sábado, 28 de junio de 2014

el lado oscuro del corazón.



El teléfono sonó justo cuando Ernesto Martínez acomodaba el último plato limpio de la cena en el escurridero. Los timbrazos se sucedieron una y otra vez mientras el muchacho cerraba la canilla, secaba sus manos con el repasador y se lo calzaba al hombro con aire compadrito. Siguieron sonando mientras caminaba hasta la sala y se aseguraba de bajar el volumen de la radio. Se repitieron sin pausa hasta que llegó al teléfono y descolgó el tubo. Ya desde el primer timbrazo, se había puesto a ejecutar toda una serie de cálculos y ecuaciones mentales que pudieran servirlo para identificar al responsable de un llamado telefónico que caía tal vez demasiado entrada la noche para su gusto. Podía ser que fuera su madre, día por medio la señora Martínez interrumpía su veraneo en la costa atlántica para telefonearlo e informarse sobre cómo marchaba todo en la casa y qué tal le estaba yendo con el curso y aprovechaba para pasarle el parte vacacional: “a tu padre se lo llevó una ola” o “tus hermanas dicen que te extrañan mucho” o “anoche gané en el casino” y cosas de ese estilo tan que no decía nada y a la vez tan que lo eran todo al que la señora había acostumbrado a su hijo. Podía ser también que fuera la abuela Inés, terca y dadivosa la doña no dejaba pasar más de veinticuatro horas sin llamar para invitarlo a almorzar tallarines o pastel de papa o milanesas de pollo escoltadas con bombas de papa y queso o cualquier otra delicia casera que a él se le antojara pedir y que ella, pese a sus sesenta y ocho años, se pondría presta a cocinar en cantidades desmesuradamente generosas. Podía ser que fuera alguno de sus compañeros del ingreso a Medicinas que llamaba para pedirle la solución a una ecuación logarítmica irresoluta a la que él pudiera darle respuesta. Pero, de todas estas posibilidades, a la que mayores importancias le daba y la que más interesante se le insinuaba de ellas, señalaba que podía ser María Luján quien lo llamaba, la dulce y bella María Luján, la blonda de sus sueños, la inquilina de su corazón. Los encuentros con María Luján se estaban volviendo cada vez más frecuentes, coloridos, prometedores y todo se estaba dando de manera natural y parecían encaminados de manera irremediable hacia el noviazgo. Alentando por esta última probabilidad, Ernesto moduló dulcemente su voz antes de preguntar:
                 –¿Hola?
            –Hola, ¿Erni? –replicó una vocecilla frágil, contemplativa, profunda, femenina. Sólo había una persona en el mundo que se refería a Ernesto como Erni. No era María Luján.
            –Ey, qué tal, qué sorpresa que llames a esta hora, ¿todo bien? –la voz de Ernesto sonaba afectada por una nota teatral exagerada, bajo ella se procuraba mascarar lo mejor que podía el notorio desencanto que le producía recibir cualquier tipo de llamado, mensaje o comunicado que no proviniera de María Luján.
            –No, no está todo bien, no está nada bien –le respondió aquella vocecilla frágil, contemplativa, profunda y femenina que pertenecía a Griselda Esposito y que prontamente pasó a graficarle con palabras la inmensidad de su angustia, lo diminuta que se sentía dentro de una casa que parecía acrecentar su tamaño con cada segundo y lo mucho que necesitaba de su compañía en un momento así. Ernesto dejó descansar el tubo sobre su hombro, lanzó una mirada al reloj de pared: faltaban pocos minutos para las once de la noche. Dubitativo y algo molesto frente a tamaña solicitud, exigió tener mayores detalles sobre lo qué estaba pasando, no había forma de persuadir a su voluntad para moverse de casa tan tarde por algo que no fuera una catástrofe natural, un incendio o el fin del mundo. O un llamado de María Luján.
            –¿Por qué te sentís así, qué pasó?
            –Es muy largo de contar por acá, muy difícil, no sabría por dónde empezar.
            –¿No puede esperar hasta mañana?
            –No puede esperar, por favor, ¿Hacés rápido? –le impuso Griselda sin hacer demasiado caso de sus demandas. Y le apuró antes de colgar–: te espero en la puerta.
