miércoles, 26 de febrero de 2014

la misma vieja historia.



no he hallado alivio para el mal que me aqueja
la película que me hizo tragar provocó una fuertísima indigestión
un mal crónico que se niega rotundamente a dejarme ir
y aún cuando hace un tiempo ya desde que ella decidió tirarle la cadena al asunto y marcharse
el muy bastardo sigue ahí
claro que cuando el flash de las cámaras cesó su efecto cegador
y cada uno de los dos se alejó hacia su esquina del cuadrilátero
era de suponerse que cada uno haría su vida
ella hizo la suya, no caben dudas al respecto
pero yo
yo no hice la mía
yo no hice nada
de nada
pensé en escapar, pensé en esconderme, pensé en madurar
pensé en todo eso
más lo único que hice fue quedarme atrapado en ese momento, en ese lugar
aún sigo allí
atrincherado en el silencio de habitaciones vacías
resguardado tras el papel del tonto que lo acepta y la entiende
esquivando el peso de sus miradas amistosas
pretendiendo que no me afecta en nada la forma tan garbosa con que las luces de colores juegan con sus cabellos rizados cada noche
aquí tienen antes ustedes a todo un campeón del engaño y la mentira
puedo esquivar tus golpes por horas, nena, y créeme que no me desespera el sonido de la campana
pero
por favor
por favor, no
no quiero saber lo que hiciste
no quiero escuchar tus historias
no quiero otro beso tuyo estampado sobre mis mejillas
me mata, me destruye, me aniquila
es sólo otro lindo puñal helado hundiéndose hasta el mango en mi pecho
y por favor, no
no quiero conocer a otro de tus novios
ya tuve bastante de ellos por hoy
ya tuve bastante de todo y sin embargo no puedo dejar de preguntarme
¿ por qué tuviste que ser tan generosa con todos?
¿por qué afanarse en la entrega con tanta pasión?
¿por qué sumarle mi nombre a tu lista de muñecos?
¿por qué no puedo olvidarme de aquella que fuiste?
quisiera ya no tener que pensar en todas esas cosas pero,
las noches son largas para los que no tienen sueños.

martes, 25 de febrero de 2014

dicen que el tiempo lo destruye todo.



que a todos nos llega la hora y que no hay nada que pueda hacerse para remediarlo

se han aferrado a ello como si fuera la única verdad y no se cansan de repetirlo

yo los he estado escuchando a lo largo de todos estos años

y aunque en ciertas ocasiones no me ha quedado otra más que darles la razón

hay algo contra lo que no han podido todavía

ahí está ella

rebosante de belleza y lozanía, tanto o más inmaculada que las hojas de una Biblia, parece mentira que nadie quiera jugar con ella, que esté sola

todavía es una niña que se abraza a ese tronco de palmera como si fuera la vida

y ahí estoy yo

el niño más tímido, torpe y solitario de toda la cuadra

acercándome tímida y torpemente hacia ella, preguntándole cómo se llama y cuántos años tiene, preguntándole qué es lo que hace y por qué

y cada una de las respuestas que me da forman una canción que suena preciosa y que canto a diario dentro de mi cabeza

ahí es donde comienza nuestra historia

en alguna plaza olvidada de aquella infancia dorada

que el tiempo no ha hallado forma de destruir.



vistas a la distancia, las horas de la niñez parecieran durar más tiempo

si aquellas fueron compartidas parecieran durar mucho más

y durante los años que duró nuestra infancia, no hubo nada que no compartiéramos

los juegos, las risas y las meriendas estaban a la orden del día

hasta que llegaron los besos

entonces , no hubo nada mejor y más divertido de hacer que no fuera besarse

no más esperar a que nadie estuviera cerca y besarse, besarse y besarse.



pero la locura nos acechaba

esa locura que no escucha, que se ahoga en su propio veneno y que destruye lo que no comprende

supongo que fue a ella a quien atacó primero

puesto que de un día para otro, decidió que besarnos ya no era una buena idea

ya no le parecía divertido ni dulce ni inocente

simplemente no le parecía

y aún cuando nuestras casas estaban pegadas, un abismo insondable se abrió entre nosotros.



de aquello ha pasado un tiempo

está claro ahora qué fue lo que pasó:

su madre decidió que ya era hora de tener una charla de mujer a mujer

su padre le dijo que no estaba bien

sus hermanos fruncían el ceño y agitaban sus puños al verme pasar

yo fui el último en enterarse que habíamos crecido.

martes, 11 de febrero de 2014

sin vida.

vi sus piernas colgando sin vida de entre las ramas y enseguida supe que era cierto
supe que era él
que no podía tratarse de otra persona
que era el final para toda una vida de dolor
y que sería el comienzo de otra.

en ese momento no hubo llantos ni gritos ni desmayos
no hubo sirenas
no hubo preguntas al cielo
tampoco hubo respuestas
tan sólo esas piernas
colgando
allí
hinchadas
combadas
sin vida
quemándome la vista y los recuerdos que intentaba rescatar –en vano y con desesperación– del incendio de una vida que ya se había apagado,
pero ya era tarde, como siempre
ya era tarde.

luego, en el servicio, algunos dijeron que no era el final, que la vida sigue
otros, por suerte, no dijeron nada.

los años han pasado rodando lenta y cansadoramente frente a mi
hay días en los que cierro mis ojos y lo único que veo son esas piernas
[colgando
allí
sin vida]
no he podido hallar la forma de librarme de ellas
aún continúan pisoteando mis sueños
pero
si he aprendido algo de todo esto
y es sobre los fantasmas
nada de lo que había escuchado o leído hasta entonces decía la verdad
los fantasmas no son espectros pálidos que aúllan y arrastran sus cadenas en la noche
para empezar, no son visibles
pero están allí
en nuestras mentes
aullando día y noche
nublando nuestra vista y pensamiento
encadenándonos al peor de los recuerdos:
aquellos días en los que  el fuego de sus almas se apagaba
justo sobre nuestra carne.








sábado, 1 de febrero de 2014

perro ladrando a tu corazón.

