martes, 9 de julio de 2013

una chica de tu edad.

            Fue una sumatoria de infortunios lo que provocó la explosión de Jimena Santos De Alvarado. Podría hablarse de “detonantes” pero, de ser así, el lector suspicaz podría encontrarlo ofensivo o inapropiado y no es mi intención ofender a nadie sino que por el contrario, quiero contar esta historia de la manera más verídica y fehaciente posible. Para hacerlo, considero necesario principiarla situando el contexto en el que se dieron los hechos. Cincuenta y tantos veranos atrás, cuando las lanchas de vapor cargadas de uvas, ciruelas y manzanas todavía surcaban los canales de nuestra ciudad; cuando los trabajadores de los frigoríficos Armour y Swift esperaban la llegada del domingo para reunir a la familia y pasar el día en la isla Paulino o se tomaban el ómnibus  hasta la playa La Balandra o para ir de visita al Zoológico o al Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata o, incluso, hacer una visita al famoso paseo de La Gruta. Si, sin duda aquellos eran los años dorados para Berizzio.

            Jimena Magali era hija del señor Patricio Santos De Alvarado, uno de los socios propietarios de “Coqueto” la tienda de artículos para hombre que, a las pocas semanas de su apertura, se erigía triunfal y exitosa en el centro de la ciudad, sobre la avenida Montenegro, a escasos metros de la Hilandería. Favorita de todos, niños y adultos, “Coqueto” era famosa por la venta de camisetas de Morley y la distribución exclusiva de los productos marca Havanno, que le registraban al señor Santos De Alvarado una importantísima suma de dividendos que se gastaba sin problema con tal de tener “bien” a la familia. “Hay que vivir de primera y morir de última”, solía decir a la hora de la sobremesa, cuando se encendía un puro y la criada le servía café en tazas de porcelana importadas de Hong Kong. La señora Laurencia era la esposa del señor Santos De Alvarado y la madre de Jimena Magali y de su hermana Marcia. Las nenas se llevaban dos años de diferencia, pero en términos de madurez la distancia se ensanchaba notablemente. La señora se ocupaba de educar y formar en el ámbito de la moral y las buenas costumbres a sus dos pequeñas hijas. Para ello, las enviaba al prestigioso colegio San Vicente de Paul, las obligaba a tomar clases particulares de inglés y francés con la refinada señorita Alice Leonardi, experta en idiomas, y les prohibía mezclarse con “los otros niños de su edad que no gozan de su fortuna, chiquitas”. Lecciones de piano y de canto completaban la abultada currícula educacional de las nenas. Todo esto parecía no perturbar la alegría y diversión de Marcia pero, en lo que a Jimena Magali respecta, su pequeña vida de once años se había vuelto lenta y desabrida, pesada, cuasi infernal.

            El día de la explosión era un domingo como cualquier otro. Pese a los desmedidos esfuerzos que se han hecho para mantener el suceso en secreto, desde la incautación de todos los ejemplares del periódico local hasta el soborno de los más renombrados chismosos de la ciudad, todavía puedo recordarlo como si se tratara de ayer. Pasaba del mediodía ya en el Club Náutico, mientras que la señora Laurencia daba indicaciones a la criada sobre como cortar los rabanitos para la ensalada, el señor Santos De Alvarado supervisaba a los dos peones que había invitado especialmente para realizar la cocción y correcta disposición sobre la parilla del asado de tira, el vacío, los chorizos de cerdo, el pollo “para las nenas”, la morcilla vasca y las mollejitas. También se destacaba la ilustre compañía de Saturnino Sandoval, el hermano de la señora Laurencia, que ya iba por el tercer jarrito de cinzano desde antes de que se encendiera el fuego. Jimena y Marcia, untadas de protector hasta las narices, enfundadas en coloridos vestiditos floreados y coronadas con un par de sombreros panameños, tomaban sol descansado sobre unas reposeras a la orilla del canal.

