domingo, 3 de noviembre de 2013

esperando.

El teléfono no suena y Carolina está esperando, y no importa cuan fijo lo mire, ni cuanta atención le presten sus orejas, no parece haber señales de que vaya a sonar esta tarde. Hoy es sábado y él debió haber llamado hace días, piensa, debió haber llamado hace días y hoy tendrían que estar juntos en algún otro lugar y ella no tendría que estar ahí, así, esperando como una boba a ver si obtiene un poco de su atención. Ahora mismo, él podría llamar y todo saldría de maravillas: un saludo, una disculpa y luego, si, finalmente, la invitación, la que tanto ha estado necesitando, al cine, al parque o al jardín-zoológico, no importa a donde sea, mientras sea…con él.

Carolina muerde su labio inferior y ensaya una sonrisa que no engaña a nadie, tampoco puede evitar que se le arqueen las cejas, mientras sus ojitos color marrón avellana le brillan a la nada que domina la habitación. Ella sola se delata. Su rostro es el vivo rostro de la angustia, la angustia mas fina y elegante que jamás haya conocido la calle Bélgica, en el barrio Farol, allá en Ensenada.

Desde muy temprano en la mañana, pasado el mediodía, el almuerzo de tallarines con albaca y aceite, la sobremesa, la posterior limpieza de platos (acompañada de una sorprendente cantidad de suspiros), y ahora, que la tarde está cayendo, Carolina ha estado pendiente del teléfono. Disimulada, levanta el tubo y comprueba si hay tono. Lo hay. Cuelga y maldice en voz baja. Y sigue esperando.

Cruzadita de piernas, hundida en el sillón, pegada al teléfono, ya no sabe que hacer para no desmoronarse. Hasta el momento, todo lo ha intentado y los resultados no han sido para nada eficaces. Empezó a leer “Un estudio en escarlata”, pero las aventuras del excéntrico Holmes y su fiel camarada Watson no lograron apartar su atención del silencioso aparato y ahora descansan sobre la mesita del té, frente al sillón, junto a un juego de cartas deshecho y a una taza con un resto de tilo en el fondo. También pensó en dedicarse a tejer una bufanda o un suéter, lo que fuera con tal de matar el tiempo, pero su orgullo acabo por descartar ese proyecto, están en noviembre, en plena estación primaveral, pensarán que se está volviendo loca y que ha perdido la noción del tiempo, o algo así. Por momentos hasta prefiere fantasear con la idea de que algo horrible le ha sucedido al muchacho, impidiéndole realizar el llamado, cualquier cosa antes de aceptar que no la llamó porque no tuvo ganas de hacerlo. Lo imagina tendido en la cama de algún hospital, lamentándose por no haberla llamado antes; puede escucharlo pidiendo auxilio a través del rugido de la tormenta, nadando ya sin fuerzas, viendo como el barco se hunde frente a sus ojos, los únicos ojos que supieron intimidarla; puede palpar con sus manos el frío del calabozo en el cual se encuentra, lo ve agarrado a los barrotes y pidiendo por ella; incluso hasta le gustaría verlo siendo abducido por un platillo volador, desapareciendo para siempre en el espacio. Aquellas fantasías la divierten y le sirven de consuelo, Carolina se sonríe complacientemente, contenta con su fechoría, hasta que recapacita y se averguenza de si misma, un suave rubor colorea sus mejillas y baja la mirada. Entonces vuelve a dirigir su atención hacia el estático aparato y se olvida por un rato de lo que está esperando en realidad, sólo quiere escucharlo sonar, aunque sea una vez. Casi hasta cree que realmente puede hacerlo sonar si se concentra en ello, puede sentirlo en los huesos, en cada fibra de su cuerpo, puede sentir como se aproxima el llamado a través del cableado, desde el numero 615 de la calle Ingrasia a través de la Avenida Bossinga, cruzando la plaza San Martín, saltando el canal oeste, hasta el número 45 de la calle Bélgica, pero, al cabo de unos segundos nada termina por pasar. Afuera en el patio un canario pía entusiasmado desde su jaula, los primeros rayos de la tarde están cayendo sobre las plantas y flores del jardín, arrojando todo su verdor y su frescura en el interior de la casa, en la sala de estar, allí donde está el sillón, sobre el cual se encuentra la chica, al lado del teléfono, que sigue sin sonar.

La tarde avanza y todo sigue igual. El sol ha llegado a su punto más alto en el cielo y pronto comenzará su lento descenso. Carolina sigue ahí. Su bellísimo rostro joven, que asemeja el de una muñequita de esas que se exhiben en las vitrinas, se ha compungido y se ha congelado. Parece una estatua, inmóvil y olvidada para siempre en el tiempo. Permanece inmutable, esperando, tan concentrada en el teléfono y en juguetear con la crucecita de oro que cuelga de su cuello que ni siquiera ha escuchado el timbre, que acaba de sonar.