                Los domingos por la tarde son una bala asesina para el entusiasmo de los jóvenes. Existe una regla no escrita, pero por todos bien conocida, que determina el ritmo lento, tibio y monótono con que se suceden los domingos; un ritmo acompasado que deshoja las horas que le siguen al mediodía de manera tortuosamente lenta, tortuosamente tibia y tortuosamente monótona; un ritmo inalterable que acostumbra a la juventud a comportarse de ésa misma tortuosa manera. No importa si es verano, invierno o primavera, da lo mismo si llueve, si hace frío o calor, si se trata de un domingo y las agujas del reloj se arrastran con pereza hacia las tres de la tarde, los jóvenes de todo el país se predisponen física y mentalmente para hospedar al tedio en sus corazones.

                El barrio San Carlos no es la excepción a esta regla. Allí, del lado este de la Avenida Montevideo, en el número 287 de la calle Grecia, esquina con San Martín, se halla una casa de rejas blancas, cuidadosamente ornamentada con piedras de Mar del Plata, cercada por una hilera de ficus cuya simetría y prolija disposición simulan una fina pieza de arquitectura. Las vivas tonalidades verdes y amarillas de las hojas salpicadas por el violeta de sus frutos y lo vasto de sus copas le dan un soberbio colorido al frente de la casa donde vive doña Angélica y sus dos nietas. Los floripondios y los jazmines de su jardín, brindan una fragancia fresca, alegre y tranquilizadora, creando una atmosfera somnífera, a tono con esta pequeña porción de paraíso suburbano. 

                Inserta en medio de toda esta docilidad de barrio dormido, de este profundo sopor dominical, se encuentra Pilar, la mayor de las nietas de doña Angélica, sentada al amparo de las plantas, entreteniéndose con tizas de colores, confeccionando sobre los cerámicos del piso un dinosaurio verde de un sólo ojo que salta felizmente por encima de un arco iris. De a ratos pasea su mirada por la calle, donde nada pasa y cuando algo o alguien lo hace, se trate de un auto rodando, un vecino caminando o un hornero buscando ramitas en el suelo, lo hace con toda la lentitud, la tibieza y la monotonía que un domingo por la tarde puede implicar. 



                Pilar lleva puesta una blusa a rayas verdes y blancas, de mangas cortas y cuello redondo, decorada con prendedores con formas de gatos y de arco iris, una bermuda de jeans algo rotosa que no le llega a cubrir las rodillas, y un par de zapatillas de lona azules donde se enfundan sus piernas, pálidas y esqueléticas. Las uñas de sus manos lucen ferozmente roídas y en sus muñecas exhibe una docena de pulseras de perlas de todos los colores del arco iris. A Pilar le gustaban mucho los arco iris, había descubierto en ellos mucho más que un fenómeno climatológico, mucho más que un espectáculo visual capaz de maravillar la vista y la imaginación de los más soñadores, no, no era sólo eso, había otra cosa, algo más. Tal vez porque los ojos de Pilar estaban preparados para ver al mundo de otra forma, habían logrado descubrir el secreto, dilucidar esa incógnita, palpar la magia, incorporar sus colores, sus posibilidades. En todos estos años nadie había sabido cómo engañar a esos ojos. Pudiera ser porque se había pasado demasiado tiempo mirando el otro lado de la vida, demasiado tiempo mirando las hojas verdes y carnosas meciendo las espigadas inflorescencias que ofrecían las plantas del jardín, demasiado tiempo mirando las ajadas fotografías que mostraban a su bisabuelo llegando al puerto de La Ensenada, demasiado tiempo mirando la colección de lechuzas de cerámica de su abuela, demasiado tiempo mirando como las manos de su hermana dotaban de vida a un playmobil, demasiado tiempo mirando las expresiones gentiles en el rostro de doña Angélica mientras amasaba scones o buñuelitos para la hora del té, demasiado tiempo mirando el techo de su habitación mientras que la luz que entraba por la ventana mudaba su luminosidad, demasiado tiempo con los ojos abiertos en la oscuridad, demasiado tiempo mirando dentro suyo, sondeando sus propios abismos, requisando las paredes interiores, aprendiendo en silencio sobre ella y el mundo, su mundo. Pilar había pasado demasiado tiempo mirando donde nadie más miraba, gracias a ello había desarrollado otra perspectiva. Un buen día, descubrió un conejo de pomposa silueta y amable sonrisa oculto en las nubes rosadas del atardecer, quería llegar hasta él, oía que éste le hablaba, que la invitaba a escaparse lejos de la lentitud, la tibieza y la monotonía de este mundo. Pero estaba tan lejos, ¿Cómo haría para llegar hasta allá? Dilucidó en el arco iris la respuesta a su inquietud, una vía de escape, una escalera, una oportunidad para alcanzar su sueño. Se lamentaba de no tener el valor, de esa falta de arrojo necesaria para intentarlo, para hacerlo sin pensar demasiado en las consecuencias, en lo que perdería, en lo que dejaría atrás para siempre si lo hacía, en los abrazos perfumados con colonia para señoritas de su hermana, en la mirada piadosa de su abuela, tan sólo ellas dos, lo poco y lo único que la ataba y la mantenía gravitando en la órbita de este planeta. 



                –Pili, ¿Querés jugar a la fiesta del té conmigo? –La vocecita que convidaba a Pilar a dejar a un lado su estancamiento y a divertirse pasando un agradable rato bebiendo infusiones pertenecía a Alfonsina, que acababa de salir de la casa y que se detuvo frente a su hermana, mirándola con ojos de animé, llenos de esperanza y devoción.

                –No, Alfonsina, no tengo ganas, estoy ocupada –le contestó Pilar con evidente desdén.

                –Pero, si no estás haciendo nada. Dale, porfis.


                –Si estoy haciendo algo.

                –¿Qué estás haciendo?

                –Estoy...estoy...estoy esperando un milagro –dijo Pilar. De pronto su tono se había vuelto más dulzón y daba la impresión de que antes de hablar tenía que ir hacia algún lugar lejano de su mente para buscar cada palabra.

                –¿Un milagro? ¿En serio?

                –Si, un milagro, ¿No me querés acompañar y lo esperamos juntas?

                –¿Cómo es un milagro?

                –Si te sentás conmigo a esperarlo te cuento.

                Cruzada de piernas como chinito, Alfonsina se sentó muy pegada a su hermana y le fijó su inquieta mirada.

                –Ahora, decime, ¿Cómo es un milagro? –preguntó.

