viernes, 15 de febrero de 2013

construir un puente.

El canto de las chicharras anticipaba un caluroso día para la estancia de don Silvano Saghessi, una de las tantas propiedades situadas a las puertas del monte de Berizzio, en el ala este del pueblo. Lindero a la ribera del Plata, el monte formaba parte del patrimonio que enorgullecía a los paisanos berizzienses, ya que allí se encontraban muchas de las quintas donde se producía  el vino artesanal que daba renombre al pueblo y que rendía buenos dividendos a sus viñateros. Desperdigadas a lo ancho y a lo largo del monte, las quintas se conectaban entre sí por una serie de senderos y canales que atravesaban la espesura del monte como las nervaduras de la hoja de un árbol. Tiempo atrás, en los albores fundacionales del pueblo, había sido tarea exclusiva de los quinteros y de la peonada trazar y desmontar esos caminos, pero era ya una práctica abandonada desde hacía décadas. Las rutas y sus destinos ya estaban asentados y, no había necesidad de abrir nuevos caminos que condujeran a los mismos lugares.
 Los sauces de la quinta de don Saghessi se extendían a más de diez metros de altura y sus copas eran vastas y densas y las ramas se entrecruzaban de un árbol a otro, formando un cielo de hojas donde la luz del sol no lograba penetrar y donde el viento se transformaba en llanto al soplar a través de ellas. Abajo, en el suelo siempre húmedo, abundaban los arbustos, algunos árboles frutales y pequeños bosques de caña y paja brava, así como también había extensos claros de terreno donde no crecía nada. Caminando por medio de este rustico paisaje venía el joven mozo Atilio Smith, balanceando un machete en su mano derecha, cargando una gastada mochila de campaña sobre sus espaldas, acompañado por Ernestino, un perro negro de aspecto callejero que traía la lengua afuera, la oreja izquierda partida y una cola que nunca cesaba de agitarse. Atilio calzaba un par de agrisados borceguíes de media caña con punta de acero, una bombacha de campo verde y un pulóver de cuello redondo de un color similar al vino tinto por donde asomaba su testa rígida y blanquecina, coronada por una maraña de cabellos rubios. La mochila de campaña, verde oscura alguna vez, se había degradado en un tono olivado a causa del uso y de los años y el mango del machete era de madera con un pequeño agujerito por donde se enhebraba un soguín para asirlo con mayor comodidad. Atilio avanzaba a paso firme por el terreno, sumergiéndose cada vez más en las profundidades del monte.

Amparado bajo el techo de sauces, Atilio Smith continúo hasta divisar un claro en el que se insinuaba un recodo que era surcado por uno de los viejos canales que utilizaban los viñateros. Dejó caer su mochila y, acompañado de un grito jubiloso, dio un gran salto sobre sus pies. Ernestino también festejó el hallazgo lanzando una serie de ladridos al cielo y ambos salieron disparados hasta llegar a la orilla del canal. De un fuerte golpe, Atilio hundió su machete sobre un tronco caído en el suelo y echó un vistazo alrededor, bordeando la curvatura del canal. El lecho del canal estaba vacío, apenas se divisaba un hilito de agua clara recorriendo el fondo fangoso. No había señales de la riada todavía. Cercano a la orilla se alzaba un grupo de árboles cubiertos por enredaderas que ofrecían sombra y refugio. En el suelo había grandes y largas ramas caídas de los árboles durante las tormentas de primavera y, a menos de veinte metros de allí, se alzaba un bosquecillo de sauces y cañas.
-Este es el lugar que estaba buscando- le comunicó sonriendo a Ernestino.
-Este es, finalmente lo hemos encontrado, amiguito. Ahora hay que poner manos a la obra.
Atilio sacó un pañuelo del bolsillo trasero de la bombacha, se secó el sudor de la frente y lo volvió a guardar. Eran ya las ocho y media de la mañana de aquel día. El sol se había despegado del suelo y se encontraba ahora saltando por encima de las copas de los árboles. Las chicharras estaban a pleno y el calor empezaba a despegar la humedad acumulada en el suelo y en las hojas de las ramas. El día y su consecuente propósito y aventura recién comenzaban para Atilio Smith y su amigo Ernestino.

