domingo, 30 de marzo de 2014

todas las mañanas del futuro.

¿quién diría que esa fantasmagórica, encorvada y temblorosa figura que se refleja ahora en la pantalla gris del televisor apagado fue alguna vez un ser rebozan te de júbilo y algazara que guardaba la chispa para alumbrar todas las mañanas del futuro?
miren cuántos surcos atraviesan su frente (¿cuántas preocupaciones y desvelos se habrán atrincherado allí?
miren cómo cuelgan esas bolsas debajo de sus ojos (¿cuántas lagrimas habrán soltado, cuántas habrán contenido, cuánta vida habrán visto apagarse y alumbrar?)
miren cuántas canas pueblan esa escasa cabellera (¡las preocupaciones cumplieron con su cometido!)
y un bastón para los sueños,
¡nadie creería que hoy precisa de un bastón para echar a andar a esos sueños, sueños que están tan cansados, tan gordos y tan pesados como él!

ha envejecido
no fue una mera cuestión de tiempo
no tuvo que ver con el paso de los años
nada de eso ha precipitado el ocaso de su existencia

tiene el corazón hecho una pasa de uva,
ya no resiste las emociones
y sus manos se han agarrotado
ya no podrá tomar el destino en sus manos y estrangularlo por su ingratitud
ya no podrá torcer su destino

está  gastado
se apaga
se va

y no es un alivio saber que es el fin
que se ha pasado la vida oscilando entre esperas y rutinas
desesperado, mediando entre cambios constantes y abruptas rupturas
curando las resacas de una noche imposible de evocar
buscando el escape detrás de cada ventana
detrás de los ojos, de las pantallas y de las manos que lo resguardaron
que lo soltaron, que se han marchado, que ya no están

con gran esfuerzo, logra ponerse de pie
se levanta del sillón, deja la sala en silencio y se va a dormir
sobre una canasta de fruta en el centro de mesa de la sala descansa la esperanza,
 agusanada como una manzana besada por el mismísimo demonio
 si despertara ahora mismo
si todo hubiera sido sólo un mal sueño
¿cuánto haría para cambiarlo?
¿cuándo empezaría a vivir?
él no lo sabe
pero usted si
diga, entonces,

¿qué hacemos ahora?

sábado, 29 de marzo de 2014

llanero solitario.