                –Eso nunca se sabe –empezó Pilar y, tras una breve pausa, en la que pareció correr de nuevo hacia ese lugar lejano y volver, continuó–. Tienen diferentes formas y tamaños y son de todos colores, casi como el arco iris. De hecho, si prestás atención al cielo después de una tormenta vas a poder ver como un milagro se baja de las nubes utilizando el arco iris como si fuera un tobogán. 

                –Y, ¿Qué hacen los milagros cuando llegan a la Tierra? ¿Para qué bajan? ¿Qué hacen?

Tras otra pausa momentánea, Pilar respondió:

                –Recorren las calles buscando chicas que los necesiten –hizo otra pausa–. Chicas solitarias y aburridas, chicas como yo.

                –Pero, Pili, vos no estás solitaria y aburrida, vos estás conmigo y yo estoy con vos.

                –Si, pero no me refiero a ese tipo de soledad.

                –¿De qué soledad me estás hablando? –preguntó Alfonsina, presa de toda curiosidad. Pilar se detuvo en el rostro rosado, limpio y puro de su hermanita de seis años, la convidó con una gran sonrisa y la menor le agradeció el gesto con otra, igual de grande, a cambio. Pilar recapacitó y decidió que era demasiado joven para saber la verdad sobre ese tipo de cosas.

                –Eso no importa, Alfonsinita, ¿Sabes lo que importa? Lo que importa es no ser papanatas y saber reconocer al milagro cuando se lo tiene enfrente. Ahora bien, es bastante difícil saber reconocer al milagro porque generalmente andan disfrazados.

                –¿Disfrazados? –dijo Alfonsina, extrañada.

                –Si, disfrazados, se disfrazan de nenes que te regalan caramelos y sonrisas, de juguetes como un triciclo o una pelota o una patineta, se disfrazan de canción o de pájaros que vuelan hacia el atardecer y hasta de perros pequineses. Como te decía, lo importante es saber reconocerlo y cuando lo tengas cerca tenés que tratar de atraparlo y si lo atrapas no tenés que soltarlo nunca. Lo tenés que apretar con todas tus fuerzas y mantenerlo a tu lado para siempre, para siempre. Por nada del mundo dejes que un milagro te abandone ¿Me escuchaste?

                –¡Ahhh! –exclamó Alfosina.

                –¿Entendiste? –preguntó Pilar.

                –Si, si, entendí, ¡Mirá, Pili, mirá, ahí va un milagro! –la voz de Alfonsina había estallado como pirotecnia fuera de temporada cuando pronunció estas últimas palabras. En ese momento, un pequinés del color de la tierra quemada llegó andando hasta el frente de la casa y se detuvo sobre la vereda. Andaba con esa manera tan particular de andar que tienen los perros de esta raza, como bamboleándose hacia los lados. El perro las miró con sus enormes ojazos, con la nariz húmeda y la lengua colgando hacia afuera. Lanzó tres ladridos, profundo el primero, agudo el segundo, molesto el tercero, y pareció, si, pareció cabecear el aire señalando hacia la izquierda. Luego echó a andar en aquella dirección, bajando por Grecia hacia Haramboure. Pilar no lograba dar crédito a sus ojos, lo que acababa de ocurrir era algo inadmisible, irreal. El perro se había perdido de vista ya, pero ella seguía estupefacta, inmóvil, boquiabierta.

                –Dale, Pili, que se nos está escapando el milagro –se quejaba la pequeña, mientras tironeaba del brazo a su hermana. Pero ésta seguía rígida como la estatua de una plaza que todos olvidaron visitar porque era invierno. No podía digerir lo que había pasado, el conjuro de sus palabras materializadas en aparición. 

                –No...pará...no –Pilar encontraba difícil la tarea de hablar, las palabras no le salían y cuando le salían, le salían torcidas, equivocadas–. Párate, espérame, vení.

                 Alfonsina había salido hasta la vereda y haciéndose reparo con la mano sobre la frente sondeaba la calle en búsqueda del milagro canino.

                –No vamos a ir a ningún lado, Alfonsina, pará un poco, che, tampoco nos vamos a ir atrás del primer perro que se nos cruce –protestó Pilar.

                –Pero vos dijiste que...

                –Si, ya sé lo que dije –le cortó Pilar–. Pero éste no es el caso.

                –Se nos está yendo el milagro, se está escapando –gimoteó Alfonsina.

                –¡Basta, Alfonsina, cortála!

                –¡Cortála vos! Se nos está escapando.

                –No vamos a ir a ninguna parte y se acabó –dijo Pilar, arrastrando del brazo a su hermana y metiéndola del otro lado de la reja.

                –¡Soltame, soltaaame! –pidió Alfonsina visiblemente nerviosa. Pilar le soltó y mientras la menor se acomodaba el cuello de la remera, miró a su hermana con ojos que ya no podían aguantar el llanto. Sostuvo la mirada unos segundos, dio un respiro furioso, profundo y sonoro con su nariz y adoptando un tono mucho más hostil dijo:

                –Dejaste escapar el milagro, vos sos la papanatas.

                –Calmate. Te pido perdón. No era mi intención.

                –Los pibes del barrio tenían razón –masculló Alfonsina al pasar a su lado, de camino a la puerta.


                –¿Qué dijiste, el qué tienen razón? Decime.

                Alfonsina se detuvo y giró muy lentamente sobre sus talones. La bronca coloreaba sus mejillas y trastocaba todas sus facciones.

                –Sos un monstruo, Pilar, sos la nena monstruo. Cuando te gritan así, tienen razón.

                –Vení para acá, ¿Cómo me vas a decir una cosa semejante, a mí, que soy tu hermana? –gritó Pilar, acalorada. Pero Alfonsina ya no la escuchaba y, pasándole a un lado a la silueta de doña Angélica que se recortaba contra el marco de la puerta del frente, se metía dentro de la casa.

                –¿Qué pasa, nena, que discuten? –preguntó doña Angélica, al tiempo que se secaba las manos con el delantal.

A todas luces contrariada, ofuscadísima y pésima actriz, Pilar le contestó que no pasaba nada y dando torpes zancadas paso al lado de su abuela y se metió también dentro de la casa. Tampoco hizo caso de las palabras de doña Angélica que, con la voz consternada y el semblante lastimoso, le rogaba por favor que no pelearán más y le recordaba que ella y Alfonsina eran hermanas. Pero ya era tarde, las venenosas palabras que Alfoncinita le había arrojado sin mediar reflexión ya habían surtido efecto, el daño ya estaba hecho, el día arruinado.