            La contrariedad que embargó a Ernesto en ese momento sirvió para que el súbito corte de teléfono al otro lado de la línea se le pasara por alto. Se dejó caer sobre el sillón de la sala y meditó si quería o no quería, si podía o no podía, si debía o no debía. Tuvo que explicarse la situación a sí mismo varias veces para justificar el descaro de importunarlo un día de semana, tan tarde y, encima, la desfachatez de solicitarle que fuera él quien tuviera que molestarse hasta la casa de ella, ¡Que, para colmo, quedaba pasando el barrio Santa Teresita, unas larguísimas veinte y pico de cuadras hasta la zona rural de la ciudad! Pero, ¿de quién era el problema? Supongo que el problema es mío, se dijo. Si, es de ella, pero también es mío porque yo soy el amigo y los amigos están para ayudarse y apoyarse en momentos difíciles, razonó. Ya resignado, apagó la radio, cerró puertas y ventanas y salió pedaleando con rumbo a la casa de Griselda, pasando el barrio Santa Teresita, unas larguísimas veinte y pico de cuadras hasta la zona rural de la ciudad.


Hacía una noche tranquila, nada calurosa, con algo de brisa y una humedad vacilante que caía de los árboles, flotaba en el aire y se arremolinaba en las calles. Esa mañana, y desde hacía varios días, había estado lloviendo con ganas, una de esas lluvias de verano que se hacen esperar durante semanas y que cuando caen dejan asentada la cercanía de la próxima estación. Ernesto Martínez pedaleaba por la avenida desierta, los felices pensamientos que María Luján le inspiraba y que normalmente mantenían ocupada su mente por las noches fueron cediendo espacio a otros más dramáticos. Le preocupaba de modo sincero y desinteresado cualquier cosa que pudiera afectar a Griselda, tantas veces le había brindado su hombro en momentos difíciles, tantas crisis los encontraron abrazados esperando a que pasara la tormenta que les era prácticamente imposible imaginar cómo salir de una encrucijada emocional sin haberse consultado primero. De a poco, se fueron disipando las dudas sobre lo apropiado o inapropiado de un llamado nocturno, un día de semana, para pedirle que fuera a hacerle compañía. Se reprochó el haberse tomado a mal la petición de Griselda. También, evitó pensar en lo que podía llegar a opinar María Luján sobre la cuestión y se dijo a sí mismo que donde fuera que una amistad suya precisara de él, allí estaría sin importar el sitio ni la hora ni las opiniones de su pretendiente. Satisfecho con esta resolución, le imprimió mayor fuerza a su pedaleo, conforme la avenida Montevideo se convertía en Ruta Provincial quince y el escenario urbano poblado de chalets enrejados y comercios de barrio daban paso a los alambrados de púa, los árboles de tala y los puentes de concreto sobre canales de agua turbia.
            Ernesto siguió avanzando, dejando atrás callejas laterales oscuras y desiertas del suburbio, paradas de bus vacías y semáforos titilantes; adentrándose más y más en el corazón de una noche cubierta por el canto de los sapos que, amuchados en el reborde de los charcos, emitían un coro espeluznante, atronador, desaforado.

            El jovencito llevaba un buen ritmo, de seguir así pronto llegaría al cruce y tomaría el camino secundario que conducía a esa suerte de pequeño barrio privado donde el padre de Griselda había asegurado un hogar para su familia. Ernesto reparó en algo que parecía una rama y descansaba inerte bajo la luz de un farol, varios metros más adelante, sobre la ruta. Ese algo que parecía una rama, estaba seguro, le resultaba familiar. Cuando estuvo sobre él, se detuvo y lo examinó con detalle: era la cola de una iguana. Se enorgulleció de su buena vista y del tino que tuvo para realizar un hallazgo tan excepcional; se congratuló por sus conocimientos sobre la fauna local; sabía que, en caso de verse en peligro, las iguanas descartaban un pedazo de cola para escapar de sus depredadores. Recordó el día en que su padre le comunicó todo cuanto sabía de las iguanas, una tarde que hoy quedaba muy lejana, de muchos veranos atrás, en una excursión al río de La Plata donde se encontraron con uno de estos reptiles y al querer atraparlo sólo pudieron obtener un trozo de cola escamoso, verde, sanguinolento y oloroso. Podía apostar a que todavía lo conservaba en un frasco de mayonesa Helmann´s embebido en alcohol, algo pálido, retorcido, contraído y apestoso. Y que el frasco debía de estar en el galpón del fondo junto a otras chucherías como un cuero de víbora traído del Estero o el caparazón de mulita que algún vecino le había regalado a su viejo. Satisfecho, retomó su faena, algunas curvas más adelante estaba el cruce, ya quedaba menos de la mitad del trayecto para llegarse hasta allí.
