sábado, 29 de marzo de 2014

llanero solitario.

lo peor de todo fue volver a casa y descubrir que la llave no estaba en ninguno de mis bolsillos. lo mismo que la suerte, en algún punto inconcluso dentro de aquella noche inconclusa, me habían abandonando.
y no se trataba de, a poco de haber entrado al Rectorado, tener que pedir un aventón hasta la otra punta de la ciudad, tocar timbre en una casa que no era la casa en cuestión, corroborar la dirección y concluir en que la data había llegado errónea a mis manos. ni se trataba de deambular un largo rato por la zona del Hospital de Niños hasta encontrar un público, telefonearla y que me dijeran que había salido “a comprar Coca para el fernet”. tampoco fue el violento desengaño que me acometió entonces, que me llevó a colgar sin decir nada y a caminar toda la calle 12 de un tirón desde 66 hasta 48, un sábado, de madrugada, solo, en pleno invierno, con las manos tan vacías y tan cansadas de esperar y tan dispuestas a llenarse o a morir esa misma noche.
y no se trataba de llegarme hasta el Rectorado, hacer la fila, pagar la entrada por segunda vez para entrar y tener que contarle a la barra que no la había encontrado, que no estaba en la fiesta, que no se me había dado. ni se trataba de bancarme las gastadas y las risas y el tener que escuchar por enésima vez que eran todas putas, que daba lo mismo un tajo que otro, que podía elegir a cualquiera que estuviera allí esa misma noche, pero ¿qué pensar cuando todas se veían tan suntuosas y deliciosas ataviadas con esos vestidos verdes, blancos y amarillos que caían con tanta gracia hasta sus rodillas y esas piernas que se escapaban de la falda de esos vestidos y que emulaban las carreteras que uno sabía conducían al paraíso y sus peinados y sus perfumes te enloquecían y el maquillaje en sus bellas caras te prometía cosas que no podrías decir en voz alta sin ruborizarte y hasta el brillo de las hebillas de sus cinturones, de sus collares y de sus pendientes nublaba el habla, la razón? tampoco se trataba de seguir ahí, pese a todo, y haber tomado otra botella y haber bajado la escalera hasta el subsuelo, dando tumbos entre borrachos solitarios y parejas matándose a besos y guardianes del orden que te clavaban esa mirada que te aseguraba que vos bien podrías ser el próximo en ser sacado a patadas del lugar y cuando ya hiciste lo tuyo y te lavaste las manos y  trataste de peinarte frente a esos espejos donde el resto de los pibes se acomodaban n los cuellos de sus camisas y sonreían al reflejo con aire seguro y vos te veías tan distinto, tan lejano a lo esperado, tan distante a las oportunidades de conseguirlo y volviste a la pista para encontrarte con que tu amigo había recibido un mensaje de ella diciendo que debiste haberla esperado en la fiesta, que vayas, que quiere verte y vos eras tan cobarde y tan ingenuo para estas cosas que te quedaste preguntándote, considerando seriamente, entre toda esa música y toda esa gente y todo ese ruido y todas esas luces y todo ese humo y todo ese alcohol, te preguntaste si debes volver a intentarlo, si valía o no la pena.
y no se trataba de haber tomado un taxi que se llevó los últimos duros que quedaban en tus bolsillos, porque esta vez sí encontraste la casa y esta vez sí llegaste hasta la puerta y esta vez sí tocaste el timbre y por un corto lapso te sentiste dichoso y hasta afortunado, pudiste saborearte la victoria, pudiste sentir en tus manos esa medida satisfactoria y desconocida entonces. pero nadie salió a recibirte y seguiste afuera escuchando los graves del equipo que reproducía un cuarteto cordobés en algún cd mal grabado y sabías o creías que ahí adentro había una mujer que quería verte y que te había garantizado que juntos pasarían un buen rato pero ya era tan tarde y parecía que ese buen rato no cabría dentro de los pocos minutos que le quedaban a esa noche. de manera que te impacientaste y decidiste que nada que se hiciera desear tanto valía la pena, que mejor te volvías a tu casa y puede que en el fondo sólo tuvieras miedo de tener que enfrentarte a la que parecía ser una mujer hecha y derecha, consumada en materia de amor mientras que vos sólo eras un pobre diablo que se espantaba frente a la desnudez. pero antes de irte, te pareció escuchar algo raro en una ventana que daba a la calle y porque eras –y lo seguís siendo– un maldito depravado espiaste por esa ventana y llegaste a ver a una pareja montándoselo sin asco sobre una cama y no dijiste nada, sabías que no era ella y no es que te importara tampoco porque no se debían nada, pero tú sólo te quedaste ahí observándolos rebotar y rebotar y romperse y corromperse el uno contra el otro como si fueran marea lamiendo la orilla, escuchándolos jadear, haciendo rechinar los resortes de la cama mientras giraban y se revolcaban y se sacudían con vehemencia y pasión y de seguro hubieras permanecido allí hasta el final de no ser porque de pronto se abrió la puerta del frente y no tuviste mejor idea que salir corriendo y es que toda la noche habías estado corriendo de un lado a otro, asustado, esquivando sincera y disimuladamente la posibilidad de conseguirlo, de finalmente anotarte una victoria en la cama pero ahora la noche ya se terminó y vos estabas en la puerta de tu casa, borracho, cansado, frustrado, hirviendo de calentura, decidido a dejar correr esos ríos calientes entre tus piernas como sea mientras te palpas uno a uno los bolsillos vacíos en busca de una llave que no aparece.
pero no, no es eso, no es nada de eso.
todavía te las ingeniaste para intentar hundirte un poco más y trataste de trepar la reja, olvidándote de todo lo que habías tomado y olvidándote que estabas muy por encima de tener un peso saludable y liviano y olvidándote que tus pantalones son muy anchos y el dobladillo no está zurcido y se puede enganchar en cualquier lado y el dobladillo se engancha en la reja y trataste de subir al techo pero algo te retenía y estabas sostenido únicamente por tus brazos tratando de zafarte y lo intentaste y lo intentaste hasta que las fuerzas te flaquearon y caíste y decidiste quedarte ahí tendido en el barro, al amparo de las grandes hojas de la catalpa que te cuidaban como una madre y allí te quedaste hasta que uno de tus hermanos salió de la casa y te vio ahí tirado y te preguntó si estabas bien y te soltó unas puteadas y te ayudó a levantarte y te llevó hasta la pieza y ese fue el final –por fin– de tu noche inconclusa.

a la mañana siguiente sobraba el tiempo para descubrir que también habías perdido los documentos. y qué decir de la percanta, ellas guardan al final de sus piernas lo único que queremos y perseguimos y lo entregarán a quien gusten y a quien les plazca, no necesariamente tiene que parecernos justo ni gracioso ni agradable. nada de eso. uno desea y es uno mismo el que se entrega a ese deseo y es uno mismo el que elije rechazar la oportunidad cuando se abre de piernas frente a nosotros. supongo que algunos hombres –y también algunas mujeres– lo encuentran de lo más sencillo. son reglas de un juego en el que algunos tienen muchas fichas en su poder y otros sólo tienen casilleros vacíos esperando llenarse, unos juegan, otros pierden y otros sencillamente se limitan a mirar y a esperar y a mirar y a esperar y a…

No hay comentarios:

Publicar un comentario