lo peor de todo fue volver a casa y descubrir que la llave no estaba en ninguno de mis bolsillos. lo mismo que la suerte, en algún punto inconcluso dentro de aquella noche inconclusa, me habían abandonando.
y no se trataba de, a poco de haber entrado al Rectorado, tener que pedir un aventón hasta la otra punta de la ciudad, tocar timbre en una casa que no era la casa en cuestión, corroborar la dirección y concluir en que la data había llegado errónea a mis manos. ni se trataba de deambular un largo rato por la zona del Hospital de Niños hasta encontrar un público, telefonearla y que me dijeran que había salido “a comprar Coca para el fernet”. tampoco fue el violento desengaño que me acometió entonces, que me llevó a colgar sin decir nada y a caminar toda la calle 12 de un tirón desde 66 hasta 48, un sábado, de madrugada, solo, en pleno invierno, con las manos tan vacías y tan cansadas de esperar y tan dispuestas a llenarse o a morir esa misma noche.
y no se trataba de llegarme hasta el Rectorado, hacer la fila, pagar la entrada por segunda vez para entrar y tener que contarle a la barra que no la había encontrado, que no estaba en la fiesta, que no se me había dado. ni se trataba de bancarme las gastadas y las risas y el tener que escuchar por enésima vez que eran todas putas, que daba lo mismo un tajo que otro, que podía elegir a cualquiera que estuviera allí esa misma noche, pero ¿qué pensar cuando todas se veían tan suntuosas y deliciosas ataviadas con esos vestidos verdes, blancos y amarillos que caían con tanta gracia hasta sus rodillas y esas piernas que se escapaban de la falda de esos vestidos y que emulaban las carreteras que uno sabía conducían al paraíso y sus peinados y sus perfumes te enloquecían y el maquillaje en sus bellas caras te prometía cosas que no podrías decir en voz alta sin ruborizarte y hasta el brillo de las hebillas de sus cinturones, de sus collares y de sus pendientes nublaba el habla, la razón? tampoco se trataba de seguir ahí, pese a todo, y haber tomado otra botella y haber bajado la escalera hasta el subsuelo, dando tumbos entre borrachos solitarios y parejas matándose a besos y guardianes del orden que te clavaban esa mirada que te aseguraba que vos bien podrías ser el próximo en ser sacado a patadas del lugar y cuando ya hiciste lo tuyo y te lavaste las manos y  trataste de peinarte frente a esos espejos donde el resto de los pibes se acomodaban n los cuellos de sus camisas y sonreían al reflejo con aire seguro y vos te veías tan distinto, tan lejano a lo esperado, tan distante a las oportunidades de conseguirlo y volviste a la pista para encontrarte con que tu amigo había recibido un mensaje de ella diciendo que debiste haberla esperado en la fiesta, que vayas, que quiere verte y vos eras tan cobarde y tan ingenuo para estas cosas que te quedaste preguntándote, considerando seriamente, entre toda esa música y toda esa gente y todo ese ruido y todas esas luces y todo ese humo y todo ese alcohol, te preguntaste si debes volver a intentarlo, si valía o no la pena.
y no se trataba de haber tomado un taxi que se llevó los últimos duros que quedaban en tus bolsillos, porque esta vez sí encontraste la casa y esta vez sí llegaste hasta la puerta y esta vez sí tocaste el timbre y por un corto lapso te sentiste dichoso y hasta afortunado, pudiste saborearte la victoria, pudiste sentir en tus manos esa medida satisfactoria y desconocida entonces. pero nadie salió a recibirte y seguiste afuera escuchando los graves del equipo que reproducía un cuarteto cordobés en algún cd mal grabado y sabías o creías que ahí adentro había una mujer que quería verte y que te había garantizado que juntos pasarían un buen rato pero ya era tan tarde y parecía que ese buen rato no cabría dentro de los pocos minutos que le quedaban a esa noche. de manera que te impacientaste y decidiste que nada que se hiciera desear tanto valía la pena, que mejor te volvías a tu casa y puede que en el fondo sólo tuvieras miedo de tener que enfrentarte a la que parecía ser una mujer hecha y derecha, consumada en materia de amor mientras que vos sólo eras un pobre diablo que se espantaba frente a la desnudez. pero antes de irte, te pareció escuchar algo raro en una ventana que daba a la calle y porque eras –y lo seguís siendo– un maldito depravado espiaste por esa ventana y llegaste a ver a una pareja montándoselo sin asco sobre una cama y no dijiste nada, sabías que no era ella y no es que te importara tampoco porque no se debían nada, pero tú sólo te quedaste ahí observándolos rebotar y rebotar y romperse y corromperse el uno contra el otro como si fueran marea lamiendo la orilla, escuchándolos jadear, haciendo rechinar los resortes de la cama mientras giraban y se revolcaban y se sacudían con vehemencia y pasión y de seguro hubieras permanecido allí hasta el final de no ser porque de pronto se abrió la puerta del frente y no tuviste mejor idea que salir corriendo y es que toda la noche habías estado corriendo de un lado a otro, asustado, esquivando sincera y disimuladamente la posibilidad de conseguirlo, de finalmente anotarte una victoria en la cama pero ahora la noche ya se terminó y vos estabas en la puerta de tu casa, borracho, cansado, frustrado, hirviendo de calentura, decidido a dejar correr esos ríos calientes entre tus piernas como sea mientras te palpas uno a uno los bolsillos vacíos en busca de una llave que no aparece.
pero no, no es eso, no es nada de eso.
todavía te las ingeniaste para intentar hundirte un poco más y trataste de trepar la reja, olvidándote de todo lo que habías tomado y olvidándote que estabas muy por encima de tener un peso saludable y liviano y olvidándote que tus pantalones son muy anchos y el dobladillo no está zurcido y se puede enganchar en cualquier lado y el dobladillo se engancha en la reja y trataste de subir al techo pero algo te retenía y estabas sostenido únicamente por tus brazos tratando de zafarte y lo intentaste y lo intentaste hasta que las fuerzas te flaquearon y caíste y decidiste quedarte ahí tendido en el barro, al amparo de las grandes hojas de la catalpa que te cuidaban como una madre y allí te quedaste hasta que uno de tus hermanos salió de la casa y te vio ahí tirado y te preguntó si estabas bien y te soltó unas puteadas y te ayudó a levantarte y te llevó hasta la pieza y ese fue el final –por fin– de tu noche inconclusa.

a la mañana siguiente sobraba el tiempo para descubrir que también habías perdido los documentos. y qué decir de la percanta, ellas guardan al final de sus piernas lo único que queremos y perseguimos y lo entregarán a quien gusten y a quien les plazca, no necesariamente tiene que parecernos justo ni gracioso ni agradable. nada de eso. uno desea y es uno mismo el que se entrega a ese deseo y es uno mismo el que elije rechazar la oportunidad cuando se abre de piernas frente a nosotros. supongo que algunos hombres –y también algunas mujeres– lo encuentran de lo más sencillo. son reglas de un juego en el que algunos tienen muchas fichas en su poder y otros sólo tienen casilleros vacíos esperando llenarse, unos juegan, otros pierden y otros sencillamente se limitan a mirar y a esperar y a mirar y a esperar y a…

lunes, 10 de marzo de 2014

una última voluntad.



