martes, 28 de mayo de 2013

pusilánime.

Las ventanas de mi pieza abiertas a la brisa nocturna del verano me recuerdan al asunto. La ensalada de frutas, la pirotecnia, los adornos navideños y ese aire de cambio y posibilidad que flota en el aire con cada Diciembre y que nos dice que todo puede cambiar para siempre a partir de mañana, con sólo pasar las hojas del calendario, me recuerdan al asunto. Bettie Page me recuerda del asunto. De vez en cuando vuelvo sobre aquellos días y me detengo a pensarlo muy seriamente, deseoso de encontrar la clave, la pieza faltante que me ayude a entender porque tuvo el desenlace que tuvo y no el desenlace que yo quería. La trama permanece en suspenso hasta el día de hoy, a mitad de camino entre lo que quise y lo que nunca tuve, entre lo que perdí y lo que nunca fue mío, es en esta brecha donde estaciono y reverbero dándole vueltas al asunto en horas fútiles sin arribar a una conclusión, evaluando las posibilidades, estudiando las probabilidades, lamentándome por cada oportunidad que se me ha concedido, preguntándome si habrá forma de saldar esta deuda que tengo para conmigo mismo. El asunto parece imposible de ser olvidado y yo, tal parece, me he quedado atascado en aquel momento, sentado frente al monitor, leyendo como en pocas palabras me refería lo de su padre, me decía que eran días raros para ella y que le haría bien verme, mencionaba la posibilidad de que fuera a visitarla, de que me invitaba a tomar la merienda con ella. Me gusta pensar que no fui tan tonto. Me gusta pensar que no desaproveché lo que me fue dado y que no dejé pasar la oportunidad de escaparme fuera de este mundo, la oportunidad de salir de esta casa con la cálida sensación de que sería para ya nunca más volver, de desandar la calle Mendoza por última vez y dejar atrás al barrio, la ciudad, todo. Me gusta pensar que no la jugué de exquisito y que si atendí el llamado y que si recibía la invitación con entusiasmo y que salía corriendo y me subía al primer tren con destino a Padua. Me gusta pensar que me espera en un banco de la estación, con sus piecitos suspendidos en el aire, balanceándose al son de alguna vieja canción de rock que sólo ella escucha, la sinuosidad de sus piernas pronunciándose impávidas fuera del diminuto pantalón, la piel perfumada de verano, con esa diminuta naricita de juguete, los ojos de un inocente y curioso lirón, el flequillo reglamentario y todo ese aspecto tentador que me recordaba tanto a Bettie Page. Me gusta pensar que pasábamos una agradable tarde juntos, una de esas tardes que todos necesitamos de vez en cuando para seguir tirando, una de esas tardes donde todo se redescubre y se resignifica y se nos presenta perfecto por el sólo hecho de estar lejos de casa, en un lugar desconocido pero con buena compañía: el color de los cielos; la forma que toman las nubes; los perros tendidos al sol; el saludo de cada transeúnte; los frentes de las casas con sus rejas, sus jardines y sus canteros de ladrillo estallando de flores,  colores y fragancias; las grietas en las veredas; las copas de los árboles encimismándose sobre el alquitrán caliente de la calle, allí donde los autos estacionados a cada lado duermen la siesta; todo eso y todo lo que no vemos también,  todo nuevo y perfecto; hablo de una de esas tardes donde cada mirada que disparan esos ojos y cada palabra que sale de esa boca parece prometedora, una de esas tardes que no se borran con el pasar de otras tardes, muchas tardes, miles de ellas. Me gusta pensar en el roce accidental de los cuerpos, despertando sensaciones que creíamos olvidadas. Me gusta pensar que no vuelvo a casa ese día y me gusta pensar que tampoco lo hago al siguiente. Me gusta pensar que me pide que me quede. Me gusta pensar que los dos tenemos plena conciencia de lo que está pasando, que los dos estamos determinados a vivir y disfrutar de cada instante dentro del poco tiempo que tenemos para estar juntos y que al concluir ese fin de semana la distancia volvería a ensancharse entre nosotros, tal vez hasta para siempre. Me gusta pensar en el día siguiente, ella de espaldas a mí, amasando laboriosamente sobre la mesada de la cocina, mientras los rayos de sol que entran por el ventiluz van degradándose del naranja al azul, cubriendo de sombras los adornos de la casa, convirtiendo la tarde en noche y yo estoy sentado a la mesa en el comedor, hablándole de cualquier cosa, sacándole charla con el secreto fin de recibir un poquito más de