Sentado a la entrada de la tapera, Tarcisio Domínguez también escuchó a las chicharras. Eso lo hizo reaccionar. Creyó haber visto un fantasma, luego se dijo a si mismo que los fantasmas no andaban sueltos a plena luz del día, entonces creyó que estaba soñando, pero no estaba soñando, estaba despierto, tenía su botella a medio tomar en la mano y otra intacta, aunque descorchada, junto a la silla. También estaban los perros haciéndole compañía desde la noche anterior. No, era imposible que estuviera soñando. No era un sueño ni un fantasma, era Atilio Smith con su perro y acababan de pasar por la entrada de la quinta, pasaron frente a él y hasta lo saludaron y siguieron hasta perderse de vista. Vacilante, trató de recordar lo que su patrón, don Silvio Saghessi, le había encomendado respecto de este muchacho. Para refrescar su memoria le dio un trago a la botella de vino que pendía de su mano. Se sujetó la mandíbula con la mano y miró directo hacia el sol como buscando allí la respuesta. Tras cosa de un minuto pudo recordar de qué se trataba. Don Saghessi había pasado algunos días atrás a dejarle una canasta con bebidas, turrones y un pan dulce y le contó que la nena seguía mal por la pelea que había tenido con Atilio y que aparentemente su historia había terminado. Don Saghessi dijo que no soportaba ver a su hija en ese estado y que de sólo pensar en el nombre de Atilio se sentía embargado por la furia y la decepción. Doblando sobre sí mismo el brazo derecho, con el puño cerrado y las cejas arqueadas con vehemencia, le dijo a Tarcisio que el muchacho ya no era bienvenido en su propiedad, que no le dejará pasar bajo ningún punto de vista. Luego, le dejó saludos y se marchó. Tarcisio Domínguez se sacudió como en un espasmo, entró en la casa con gran alboroto, tomó la escopeta y, acompañado por su jauría de galgos sucios y desnutridos, se lanzó hacia el monte.

Atilio regresó sobre sus pasos, recogió la mochila y volvió hasta la orilla. Depositó la mochila sobre el suelo y se arrodilló frente a ella. Ernestino lo miraba fijamente, con la lengua afuera y la cola agitándose. “Vamos a hacerlo, amiguito, vamos a hacerlo juntos. Yo no podría hacerlo sin ti. Yo necesito que estés aquí a mi lado, ayudándome. Yo no podría hacerlo solo” le decía Atilio a Ernestino a la vez que se sacaba el pulóver, lo plegaba sobre el suelo y lo guardaba en la mochila. Cuando acabó, Atilio se puso de pie, se sacó la remera negra de adentro del pantalón y dirigió una mirada sobre el canal. No se veían cambios en el tenue curso del agua, el río no había empezado a subir aún. Desclavó el machete del tronco y lanzó un silbido a Ernestino, que se había arrimado hasta la orilla a beber agua, el perro alzó las orejas y miró en dirección a Atilio. “Vamos, amiguito, no hay tiempo que perder” le dijo y los dos se alejaron del recodo, adentrándose en el bosquecillo.
Atilio era hábil con el machete, esto se lo debía en buena medida a sus días como scout, días en los que desarrolló un temprano interés por la vida al aire libre y un amor profundo y secreto por la calma y tranquilidad que le ofrecía el monte de su pueblo. Con sumo cuidado iba asestando certeros golpes de machete a las ramas caídas de los sauces, las pelaba de pequeñas ramificaciones y luego las apilaba en montones que llevaba hasta la orilla, bajos los árboles cubiertos de enredaderas, donde  había dejado la mochila. Trabajó arduamente durante dos horas, hasta que se hicieron las poco más de las diez y media de la mañana. Cuando regresó al recodo con el último cargamento de ramas se sintió satisfecho, había hecho un excelente trabajo de recolección y calculó que tenía material de sobra para realizar su empresa. Se recostó contra el tronco caído donde había clavado el machete y se relajó. Le dio un respiro a los músculos a la vez que despejaba su cabeza y apreciaba la belleza natural del paisaje. Tomó la mochila y sacó su caramañola, un libro de aspecto ajado y un gran ovillo de hilo sisal. Bebió dos tragos cortos de la caramañola y la volvió a guardar. Retiró el señalador de cuerina marrón del libro y estuvo hojeando sus páginas durante un breve lapso. Entonces, lo cerró, se puso de pie y dirigiéndose a Ernestino dijo:
 -Ya lo tengo, amiguito. Manos a la obra, antes de que perdamos el ritmo.
Atilio separó cuatro de las ramas que tenía en el montón y, valiéndose del hilo sisal y su navaja del ejército suizo, se las arregló para amarrar un rectángulo, similar al marco de un cuadro. El rectángulo cumplía la función de andamiaje en esta empresa. Le tomó media hora realizar el primero de ellos. Se acercó hasta la orilla y la observó detenidamente, el curso seguía igual, sin variaciones. Volvió sobre las ramas que había separado y construyó un nuevo andamio. Así, pasó otra media hora. Al cabo había construido los dos andamios que necesitaba para su puente. “Con esto bastará” le dijo a Ernestino y el perro ladró asintiendo. “Vamos a tomar un descanso, amiguito, y luego seguiremos hasta terminar” dijo y sacó un paquete de papel de madera y la caramañola de la mochila. Se recostó nuevamente sobre el tronco, abrió el paquete, que contenía tres emparedados de queso y tomate en pan de centeno y empezó a comer, arrancando pequeños pedazos con sus manos y ofreciéndoselos a  Ernestino, quien accedía gustoso a los bocadillos. Eran casi la una de la tarde. Atilio almorzaba con gusto, pero con tranquilidad, sabía que el tiempo le alcanzaría y que el entusiasmo no le faltaría, sabía que podía contar con la fiel compañía de Ernestino y sabía que juntos terminarían el puente y sabía que, al final de la tarde, podría cruzar el puente hacia el otro lado y se sentiría mejor, sabía que ese sería el comienzo de algo, un comienzo en un lugar distinto, un lugar que quería conocer, un lugar nuevo donde empezaría a trazar nuevos objetivos. Ernestino se tumbó a los pies de su dueño y se dispuso a dormir una siesta, Atilio, observándolo, se dijo que no estaría mal descansar un poquito más antes de retomar la empresa, tenían bastante trabajo por delante, pero de nada servía afrontarlo con el estomago convulsionado y el cuerpo cansado. Bebió un trago más de la caramañola, sacó el pulóver de la mochila y lo hizo un bollo sobre el cual apoyo su cabeza. Del bolsillo izquierdo de su camisa sacó una hoja de tamaño carta que fue desdoblando cuidadosamente y se puso a leer con suma atención, así, quedó totalmente abstraído en su lectura.