            Castillos rosados que flotan sobre algodonadas nubes rosadas, preciosos ponys rosados con alas rosadas y azucaradas princesas rosadas luciendo suntuosos vestidos rosados poblaban el imaginario y reducido mundo de Marcia que, alejada de los controles maternales, podía dedicarle un minuto de su vida a tener pensamientos normales, pensamientos que nada tenían que ver con la etiqueta, ni con la correcta dicción o los modales de una dama. Por su parte, Jimena Magali contemplaba absorta el discurrir del canal frente a sus ojos. La quietud de sus aguas marrones y la medianera natural formada por juncales y mimosas que se extendían en la orilla vecina, bajo un desnudo cielo celeste le resultaban tan inalcanzables como la felicidad. Su padre estaba todo el día trabajando y cuando estaba en casa sólo hablaba de negocios; su madre había planificado el resto de su vida, desde su primer día en el jardín hasta la llegada de los nietos, todo estaba previsto de antemano, todo estaba fríamente calculado con años de anticipación, no se le escapaba ni un sólo detalle; y, en cuanto a Marcia, allí estaba ella, atildada, embobada, contenta en su ingenuidad, soñando con castillos que flotaban en las nubes ¿Podrían cometer sus propios errores? No, no podrían, su madre no lo permitiría jamás. Todo esto era agobiante y, para colmo, hacia semanas que la tenían ataviada con los preparativos de su fiesta de quince. “¡Fiesta de quince!”, pensó, pero si todavía no celebré ni siquiera mi fiesta de catorce, ni la de trece, ni siquiera la de doce, protestó para sí misma. Sabía que a la hora del almuerzo su madre comenzaría a pavonearse sobre el vestido que le mandarían a hacer a una modista en el Once, sobre el pastel de cinco pisos hecho con un esponjoso biscochuelo de vainilla, con relleno de crema y trocitos de durazno y dulce de leche, cubierto por una capa cremosa blanca y celeste, con florcitas de decoración y brillitos espolvoreados por encima que encargarían en La Piedad, sobre un sinfín de detalles que a ella no le interesaban para nada y que a su madre parecían encantar. En ese momento, una atiborrada lancha humeante paso surcando el canal frente a las chicas. Hombres con el torso desnudo y la mirada severa, luciendo pobres y sucios e incomprensiblemente alegres al mismo tiempo; niños revoltosos correteando de proa a popa; señoras con pañuelos atados a la cabeza,  cargadas con canastos de mimbre repletos de sándwiches y botellas de gaseosa; hasta perros que agitaban sus colas con alegría desbordaban la embarcación. Jimena vio alejarse la lancha como quien ve alejarse una oportunidad.
            -Jime, Jimena, ¡Ji-me-na! ¿Qué te pasa, Jimena, qué estás mirando con esa cara, por qué tenés esa cara, estás mirando el barco ese? Jimena, ¿Jugamos al veo-veo?- la vocecita de Marcia Lorena    parecía llevar algo de apuro, como si acabara de hacer un impostergable descubrimiento.
            -No me pasa nada. No tengo ganas de jugar al veo-veo- dijo Jimena.
            -Una cosa- contestó Marcia.
            -Ya te dije que no tengo ganas de jugar.
            -Maravillosa.
            -Marcia, no, basta.
            -Rosa.
            -Basta, Marcia.
            -No seas cruela conmigo, Jimena, soy tu hermana- replicó la menor.
            -No soy mala con vos, pero es que no tengo ganas de jugar a nada ¿No entendes?
            -Juguemos o le digo a mamá que te estás portando mal- la amenazó Marcia. Tras unos segundos de cuidadoso análisis, Jimena preguntó:
            -¿Qué cosa?
            -¡Maravillo!- contestó Marcia feliz.
            -¿De qué color?
            -¡Rosa!
            ¿Rosa?- preguntó Jimena extrañada.
            -¡Si, rosa!
            Tras un minucioso estudio del paisaje, abundante en matices verde, marrón, amarillo y anaranjado y donde la única nota rosada la brindaban el vestido y las sandalias de Marcia, Jimena dijo:
            -Tu vestido.
            -Mmm, frío.
            -¿No es tu vestido?
            -No-ohhhh- se burló Marcia.
            -Entonces, son tus sandalias- dijo Jimena satisfactoriamente.
            -Tampoco, seguís frío.
            -Marcia estás haciendo trampa.
            -¡No estoy haciendo trampa, vos no sabes jugar! ¿Te das por vencida?
            -Me doy por vencida, tramposa.
            -¡Qué no soy tramposa! Lo que pasa es que vos sos cieguita, cieguita y perdedora- se río Marcia. A espaldas de las nenas se oyó la voz de la criada que las llamaba a la mesa.
            -Entonces, ¿qué cosa maravillosa de color rosas estás viendo?-
            -¿Te digo?
            -Si, por favor Marcia, decime ¿Qué ves?
            -Veo-veo mi pony rosa allá en el cielo, vos no lo ves porque sos cieguita, cieguita y perdedora- gritó Marcia y salió corriendo hacia el quincho donde estaba la mesa servida. Jimena se quedó mirando hacia el canal, consideró caminar hasta la orilla y saltar en sus aguas y así morirse ahogada. Meditó la idea por espacio de unos segundos. Se puso de pie y enfiló hacia el quincho, caminando con gran pesar.
           