su voz, de esa voz tan mielosa, tan serena y amistosa como no volvería a escuchar nunca en la vida; y cada tanto, digo algo que ella encuentra gracioso y la veo doblarse sobre sí misma y la escucho reír a carcajadas y la veo dar golpes contra el piso con sus pies (que son muy pequeños, incluso para lo estándar en una chica) y voltea hacia mí por sobre su hombro y me convida de su risa y luego retoma su faena, acomodándose el flequillo con su hombro y afuera ladran los perros y hay golondrinas y gorriones y horneros, volando y canturreando por los aires, y hay niños jugando en la calle, pateando pelotas, andando en bicicleta, pasando la mancha, pican y se esconden, saltan y corren de aquí para allá y gritan y ríen, y en la avenida pasan rodando los autos y los colectivos de líneas desconocidas, con colores y carteles desconocidos, viniendo desde un origen desconocido, marchando hacia lo desconocido, y cerca de allí también están las vías del tren, por donde pasan las formaciones llevando y trayendo gente desconocida, dueñas de vidas desconocidas, que harán de estar mirando por las ventanas, pensando en el futuro del brillo que traerá la mañana, restándole brillo al presente, puliendo los recuerdos tal vez, y sobre la misma calle donde ella vive hay gente mayor sentada sobre reposeras a la entrada de su casa, tomando mate, escuchando tango en las radios y comentando el resultado de las últimas fechas del campeonato o del turismo carretera, recordando tiempos mejores que este, aprovechando las últimas horas de sol, saludando a algún vecino que pasa de camino al almacén o a los que vuelven de la cancha o de visitar a algún pariente y todos están disfrutando del domingo a su manera y a nadie parece importarle que sea domingo ni que ya está oscureciendo ni que la inminencia del lunes se avecina inexorable en el horizonte por donde se está escapando el sol ni que mañana la rueda volverá a girar, arrastrando sus voluntades sin piedad hacia la rutina. No, a nadie parece importarle en lo absoluto, es como si no lo supieran o no lo notaran, es perfecto. Me gusta pensar en el aroma de la masa dorándose en el horno, llegando hasta mí, llenando cada pulgada del espacio entre ella y yo, mientras el cielo se derrumba sobre las casitas del barrio y afuera todo se pone oscuro y ella está despedazando hojas de albahaca y metiéndolas dentro de la salsa que gorgotea espesamente en un sartén sobre el fuego y yo sigo sentado a la mesa del comedor, admirándome su elegante porte de metro y medio, tan sólido y firme como el de esas buenas muchachas italianas de las que tanto me habían hablado. Me gusta pensar que me pongo de pie y camino hacia ella y que –con toda naturalidad– me abrazo a sus anchas caderas  y la atraigo hacia mí y ella gira y me besa y se ríe y ninguno de los dos puede sostener la mirada del otro demasiado tiempo, sólo podemos cerrar nuestros ojos y juntar nuestros labios y apretarnos fuertemente el uno contra el otro y el espacio entre nosotros sólo se vuelve más y más pequeño. Me gusta pensar que allí sólo estamos ella y yo y las canciones, las canciones que flotan sobre nuestras cabezas, las canciones que a mí me hacían sentir su presencia cuando las oía, las canciones que ella escuchaba en su soledad, las canciones que la hacían hermosa para mi, las canciones que hablaban de la noche y de la soledad y de las diversas formas de aguantarlo. Eran las canciones que en cierta forma nos habían juntado, acortando las distancias, prolongando las horas de charla tan necesarias para rendirse al otro, esas canciones que brotaban de los parlantes del ordenador, listadas de forma aleatoria por obra de un mágico programilla del sistema operativo, mágico, si, tan mágico como todo aquello que acabo de reseñar. Todavía pienso en ello, en el asunto, pienso mucho, sobre todo por las noches, en especial si hace calor y las ventanas están abiertas de par en par para que penetre la brisa nocturna del verano, en especial si tengo insomnio y encuentro pesada la tarea de dormir, entonces decido pasearme a mis anchas por el pensamiento, entonces, evoco su persona, lo hago con bastante frecuencia, tal vez más de lo ella lo haga…si es que lo hace. Me gusta pensar que no fui tan tonto como para dejarlo ir así como así. Me gusta pensar que no soy esa clase de persona, del tipo que se contenta con soñar o que fantasea con “qué hubiera pasado si”, porque otra no le queda.

lunes, 20 de mayo de 2013

nuestros días en un vhs.