-¡Caro!- pide una voz desde el patio.

Tras unos segundos, el timbre vuelve a insistir.

-¡Timbre, Carolina!-

Carolina no responde, sigue atenta al teléfono, y el timbre repite su gracia. A los pocos segundos, la dueña de la voz entra en la sala. Pertenece a la señora Lima, la madre de Carolina, una señora de pies diminutos y anchas caderas, de unos cincuenta años, rubia y muy bonita. Lleva un pañuelo azul recogiendo sus cabellos, una blusa a cuadros, un pantalón de jeans y unas zapatillas náuticas azules, haciendo juego con el pañuelo. Mientras restriega sus manitos con un repasador, mira hacia Carolina y reclama.

-Carolina Anabel Lima, están tocando timbre ¿Qué te pasa? ¿No escuchas?

La muchacha la mira desconcertada y no logra articular una oración coherente, apenas balbucea algo parecido a un “qué”, pero que suena como un “cuál”. Su madre resopla, deja el repasador sobre la mesa y se apresura a través del pasillo que lleva a la entrada de la casa. Se abre la puerta, se escucha un ligero cotorreo y tras una breve pausa vuelve a oírse su voz.

-Caro te buscan.-

Carolina deja escapar una risita nerviosa y se rasca ligeramente la nuca, luego se pone de pie y se arrastra pesadamente hacia la entrada. En su interior sabe que no es posible, ni siquiera en sus mejores sueños seria posible, él no va a venir a su casa sin llamar primero. No. Ella sabe muy bien que quien acaba de llegar a la puerta de su casa no es la misma persona que estaba esperando junto al teléfono. No. Eso no va a pasar, “no va a pasar nada” repite para si misma.

-Mira quiénes vinieron a visitarte- le dice su madre, exhibiendo una gran sonrisa de postal. Detrás de ella, aparecen dos jovencitas, diminutas y delgadas vestidas casi iguales (con sendas bermudas de jeans y musculosas blancas), con el pelo tan corto como el de un muchacho. Una tiene los ojos saltones y la otra más bien apagados. Ellas también lucen la misma sonrisa de postal que la señora Lima.

-¡Hola Caro!- dice una, mientras la otra saluda con su manito. Caro les sonríe y responde.

-¡Hola queridas! ¿Cómo andan? Pasen, siéntense, ya vengo, voy a poner agua para el té.

Al cabo de unos minutos, las tres muchachas se encuentran sentadas en torno a la mesa de mármol decorada con venecitas de colores que esta ubicada en el patio, justo debajo de una frondosa palmera, al lado de la pileta. Sobre la mesa hay tres tazas de porcelana (con su correspondiente platito y cucharita), una azucarera y un paquete de mazas abierto. La señora Lima ha salido de compras y la tarde está en su mejor momento.

-¡Estas rosquitas son riquísimas!- dice una de las visitantes, la de los ojos saltones.

-¡Ay, si, me comería un millón!- exclama la otra, la de los ojos apagados, con un resto de azúcar impalpable sellándole los labios.

-Si, son muy ricas ¿Son de La Real?- pregunta Carolina, que no deja de mirar por el ventanal que da a la sala, como si acaso pudiera llegar a ver el teléfono sonando.

-No, las compramos en La Río de La Plata, ahí cerquita de la Plaza San Martín.-

-Ah, si, ya se donde es- otorga Carolina con notorio desgano.

Todas callan por un segundo, se miran y comprenden que no hace falta andarse con tantos rodeos.

-¿No te llamó?- pregunta ojos saltones.        

-No, y no creo que llame tampoco, si no llamó hasta ahora.-
Ojos cerrados suelta un “uh”, mientras toma otra rosquita y se la mete disimuladamente en la boca.

-Pero, ¿Cuándo fue la última vez que se vieron?-

-El jueves…de la semana pasada.-

-Es mucho tiempo ya.-

-Si, mucho más del que quisiera- reconoce Carolina apenada, las palabras caen de su boca como pesadas rocas en el mar.

-Y, pero, ¿No te animas a llamarlo vos?- pregunta ojos saltones.

-No. No es esa la cuestión, no es si me animo o no me animo, porque si me animo, pero no es eso. Es otra cosa. No sé chicas, él dijo que me iba a llamar.-
-Pero…-

-Miren, la vez pasada yo le dije de vernos, la anterior también, no quiero ser una pesada, no quiero ser yo la que siempre termina llamando- interrumpe Carolina, algo enfadada.