podríamos haberlo hecho tan simple y tan fácil que no te lo hubieras creído
podríamos haberlo hecho despacito, poco a poco, disfrutando de cada momento como si fuera el último, de cada palabra como si fuera la despedida, de cada mirada como el telón que cae al cierre de la obra, de cada abrazo como si fuera el instante previo a la separación de dos eslabones de una misma cadena y de cada beso como si fuera la primera bocanada de aire en llenar los pulmones de un hombre libre
podríamos estar orgullosos de lo que hicimos, podríamos tener la vista al frente y no tener nada que ocultar
podríamos haber brillado bajo el sol durante miles y miles de días, hasta el final
podríamos haber seguido escribiendo la historia juntos y nuestras manos nunca hubieran tenido la necesidad de soltarse
pero no
elegimos ser humanos
con todo lo que eso implica
y
aún así
si todo terminara esta noche, si ya no existiera mañana
si el viento soplara y soplara hasta hacernos desaparecer
a nosotros
a nuestra historia
a lo que fuimos en esos momentos donde sólo éramos dos, recostados muy cerca el uno al lado de otro, mirando el techo y abriendo la puerta a los miedos, a los dramas y a la tristeza; desdibujándonos mutuamente las muecas de todos los días; desembarazándonos del pasado; aflojándole las correas a la mochila; desatando cordones, desnudando nuestros pies y encaminándolos hacia la tierra de los sueños; decididos a llegar hacia donde fuera, pero juntos, siempre juntos.
y yo sé que a veces me borran la sonrisa y que a veces me rompen el corazón y que a veces me han hecho alejarte de mi lado
pero
por favor
recuérdame así
recuérdame de esa forma
recuérdame con una sonrisa
en el mejor de mis momentos,
en el momento en que te tenía a mi lado
y sólo éramos dos:
vos poniéndole luz a un vida entera de penumbras
yo poniéndole sentido a mi vida con tu presencia.

sábado, 1 de marzo de 2014

recursando un sacramento.



Llegó andando en la noche como un experto ladrón de museos, memorioso de los planos, sin titubeos, conocedor a fondo de los pasos a seguir para adueñarse de aquello que no le pertenecía. A la distancia no era más que un bulto empuñando una linterna, bajando por la avenida Gutiérrez, pero a medida que se iba acercando, el punto de luz amarilla se fue ensanchando y la silueta iba adoptando una complexión varonil de facciones juveniles. Atrás fueron quedando los duendes de madera tallada que custodiaban la chocolatería, las casas de té, el tenue olor a serrín del taller de carpintería, el viejo almacén germano. Con un ligero movimiento barrió de luz los techos de lona y los grasientos mostradores de los puestos de en desuso de la feria. Siguió hasta la esquina donde se erguía la capilla y torció hacia su izquierda, salió de la calle y tomó por un estrecho camino junto a un polvoriento cartel que señalaba la bajada al lago Moreno. Bajó trastabillando por el empinado sendero que conducía al ala oeste del lago. A cada lado del sendero había un cerco de alambre de púas y pinos a través de los cuales se veían las caras iluminadas de las familias entornadas junto al fuego, había niños pequeños correteando de aquí para allí, hombres y mujeres adultos sentados en reposeras, charlando y bebiendo, aguardando la llegada de algo, buscando un signo en las llamas del fogón. Bajo un manto de ruidos a leña ardiendo mezclado con la cháchara del gentío y el oleaje del lago, el muchachito pasó cerca de ellos sin ser notado siquiera, como si fuera un fantasma.



            Descendió hasta llegar a la orilla. Notó que allí el aire estaba más fresco, lo sintió en sus mejillas, manos y piernas. Concluyó que camisa, pulóver y bermudas no eran abrigo suficiente para hacerle frente a la noche del sur. Ya no podía volver, pensaría en ello la próxima vez, si es que hubiera próxima vez. Apagó la linterna y comenzó a bordear el lago, alejándose del campamento.