            Una presa de pollo descansaba intacta sobre el plato de Jimena Magali. Marcia, siguiendo el ejemplo de su madre, desmenuzaba la suya con precisión quirúrgica, apartando cualquier rastro de grasa que pudiera ser nociva para su cuidada figura. El señor Santos De Alvarado sonreía orgulloso entre bocado y bocado y pedía brindis y aplausos para los asadores, brindis que eran recogidos con gran entusiasmo y festejados con suma alegría por el señor Sandoval quien ya había perdido la cuenta de los aperitivos que se había bebido y comenzaba a mirar con ojos excesivamente simpáticos a la criada. Fue justo en ese momento cuando empezó. Acaso como si alguien se lo hubiera preguntado, la señora Laurencia se lanzó con una  detallada perorata sobre los costos y beneficios de contratar un servicio de mozos para “los quince de la nena”.
            -La esposa del turquito me puso en contacto con una gente de La Plata que hacen un excelentísimo trabajo. Estuvieron en el casamiento del hijo del Intendente, ahí en el Club Estrellas, ¿Te acordás Saturnino?
            -Si, me acuerdo, brindo por ello.
            -Se puede pagar en cuotas, si lo empezamos a pagar ahora nos hacen un 20% de descuento. Ya nos olvidaríamos por completo de ese asunto y podríamos pensando en contratar una orquesta para que toque en vivo. ¿O no Patrick, mi amor?
            -Sería grandioso- dijo su marido
            -Yo no quiero una fiesta de quince, yo no quiero una fiesta de nada- dijo Jimena.
            -Pero una fiesta de quince es el sueño de todas las nenas, vos ya me lo vas a agradecer algún día.
            -No creo.
            -Ya vas a ver.
            -Te repito que no lo creo.
            -La fiesta la vamos a hacer para vos, Jimena Magalí, no seas tan desconsiderada con tus padres.
            -Pero...
            -Pero nada- le cortó la señora Laurencia- la fiesta se hace y punto. Deberías estar más agradecida de la suerte de madre que te ha tocado, que piensa tanto en vos.
            .Vos sólo pensás en vos.
            -De verdad ¿Eso es lo que crees?- preguntó Laurencia, su voz se oía trastornada.
            -Si.
            -Y, ¿Qué más crees, a ver? Decime, mocosita.
            Las palabras de la señora Laurencia caían sobre Jimena Magalí desde un altísimo pedestal.
            -Decime, a ver, ¿Qué más tenés para decirle a tu madre?
            -¡Sos la peor madre que se puede tener, te odio!- chilló Jimena. La señora Laurencia no podía creer lo que había escuchado.
            -Che, que esa no es forma de hablarle a tu madre- dijo el señor Santos de Alvarado.
            -Che, que esa no es forma de hablarle a mi hermana- dijo el señor Saturnino.
            -Che, que esa no es forma de hablarle a mamá- agregó Marcia.
            Colorada como un tomate, Jimena Magali se sintió a cientos de miles de kilómetros de distancia de cualquier síntoma de comprensión y dignidad. Ofuscada, empujó su silla para atrás y se alejó dando zancadas hacia el embarcadero.
            -Dejenla que se vaya, que piense en lo que acaba de decir, que se de cuenta sola de lo errada que está- dijo la señora Laurencia. Parecía bastante molesta a pesar de sus pedidos.
            -Coman, por favor, que no se eche a perder este momento- agregó el señor Santos de Alvarado, vertiendo más tinto en la copa de los comensales y haciendo ademanes de mangiare con sus manos. Todos siguieron comiendo y bebiendo (sobre todo el señor Sandoval), nadie pareció perturbarse demasiado por lo sucedido. Pronto se levantaron los platos y la criada sirvió fresca ensalada de frutas en coloridas compoteras y se descorcharon botellas de Sidra y Clericó.
           