Diestro para pedalear sin pensar en ello, Ernesto retornó sobre sus conocimientos en materia salvaje. Pensó en cierto tipo de víbora que, frente a un peligro inminente, se mordían a sí mismas para inocularse de su propio veneno y morir. Algunos escorpiones también recurrían a este tipo de prácticas para no sufrir. Serpientes y escorpiones, comparados con las mulitas, generaban todo un contraste: pensó en la pobre mulita recogiéndose y guareciéndose dentro de su caparazón para salvar su pequeña vida del peligro; pensó en sus diminutas piernas esforzándose por escapar de una amenaza que siempre acababa eliminándolas; pensó en lo sociable que eran, recordó haber jugado con una que su tío tenía como mascota junto a otro tipo de bichos raros en el fondo de su casa. Las mulitas no desconfiaban y muy rara vez sabían reconocer la amenaza que representaba la mano del hombre para ellas. Por ello es que la mayoría terminaba causando indigestión en la panza del algún gaucho glotón o convertidas en charango. Ernesto sintió pena del pobre animal, qué desgracia ser tan tonto y tan confiado, se dijo. Pensó también en las comadrejas: esos si que eran bichos jodidos, no tanto como una víbora o un escorpión, pero jodidos en fin, y qué más, eran renegados, eran crueles y eran rabiosos. Se alimentaban de huevos de pájaro y pequeños reptiles; eran acechadores naturales, pequeñas bestias asolapadas que sabían esperar el momento de atacar. Ernesto conservaba una foto de una comadreja que el viejo le había sacado a una que moraba por un baldío cercano cuando estaban levantando la casa. El viejo también le había legado todos sus conocimientos sobre este animal; dos cosas recordaba con nitidez: primero, que era un bicho cruel con su alimento porque les quitaba la vida y luego pasaba un largo rato estudiando a sus victimas antes de comérselas, olisqueándolas obscenamente, esnifándoles el alma, gruñéndoles con desconfianza; y, en segundo lugar, sabía que de verse amenazada, la comadreja entraba involuntariamente en un estado catatónico, se desmayaba y pasaba unos minutos completamente dormida, como si acaso esto pudiera salvarla de morir o de que sus viles intenciones fueran descubiertas. Era un bicho malo, jodido, muy jodido. Su pelaje, sus garras, su olor, esa forma de andar y de acechar y esa actitud, sumamente repugnantes según el criterio de Ernesto. Que la comadreja era un bichejo detestable fue lo último que se cruzó por la cabeza del joven Martínez antes de descubrir, con notorio fastidio y evidente sorpresa que había llegado al cruce y que, por lo visto, no había ninguna luz en la porción del barrio donde vivía Griselda. Era claro que todavía no le habían restaurado el servicio después de los cortes que se habían producido con las tormentas de la semana anterior. Menudo barrio privado se echó el padre de Griselda, pensó mientras terciaba su bici por el camino secundario.

Alto de Los Talas estaba lejos de cubrir los estándares que caracterizan a un autentico barrio privado: no estaba amurallado, no tenía guardias ni garita de seguridad, no había nada excluyente en él exceptuando lo lejos que quedaba de la ciudad y el elevado costo de sus parcelas. Así y todo, sus vecinos no habían podido conseguir todavía que les restituyeran el servicio eléctrico caído después de la tormenta. El camino que conducía a él salía de la ruta y se abría paso entre largos pajonales, cardos y zarzas que se alzaban altas y rígidas a un lado de la zanja que bordaba un sendero empedrado que desembocaba en una cantera poco profunda en torno a la cual se asentaban un puñado de chalets y algunas casas de fin de semana. La casa de Griselda quedaba justo al final del sendero y estaba jalonada por una serie de pinos altísimos, viejos y olorosos que perfumaban el frente de la casa durante todas las estaciones del año. No era la primera vez que Ernesto se llegaba hasta la casa de Griselda para visitarla; tampoco era la primera vez que lo hacía de noche, sin embargo, la casa de amplio patio delantero, que tenía una ociosa galería con un sillón-hamaca, de dos plantas, de tejas negras que resplandecían al contacto con la luz de la Luna, pintada de verde con las aberturas detalladas en marfil, con esas ventanas que a Ernesto le recordaban a una vieja película de terror en la que una familia era acribillada por un asesino misterioso y cuya asimilación mental jamás había podido esquivar. La casa, tan familiar en el pasado, parecía distinta esa noche, cargada de un aura indescifrable.