Cabe aclarar aquí que la apariencia física de Pilar distaba de ser lo que se llama monstruosa y aunque difícilmente ocuparía un lugar en la portada de una revista o en la marquesina de un teatro o en las paredes de tu cuarto, lo cierto es que no le hacía ningún honor al cruel apodo que le habían prodigado allá en el barrio. Su piel era tan blanca y tan libre de imperfecciones como la primera hoja del cuaderno estrenado en el primer día de escuela, apenas un lunar en el mentón que sobresalía como la tímida estrella que primerea el cielo cuando cae el sol; los ojos a tono con el castaño claro de su cabello, el corte carré coronando su cabecilla; la nariz algo hinchada; la ausencia absoluta de cachetes; puede que un poco demasiado de sombra sobre sus parpados, si, pero la limpieza primando el resto de las facciones; los labios invisibles como papel de calcar, la boca de enfermera pidiendo silencio; el cuello delgado, fino; los hombros caídos, señalando desgano; los omoplatos asomando con insistencia en su espalda; el vientre y los pechos planos; las piernas delgadas y curvadas ¿Por qué, entonces, la llamaban de esa manera tan pesada? La veía pasar por la vereda de enfrente, de camino al almacén del Turco, a cuadra y media de mi casa, y a mí no me parecía para nada monstruos. Al contrario, había algo en el andar de sus piernas que me hacía bizquear indefinidamente y que me secaba la boca y que disparaba mi ritmo cardíaco al nivel de un caballo de carreras desbocado y cuando me enteré de que la llamaban “la nena monstruo” no lo podía creer. Necesitaba saber por qué la llamaban así, necesitaba saber qué había detrás de todo aquello. De manera que un día fui y le hablé a Fiorella, que era amiga de Pilar y que siempre la veía a la salida del colegio donde su hermana y mi hermano hacían juntos el segundo grado. Mientras padres, madres, hermanos y hermanas esperábamos a que sonara la campana y se abrieran los altísimos portones pintados de verde, me acerqué hasta ella y le pedí si podíamos hablar un minuto a solas por favor.

–¿Por qué le dicen “la nena monstruo” a tu amiga? ¿Me podes contar, por favor? –Fiorella me miró con ojos raros, extrañados, casi como solicitándome otro tipo de pregunta, como si estuviera esperando otra cosa. Tuve que insistirle una o dos veces hasta que, ya desengañada del todo y algo desilusionada inició su relato: Se lo pusieron los pibes del barrio, un día, hace mucho, ahí en la plaza, donde termina la calle Paraná. Pilar estaba en las hamacas mientras que los otros chicos estaban jugando a la pelota, ahí nomás, cerquita. Bueno, y Pilar se estaba hamacando y miraba hacia arriba, a las nubes. Yo no sé bien qué miraba, esto me lo contaron los chicos después, porque yo no estaba ahí. pero, me dijeron que la Pili miraba las nubes y era como si las nubes le hablaran, como si, no sé, como si le estuvieran diciendo algo que sólo a ella le llegaba, porque nadie escuchaba nada pero ella sí o parecía que sí, y la Pili se hamacaba cada vez más alto, más y más alto, estaba como ida, porque no se daba cuenta de lo alto que estaba y seguía hamacándose, ayudándose con las piernas hacia adelante, haciendo fuerza con las piernas hacia atrás y, entonces, los chicos se acercaron a ver qué le pasaba, por qué estaba así y la rodearon y le gritaron que parara, pero ella no hacía caso, y seguía. A pesar de que le gritaban, seguía hamacándose y balanceándose, estaba como en las nubes, volaba. Le gritaron más fuerte pero no sirvió de nada, ella seguía hamacándose, cada vez más alto, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, más y más y más y más y más, hasta que se soltó, se dejó ir, así como lo escuchas, así nomás y por cosa de un segundo pareció volar, volaba, se iba, libre, feliz, ya sin ataduras, ya sin peso que la retuviera en este lugar, atrás quedaban todas las complicaciones, las incomprensiones, las desesperaciones, volaba, se iba…hasta que cayó y aterrizó sobre la conchilla de la plaza, cayó con las rodillas y se peló toda ¡Pobre! Encima se le desgarró el vestido y se puso a chillar y a gritar como loca, se retorcía toda, estaba histérica, ¡Pobrecita! Lloraba y estaba toda ensangrentada y tenía los pelos todos revueltos como si recién se hubiera levantado y la cara roja, en llamas, toda roja y los nenes se asustaron y en vez de ayudarla, salieron corriendo y, para peor, porque ahí no termina la historia –mientras decía esto último, Fiorella me clavó su mirada, a la vez que me sujetaba fuertemente del brazo y me atraía hacia ella–. A la otra semana, cuando la abuela la llevó a la plaza y la hizo sentarse junto a ella en un banquito de madera y la Pili estaba toda cubierta de vendas y gasas y curitas y tenía olor a mertiolate y todos los pibes se quedaron mirándola, parecía una momia azteca, estaban todos callados, hasta que uno gritó: “miren, es la nena monstruo, la nena monstruo” y todos se empezaron a reír de ella ¡Pobrecita la Pili! Todavía hoy le gritan cosas. Los nenes son muy crueles con las nenas ­–concluyó. 

Le agradecí y le pedí que, por favor, me soltara el brazo, cosa que hizo de muy mala gana, arrojándolo lejos con grave ademán y cara desdeñosa. En ese momento, abrieron el portón de la escuela y, alborotados, los nenes comenzaron a fluir desde su interior. Me despedí y me fui a buscar a mi hermanito. Así fue que me enteré de lo del apodo.