“Cuando encuentre a ese mequetrefe le voy a enseñar una o dos cosas que nunca olvidará”. Ese era el pensamiento que asaltaba la mente de Tarcisio Domínguez mientras avanzaba casi tambaleándose por entre la maleza montesina. De tanto en tanto se detenía y lanzaba una mirada furtiva hacia los costados. Como no lograba ver nada, aguzaba el oído y apaisaba su longo físico hacia delante a la vez que ponía su mano derecha sobre su oreja para oír mejor. Como tampoco lograba resultados de esta manera, tomaba asiento, apoyaba la escopeta en su regazo y le sacudía un generoso lingotazo a la botella, lingotazo que concluía con un desmedido “ah” de placer hacia el final. Luego, acariciaba a uno de sus perros y le decía “¿Dónde está, Tata, dónde está? Muéstrame el camino, Tata, muestra la dirección que ha tomado ese pequeño rufián”. El perro lo miraba con la lengua fuera, respirando agitadamente y no daba indicio alguno de rastreo. Domínguez bebió otro trago y recordó sus días en la base. Los días en que era el soldado Domínguez del cuerpo de infantería de la segunda división en la provincia de Tucumán. Había pasado tanto ya. Allí fue que aprendió el uso del fucil, allí fue donde conoció al sargento Florencio Saghessi, el padre de don Silvio Saghessi, allí fue que se hicieron amigos y este le prometió un trabajo en su estancia cuando terminarán el servicio. Tarsicio no podía recordar cuántos años habían pasado desde aquellos días. Dio un nuevo trago para recordarlo y permaneció en silencio, meditándolo. Entonces, un ruido ahogado en la lejanía lo sacó de su ensimismamiento. Se puso de pie y paró la oreja. Ahí estaba, de nuevo, tenue, si, pero claro a la vez. Un sentido del deber se apodero de su escuálido esqueleto y vociferando algo en dialecto quechua salió disparado a la carrera, acompañado por su temerario ejército de galgos espectrales.   

