martes, 7 de mayo de 2013

acá comienza el final para los idealistas.

claro que si
por supuesto que si
como no podía ser de otra forma
me largué a llorar
cuando llegué a casa de la fábrica
y cerré la puerta que daba a la calle
y me metí corriendo en el baño
y me paré frente al espejo
entonces, lo dejé salir
entonces, si, me largué a llorar

lloraba como un niño
sin consuelo y sin pausa
lloraba
porque no podía creerlo
lloraba
porque no quería creerlo
porque lo que había visto
parecía sacado de un cuento oscuro
de esos que no tienen moraleja

acaso como si fuera un niñito
me había comido los mocos
y no sólo eso
me había obligado a bajarlos
con un vaso rebalsado de lágrimas
mis propias lágrimas
y ahora estaban dentro mío
causándome agobio
causándome pesar
causándome asco
y rechazo

los obreros
y los hijos de los obreros, vestidos con ropa de obreros
se habían callado la boca
se habían paralizado
y yo era uno de ellos
uno de los cientos que se había quedado sin habla
uno de los cientos que permanecía en el predio desierto
con los puños apretados y con tanto para decir
y sin nadie que me escuchara
sin nadie que lo entendiera
porque aquello ya había acabado

todos estaban ahí
y todos bajaron la cabeza
y todos dijeron que esas eran las reglas del juego
y como eran cientos y cientos los que estaban ahí con la cabeza gacha repasando las reglas del juego que a veces olvidaban o se convencían de olvidar
creyeron que eso estaba bien o era lo normal o que nadie podría cambiarlo
y volvimos a nuestras casas sintiendo la misma imborrable amargura

y era difícil tragar esa imagen:
la entrega
la docilidad
la resignación
con la que fue aceptado,
a pesar del dolor
y a pesar de la angustia
todos acataron la orden
todos adoptaron su posición
respiraron profundo
relajaron sus músculos
y dejaron que el aceitado mecanismo sindical se encargara del resto

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