                               Esa noche, mientras la Luna extendía amorosamente sus brazos para acariciar con su pálida luz a los techos de chapa de las casas de San Carlos; mientras que una brisa veraniega empujaba su música de grillos y sapos por las calles del barrio; mientras la intermitencia de los semáforos, obsequiosa en su juego lumínico, se esmeraba en galantear a la avenida desierta; mientras que todo esto se sucedía, Pilar yacía despierta sobre su cama, examinando detenidamente a la luz del velador las tonalidades anaranjadas, verdosas y rojizas de cada osito de gelatina que extraía del paquete que descansaba sobre su ombligo, antes de comerlo. Había un disco girando en el equipo musical, el láser le arrancaba extrañas melodías distorsionadas que se apoyaban sobre una atronadora percusión que no daba respiro a los tambores y que cimentaban la pista para que una voz, aguda, melosa, bilingüe, cantara sobre chicas con desordenes alimenticios, el asesinato de Sharon Tate y los LaBianca y aquéllos lejanos días en que Ramón Camps comandaba la bonaerense. Cada canción flotaba sobre las sombras de la habitación, parapetándose detrás del cortinado que se agitaba con la brisa que entraba de la ventana que daba al patio, asechándola detrás de los peluches amontonados sobre el aparador, haciendo un alto sobre las decenas de poesías y fotografías que adornaban las paredes. De a ratos, reposaba sus melodías sobre los labios de Pilar que se ponía a cantarlas en los estribillos, para luego tararearlas, para luego comerse otro osito y seguir mascando las melodías mientras la gelatinosa dulzura se deshacía dentro de su boca.

Aún cuando su cuerpo estuviera en sólida comunión con aquellas canciones, con ese disco, su cabeza daba vueltas en torno a otra cosa, no era la agresión gratuita que había recibido de parte de Alfonsina lo que la turbaba, en cierta medida y muy a pesar suyo ya se había acostumbrado a ese tipo de improperios y sabía que no era culpa de la pequeña, sabía que ella, como todos los niños, nació siendo inocente, sólo que el mundo comenzaba a metérsele adentro y la llevaba a decir cosas sin pensar. Era ese perro de mala cara y su llamado lo que la consternaba. Trataba de decidirse si la idea de un milagro con forma de pequinés que la llamaba con sus ladridos para conducirla hacia el lugar donde nacía el arcoíris le resultaba descabellada, horrenda o hilarante. Hizo danzar el hula–hula a un osito entre sus dedos cavilando en lo anterior. Después de todo, ¿Cuáles eran sus probabilidades? ¿Cuánto había en juego? De haberlo seguido, ¿Qué era lo que podía llegar a perder? ¿Una ilusión, otra ilusión, cuántas más, cuántas se habían ido ya y cuántas más llegarían con la mañana? Si tan sólo se hubiera puesto de pie en ese momento y hubiera salido a la zaga de ese perro que ladraba insistentemente a su corazón, si hubiera ido tras de ese enviado de los cielos tal vez podría haber llegado a donde se hallaba su añoranza, allí, en lo alto, en las nubes. Pilar contuvo la respiración, sus ojos bailaron como las sombras que proyecta una vela sobre las paredes cuando el viento sopla tan fuerte que abre las ventanas y mece su llama con violencia. Un pequinés milagroso tenía tanto sentido como un conejo que habita las nubes, se dijo. Soltó una risa apagada. Se sintió tonta, un poco, no tanto. Trató de hallar qué cosas tenían sentido en este mundo y qué cosas no. Estuvo unos minutos largos pensándoselo y no encontró demasiado. Es sólo que había mucha mentira y mucha locura en este mundo. Sentía que su corazón era el único sincero, sentía que sólo su corazón le decía la verdad, sabía que él nunca le mentiría. Lo mejor sería escuchar a ese corazón, se dijo, no había acciones equivocadas si las dictaba el corazón. Ahora, pensó, ¿Cómo se llamaría ése pequinés? De seguro que a él nadie lo llamaría “el perro monstruo”, y eso que se trataba de un espécimen claramente monstruoso. Pensándolo bien, meditó, a él si le sentaría bien apodo semejante, le estaría haciendo justicia a esa trompa fétida que tenía, a ese hocico renegrido como si hubiera estado comiendo carbón, a ese rabito inquieto, a esas piernas chuecas cual paréntesis. Los pensamientos de Pilar cambiaron de dirección y avanzaron a través de un pasillo hasta el lugar donde guardaba los nombres que más le gustaban: Félix, Natalio, Acacio, Eleuterio, nombres verdaderos, reales, cargados con una fuerte impronta de distinción y seriedad inmejorables. Detestaba los nombres que la gente solía poner a sus perros: Rocky, Tommy, Blacky, ¡Por Dios! Aquellos no eran nombres que existieran en la vida real, era como si no sintieran el más mínimo respeto y cariño por sus mascotas, como si les diera lo mismo la forma en que se llamasen, como si hubieran olvidado que a través de los nombres nace el cariño. Siguió paseando su mente por el estante donde almacenaba los nombres y se acordó de Pascualito. Así se llamaba el perro de su amiga Anita. Este no era un pequinés, sino que era un batata, uno bastante excedido de peso y con un serio problema gástrico. Era muy oloroso, además de remilgado y llorón pero, aún así, era por mucho un perro bastante más apuesto que ese roñoso pequinés ladrador de esta tarde. Volvió sobre sus pensamientos ¿Debió seguir a aquél perro? Pero… ¿Hasta dónde, cuánto tiempo, para qué? ¿Sería esto una señal, pudiera ser que sus plegarías por fin habían sido atendidas? ¿Pudiera ser? Quedaban muy pocas formas de averiguarlo, se dijo. Torció el labio y miro hacia la nada, negó con la cabeza como si ello haría desaparecer esa inquietud. Se comió otro osito, luego otro, otro y otro, hasta que vació el paquete. El disco cesó de girar, Pilar apagó el velador y se enrolló con las sabanas. Afuera el barrio dormía su sueño quieto y profundo mientras la luz de los semáforos titilaba en amarillo y la Luna se escondía tras las nubes.

Discurrió toda una semana de meditaciones nocturnas. Siempre había ositos de gelatina o alguna otra golosina de por medio, siempre había música estallando los parlantes y siempre estaba la idea del perro que la invitaba a acompañarlo hasta quién sabe dónde, era una visión que la perseguía hasta en sus sueños. Ahora estaba teniendo muchas pesadillas, seguramente causadas por la fuerte ingesta de Yummis antes de dormir y por la mala costumbre de dejar las ventanas abiertas de par en par, apertura que invitaba a los sonidos de la noche a filtrarse a través de sus orejas y a alterar su percepción durante las horas de descanso. Amanecía alarmada por lejanos y misteriosos ladridos de perro que se iban apagando conforme ella se levantaba y se paraba frente a la ventana para escuchar mejor. Pasaba el resto del día intranquila, deseando encontrar la respuesta para sus preguntas, la lógica que pudiera contrarrestar su corazonada. Lo mejor sería seguir a ese perro a donde fuera y terminar de una buena vez y para siempre con todo este asunto, se dijo. Entonces lo tuvo en claro, no más preguntas, no más titubeos, no más noches en vela,  finalmente lo haría, lo seguiría. Así le pondría fin al desvelo de las noches más amargas de su vida, a la espera de un llamado que sentía suyo, a las dudas frente a un destino que ladraba a las puertas de su corazón.