Si fuera posible rebobinar el vhs que contiene la historia de nuestros días, y aún más, si fuera posible borrarle las partes malas o si pudieran ser reemplazarlas por otra cosa. Si ello fuera posible, sin dudas que lo haría: borraría las partes malas, borraría las partes tristes, la desazón cuando empezamos a descubrir -cada uno por su lado- que todo aquello había terminado, que todo se había ido al carajo y que su sentido honorable  se había visto trastocado en manos profanas con rostros desfigurados que un día tiramos al olvido. Dejaría, si, el idilio de verano que pasamos todos juntos en la ciudad. Los amaneceres que nos sorprendieron riendo desvelados, las largas caminatas buscando almacenes abiertos (siempre muy tarde o siempre muy temprano), las veces que redescubrimos lugares y personas que ya conocíamos, la casa que fue nuestro hogar con sus mascotas y sus plantas y sus fotografías y sus canciones, los planes de escapar fuera de este mundo, los planes y las ganas de escapar fuera de este mundo y, por supuesto, la tarde que fuimos de paseo a la Capital: las calles desiertas como en una película, nosotros andando a la sombra de los rascacielos, riendo fuerte frente a las vidrieras de las tiendas cerradas, buscando ropa de invierno a precio de remate y cuando Luz compró duraznos en la frutería para refrescarnos a todos del agobiante calor y salvarnos de la aplastante presión atmosférica de esa calle Talcahuano. Aquel gesto maternal y desinteresado merece ser rescatado a la censura, aquel gesto quiero guardarlo para siempre en mi memoria y recordarlo siempre con una gran sonrisa, aquel gesto es todo lo que me queda de aquellos días, aquel gesto y su recuerdo han logrado escapar fuera de este mundo, por lo menos.

martes, 7 de mayo de 2013

acá comienza el final para los idealistas.

claro que si
por supuesto que si
como no podía ser de otra forma
me largué a llorar
cuando llegué a casa de la fábrica
y cerré la puerta que daba a la calle
y me metí corriendo en el baño
y me paré frente al espejo
entonces, lo dejé salir
entonces, si, me largué a llorar

lloraba como un niño
sin consuelo y sin pausa
lloraba
porque no podía creerlo
lloraba
porque no quería creerlo
porque lo que había visto
parecía sacado de un cuento oscuro
de esos que no tienen moraleja

acaso como si fuera un niñito
me había comido los mocos
y no sólo eso
me había obligado a bajarlos
con un vaso rebalsado de lágrimas
mis propias lágrimas
y ahora estaban dentro mío
causándome agobio
causándome pesar
causándome asco
y rechazo

los obreros
y los hijos de los obreros, vestidos con ropa de obreros
se habían callado la boca
se habían paralizado
y yo era uno de ellos
uno de los cientos que se había quedado sin habla
uno de los cientos que permanecía en el predio desierto
con los puños apretados y con tanto para decir
y sin nadie que me escuchara
sin nadie que lo entendiera
porque aquello ya había acabado

todos estaban ahí
y todos bajaron la cabeza
y todos dijeron que esas eran las reglas del juego
y como eran cientos y cientos los que estaban ahí con la cabeza gacha repasando las reglas del juego que a veces olvidaban o se convencían de olvidar
creyeron que eso estaba bien o era lo normal o que nadie podría cambiarlo
y volvimos a nuestras casas sintiendo la misma imborrable amargura

y era difícil tragar esa imagen:
la entrega
la docilidad
la resignación
con la que fue aceptado,
a pesar del dolor
y a pesar de la angustia
todos acataron la orden
todos adoptaron su posición
respiraron profundo
relajaron sus músculos
y dejaron que el aceitado mecanismo sindical se encargara del resto