lunes, 25 de febrero de 2013

conversando con la noche.

            Llovía a cantaros. El Cuatrocientos Doce se detuvo en la intersección de la once  y la número sesenta y dos, Celeste Carletti bajó por la puerta trasera cubriéndose con un periódico y se echó a correr a través del aguacero. Llevaba una prisa que poco tenía que ver con evitar salir empapada. Realmente quería llegar a su casa, quería meterse en el baño y darse una larga y reconfortable ducha, quería fumarse un tabaco y luego tenderse en la cama y permanecer allí despierta durante un buen rato, con los ojos abiertos y la luz apagada, escuchando la lluvia caer sobre las chapas del techo. Ese había sido su único deseo durante toda la jornada, el incentivo que la mantuvo de pie, la pequeña recompensa de la cual se sabía merecedora luego de tanto sacrificio y entrega. No había sido un día fácil en el museo: ocho horas a tope, cinco visitas de diferentes colegios, niños de todas las edades, maestras que los alentaban a hacer todo tipo de preguntas sobre los hombres de las cavernas, los dinosaurios de la Patagonia y las momias aztecas. Había sido demasiado para Celeste Carletti. Diplodocus, Triceratops, Homo Erectus, Paleozoico, Mesozoico y hombres cubiertos con un tapa-rabos que golpeaban a sus mujeres con un garrote y las llevaban arrastrándolas de los pelos hasta sus lecho de amor, había tenido suficiente de ellos por hoy. Mientras corría bajo la lluvia recabó en ello por un instante. “De buena gana aceptaría yo que alguien me tumbará y me arrastrará de los pelos hasta dentro de su caverna”, pensó, “cualquier cosa sería más divertida que esta maldita soledad en la que estoy metida”. Pero no, nada de eso le tocaba jamás. Tan sólo hordas tras hordas de colegiales haciendo gala de su más recóndita curiosidad, aventándole preguntas imposibles, como rocas, que le restaban entusiasmo a sus días. Los contingentes de la tercera edad eran mejores porque no hacían tantas preguntas, directamente no hacían preguntas, sólo se limitaban a callarse y a escuchar lo que ella tenía para decirles y asentían con una sonrisa y, al finalizar la recorrida, le agradecían por su excelente labor y algunas señoras depositaban billetes de diez y de cinco en sus manos y le daban un tibio beso en las mejillas y aquello le servía de consuelo. Lamentablemente, hoy no le había tocado nada de eso, nada de personas mayores, nada de amables y dulces ancianitas. Definitivamente, había sido demasiado. Ahora sólo quería llegar a su casa y estar tranquila.
            Celeste anduvo media cuadra bajo el agua y comprendió que era inútil, arrojó el diario tras de si y se maldijo por olvidar el piloto esa mañana, había tanto sol cuando salió de casa esta mañana y el cielo lucía tan despejado que era imposible predecir esta tormenta. Su cabellera -que era muy, muy larga y tan oscura como la noche de África- se le pegaba a la cara y grandes chorros de agua caían de ellos como en una cascada, toda su ropa estaba empapada y el olor de las prendas mojadas se le mezclaba con la fuerte fragancia dulzona de su perfume. Finalmente, cuando llegó a la esquina de su casa, en la intersección de la trece y la número sesenta y dos, comprobó con mucho desencanto la profunda oscuridad que dominaba a todo el vecindario. Los cortes de luz se sucedían a la minima caída de agua en esa parte de la ciudad. Celeste se detuvo y contempló aquella escena. La línea trifásica de electricidad y el cableado telefónico se recortaban contra un cielo púrpura que no paraba de derramar su llanto sobre la fila de autos que dormían al resguardo de los sauces en la entrada de las casas. La cuadra donde vivía estaba llena de sauces, incluso ella tenía dos en el patio. También había ficus y algunos fresnos emergiendo de entre las baldosas. Los favoritos de Celeste eran los sauces, los llamados sauces llorones ¿Les llamaban llorones porque lloraban? A ella le parecía que si lloraban y que eran como personas arrodilladas que miraban al cielo y las ramas eran brazos extendidos que preguntaban por qué y las hojas caían de estas personas como se dejaba caer ella al suelo tantas