            Pálida como un conejo, la Luna se dejaba caer sobre las remolonas aguas del lago, cubriéndolo todo con un tono azul oscuro, todo brillaba bajo su influjo: los bosques de pino, sauce y acacia que amurallaban la orilla, las cabañas que se desperdigaban lejanas entre los árboles y, más allá, la carretera serpenteante y solitaria. Las piedritas volcánicas se esparcían sonoramente bajo el peso de su andar, caminó y caminó y caminó hasta llegar a un claro desde donde se dominaba toda la vista del lago, luego los bosques y encima de éstos los cerros lustrosos y escarpados. Miró en la dirección que había venido y no percibió ni el más mínimo rastro de luz ni de sonido proveniente del campamento. Feliz, tomó asiento sobre un tronco y descansó su cuerpo unos instantes. Debido a la caminata, se olvidó de las bajas temperaturas que flotaban en el aire, pero tal vez sería conveniente apresurarse, pensó. Reparó en el dedo gordo de su pie asomándose por un agujero en la punta de la zapatilla. “Hola”, le dijo, y éste le correspondió con una reverencia. Empujando con el pie sacó primero una zapatilla y luego la otra. Descalzo, se puso de pie y percibió con mayor nitidez la dureza del suelo y el frío de la noche. Era como la primera vez que se duchó en el baño del colegio, tenía esa sensación que sus pies desnudos sintieron al entrar en contacto con el piso mojado de las duchas luego de que todos las hubieran usado y él por vergüenza prefirió esperar y ducharse de último. Algo cercano a un mareo sacudió su pecho y estomago, anudando su garganta. Decidido, avanzó hacia la orilla, mientras lo hacía, se quitó el pulóver y lo arrojó hecho un bollo tras de sí. Siguió avanzando, fue desabotonando de arriba hacia abajo la camisa, cada botón era un escalón que descendía en el tiempo, llevándolo hacia ese lugar que buscaba, que quería y necesitaba.



            Una ráfaga de viento llegó soplando hasta él, sintió el gélido abrazo de la noche sureña quemándole la piel, llegando casi hasta los huesos. Soltó una risa nerviosa pensando en la dificultad que tuvo siempre para poner la piel de gallina, se dijo que este sería el momento perfecto para tenerla de esa manera. Recordó a Ulises, su hermano, y en lo fácil que se le ponía la piel de gallina cada vez que se tiraban dentro del tanque australiano, a la sombra de los sauces, en la quinta de La Balandra. Pensó en Lorena, jadeando y estremeciéndose contra el sillón de cuero, los dedos de sus pies retorciéndose por encima de su cabeza mientras él se sumergía entre las piernas de ella. Volvió a reír y puso una expresión medio tonta y lasciva en su rostro. Desabotonó la bermuda y la dejó caer a sus pies. Avanzó unos pasos hasta meter ambos pies en el agua. El agua estaba helada. Consideró, por un segundo, salir disparando hacia el campamento y meterse dentro de la carpa, olvidar para siempre toda esa locura. Entonces, recordó lo que lo había llevado hasta allí, la idea bautismal de reiniciarse para empezar de nuevo, los pasos que lo llevarían a ser lo que quería ser y desde años no podía ser, las impurezas, las imperfecciones que necesitaba limpiar. Recordó que este paso era tan importante como los once siguientes que habría de dar. Recordó las palabras del ministro en el templo evangélico, de pie junto a Paola, los dos tomados de la mano, ella sonriéndole entre mirada y mirada, sujetándolo cada vez más fuertes, las palmas sudando con cada oración en favor de la pureza, de la promesa de renacer, de las segundas oportunidades que aguardaban por todos. Fue más atrás en sus recuerdos. Pensó en la vez que Mariano y Ulises lo persuadieron de meterse dentro del tanque de agua de aquella antigua casona abandonada y que prometieron que bajarían por él, pero se marcharon, dejándolo solo, temeroso de moverse, apenas iluminado por un rayo de luz que se filtraba por la boca del tanque vacío y que dejaba ver las mugrientas paredes pintadas con aerosol, los charcos de orines en el suelo y ese olor, el olor tísico de orines humanos mezclados con agua de rana y ratas ahogadas, aún podía recordarlo si cerraba sus ojos. Pensó en la vez que alguien -seguramente Mariano o Ulises- apagó la luz del baño mientras estaba en la bañera y en la parálisis que lo apresó y en el momento en que lo encontraron, horas después, dormitando, helado, lo creyeron muerto. Pensó en la vez que casi muere al caer dentro de una cloaca, fue tras la inundación del `91, todos en el barrio había destapado las cloacas y ellos estaban jugando a las bolitas y él se cayó dentro de una y Mariano y Ulises sin saber qué hacer, se quedaron viendo como se ahogaba. Pudo ser el final de no ser por un vecino que lo rescató, lo sacó colgando de una pata como si fuera una rana y se lo entregó a su madre y que ella lo llevó al baño y le arrojó decenas de baldes de agua encima y ni así fue suficiente para sacarle el barro podrido de encima. Dejó de pensar y guardó silencio, el clamor de una cuenta regresiva se oía lejano a sus espaldas. El muchacho aspiró profundamente, se oyó una explosión, luego otra y luego otra, montones de explosiones, cerró sus ojos, alzó sus brazos, juntó sus manos y se lanzó dentro del lago. El primero de Enero había llegado. Salió del agua, no más un niño.