Las gallinas de monte y las iguanas lanzaban cantos fantasmales que se perdían entre el espeso follaje. Escondidas en las copas de los sauces, las chicharras aportaban lo suyo a la salvaje música del monte. Abajo, Atilio dobló la hoja dos veces por la mitad y la guardó en el bolsillo de su camisa, abotonó el bolsillo y consultó su reloj. Daban las 13.20 de la tarde. Sacudió cariñosamente a Ernestino y le dijo “Arriba, amiguito, ya hemos descansado suficiente. Si no empezamos ahora nunca terminaremos”. El perro bostezó y se incorporó sobre sus patas. Luego se dirigió tras de Atilio que ya empezaba a descender por la bajada a la orilla, cargando uno de los dos andamios en sus brazos, procurando hacer pie y no resbalarse en el terreno fangoso del canal.
            Valiéndose de una pala plegable, que traía en su mochila, Atilio cavó dos pozos a cada lado de la orilla, en el lodo del canal, uno para cada pata de los andamios. En los pozos clavó y martilló, ayudándose con una roca, las patas de los andamios y rellenó el espacio sobrante con puñados de ramitas que iba metiendo a la fuerza. Luego los cubrió con barro y cruzó a la otra orilla. Repitió la operación y aseguró el segundo andamio. Ernestino observaba a su amo trabajar con paciencia y alegría. Lo veía sudar y lo veía ensuciarse y lo veía resbalarse y caer en el barro y veía como nada quitaba la expresión dócil de su rostro y éste no dejaba de sonreírle cada vez que lo pescaba viéndolo y los dos compartían la tarea y se sentían bien allí, en el monte, alejados del ruido y la locura del pueblo y sus habitantes. Una vez que hubo afirmado los dos andamios al fondo del canal, Atilio caminó hasta la pila de ramas. Necesitaba dos ramas que fueran realmente largas, las necesitaba para cumplir la función de tirantes del puente, las dos ramas debía cubrir la longitud del canal, unos cuatro metros. Las encontró y bajó cargando una hasta los andamios. Comprobó la longitud de la rama y se alegró de ver que le alcanzarían para cubrir el ancho del canal. Afirmó el primer tirante a las dos patas del andamio y luego le hizo un amarre diagonal. Colocó los primeros dos tirantes y notó como el monte se había tornado silencioso. Recabó luego en el curso del agua del canal, lentamente empezaba a fluir con más velocidad. El río estaba subiendo. Ernestino lucía un gesto de preocupación en su rostro. “No pasa nada, amiguito, no te preocupes. Aún tenemos tiempo de sobra”, le dijo Atilio Smith a su perro. Ernestino ladró y su cola, que por primera vez en el día se había quedado quieta, volvió a moverse con alegría. Atilio miró al cielo y no alcanzó a ver el sol. Consultó su reloj. Faltaban diez minutos para las cinco. Aún tengo tiempo, pensó, y se apresuró a rematar los amarres.

            Agazapado tras unas cañas, tratando de mantener la calma, mientras le daba el último lingotazo a una botella casi vacía, Tarcisio Domínguez creía haber divisado al desgraciado de Atilio Smith, y a su perro apestoso, unos veinte metros más adelante de su posición. Se preguntó si podría hacer puntería cerca del muchacho, para darle un buen susto. Recostado sobre un montículo de tierra, extendió sus brazos y los agitó en un movimiento de arriba hacia abajo, con las palmas de las manos abiertas como pidiendo silencio a sus perros y al monte y acaso al mundo. Trató de concentrarse en recordar como disparar, trató de recordar algo de lo aprendido en sus días como el soldado Domínguez, pero sólo pudo visualizarse a sí mismo y al sargento Saghessi tomando grapa detrás de las barracas mientras montaban guardia. El recuerdo le hizo saltar unas lágrimas y, nuevamente, se decidió a mantener y defender el honor de su patrón y su familia. Envalentonado, y algo mareado, Tarcisio Domínguez se incorporó de golpe y al hacerlo, las copas parecieron subírsele a la cabeza y lo tumbaron sobre las cañas, causando gran estrépito y revuelo a su alrededor. Permaneció allí tirado durante un buen rato, con la mirada hacia el cielo, preguntándose si el ruido habría espantando al pobre diablo de Smith y si quedaría algún resto de vino en la botella. Realmente necesitaba un buen trago para llevar a cabo esta misión. Tendido sobre las cañas, con los perros olisqueando y lamiendo su calavérico rostro, Tarcisio Domínguez se dijo que era hora de terminar con esta faena. Lentamente, con mucho esfuerzo, logró ponerse de pie y avanzó a paso firme en dirección a donde se encontraba Atilio Smith. Mientras caminaba se decía a si mismo “Este pobre tonto no sabe lo que le espera, este pobre diablo tiene sus minutos contados”.


