alejaba, dominado por la convicción, Ernestino consideró propicio seguirlo y, muy lentamente, comenzó a andar por encima del puente

            A lo lejos se oía la pirotecnia estallando en las calles de las barriadas, subiendo desvíeles como en un crescendo, acompañada por las risas de los pequeños y los aplausos de los más grandes y el rumor de las ruedas de los automóviles que iban y venían trayendo familias enteras con saludos y buenos deseos y una sidra para brindar de acá para allá por toda la ciudad, y en lo alto, los fuegos de artificio disfrazaban el cielo de tonos verde, rojo y naranja fosforescente.

             -Ahora, saldremos por el otro lado.

            Y con esas palabras, Atilio Smith y su perro Ernestino se perdían en la espesura del monte que se erguía inescrutable en la orilla de enfrente. El año nuevo había comenzado.