Ernesto llegó hasta la cancela de piedra de la entrada y se detuvo. Griselda lo esperaba sentada en uno de los pilares, fumando muy aquietadamente. Ernesto reparó en la débil brasa del cigarro de Griselda y en el humo que ésta expulsaba. Desde que tomó el sendero que había fijado su atención en ella, fue contorneando ese bulto oscuro mimetizado con la penumbra, hasta amoldarlo a la figura pequeña, retacona y ceñida de Griselda. Ahí estaba ella, sonriendo complacida, expectante, nocturna y crepuscular. Llevaba un vestido negro de una sola pieza que caía grácilmente hasta sus rodillas, tenía el pelo atado hacia atrás, un collar de perlas rojas de fantasía y los pies descalzos con cada una de las uñas embebidas en esmalte color cereza. Griselda soltó la última bocanada de humo en el preciso instante en el que Ernesto detuvo su bicicleta frente a ella, se acercó hasta él y le estampó un largo y sonoro beso en la mejilla al tiempo que Ernesto la rodeaba con sus brazos y juntaba sus manos por encima de su espalda.
–Te extrañé –le dijo Griselda con énfasis dramaturgo.
–Nos vimos hace tres días, no seas exagerada, ¿querés? –la regañó él.
–¡No quiero, ja! ¿Qué tiene? Yo te extraño igual.
–Bueno, hacé como quieras, ¿me podés contar, ahora si, qué es lo que te anda pasando, eh?
–Es largo –dijo Griselda apartando la mirada.
–Si nunca empezás.
–Vamos –le dijo Griselda. Había desembarazado a Ernesto de la bicicleta y la llevaba a un lado mientras cruzaba el garage vacío que estaba a un lado de la casa. Dejó la bicicleta apoyada contra unas cajas y siguieron hasta el fondo, hacia la galería de atrás.
– Ahí vengo –dijo Griselda y, cruzando una puerta fiambrera con resorte, se metió dentro de la casa.
            Ernesto se quedó fuera contemplando el brillo que la Luna proyectaba sobre sus botas de cuero gastado por el uso y los años, hundidas en el barro, aplastando el pasto bajo el peso de su cuerpo. Volvieron a horrorizarlo las dudas sobre qué diría María Luján si se enteraba que él estaba ahí a esa hora, a solas con Griselda. Ella nunca lo comprendería, no habría forma de hacer que ella viera las cosas de la misma manera, ni ella ni nadie más que él y Griselda lo verían de esa forma.
            –No encuentro los puchos ni el encendedor­ –exclamó Griselda dentro.
Ernesto entró y avanzó a tientas a través de la oscuridad que dominaba la cocina y fue hasta el living comedor. Se chocó con Griselda en la oscuridad. Ambos rieron.
–Ahí estás vos –dijo Griselda con su vocecilla frágil, contemplativa, profunda y femenina.
–Acá estoy yo, y los puchos, ¿dónde están?
–No sé.
–¿No tenés velas? ¿O una linterna?
–No encuentro el encendedor.
–No sabés nada vos.
–¡Ja, acá están! –exclamó Griselda.
–¿Las velas?
–No, los puchos –contestó Griselda victoriosa y encendió uno para festejar el hallazgo.

Salieron, la Luna bailoteaba tímidamente sobre el espejo de agua de la cantera, Griselda enfiló decididamente hacia el banco de madera frente a la orilla, Ernesto la siguió detrás con cierto resquemor. Reparó en la espalda desnuda de Griselda resplandeciendo bajo el influjo lunar como si fuera un apacible prado donde estacionarse a oler el perfume de la hierba y sentir las caricias del viento peinándola. Tomaron asiento en el banco, miraron el color del cielo, parecía enfermo de repente, a punto de desmoronarse; la lluvia estaba pronta a dejarse caer. Compartieron el cigarro, fueron pasándoselo entre pitadas y bocanadas. Ernesto no quería andarse con rodeos, fue directo al grano:
–¿Se puede saber qué es lo que te anda pasando, eh?