-El tendría que mostrarse más interesado también- sentencia ojos saltones.

-Claro- acota ojos cerrados.

-Pero lo hace. Lo que pasa es que ustedes no lo conocen tanto. Cuando estamos juntos es muy dulce y muy atento- dice Carolina, y por primera vez, sus ojos se encienden, mostrando algo de vida y entusiasmo  -es muy divino.-

-¡Qué chico más raro el que te elegiste!- dispara ojos saltones.

-Si. Es muy raro- agrega ojos cerrados, que no ha hecho mas que acotar y engullir rosquitas todo el rato.

-Es muy raro- concuerda Carolina, alargando y acentuando notablemente la “u” de “muy”- debe ser por eso que me gusta tanto, siempre me gustaron los raritos, los fuera de serie, tienen ese no sé qué, son únicos.-

Tras esta confesión todas echan a reír a carcajadas, casi hasta llegar al punto de las lagrimas. Luego la charla deriva en otras vicisitudes y temas de menor importancia, al menos así lo siente Carolina, que se mantiene al margen, apenas participando del dialogo, en su interior, sólo piensa en el muchacho, en el teléfono y en el llamado. Ella sabe que estar allí en el patio es una gran perdida de tiempo que la separa de su vigilia.

Unas horas más tarde, las visitas se marchan y la tarde llega a su fin. Carolina lava y enjuaga las tazas y  luego vuelve a retomar su puesto en la sala, sobre el sillón, junto al teléfono. Tras unos minutos de espera, Carolina se impacienta y sale al patio, se asoma hasta el borde de la pileta y se detiene a observar su reflejo en el agua estancada. Contempla su pelo, largo, de un color castaño claro y perfectamente alisado, recogido a cada lado por un broche negro; contempla su nariz, tan pequeña, apenas visible vista de perfil, con los orificios minúsculos y el larguísimo túnel del tabique; contempla su boca, mustia y aniñada; trata de sonreír, dejando ver unos aparatosos frenos que recorren sus dientes como si fueran las vías del ferrocarril; contempla los aros de perlas y el crucifijo bañado en oro que pende de su cuello; auque sus ojos se posan sobre el agua, su mirada está como ida, como en otro lugar o con otra persona. “Olvídalo”, se dice en voz alta, mientras sus ojos recorren el fondo de la pileta, recubierto por una ligera capa de musgo verdoso y hojas muertas. El verano se acerca, pronto habrá que vaciar y limpiar esa pileta. Carolina se pregunta qué pasará con todos esos planes de invitarlo a bañarse y a tomar la merienda, qué pasará con la idea de presentárselo a mamá y qué pasará con nosotros, si existe un nosotros todavía, si se puede hablar de un nosotros, si existió un nosotros alguna vez.

Mientras Carolina se sumerge profundo en sus reflexiones, la pequeña Candi hace su aparición en la escena, correteando a toda velocidad, con la lengua colgándole a un lado del hocico, jugueteando entre las piernas de la muchacha, interrumpiendo sus meditaciones. Carolina le propina una suave caricia y vuelve la vista hacia la pileta, esta vez, repara en una hoja de palmera que yace inerte en el fondo, descolorida y roída por efecto de la descomposición. “¿Qué pasará conmigo? -se pregunta-  ¿Cuál será mi destino? ¿Estoy destinada a estar con él o estoy condenada a morir sola? Sola, como esa hoja en el fondo de la pileta, sola,  pudriéndome sin más remedio, sangrando mis colores y nadie se acordará de mi y nadie vendrá a rescatarme y, si acaso alguien viniera, ya sería demasiado tarde para mi, puesto que ya me dejé caer, ya me separé de mi materia y mi tallo se ha oxidado y no hay, no existe forma de recomponerlo, ya no se puede remediar este desastre. Acaso…acaso soy merecedora de esto, acaso lo es alguien, cualquiera, quien sea. Oh, hasta cuándo seguirá esta espera…hasta cuándo”. Entonces, un pensamiento disparatado atraviesa la mente de Carolina y se arremanga el puño de la camisa, se inclina sobre el borde de la pileta y sumerge su brazo en el agua, tratando de alcanzar la hoja de palmera. Antes de que pueda lograrlo, el cable de locura que urde sus pensamientos se corta y se da cuenta de lo que está haciendo. Saca la mano del estanque, se pone de pie y entra en la casa, dejando un zigzagueante rastro de gotitas tras de si.

