sábado, 23 de febrero de 2013

el día que empezaron mis sospechas.

Sonó mi teléfono y tuve que salir de la clase de Opinión Pública para atender. Era ella. Me preguntó a dónde estaba y qué estaba haciendo, dijo que le gustaba escuchar mi voz, me recordó que mañana en la noche iríamos juntos a la fiesta de cumpleaños de Elías y preguntó si tenía planes para esta noche, “pensé que podría ir a tu casa y vos me ayudarías a hacer una torta para Elías”. Dijo que se encargaría de comprar todos los ingredientes, que llegaría a casa “a eso de las once” y me daría un fuerte abrazo. Dijo que lo necesitaba. Luego, dijo que me quería mucho y cortó.

Regresé al aula y tomé asiento y aunque traté con mucho esfuerzo, no hubo manera de concentrarme, de seguir el hilo de la clase, de incorporar los conocimientos, de retener la información. No hubo manera. Terminó la clase, me despedí de mis compañeros y de los profesores y salí del aula. Bajé las escaleras y caminé hasta el hall central, subí el cierre de mi campera, me aseguré el gorro de lana y enrosqué la bufanda escocesa en torno a mi cuello, antes de salir del edificio y dejar atrás el predio universitario, andando a través del crepúsculo invernal, bajo un manto de estrellas nacientes que enmudecía al barrio El Mondongo y a una buena parte de la ciudad de La Plata.

Emprendí el trayecto hacia la parada del ómnibus entera y perdidamente entregado a la fantasía, al deseo y a la ilusión. La ilusión de verla un día antes de lo esperado; la ilusión de tenerla un viernes por la noche en mi casa, ahuyentando a la soledad fuera del armario, de los rincones lúgubres y de los techos, encendiendo todas las luces de las esperanza. La podía imaginar con un enorme sombrero de cocina y un delantal, la veía nítida frente a mis ojos, decorando la torta. Permanecí trémulo ante la perspectiva del silencio repentino, del encuentro de las miradas, de la atracción de los cuerpos y del beso de doscientos veinte volts de potencia.

Llegó el ómnibus y me apresuré a subir en él. Todos los asientos estaban llenos y tuve que viajar de pie. Mientras miraba el desfile de autos, árboles y personas por la ventanilla casi podía escuchar su voz atiplada, podía ver su peinado aparatoso coronado por un moño y podía palpitarme el momento en que me pediría que la acompañase fuera de la casa para fumar un cigarrillo y como yo accedería a su pedido por el place de verla fumar a la luz de la Luna y su parla nerviosa e incesante, machando sin tegua entre bocanada y bocanada y mi corazón gritando “me rindo, me rindo, tómame entre tus manos y déjame descansar porque soy tuyo ahora” y ella lo escucharía, supongo que lo escucharía, parecía ser la indicada. Esa persona por la que hemos estado esperando toda una vida y un poco más.

Recuerdo muy bien la excitación agolpando mi pecho al llegar a casa y el continuo consultar de los relojes. Recuerdo con toda claridad el sonar de mi teléfono, recuerdo haberlo escuchado desde la ducha y el haberme apresurado a secarme y el haber corrido a atenderlo, sólo para encontrarme con un mensaje que decía que había “caído” su prima de sorpresa y que no podía dejarla sola y que no podríamos vernos, cosa que lamentaba y prometía contar las horas para nuestro encuentro de mañana en la noche. El consuelo de verla al día siguiente era suficiente en aquel entonces, así que me fui a dormir, arropado con mis esperanzas y sin demasiada vuelta. Aquello me acercaría algunas horas más al tan ansiado momento de verla.

El sueño se mostraba esquivo esa noche y las sabanas enredaban mi cuerpo como un remolino cuando sonó de nuevo el teléfono. Era ya de madrugada. Salté de la cama y encontré un mensaje, de un número desconocido, decía ser la madre de mi prometida y preguntaba si ella estaba conmigo. No respondí. Apagué el teléfono y volví a la cama. Fue fácil dormirse después de aquello.

La noche siguiente se mostró más que cariñosa conmigo, más apasionada de lo que me tenía acostumbrado y, debo reconocer, que ese vestido a lunares le sentaba esplendido y realmente acentuaba la prominencia de sus senos. Y, fui testigo de como aventaban sobre Elías una torta que decían haber preparado la noche anterior y luego, ella se acercó hacia donde estaba yo, riendo, bajo las luces, atravesando un océano de gente, hasta tenerla a un palmo de distancia y levantó su mano y me untó de crema las narices y siguió riendo con su risa tan aniñada y me dio un profundo y húmedo beso. Podía sentir su lengua hundiéndose en mi boca, bajando por mi garganta hasta arrancar mi corazón. Me hizo prometerle que dormiríamos juntos esa noche, cosa a la que yo accedí encantado.

Aquello fue sólo el comienzo. Hace rato que ya dejé de preguntarme por qué o hasta cuándo. Todavía puedo verla desde las gradas, balanceándose en brazos de los jovencitos, con ese peinado que nunca pasa desapercibido, con ese busto firme como de estatua, con esas piernas torneadas a las que nadie sabe negarse, prometiendo y haciéndose prometer, esnifando la dulzura de sus cuerpos. Hasta el momento se ha salido con la suya y no ha tenido problemas para obtener lo que quería y hasta puede que nadie la detenga. Nunca antes había sentido la necesidad de hablar sobre este asunto. Hasta ahora.   

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