veces y luchando por ahogar el llanto se preguntaba por qué, por qué la mala suerte, por qué tanto desencuentro, por qué tanto desamor, por qué esta mala racha, por qué, por qué. Ellos seguían allí, de pie frente a la tormenta, tenían una voluntad inamovible que ella envidiaba, porque muchas veces sentía que a le faltaba esa valentía, ese aplomo de árbol que resiste a las tormentas. Celeste sentía que hasta ahora ella había escapado a los problemas en lugar de resolverlos. Había escapado del fracaso matrimonial de sus padres, había escapado a todas esas discusiones y peleas, hasta había escapado de sus propios fracasos amorosos y se iba, del barrio, de la ciudad, de la provincia, se marchaba pero siempre acababa regresando al nido sobre la calle trece y ahora sentía que toda esa angustia se había metido muy dentro suyo y le había enfermado el corazón, porque todas las noches -y alguna que otra mañana también- sentía ese vacío, esa tristeza que sólo experimentan las mujeres, que es como la funda de un cuchillo, que no se siente satisfecho sino hasta ver el mango del puñal saliéndole por las espaldas  y no sabía por qué y mientras escrutaba la calle sin luz ya presentía que esa noche no sería la excepción, pero tal vez el cansancio la dormiría antes de darse cuenta de que estaba sola, que hacia meses que no pisaba firme, que estaba triste y que, para colmo de males, no había luz en su hogar. Espetó un golpe con el tacón de su bota sobre la vereda, agitó sus brazos como boxeando con la lluvia y lanzó una maldición contra el viento. Refunfuñando se apresuró hasta el portón de su casa, abrió el bolso y comenzó a bucear dentro en busca de sus llaves, mientras lo hacía, se preguntó con qué se encontraría adentro esta vez.

            Los ladridos de Cuco, el ovejero alemán que dormitaba en su cucha, del otro lado del portón, rasgaron la bruma de la tormenta y llegaron hasta Celeste. El ruido de las llaves lo había despertado.
            -Cuco, Cuco, shh, shh, quieto.
            El llamado de atención de Celeste se mezclaba con los ladridos del perro y el caer de la lluvia en una canción disonante. Celeste cerró el portón tras de si y volvió a regañar al perro con un tono más demandante. Cuco le obedeció esta vez y tras dar un giro sobre sus patas volvió a meterse en la cucha.

            Aurora Carletti acababa de dar la última pitada a su cigarrillo cuando escuchó los ladridos de Cuco. Automáticamente, comprobó la hora en su teléfono celular y apresurada remató la colilla sobre el cenicero a la vez que giraba sobre la silla y lanzaba la bocanada a través del mosquitero hacia el patio. La acción le produjo una violenta acometida de tos y mientras tapaba su boca con el puño cerrado tiró un poco del desodorante de ambiente que tenía junto a sus pies para emergencias como estas. Guardó el cenicero, la cajetilla de Phillip Morris y el encendedor en la gaveta debajo de la mesa y dibujo el símbolo del infinito en el aire con sus brazos, tratando de despejar el humo del comedor. Fue en ese momento cuando la puerta de la sala se abrió y Celeste, la hermana de Aurora, entró en la casa. En un veloz e imperceptible movimiento, que abarcó menos de una milésima de segundo, Aurora apagó de un soplido la vela que ardía sobre la mesa y permaneció en silencio y a oscuras, esperando no ser descubierta, intentando contener su propia risa delatora.
            -¿Aurora, sos vos?- preguntó Celeste desde el hall, su voz sonaba algo molesta- ¿Aurora?
            -Si, acá estoy, hermanita ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue en el trabajo?
            -Me re cagué mojando -dijo Celeste y, tras una pausa- pero bien ¿Vos cómo estás?
            -Bien, un poco aburrida, no hay mucho que hacer en esta casa cuando se corta la luz.
            -¿Mamá?
            -Está acostada.
            -¿Hace mucho se acostó?
            -No sé, cuando llegué ya estaba acostada. Hay pizza en la heladera si queres.
            -Me quiero dar una ducha primero.
            Aurora dudó por un segundo antes de hablar.
            -No hay agua- dijo, finalmente, con gran pesar.
