martes, 11 de junio de 2013

me quiere, no me quiere.

Le cambiaron el nombre al bar de la esquina. Bajaron el cartel que decía “Vialidad” y colgaron otro con más colores, más difícil de recordar y con menos atractivo comercial. Fuera de eso el lugar sigue siendo el mismo. El alféizar donde nos sentamos sigue estando allí, viejo, descolorido y deprimente, al lado de la cochera, frente al lavadero de ropa. Las pintadas del lobo y la 22 siguen estando allí también, al igual que las baldosas flojas y la vereda reventada por las raíces de los tilos. Todo sigue como estaba aquella noche, con la neblina cubriéndolo todo y nosotros caminando en círculos, dándole vueltas al asunto en nuestras cabezas y con nuestros pies, hasta que, ya cansados, decidimos parar y tomar asiento en el alféizar. Hablamos y hablamos por horas. Sólo nos deteníamos para guardar un incomodo silencio y buscar la respuesta en la mirada del otro. Era negociar el deseo y las emociones, y con uno no se puede comprar a las otra y con las otras no se puede comprar al uno. Teníamos que ponernos de acuerdo. Sonaba lógico ponerle un cierre al asunto. Así lo hicimos. Lo mejor sería dejar las cosas como estaban, aunque ahora no estoy seguro de las cosas hayan estado en algún momento, creo, hasta dudo, de su existencia, de su latir y su corta vida. Tuve que aceptar lo que me daba, porque seguir siendo amigos me parecía mejor que no ser nada. Callado, quieto, algo avergonzado, nada de eso estaba entre mis planes, nada de eso parecía insinuarse en la búsqueda de un lugar tranquilo para charlar que ella había sugerido en un primer momento, cuando me llamó por teléfono a casa. Entonces se hizo de noche y comenzó a llover y ella dijo esa estupidez de que tenía miedo de que alguien nos viera juntos. Nos refugiamos en la galería de un edificio elegante, con el piso ajedrezado y columnas de mármol imponentes. Todo parecía una tonta excusa para estar cada vez más solos, en lugares cada vez más tranquilos, donde nadie pudiera vernos, aislados del mundo. Tuve que intentarlo. Me acerqué lentamente, la tomé de la cintura y la atrajé hacia mí. Allí me quedó bien en claro como serían las cosas de ahí en adelante. Sobre aquel tablero de ajedrez, ella se autoproclamaba reina y yo gustoso accedía a ser su peón. Sus ojos, sus gestos, sus palabras, su silencio, sus miradas me hablaban en otro idioma o tal vez le hablaban a otro. Seguramente le hablaban a otro. Volvimos en colectivo. La fuerza de sus abrazos comenzó a disminuir desde ese día.

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