lunes, 20 de mayo de 2013

nuestros días en un vhs.

Si fuera posible rebobinar el vhs que contiene la historia de nuestros días, y aún más, si fuera posible borrarle las partes malas o si pudieran ser reemplazarlas por otra cosa. Si ello fuera posible, sin dudas que lo haría: borraría las partes malas, borraría las partes tristes, la desazón cuando empezamos a descubrir -cada uno por su lado- que todo aquello había terminado, que todo se había ido al carajo y que su sentido honorable  se había visto trastocado en manos profanas con rostros desfigurados que un día tiramos al olvido. Dejaría, si, el idilio de verano que pasamos todos juntos en la ciudad. Los amaneceres que nos sorprendieron riendo desvelados, las largas caminatas buscando almacenes abiertos (siempre muy tarde o siempre muy temprano), las veces que redescubrimos lugares y personas que ya conocíamos, la casa que fue nuestro hogar con sus mascotas y sus plantas y sus fotografías y sus canciones, los planes de escapar fuera de este mundo, los planes y las ganas de escapar fuera de este mundo y, por supuesto, la tarde que fuimos de paseo a la Capital: las calles desiertas como en una película, nosotros andando a la sombra de los rascacielos, riendo fuerte frente a las vidrieras de las tiendas cerradas, buscando ropa de invierno a precio de remate y cuando Luz compró duraznos en la frutería para refrescarnos a todos del agobiante calor y salvarnos de la aplastante presión atmosférica de esa calle Talcahuano. Aquel gesto maternal y desinteresado merece ser rescatado a la censura, aquel gesto quiero guardarlo para siempre en mi memoria y recordarlo siempre con una gran sonrisa, aquel gesto es todo lo que me queda de aquellos días, aquel gesto y su recuerdo han logrado escapar fuera de este mundo, por lo menos.

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