            Celeste maldijo con todas sus fuerzas, haciendo gala de su amplio conocimiento en materia de juramentos y todas sus variantes y se encaminó hacia su habitación. La habitación de Celeste estaba al final de un pasillo en donde se enmarcaba una ventana que daba al patio trasero, enfrentada a la habitación de su madre. Celeste se detuvo un segundo ante la puerta abierta que daba a la habitación de su madre, escrutando la oscuridad reinante, visualizándola recostada sobre la cama, sumida en un sueño profundo e inalterable, luego entró en su habitación y comenzó a desvestirse poco a poco. Primero desenroscó la bufanda de su cuelo, desabotonó el saco y los colgó en el perchero; luego desató la bota izquierda, los cordones escurrieron agua entre sus dedos produciéndole una ligera sensación de asco, y valiéndose de la derecha la empujó fuera de su pie y la aventó contra la pared de la habitación; para remover la bota derecha tuvo que forcejear un poco con sus manos, la bota derecha fue a unirse con su compañera, al pie de la pared; siguió el turno de la camisa, la falda y las calzas. Todo quedó hecho una pintoresca pila a un costado de la cama. Celeste se acostó dejándose puesta solamente la ropa interior.

            La habitación estaba completamente a oscuras. No había un mínimo haz de luz en toda la casa, ni en la cuadra, ni en el barrio. Fuera las nubes cubrían el cielo y bloqueaban el brillo de la Luna y toda la ciudad era una penumbra absoluta, desde los viñedos de Los Talas hasta el puerto industrial a orillas del canal Este. El cuerpo pálido de Celeste, apenas cubierto por la ropa interior de color tinto, se estremecía sobre el cubrecama, su cabello negro se fundía con la noche mientras que su mente sondeaba la oscuridad de la habitación, buscando quedar en blanco, buscando despejarse, buscando sacarse el día de encima. Quería eliminar la calesita de imágenes, personas y preguntas que inundaban su cabeza cada vez que cerraba los ojos. La cama nunca se había sentido tan agradable como en este momento, con la lluvia metrallando las chapas sobre su cabeza, el viento gritándole a los sauces y la calma que en su interior sentía ya acercarse. Una ráfaga de luz, proveniente desde el comedor, cinceló la negrura en el interior de la casa y llegó hasta la pieza, cubriendo la voluptuosa silueta de Celeste. Aurora acababa de encender otro cigarro.
            -¿Celeste, Celeste sos vos, vida mía?- la voz grave provenía de la habitación contigua y pertenecía a Roxana, la madre de las chicas.
            Celeste se ovilló sigilosamente sobre su cama y esperó en silencio, deseando que Aurora contestara por ella desde el comedor. Mientras tanto, en el comedor, Aurora soltó una bocanada de humo muy lentamente y esperó en silencio, deseando que Celeste respondiera al llamado de su madre y la salvará de ser descubierta fumando y de tener que dar una explicación para su negligencia a pesar de las recomendaciones que había dado el doctor Razziti.
            -Celeste, ¿cómo te fue en el trabajo, vida mía, cómo estuvo tu día?- insistió Roxana. Celeste mordió sus labios y se tragó una maldición antes de hablar, con tono de resignación.
            -Hola, má, recién llegué, no te quería molestar porque pensé que estabas durmiendo. El día estuvo agotador, como siempre, mucho trabajo, mucha gente, más de lo mismo.
            -¿Te mojaste?
            -Si, ma, imposible no mojarse con este día.
            -¿Llevaste el piloto?
            -No, lo dejé acá. Hoy a la mañana estaba re lindo el día, no entiendo cómo se pudo largar tan fuerte,
            -¿Cenaste? Te dejamos unas porciones de pizza en la heladera.
            -Me quería dar una ducha pero no hay agua- se quejó Celeste.
            -Y, no, mi vida. Cuando se corta la luz...
            -...se corta el agua- le interrumpió Celeste con tono mordaz
            -Quería ducharme- dijo Celeste puchereando.
            -Con la mojada que te pegaste no te hace falta- bromeó Roxana.
            -Ja, ja, ja- ironizó Celeste, acentuando enfáticamente cada silaba.