Al domingo siguiente, Fiorella vino de visita. Llegó cantando hasta la puerta, bailaba al ritmo de una canción que sonaba dentro de su cabeza y que nadie más que ella escuchaba, traía un bolso colgando de su hombro y una gran sonrisa de postal descollando al centro de su rostro lozano. Pilar la recibió con un fuerte y largo abrazo, uno de esos abrazos donde se descarga todo el pesar y la angustia y la alegría de las almas jóvenes. Las clases habían terminado hacía dos semanas y, aunque hablaban a diario por teléfono, no se habían visto desde entonces. Enseguida se contagió de la alegría primaveral que fluía desde Fiorella como un torrente inagotable. Tenían mucho para contarse y compartir, cosas de chicas, cosas de amigas, cosas tan minúsculas e insignificantes para el resto de la humanidad que sólo una verdadera amiga podía comprender.

                Se sentaron a la sombra perfumada del floripondio. Fiorella abrió su bolso y sacó unas revistas de moda que le había “tomado prestadas” a su hermana mayor, una cámara fotográfica y, tomando el bolso por la base y dándolo vuelta justo en medio de las dos, una montaña de caramelos, chocolates, pastillas y chupetines, tesoro que fue recibido con risas, aplausos y vitoreos de parte de Pilar.

                El silencio apabullante de la siesta dominguera dominaba toda la manzana, los envoltorios verdi-rosa de los Palitos de la Selva se iban apilando en torno a las piernas cruzadas de las dos amigas, formando una pegajosa marea de papeles retorcidos y desechados que bañaba la colorida costa salpicada de Pico Dulces y Bon-O-Bones, en cuyo centro empalagoso, apilando Titas y Rhodesias, las chicas habían levantado un imponente castillo, con torres de vigilancia sobre las cuales habían apostado un sapito de chocolate para resguardar el rebaño de Vauquitas que pastaba quedamente hacia su interior. Juntas habían logrado erigir su propio imperio de chocolate y éste se veía amenazado a causa de la glotonería de sus emperatrices. Pilar no lograba decidir si se zampaba uno de los sapitos que hacía las veces de centinela o un chocolatín Holanda que se había infiltrado entre las serenas Vauquitas y cuyo envoltorio plateado brillaba con intensidad por encima del ganado golosinoso, captando toda su atención. Fiorella, reparando en el cuelgue de su amiga, le arrebató la barrita de Holanda y la engulló prontamente, ahorrándole así la controversial decisión. A modo de chiste, Pilar preguntó:

–¿Qué pasaría si yo besará a uno de estos sapitos? ¿Se convertiría en mi príncipe azul? ¿Se convertiría en el amor de mi vida?

–No sé, pero mira que si te lo comes no funciona –le advirtió Fiorella, jocosa.

–¡Ay, es que no sé qué es lo que quiero! ¿Qué podría ser mejor para mí en este momento? –preguntó Pilar con sentido énfasis dramaturgo a la vez que se llevaba la golosina al costado izquierdo de su pecho.

–El amor trae ciertas amarguras –dijo Fiorella.

–El chocolate también– le gruñó Pilar, Fiorella le contestó con una mirada culebrosa.          

–Como decía antes de tu estúpida interrupción –dijo Pilar–. El amor podrá acarrear ciertas amarguras como tú dices y los príncipes podrán acabar siendo todos unos ingratos, unos farsantes y unos canallas pero, en cambio, nadie podrá robarme jamás la dulzura de este momento único en que mis labios traben contacto por primera vez con este azucarado, crocante y sabroso sapito Rospo, ñam, ñam.

Las dos amigas rompieron a reír con estrepito, doblándose la una sobre la otra, agitando sus cajas torácicas con alegre resonancia, poco a poco, el tenor de las risas se fue atenuando hasta apagarse. Fue entonces que, adoptando un tono más solemne, Pilar pasó a narrar todo lo referido al pequinés milagroso: su inexplicable irrupción, sus movimientos, las dudas, los miedos, el acecho en sueños, hasta numeró todas y cada una de las veces que despertó a la mitad de la noche, creyendo que éste la estaba llamando desde la calle, creyendo que era ella y nadie más que ella la persona a la cual buscaba ese perro, se animó a más y confesó estar convencida de que se necesitaban mutuamente y que de volver a aparecer en alguna otra ocasión ella lo seguiría a donde fuera sin chistar. Fiorella, que había escuchado el relato completo sin pestañar, que apenas si atisbo a dibujar una incrédula “U” entre sus labios, tomó aire y dijo:

–Pero, ¿vos estás segura de lo que me decís?

–Te lo juro que estoy segura, tengo una corazonada fuerte.

–¿Un pequinés? ¿Milagroso? –preguntó Fiorella, conteniéndose la risa.

–Me parece que estás flores te están haciendo efecto –agregó, señalando los carnosos floripondios.

–Ya sé que suena pelotudo, pero en algo tengo que creer, porque ya no me aguanto esta vida. Si tengo que creer en un perro que me dirija hacia la felicidad voy a creer en un perro que me dirija hacia la felicidad porque creer en algo es mejor que creer en nada y la felicidad no está y éste perro si está y yo necesito creer, necesito creer que todavía existe una vía de escape para esta vida –Pilar dijo esta última oración con el fervor de un poseso. No era ella la que hablaba, era otra persona, una persona conducida por la fe y la esperanza en medio de tanta locura. Fiorella, visiblemente incomoda y superada por la situación, consultó su reloj y exclamó:

–¡Pero mirá lo tarde que es, yo la tengo que pasar a buscar a mi hermana por un cumpleaños en el centro! Pili me vas a tener que disculpar pero ya me estoy yendo. La próxima vengo con más tiempo y me contás mejor lo del perro. Ya, ya me tengo que ir. Chau.