            En lo alto, el sol rayaba los cielos y lanzaba una tormenta de calor y humedad sobre el monte. Allá abajo, el agua verde del río del Plata que subía por los canales empezaba a treparse por los tobillos de Atilio Smith mientras éste ajustaba los últimos amarres a su puente.

            Lo último que hizo Atilio fue disponer una serie de ramas sobre los dos tirantes y entrelazarlas con más hilo sisal, para luego rematarlas con un amarre sujeto a cada uno de los andamios. Cuando concluyó de tensarlas y anudarlas cruzó de una orilla a la otra. La riada había estado subiendo toda la tarde y ahora llegaba hasta las rodillas de Atilio. Atento, al otro lado de la orilla, el perro Ernestino seguía todos los movimientos de su amo. El fondo del canal estaba resbaladizo y Atilio casi se cayó tratando de salir del canal. Cuando logró salir le dio un golpecito en la cabeza a Ernestino y le dijo “Vení, acompáñame a buscar la cantimplora”. Fueron hasta la mochila y volvieron hacia la orilla. El sudor se acumulaba en luminosas perlas en la frente de Atilio, en sus brazos y en su espalda. Las hojas muertas del suelo se adherían a sus pies y su pelo arremolinado se trenzaba a causa del sudor. Con la cantimplora en su mano, Atilio se arrodilló frente al puente y comenzó a beber en compañía de Ernestino. “Vamos a esperar a que suba un poco más y vamos a probar el puente, amiguito” le dijo al can y éste gimió en tono de desaprobación. “Si tú no te animas está bien, pero yo tengo que probarlo”.

            Cuando la cantimplora se vació, la riada ya había llegado a cubrir todo el canal y a lo lejos se escuchaba un ligero clamor de explosiones. Atilio se puso de pie y, decidido, avanzó hacia el puente. Tomó aire y cerró los ojos y como si fuera un hombre que está a punto de saltar al vacío dio el primer paso. El puente resistió su peso y Atilio, aliviado, rompió a reír. Reía como un niño cuando aprende a andar en bicicleta, emocionado en tanto que sorprendido. Era una risa tonta y sincera. Siguió avanzando hasta llegar a la mitad de la construcción. Ahí se detuvo y miró hacia abajo. Bajo las ramas del puente, el agua fluía fresca y a raudales. Siguió avanzando hasta cruzar al otro lado. El suelo del otro lado no era distinto al de su lado, pero, sin embargo, él lo sentía distinto, más firme, más fértil, más propicio. Giró sobre sus talones y miró al otro lado. Ernestino le miraba con la lengua afuera desde la otra orilla.

            -Vení- le ordenó. Ernestino dio una vuelta sobre sus patas y gimió lastimeramente.

            - Dale, vení- insistió, Atilio. Ernestino siguió inmóvil, gimiendo.

            -Vamos, amiguito, no hay nada de qué temer, el puente es lo bastante resistente para ti también- argumentó Atilio, pero Ernestino seguía allí, estático y temeroso. Atilio cruzó el puente, tomó la mochila y el machete y golpeándose la falda con las manos instó a Ernestino a que lo acompañara. Viendo que su amo se alejaba, dominado por la convicción, Ernestino consideró propicio seguirlo y, muy lentamente, comenzó a andar por encima del puente

            A lo lejos se oía la pirotecnia estallando en las calles de las barriadas, subiendo desvíeles como en un crescendo, acompañada por las risas de los pequeños y los aplausos de los más grandes y el rumor de las ruedas de los automóviles que iban y venían trayendo familias enteras con saludos y buenos deseos y una sidra para brindar de acá para allá por toda la ciudad, y en lo alto, los fuegos de artificio disfrazaban el cielo de tonos verde, rojo y naranja fosforescente.

             -Ahora, saldremos por el otro lado.

            Y con esas palabras, Atilio Smith y su perro Ernestino se perdían en la espesura del monte que se erguía inescrutable en la orilla de enfrente. El año nuevo había comenzado.

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