            -Lo crucé a Alejo en el colectivo hoy a la mañana, te mandó saludos, dijo que andas desaparecida, que ya no pasas a saludarlo más por la cafetería del museo.
            El rostro pálido de Celeste se incendió al escuchar el nombre de Alejo salir de los labios de Roxana y cruzar de habitación a través de la oscuridad hasta llegar a sus oídos. Ella sabía que no había existido tal encuentro casual. Acaso hasta dudaba que esas palabras fueran siquiera pronunciadas por él. Semanas atrás Alejo le había contado todo lo que estaba pasando entre él y Roxana. Celeste giró sus ojos en torno al cielo raso, mordió su labio inferior y disparó.
            -¿Qué es lo que pasa entre vos y Alejo, ma, qué es lo que pasó?
            Tras una pausa, que Celeste la sintió como el intervalo entre el agua y el horizonte que desfila por la escotilla de un barco durante una tormenta, Roxana respondió.
            -¿Quién te metió semejante disparate en la cabeza, mi vida?
            -Nadie me metió nada en la cabeza. Te hice una pregunta, nada más. Decime si es verdad o es mentira que pasó algo entre ustedes dos.
            -No es asunto tuyo- dijo Roxana muy seriamente. Celeste se incorporó sobre la cama y comenzó a tantear en el piso en busca de algo que ponerse.
            -¿Quién te dijo semejante cosa, Celeste, necesito saberlo?- preguntó Roxana.
            -No importa quién me lo dijo, importa si es verdad o es mentira, eso es lo único que importa y por la forma en que reaccionaste me parece que es verdad- la voz de Celeste comenzaba a quebrarse y asfixiaba cada palabra que salía de su boca. Mientras hablaba, apretó fuertemente la zapatilla que tenía entre sus manos. Una tenue lágrima corrió por sus mejillas y se acomodó en su mentón, dispuesta a dar el salto final hacia el vacío.
            -¿Cómo pudiste, tiene mi edad, es un conocido, cómo pudiste? Podes tener a quien quieras, por qué, por qué justo a él, por qué- la voz de Celeste se había echo añicos llegado este punto. Desde la otra habitación no hubo respuesta alguna. Fuera podía escucharse que la lluvia había cesado.
            -¿Hace cuánto de esto?- preguntó Celeste, su voz iba recuperando el color. Desde la otra habitación no hubo respuesta.
            -¿Hace cuánto de esto? - insistió Celeste y nada, no hubo respuesta.
            - Ma.
            -¿Qué, Celeste, qué querés?- preguntó Roxana, evidentemente contrariada.
            -¿Hace cuánto de esto?
              -Cuando te fuiste de viaje con tu papá, que Ariel vino a traerte unas cosas del museo, unos folletos.
            -Eso fue en Enero.
            -Si.
            -Ahora estamos en Octubre, quiere decir que se ven desde entonces y yo ni enterada- la voz de Celeste temblaba nuevamente mientras que el silencio reinaba en la habitación de Roxana. Ahora Celeste estaba de pie, en la arcada de su habitación, mirando a la oscuridad donde Roxana yacía tendida sobre su cama. Celeste se tomó su tiempo antes de hablar, cuando hablo, hablo muy calmadamente, como si cada palabra fuera perfectamente seleccionada, como si tuviera que bajar al sótano de una biblioteca a buscar cada una de ellas antes de soltarlas.
            -Sinceramente, no esperaba mucho viniendo de vos, porque en el fondo, siempre supe la clase de persona que eras, supe todo lo que le hiciste a papá y por qué se separaron. Lo único que te pido, y por favor te lo pido, es que no te metas con gente de mi entorno, no, por favor, por favor, hace un esfuerzo y mantené las piernas cerradas porque esto que pasó ahora es una vergüenza, una vergüenza y una humillación para mi persona.
            Celeste salió de la habitación sin molestarse a escuchar la respuesta de su madre. En el comedor, pasó junto a Aurora, que fumaba distraídamente sin prestar atención de nada. Siguió dando grandes zancadas hasta llegar a la puerta fiambrera que daba al patio trasero. Allí se detuvo y volvió sobre sus pasos y como si tuviera ojos que pudieran ver a través de la oscuridad, tomó el encendedor que Aurora tenía junto al cenicero y regresó hacia la puerta del patio trasero diciendo: “Ahora te lo devuelvo”. Aurora se levantó de la mesa y enfiló hacia su habitación. Fuera podía oírse el continuo gotear de los árboles y de los techos. Era todo cuanto podía oírse.