A Griselda, cuya mirada se paseaba preocupada por la orilla de enfrente, le tomó unos segundos hacerse cargo de que la pregunta era para ella, torció sus labios, miró sus pies, resopló, exhalando pesadamente, como si estuviera sacando un muerto desde adentro de un aljibe con sus palabras, antes de contestar. Era como si la vida le fuera en ello, como si no hubiera remedio para aquello que la angustiaba.
–¿Por dónde empiezo? –consultó.
–Por el principio ­–sugirió Ernesto–. Te vi hace dos días y estabas de lo más tranquila ¿Qué cosa tan mala pudo haberte pasado en dos días?
–Para empezar, tuve una charla telefónica con Leandro, esto fue al otro día de que nos vimos. El me llamó, no, yo lo llamé; hacía varios días que no sabía nada de él y, claro, era porque se había arreglado con la novia, entonces, la historia con él ya no corre más. Le dije que podía haberme llamado antes para decírmelo y no dejarme pendiente del otro lado. Me dijo que “pensó en llamarme” pero que también “creyó que si no me llamaba yo me iba a dar cuenta sola de por qué” no había llamado. Le dije que no me llamara nunca más en la vida y le corté.
–Le cortaste –preguntó Ernesto. Parecía realmente asombrado.
–Si.
–Está perfecto, por no hacerse cargo.
–Lo detesto.
–¿Eso es todo? ¿Por eso estás tan mal?
–No.
–¿Hay más?
–Si.
–Bueno, dale, nena. Seguí.
Griselda le dio una hondísima pitada al cigarro, lo apagó contra el banco y lo guardó dentro del paquete vacío. Expulsó todo el humo antes de continuar.
–Ese mismo día me puse bastante mal y, para colmo, mi mamá estaba re cargosa. Traté de no darle bola pero ella no paraba de hacer comentarios sobre la casa, que no estaba limpia, que no estaba ordenada y, encima, me buscaba, quería saber qué me pasaba, por qué tenía esa cara y no aceptaba que yo no le quisiera contar. A la hora de la cena me montó todo un berrinche, decía que yo vivo con cara larga, que no se puede convivir con alguien así, que los demás no tienen por qué pagar los platos rotos de mi estado de animo, que tenía que pensar en cambiar por el bien de todos porque estaba causándole un mal a todos.
–No tiene cara –comentó Ernesto.
–¿Viste? Te juro que no lo podía creer. Empezamos a discutir. El tono de la discusión iba subiendo, comenzaron los gritos, las puteadas y el llanto. Me levanté de la mesa y me fui. Más tarde, fui a verla y le pedí perdón. Me dijo que esto no puede seguir así y que yo tengo que pensar en cambiar por el bien de todos, porque estoy destruyendo a la familia.
–Tu vieja exagera, con ganas –sugirió Ernesto. Griselda no dijo nada, era como si lo que Ernesto acababa de decir hubiera caído en saco roto, como si no hubiera dicho nada. Luego de un rato, Griselda retomó su relato:
–Esa misma noche le conté a mi hermana lo que había pasado con mi mamá y le pregunté qué pensaba y ella le terminó dando la razón. Hasta me dijo que hice mal en meterme con un tipo como Leandro que estaba en pareja y todo eso.
Griselda cayó. Su relato catártico parecía haber terminado. Un pejerrey saltó en la cantera delante de ellos, causando un chapoteo en el agua. Ernesto meditó en lo que acababa de escuchar. Un tipo como Leandro no merecía la menor de las tristezas por él; era un tipo ordinario, un farsante que no podía desenvolverse socialmente sin la ayuda del alcohol o los fármacos, un fariseo de risa acartonada cuyas historias nadie creía. ¿Qué le había visto Griselda? Por favor, qué cosa increíble ¿Y la madre? ¿Cómo podía importar lo que ella tuviera para decir de Griselda, si nunca tuvo ni idea de quién era su hija, si de madre lo único que tenía era el título? Y como ama de casa era un espanto puesto que todas las tareas del hogar corrían por cuenta de Griselda. Si obraba un milagro, la hermana tal vez le daría una mano, pero eso era casi nunca, cómo podía Griselda tener en cuenta cualquier cosa que pudiera decirle. No podía ser cierto.