El chau de despedida le llegó a Pilar desde el otro lado de la reja, cuando alzó la vista ya no quedaban ni rastros de Fiorella. Tan sólo quedaba ella, bajo el amparo del floripondio que mezclaba su fragancia con el de un centenar de chocolates que empezaban a derretirse por efecto de los rayos solares. Aquello en lo qué creer se ponía cada vez más difícil de encontrar. 

                De acuerdo, pensó, entonces Fiorella se había marchado, y lo había hecho de una forma tan intempestiva y tan apresurada que se había dejado olvidada la cámara fotográfica. Tal vez podría utilizarla para documentar al perro y mostrarle lo equivocada que estuvo al no creer en su testimonio, si es que éste aparecía. Pilar entró en la casa y fue hasta el comedor. El reloj en la pared indicaba que faltaban unos veinte minutos para las cinco de la tarde. Notó que había demasiado silencio allí ¿Y Alfonsina? ¿A dónde estaba? Se asomó al dormitorio de su abuela y vio a su hermana durmiendo, abrazada a doña Angélica, protagonizando un cuadro hermoso, una pieza más de la colección de objetos que adornaban el dormitorio de doña Angélica, allí donde se exhibían memorias en formas de suvenires, alhajas y espejos, fotografías de tiempos mejores, de cuando el abuelo todavía estaba vivo y el amor vivía entre él y doña Angélica, donde la poca luz que se filtraba por las grietas de la persiana las cubría de nostalgias, donde hasta el perfume que envolvía la pieza parecía salido de otra época. Con un nudo en la garganta, Pilar cerró la puerta muy cautelosamente y, en puntitas de pie, salió de la casa hacia el patio trasero.

                Sentada en el cantero del patio del fondo empezó a dispararse autorretratos con fondo de malvones y rudas, con las masetas y los helechos haciéndole las veces de escenografía, con un suave perfume de jardín hogareño impregnando la sesión. Ensayó diversas caras frente a la lente: inflando los cachetes, poniendo cara de pato, imitando una sonrisa japonesa, cubriéndose la boca con las manos como si tuviera un indecible secreto sellando sus labios, mostrando los dientes, toda la variante que junto a Fiorella habían sacado de las revistas de moda. Al cabo de un momento se puso a ver cuáles la convencían más. Lucía una camisa a cuadros que le daba un toque de señorona que le fascinaba, podría modificar las fotos y retocarlas para que lucieran como las fotos sepia de la abuela que había en el comedor y que tanto le gustaban. Volvió a disparar unos flashes más, esta vez directo sobre sus piernas, tomando toda su curvatura, su blancura límpida como un camino nevado que concluía en un par de zapatillas de lona gastada que algún día fueran azules, y, entonces, lo escuchó. Venía desde la calle, urgente, agudo, molesto. Era el ladrido de un perro, pero no era cualquier ladrido ni se trataba de cualquier perro, se oía como un perrito, debía tratarse de, si, no cabían dudas de que ése ladrido pertenecía al tan mentado pequinés, el pequinés milagroso. Pilar permaneció inmóvil sobre el cantero, como la primera vez. En un principio, trato de ignorarlo, de no hacer caso y no dejarse llevar por el primer perro que escuchara ladrar, pero, ante la insistencia de los ladridos se dijo que no podía tratarse de otra cosa más que de ése perro. De manera que, terminó saliendo al frente de la casa a ver de qué se trataba. Allí estaba el pequinés, ladrando desde el otro lado de las rejas. Agitaba su rabo y balanceaba su cuello en dirección hacia la plaza, hacia donde el asfalto se perdía en las entrañas del monte, hacia más allá de donde podían ver los ojos de la muchacha. Pilar sintió una sensación fría, como si una bolsa de rolitos se hubiera reventado en la base de su estomago, su piel se agallinó y encontró difícil la tarea de respirar. El pequinés empezó a alejarse por Grecia. La oportunidad de su vida, la esperanza de sus noches, su única chance se alejaba calle arriba. No, se dijo, esta vez no podía volver a dejarlo escapar, jamás podría volver a sentirse tranquila si lo perdía esta vez. Entró en la casa corriendo, agarró un suéter y se marchó tras los ladridos del pequinés, ese pequinés milagroso que parecía haberse escapado de sus sueños un día. En el apuro, dejó olvidada la cámara sobre la mesa del comedor.

                Parado en la esquina de Grecia y Haramboure, con la lengua colgándole hacia un lado del hocico y el rabo agitándose inquieto, el pequinés miró hacia atrás por encima de sus cuartos traseros, a unas cuantas decenas de metros atrás, la vio venir a Pilar, le soltó un ladrido de atención y siguió al trote por Haramboure, con dirección a Paraná, hacia donde estaba la plaza, frente al monte. Conforme se iban acercando a ese enclave donde resaltaban los fierros coloridos de los juegos contrastándose sobre un fondo de cañas y altos sauces, patrimonio de los niños y la diversión, rodeado de las típicas casas despintadas por el paso de los años, con galerías cubiertas de parras hacia uno de los lados y paredón bajito al frente, Pilar se sintió inundada por los recuerdos de la tarde fatal en que los chicos se rieron de ella, la tarde en que la renombraron como “la nena monstruo”. Ahora el milagro la confrontaba con lo peor del pasado. Acongojada, Pilar disminuyó el paso, creyó que la última parada de ese viaje sería la plaza, pensó que se trataba de una amarga burla del destino, otra patada al corazón. Aunque sus piernas se movían hacia delante, en su interior una voz le pedía regresar a casa. Pero entonces, los ladridos del perro torcieron por Constantinopla, bajando hacia la parte sur del barrio. Aliviada y renovada en sus esperanzas, Pilar apretó el paso. Al pasar frente a la plaza notó que estaba vacía. No había nadie en las hamacas, nadie en el potrero, nadie en la calesita, nadie en el subibaja, nadie en los bancos bajo el jacaranda, nadie escondido entre las raíces del ombú, nadie. Qué raro, pensó, un domingo, a esta hora, con el día tan lindo, tendría que estar lleno de gente. Volvió la vista hacia delante, el perro ya se había perdido de vista. A lo lejos escuchó un ladrido, echó a correr hasta a alcanzarlo de nuevo.