            Sentada como chinito sobre las tablas del embarcadero, protegida del sol por su sombrero panamá, Jimena Magalí se esforzaba en disimular el insipiente puchero que se dibujaba sobre su boca deshojando una florcita de bicho colorado, arrancando pétalo tras pétalo, dejándolo caer desde el borde y observándolo como aterrizaba y se alejaba flotando hasta perderlo de vista. Admiraba esa calma inanimada, ese dejarse caer y alejarse sin problemas, sin complicaciones, sin vida. Buceó en sus recuerdos, lamentándose por la penosa situación actual. “Antes no eran así las cosas”, se dijo a sí misma. Recordó que hasta no hace mucho vivían los cuatro felices en la casa de Los Talas, cerca de las canteras. Su padre trabajaba en los talleres de La Línea Unión y su madre cultivaba una quinta en el fondo de la casita de chapas. Nunca faltaba el aroma de los panes cocinándose en el horno a leña y su padre jugaba con ellas cuando volvía a casa al atardecer ¡Si hasta las dejaban tener un perro y se juntaban con otros chicos de los caseríos cercanos! Fueron tiempos tan felices pero, ¿Qué pasó, qué fue lo que salió mal? Fue cuando ese tipo de apellido raro que llamaban el turco se presentó en su casa una tarde y le dijo a su padre que tenía una oportunidad única.
            -¿Tenés algún ahorro?- le preguntó sin poder disimular su ansiedad.
            Ahí fue que todo se fue al garete, con el nacimiento de esa sociedad llegaron los lujos y la riqueza para reemplazar los juegos, el olor a mandarina en las manos y las rodillas raspadas por agacharse en la tierrita. Papá dejó de prestarnos atención y mamá se olvidó de dónde veníamos y quiénes éramos. En ese momento sintió que no podía gobernarse a sí misma, se sentía a punto de estallar. Un pejerrey saltó en el agua delante de ella y en la orilla de enfrente chillaron las chicharras. Jimena escrutó las bastas copas de los árboles tratando de divisarlas. Supuso que si un bicho era capaz de producir semejante ruido, sin duda debería ser fácil de reconocer. Pero el no descubrirlo sólo le generó un mayor fastidio. Estaba perdida, sentía que algo perdido dentro de su esternón comenzaba a sacudirse con vehemencia. Primero trató de no pensar, pero al cabo de unos segundos terminó dando rienda suelta a sus más negros pensamientos, pensamientos que sólo servían para ennegrecer y empequeñecer a su pobre corazón afligido. “Tontería de mozos”, pensó, “¿Quién los necesita? ¡De seguro que yo no! Quisiera saber ¿a quién le van a servir del bendito pastel de cinco pisos con cubierta de crema celeste y blanca? ¡¿A quién!? Si yo no tengo amigos, lo único que tengo en esta vida es a la tontolona de Marcia ¡Claro, ahí está! Ella podría invitar a todos los plebeyos rosados de su reinado, podrían comer pastel y bailar el vals toda la noche, podrían turnarse para sacarme a bailar, paseándome entre sus brazos, si, cómo no. Tontería de mozos, tontería de fiesta, tontería de quinces y tontería....tontería...tontería de madre”. Jimena experimentó un placer culposo al decir: tontería de madre. Notó que era difícil resistirse a tan delicioso descubrimiento. Lo repitió, “tontería de madre”. De nuevo, “tontería de madre”. Ahora en voz alta, “tontería de madre”. Precioso, de nuevo, más alto, “tontería de madre”. Más alto, “tontería de madre”. Más, “tontería de madre”. Más, “tontería de madre”. Más y más y más y más, “tontería de madre”, “tontería de madre”, “tontería de madre”, “tontería de madre”. Un cosquilleo orgásmico le acometía el cuerpo con la repetición de este credo novedoso, pero había algo más, Jimena percibía una leve sacudida que emanaba de ella y que hacía temblar el embarcadero, podía sentir como algo se agitaba en su interior, se agitaba salvaje y enojado como una fiera enjaulada que daba nerviosas idas y vueltas entre  las paredes de su caja torácica. De pronto, las aguas del canal ya no parecían tan mansas, algo se agitaba ahí en el fondo, en el lecho de su corazón. Las tablas crujían bajo sus piernas, ¿Era por la liviandad de su espíritu, era el peso que oprimía su pecho, era la angustia que amenazaba romper su esqueleto, la cárcel de huesos que la aprisionaba? Todo parecía a punto de romperse, todo amenazaba con explotar. Jimena Magali estaba a punto de perder el dominio de si misma. En voz baja comenzó a contar hasta diez para calmare.