Carolina mira el gato-reloj que cuelga en la pared, son apenas unos minutos pasados de las ocho. Ya es muy tarde para cualquier invitación que puedan hacerle, y en todo caso, no aceptaría ninguna, no ahora. Carolina siente todas las ganas de llorar, pero se niega a reconocer la derrota. Entonces, calcula que una ducha caliente le ayudará a sentirse mejor.

-Má, me voy a dar una ducha ¿Me avisas si llegan a llamar?, por favor.-

-Si, claro. Anda tranquila, yo te aviso ¿Vas a salir?-

-No, no.-

-¿No vas a salir?-

-No. No tengo ganas, má.-

-¿Te pasa algo nena?-

-No má, estoy bien, nada más no tengo ganas. Además, estoy cansada, me quiero ir a dormir cuanto antes.-
-Bueno, está bien, anda tranquila, yo te aviso si llaman.-

La señora Lima sigue preparando la cena y Carolina se mete en el baño. Las dos saben que nada está bien y que el cansancio se debe a tanta espera. Lo único que puede contrarrestar ese malestar es el llamado, el saludo, la disculpa y la invitación, pero a esta altura del día, ninguna de las dos lo cree posible de suceder.

Una vez en el baño, Carolina abre la canilla de la regadera y comienza a desnudarse, lo hace de un modo excesivamente acompasado, con tanto desgano que hacerlo le toma un cuarto de hora, luego mete su mano bajo el agua, prueba la temperatura y se mete bajo la ducha. Dudas y confusión impregnan y salpican todo aquel momento, de principio a fin. Por momentos, logra olvidarse del teléfono, siente como el agua caliente baja por su espalda, bañando su cuerpo, acariciándole el alma y diluyendo apaciblemente las penas que la aquejan. Por momentos, se olvida de la ducha y de su verdadero propósito y concentra todos sus sentidos en ver si logra percibir el sonido del teléfono, así permanece en silencio bajo el agua por un largo tiempo, tensa tan tensa como los cables del teléfono que nunca llegó a sonar, sin obtener placer ni disfrute. La ducha acaba sin darle ningún tipo de resultados.

Para cuando sale del baño, las agujas del reloj de la sala se están aproximando a las diez de la noche. Carolina sigue tensa y angustiada, sabe que ya no tiene sentido estar pendiente del teléfono. Se sienta a la mesa, sonríe a su madre y, con gran esfuerzo, logra tragar dos o tres bocados de comida. La cena se sucede sin mediar dialogo alguno entre las dos mujeres. Su madre la observa y aunque se muere de ganar de hablar, ella comprende la raíz de su tristeza, por eso no se anima a preguntarle nada, no quiere interferir ni causarle más dolores de cabeza. Al cabo, Carolina se excusa y se retira a su habitación. Una vez en la cama, bajo las sabanas, reflexiona sobre su vigilia, su estado de ansiedad y la desilusión que ellas le han significado. “No debí esperar tanto de él”, concluye tristemente. No caben dudas de que la llama de su esperanza se ha consumido por hoy. Su cabeza está completamente agotada de tanto invocar el nombre y las facciones del muchacho que nunca la llamó, agotada de recrear conversaciones anteriores, agotada de recordar y martillar esas imágenes en su memoria, como la vez que se rieron de aquel tipo que se cayó de su bicicleta en el Parque Saavedra o los viajes en tren a la Capital o los encuentros en el pasaje Dardo Rocha, rememora calidamente los regalos, los besos a escondidas, los abrazos fuertes y las caricias tiernas, todo.

Carolina suspira, introduce un brazo bajo la almohada y rueda hacia la izquierda, dándole la espalda a la ventana, a través de la cual se filtran algunas sombras desde el jardín, proyectadas sobre el piso de parquet por la luz de la Luna. Esta noche no quiere dormirse mirando a esa ventana, teme que una sorpresa pueda entrar por ella. Hoy ya no quiere sorpresas, sólo quiere dormir.

Afuera los grillos ofrecen su música, mientras el resto del mundo permanece en silencio y Carolina dedica los últimos minutos antes de dormirse a pensar en lo que hará mañana. Aunque hoy la esperanza se haya consumido, aun conserva una leve chispa, diminuta, atesorada muy en lo profundo de su ser, tal vez pueda usarla para reavivar el fuego mañana. Tal vez se duerma y se olvide de todo el asunto, tal vez no. Tal vez encuentre al muchacho en sus sueños y todo sea perfecto en aquel lugar y tal vez mañana despierte feliz, recordando lo que soñó y eso renueve sus ilusiones y tal vez él llame mañana para invitarla a salir o tal vez ella lo haga, de cualquier modo, habrá que esperar para averiguarlo.

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