El pequinés resultó ser un guía tan indeciso como escurridizo, correteaba, giraba sobre sus patas, ladraba por aquí y por allá, se metía debajo de los autos y en los jardines de las casas, seguirle el paso era todo un desafío. Pilar lo seguía, aferrándose a sus ladridos como si fueran el primer escalón que la conduciría hacia el paraíso. Atrás fueron quedando República Árabe Unida, Checoslovaquía, Grecia y otras tantas repúblicas del medio oriente y próceres de la historia argentina. Ahora subían por Teodoro Fels rumbo a la avenida Montevideo. Pilar pensó en lo ridícula que podía llegar a verse si irrumpía en la avenida corriendo tras de un perro. Accedería a un nivel de burla y ridiculez inusitado si alguien llegara a verla. Nuevamente, comenzó a titubear en su andar, a disminuir su velocidad, a desandar en su apremio. Ya algo cansada, Pilar calculó lo imposible que sería pasar al otro lado de la avenida un domingo a esta hora, con la larguísima caravana de autos que solía ir y venir en ambas direcciones. Contrario a su pronóstico, el pequinés cruzó la ancha avenida como un rayo, sin interrupciones de ningún tipo. Cuando ella llegó a la esquina donde estaba el puestito de diarios azul, frente al edificio sede del Club Villa San Carlos, se detuvo asombrada y miró hacia los dos lados de la avenida. Desnuda y desolada hacia el norte, desnuda y desolada hacia el sur. Parecía mentira, ¿Dónde estaban los autos cubiertos de polvo que volvían de las playas, dónde las camionetas con grupos de chiquitos ataviados de sillas y cañas en la caja, dónde las motos llevando parejitas inmersas en su fantasía, dónde las manadas de bicicletas cabalgadas por el piberío, dónde los grupitos de chicos que iban saltando y empujándose alegremente hacia el centro en busca de chicas, dónde los tímidos y risueños grupos de chicas que marchaba al centro a mostrar sus piernas escapándose por la falda de los vestidos y sus cinturas encorsetadas, dónde las abuelas que volvían de visitar a sus nietos, dónde los viejos que volvían de jugar a las bochas en la plaza, dónde los nenitos que fueron a hacer los mandados y regresaban ahora masticando alguna golosina que compraron legítimamente con el bien ganado vuelto? ¿Dónde estaban, dónde se habían metido? Pilar hizo un pique y cruzó la avenida, siguiendo el rastro de ladridos que el pequinés iba dejando tras de sí por la terrosa y pozeada Ucrania hasta llegar a Paraná, donde terció y bajo para volver a la avenida y seguir hacia el otro lado. Pilar ponía todo su esmero en no perder de vista al perro, y cuando lo hacía, aguzaba el oído y procuraba guiarse a través de sus ladridos. Se lamentaba de haberse olvidado la cámara sobre la mesa, ahora no tendría pruebas para enrostrarle a Fiorella, aunque, pensándolo bien, si se cumplía su deseo, ya no volvería a ver a Fiorella ni a Alfonsinita ni a la abuela Angélica o si las vería, las vería desde otro lado, desde las nubes. Se le hizo un nudo en la garganta, era demasiado tarde para regresar, ya no podía volver a casa, no, tenía que seguir, seguir hasta el final. Decidida, Pilar aceleró en su caminata, no podía permitirse dejarlo escapar de nuevo.
El sol ya se había marchado y las sombras duplicaban su tamaño sobre el asfalto aún caliente mientras que las fotocélulas que coronaban los postes de luz comenzaban a activarse una a una a su paso y un velo azul marino parecía desplegarse sobre el barrio San Carlos y el bendito pequinés se alejaba a toda pata por Paraná, perdiéndose de vista. Pilar sintió el aire más fresco que nunca, juntó con sus manos la solapa del suéter y apretó el paso. Pero ese perro insistía en hacerle la tarea imposible, insistía en meterse por debajo de los autos y en ladrar detrás de los canteros y corría cada vez más rápido, tanto que le parecía imposible alcanzarlo. Asustada veía como su sueño se alejaba zumbado hacia la plaza. Así que finalmente ése era su destino, si, ya no quedaban dudas, tenía que ser, allí donde había tenido su revelación, en ese enclave donde había atado los mejores recuerdos de su infancia junto a las peores memorias de su adolescencia. Cuando dobló no logró divisar al pequinés, le llamó la atención la ausencia de vecinos en la calle a esta hora del Domingo. Se detuvo, se hizo reparito con la mano sobre la vista y barrio todo el escenario, dando un giro sobre sus talones, no logró ver al perro. Descargó un taconazo contra el suelo, refunfuñó y refunfuñó y refunfuñó mientras agitaba sus brazos como un pingüino fuera de sí. Se quedó quieta. Paró la oreja y cerró sus ojos. Escuchó un ladrido delante suyo que la hizo estallar de felicidad, abrió bien grande sus ojos, avanzó unos pasos muy despacito, como tratando de no espantar esa ilusión. Pero le llegó otro ladrido a sus espaldas, un ladrido diminuto como de chihuahua y otro muy, muy lejano, parecía venir desde la otra manzana y timbrado con mayor gravedad y torpeza, un ladrido de labrador. Pilar congeló su cuerpo, sus latidos, sus sentidos. Escuchó otro ladrido viniendo desde la avenida, luego otro desde el norte, otro desde el sur, otro desde el este y uno más desde el oeste. De pronto le llegaban ladridos de callejero anarquista, amenazantes gruñidos de perros furiosos, coléricos dobermans al acecho, ovejeros guardianes de la propiedad, dogos enrejados y hasta de un Baskerville fantasmagórico bramando desde el más allá, gemidos de perro que no duermen en toda la noche, de santos Bernardos al rescate, de fieles Bretones señalando la presa, de cachorros pidiendo alimento, aullidos de perro domestico que emulan la sirena de los bomberos, ladridos y más ladridos, de todas las direcciones y de ninguna también, ladridos multiplicándose hasta el infinito, aturdiendo, apabullando a la pobre nena monstruo. Girando lenta, muy lentamente sobre sus pasos, Pilar descubrió como la noche se cubría enteramente de ladridos de perro, ladridos que no conducían a ninguna parte, ladridos que rasgaban el telón y marcaban el final abierto de una obra de la cual ya no era protagonista, sino público enmudecido frente al gran escape de todos sus sueños recreándose una vez más.