            Mi tío era el Jardinero a cargo del Club Náutico. Los fines de semana me llevaba temprano a trabajar con él y por la tarde me daba permiso de nadar en el canal, cuando el predio quedaba vacío. Estábamos allí ese día. Mi tío podaba los ligustros y yo juntaba las hojas con un rastrillo y las embolsaba. Pude ver a la señora Laurencia cruzar el bajío hacia el embarcadero, pasó como un rayo delante de nosotros. Le seguía su hermano Saturnino, tenía pinta de relámpago averiado, lucía realmente enfermo, se tambaleaba y vociferaba incoherencias. Los dos marcharon hasta la orilla donde estaba el embarcadero.
            -Jimena Magali Santos de Alvarado, vení para acá ¿Qué es eso de levantarte de la mesa cuando todavía no terminaron de almorzar nuestros invitados?- le gritó su madre. La niña, concentrada en amainar su afluente interior, no la escuchó. Laurencia, ofendida, avanzó algunos pasos sobre las tablas del embarcadero.
            -Mocosa maleducada, te estoy hablando, soy tu madre- protestó Laurencia, dando un golpe de taco sobre las tablas. El golpe sacudió el interior de la niña y la sacó de su letargo, la bestia comenzó a inquietarse dentro suyo, nuevamente. Jimena sintió que perdía el control de sus nervios, la calma se escapaba horrorizada por una ventana de su alma. Saturnino vomitaba sobre las aguas del canal, a un lado del embarcadero.
            .Saturno, Saturno ¿Te encuentras bien?- preguntó Laurencia preocupada.
            -Dejálo, ma, está descompuesto- dijo Jimena.
            -Vos no te metas en esto, a vos ya te va a tocar tu hora- le regañó Laurencia.
            Escondido detrás de los ligustros, contemplé la rigidez de la niñita, parada al borde del embarcadero, de espaldas a su madre. Ella miraba algo fijo en el agua, era como si una voz le hablara desde el fondo, parecía a punto de saltar y zambullirse de un clavado. Podía pescar parte de lo que decía su madre, le gritaba que dejara de hacer una escena, que cortara el papelón y volviera a la mesa a pedirle disculpas a los invitados. La niña ya no le contestaba, seguía rígida, mirando al canal. Parecía incrementar su tamaño a la par de su silencio. Creció hasta volverse enorme. Cautelosamente, me acerqué un poco más.
            -Compórtate como una nena de tu edad- le gritó Laurencia.
            -Mamá, por favor, detente.
            -A mi no me vas a decir lo que tengo que hacer.
            -Mamá, por favor, no- le rogó Jimena, parecía llorar.
            Pero ya era tarde, la señora Laurencia avanzó sobre el embarcadero dispuesta a darle una buena reprimenda a la niña. Fue en ese momento que estalló. Una tormenta de luz cegadora comenzó a brotar de la piel de la nena. Le salía de los ojos, de la boca, de la nariz, le chorreaba de entre las piernas y caía a sus pies como una cascada de incandescencias multicoloridas. La tierra se sacudió con pisadas de elefante, las aguas se elevaron por los cielos con la fuerza de cien ballenas australes. Jimena, el embarcadero y parte de la orilla desaparecieron por completo. Fue como si, en un descuido, Dios hubiera estornudado sobre ellos. La onda expansiva propulsó a la señora Laurencia en la dirección contraria, voló algunos metros cual golondrina beoda y cayó con la cabeza inclinada al cielo. Parecía felizmente dormida. Saturno, por su parte, fue torpemente engullido por el canal y se hundió en sus aguas sin oponer resistencia, simulando el suicidio de un adoquín. El señor Santos de Alvarado llegó corriendo al instante, blandiendo un puro en su boca. Se arrodilló junto a su esposa y trató de reanimarla dándole tiernas cachetaditas en las mejillas. Atrás llegaron los peones, la criada y la pequeña Marcia. La criada se abalanzó sobre la desmayada, resguardó su mano entre las suyas, se persignó y, con los ojos cerrados, farfulló un rosario completo en nombre de la patrona. Hacerlo le tomó menos de un minuto. Con escaso entusiasmo y mucha menos valentía, los peones se aprestaron a sacar al señor Saturno del canal. Todavía alelada por lo sucedido, Marcia caminó despacito hacia donde estaba el embarcadero, de éste no quedaban ni rastros. No había restos de madera, ni humo, ni olor a quemado. El pasto alrededor de la orilla estaba intacto, seguía tan verde como hasta hace un minuto, tampoco había peces muertos flotando panza arriba, no había retazos del vestido floreado de Jimena, ni siquiera retazos de la propia Jimena, nada de lo que pudiera esperarse normalmente en un caso así, si es que hubiera espacio para algo de normalidad en un caso semejante.

