sábado, 1 de marzo de 2014

recursando un sacramento.



Llegó andando en la noche como un experto ladrón de museos, memorioso de los planos, sin titubeos, conocedor a fondo de los pasos a seguir para adueñarse de aquello que no le pertenecía. A la distancia no era más que un bulto empuñando una linterna, bajando por la avenida Gutiérrez, pero a medida que se iba acercando, el punto de luz amarilla se fue ensanchando y la silueta iba adoptando una complexión varonil de facciones juveniles. Atrás fueron quedando los duendes de madera tallada que custodiaban la chocolatería, las casas de té, el tenue olor a serrín del taller de carpintería, el viejo almacén germano. Con un ligero movimiento barrió de luz los techos de lona y los grasientos mostradores de los puestos de en desuso de la feria. Siguió hasta la esquina donde se erguía la capilla y torció hacia su izquierda, salió de la calle y tomó por un estrecho camino junto a un polvoriento cartel que señalaba la bajada al lago Moreno. Bajó trastabillando por el empinado sendero que conducía al ala oeste del lago. A cada lado del sendero había un cerco de alambre de púas y pinos a través de los cuales se veían las caras iluminadas de las familias entornadas junto al fuego, había niños pequeños correteando de aquí para allí, hombres y mujeres adultos sentados en reposeras, charlando y bebiendo, aguardando la llegada de algo, buscando un signo en las llamas del fogón. Bajo un manto de ruidos a leña ardiendo mezclado con la cháchara del gentío y el oleaje del lago, el muchachito pasó cerca de ellos sin ser notado siquiera, como si fuera un fantasma.



            Descendió hasta llegar a la orilla. Notó que allí el aire estaba más fresco, lo sintió en sus mejillas, manos y piernas. Concluyó que camisa, pulóver y bermudas no eran abrigo suficiente para hacerle frente a la noche del sur. Ya no podía volver, pensaría en ello la próxima vez, si es que hubiera próxima vez. Apagó la linterna y comenzó a bordear el lago, alejándose del campamento.



            Pálida como un conejo, la Luna se dejaba caer sobre las remolonas aguas del lago, cubriéndolo todo con un tono azul oscuro, todo brillaba bajo su influjo: los bosques de pino, sauce y acacia que amurallaban la orilla, las cabañas que se desperdigaban lejanas entre los árboles y, más allá, la carretera serpenteante y solitaria. Las piedritas volcánicas se esparcían sonoramente bajo el peso de su andar, caminó y caminó y caminó hasta llegar a un claro desde donde se dominaba toda la vista del lago, luego los bosques y encima de éstos los cerros lustrosos y escarpados. Miró en la dirección que había venido y no percibió ni el más mínimo rastro de luz ni de sonido proveniente del campamento. Feliz, tomó asiento sobre un tronco y descansó su cuerpo unos instantes. Debido a la caminata, se olvidó de las bajas temperaturas que flotaban en el aire, pero tal vez sería conveniente apresurarse, pensó. Reparó en el dedo gordo de su pie asomándose por un agujero en la punta de la zapatilla. “Hola”, le dijo, y éste le correspondió con una reverencia. Empujando con el pie sacó primero una zapatilla y luego la otra. Descalzo, se puso de pie y percibió con mayor nitidez la dureza del suelo y el frío de la noche. Era como la primera vez que se duchó en el baño del colegio, tenía esa sensación que sus pies desnudos sintieron al entrar en contacto con el piso mojado de las duchas luego de que todos las hubieran usado y él por vergüenza prefirió esperar y ducharse de último. Algo cercano a un mareo sacudió su pecho y estomago, anudando su garganta. Decidido, avanzó hacia la orilla, mientras lo hacía, se quitó el pulóver y lo arrojó hecho un bollo tras de sí. Siguió avanzando, fue desabotonando de arriba hacia abajo la camisa, cada botón era un escalón que descendía en el tiempo, llevándolo hacia ese lugar que buscaba, que quería y necesitaba.



            Una ráfaga de viento llegó soplando hasta él, sintió el gélido abrazo de la noche sureña quemándole la piel, llegando casi hasta los huesos. Soltó una risa nerviosa pensando en la dificultad que tuvo siempre para poner la piel de gallina, se dijo que este sería el momento perfecto para tenerla de esa manera. Recordó a Ulises, su hermano, y en lo fácil que se le ponía la piel de gallina cada vez que se tiraban dentro del tanque australiano, a la sombra de los sauces, en la quinta de La Balandra. Pensó en Lorena, jadeando y estremeciéndose contra el sillón de cuero, los dedos de sus pies retorciéndose por encima de su cabeza mientras él se sumergía entre las piernas de ella. Volvió a reír y puso una expresión medio tonta y lasciva en su rostro. Desabotonó la bermuda y la dejó caer a sus pies. Avanzó unos pasos hasta meter ambos pies en el agua. El agua estaba helada. Consideró, por un segundo, salir disparando hacia el campamento y meterse dentro de la carpa, olvidar para siempre toda esa locura. Entonces, recordó lo que lo había llevado hasta allí, la idea bautismal de reiniciarse para empezar de nuevo, los pasos que lo llevarían a ser lo que quería ser y desde años no podía ser, las impurezas, las imperfecciones que necesitaba limpiar. Recordó que este paso era tan importante como los once siguientes que habría de dar. Recordó las palabras del ministro en el templo evangélico, de pie junto a Paola, los dos tomados de la mano, ella sonriéndole entre mirada y mirada, sujetándolo cada vez más fuertes, las palmas sudando con cada oración en favor de la pureza, de la promesa de renacer, de las segundas oportunidades que aguardaban por todos. Fue más atrás en sus recuerdos. Pensó en la vez que Mariano y Ulises lo persuadieron de meterse dentro del tanque de agua de aquella antigua casona abandonada y que prometieron que bajarían por él, pero se marcharon, dejándolo solo, temeroso de moverse, apenas iluminado por un rayo de luz que se filtraba por la boca del tanque vacío y que dejaba ver las mugrientas paredes pintadas con aerosol, los charcos de orines en el suelo y ese olor, el olor tísico de orines humanos mezclados con agua de rana y ratas ahogadas, aún podía recordarlo si cerraba sus ojos. Pensó en la vez que alguien -seguramente Mariano o Ulises- apagó la luz del baño mientras estaba en la bañera y en la parálisis que lo apresó y en el momento en que lo encontraron, horas después, dormitando, helado, lo creyeron muerto. Pensó en la vez que casi muere al caer dentro de una cloaca, fue tras la inundación del `91, todos en el barrio había destapado las cloacas y ellos estaban jugando a las bolitas y él se cayó dentro de una y Mariano y Ulises sin saber qué hacer, se quedaron viendo como se ahogaba. Pudo ser el final de no ser por un vecino que lo rescató, lo sacó colgando de una pata como si fuera una rana y se lo entregó a su madre y que ella lo llevó al baño y le arrojó decenas de baldes de agua encima y ni así fue suficiente para sacarle el barro podrido de encima. Dejó de pensar y guardó silencio, el clamor de una cuenta regresiva se oía lejano a sus espaldas. El muchacho aspiró profundamente, se oyó una explosión, luego otra y luego otra, montones de explosiones, cerró sus ojos, alzó sus brazos, juntó sus manos y se lanzó dentro del lago. El primero de Enero había llegado. Salió del agua, no más un niño.


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