            Sentada sobre una reposera, bajo el alero de aluminio del patio trasero, Celeste Carletti liquidó contra el piso su cigarrillo. Era el tercer cigarrillo en diez minutos. Celeste tiró la colilla sobre el pasto, sacó otro cigarrillo del paquete y comenzó a hacerlo bailar entre sus dedos mientras recibía la fragancia de las rosas y la frescura de los helechos que la rodeaban, mientras absorbía todo el paisaje a oscuras y adivinaba las sombras de todas las plantas, las macetas, los árboles y la gran farola destacándose en el centro del jardín. Encendió el cigarrillo que tenía entre sus dedos y fue allí que percibió el croar de un sapo escondido en el jardín. Celeste lo pudo adivinan moviéndose entre las plantas y se preguntó cómo podía haber llegado hasta allí. Dio un par de pitadas y perdió de vista a su sapo, aunque no puede verlo, lo escuchaba moverse pesadamente, lo advertía croando, saltando en el pasto, acercándose directo hacia ella. Cuando ya estaba apagando el cuarto cigarrillo se le ocurrió que Roxana había metido el sapo en la casa para besarlo y convertirlo en príncipe azul. La idea se le antojó divertidísima y Celeste rompió a reír, bajo el alero, al amparo de la noche púrpura. En ese momento, volvió la luz y la farola erigida en el centro del jardín estalló en poderosos rayos que iluminaron todo el patio. Celeste pudo divisar al sapo. Estaba justo parado frente a ella, sobre sus cuatro patas, con el corpacho de un tono verde enfermizo, cubierto de verrugas, con la piel húmeda y viscosa, chorreando pegajosidad, con sus ojos entreabiertos que la examinaban de un modo amenazante. Celeste reparó en el sapo que se destacaba en el pasto brillante a la luz de la farola. Celeste lo miro fijamente, casi con desprecio, con asco y el sapo la miro de la misma forma a ella. Recordó lo que su abuela le había contado una vez sobre los sapos. La abuela de Celeste tenía la teoría de que los sapos eran seres que estaban en esta vida pagando por los pecados cometidos en otra vida, imaginaba que todos los sapos del mundo habían sido hervidos en gigantescas ollas sobre una hoguera por sus herejías y que luego eran escupidos a esta vida con esas burbujas horrendas sobre sus espaldas, cuanto más grandes las verrugas, más graves habrían de ser las faltas cometidas. Los sapos eran seres inmorales, tan inmorales como Roxana, pensó Celeste.
            -Es usted un maldito y gordo pecador- le dijo Celeste al sapo y lo observó acercarse hacia ella a los saltos. Lo vio venir, cada vez más cerca, casi pudo sentirlo cayendo sobre sus pies, trepando sobre sus piernas desnudas, introduciéndose entre sus piernas y saliendo por su boca acompañado de una violenta irradiación de una espuma blanca y verde, haciendo arder sus tripas. Lo vio acercarse, quiso gritar y escapar de un salto pero estaba inmóvil. Sintió que algo trepaba sobre su hombro, lo sintió agitándose, pataleando sobre ella.
            -Vida mía, ¿Qué haces acá afuera? Vamos, veni, vamos adentro que acá hace frío y se está por largar a llover de nuevo.- la voz de Roxana y la expresión en su mirada desbordaban de amor y de afecto. Celeste volvió su mirada hacia el pasto y no vio señales del horrendo sapo.
            -Dale, vida mía, vamos adentro.
            -Perdóname, ma.
            -¿Qué decís, vida mía?- preguntó Roxana, en sus palabras no había ni una pizca de rencor.
            -Si, ma, por lo que te dije. No es el modo.
            -Vamos adentro, hace frío.
            Celeste se puso de pie y le dio un fuerte abrazo a su madre, un abrazo que ni siquiera la lluvia que volvía a caer pudo romper. Al cabo, ambas entraron en la casa, cerrando la puerta tras de si y apagando todas las luces de la casa.

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