            Una ligera película de formada por granitos de tierra y agua caía desde los cielos como si fuera una insistente garúa. Marcia extendió su brazo y atrapó un poco, era como tener una isla en sus manos. Una isla, pensó, allí debería de estar Jimena ahora, se dijo, ella nunca fue feliz aquí con nosotros y puede que ahora si lo esté. Emocionada por su descubrimiento, Marcia volvió corriendo a contárselo a su madre, pero ésta seguía desvanecida. No fue hasta horas después, en una sala de urgencias del Hospital Español de La Plata que volvería en sí y, para entonces, Marcia ya se había olvidado lo que quería decirle.

            El nombre Jimena Magalí pasó rápidamente al olvido, su historia, su pasado y su presente fueron borrados de los archivos municipales, no ha quedado registro ni constancia de su existencia. La familia Santos de Alvarado no se vio demasiado afectada por el hecho: no hubo duelo, ni lamentos, ni velorio, ni entierro. Todo siguió su curso de acuerdo a los lineamientos trazados por la calculadora mano de la señora Laurencia, fríamente determinada a darle un lugar digno a su familia en el mapa social de la ciudad. La única revelación que arrojó este episodio sobre la vida de esta familia ejemplar la tuvo Saturno, que se sintió bendecido por las aguas del canal y ya bautizado  decidió alejarse completamente de la bebida. No pasó más de una semana para que la señora Laurencia empezara a disponer los preparativos para los quince de Marcia.
            -Mamá, quiero un vestido rosa y un pastel de color rosa también- pidió la menor.
            -Los tendrás- le prometió su madre, embriagada de satisfacción. 

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