Griselda apoyó su cabeza sobre el hombro de Ernesto y no dijo nada más. Ernesto sintió el contacto de la frondosa mata de pelo liso y perfumado contra su barbilla, era una fragancia frutada y embriagadora. Instintivamente, rodeó a Griselda con su brazo y la atrajo hacía él. Ahora el peso de su cabecita descansaba sobre su pecho, con una cabellera agradable a la vista, al tacto y al olfato. Algún día Griselda haría muy feliz a alguien, pensó, pero primero tenía que recomponerse de todo esto, salir de la encrucijada. Súbitamente, todas las luces de la casa se encendieron en un sorpresivo flash.

–Volvió la luz –dijo Ernesto como para esclarecer lo evidente. Griselda se apartó de él y se puso de pie. Ernesto sintió frío allí donde sus cuerpos habían estado pegados hasta recién. Los dos caminaron en silencio hasta la casa. Griselda fue apagando una tras otras las luces de la casa. Lo hacía muy lentamente. Ernesto calculó que ya era hora de volver a casa, ya nada podía hacer allí. Griselda leyó la intención de partir en su mirada y se acercó hacia él. Lucía verdaderamente apesadumbrada.
–¿Por qué no puedo conocer a alguien? A cualquiera, a uno que me quiera como soy, que se banque mis defectos, que no me quiera solamente para sacarse las ganas. Alguien que me vuele la cabeza, ¡Por favor! Que me corresponda y que sienta igual ¿Por qué no puedo, por qué? –dijo Griselda, su voz se iba desarmando poco a poco, diseminando la amargura como si fueran restos de un naufragio. Ernesto sabía que ese era el tipo de preguntas que se hace cuando se quiere destrozar a la otra persona, no eran inquietudes, no buscaban respuestas, querían destruir, querían poner a la otra persona en los zapatos de la tragedia. Griselda ya estaba destrozada por dentro, no tenía remedio, sólo estaba un poco asustada, como un animal herido que se sabe perdido y que puede reconocer cuando el fin está cerca y que lo único que puede atinar a hacer es atacar, herir, destrozar. Cargarse a alguien consigo.
–Quedate tranquila –dijo Ernesto. El también se sentía destrozado ahora, el ataque había sido eficaz y se hallaba vulnerable. Estaban de pie en la cocina, frente a frente, apenas centímetros separados, sus respiraciones estaban hechas del mismo aire.
–¿Por qué no puedo conocer a alguien?
–Tranquila, Grise.
–No, no. En serio, ¿Por qué no puedo conocer a alguien, ser correspondida, por qué no puedo conocer a alguien como vos? ¡Ja, qué suerte que tiene María Luján de tenerte, con vos si que se sacó la lotería! –Griselda hablaba en un tono cínico, descorazonado. Ernesto quiso hacer de cuenta que no había escuchado lo que decía Griselda, ya le habían advertido de ciertas situaciones en la vida de un hombre donde esas palabras cumplían una función, eran la llave para abrir la puerta de las pasiones prohibidas. Más aún, el nombre de María Luján le había sonado sucio puesto en labios de Griselda.
–Nunca voy a conseguir a nadie –gimoteó Griselda. Parecía a punto de quebrarse ahí mismo. Ernesto, que sólo pensaba en volverse a casa y acostarse a dormir, dedujo que la noche aún no había terminado. No quiso resultar un mal amigo, una estatua frente al dolor de Griselda.
–Quedate tranquila –dijo, al tiempo que apoyaba su mano sobre el hombro de Griselda, en un gesto que anticipaba un sentido abrazo. Griselda fijó su mirada sobre la mano de Ernesto y luego lo miró directo a los ojos. El creyó que Griselda podía estar ofendida, como si hubiera podido leer en su actitud la intención de partir. Recapituló para ver si había hecho algo malo, por si acaso, retiró su mano del hombro de Griselda. Pero, Griselda tomó su mano entre las suyas y la acercó suavemente a sus labios. Le dio un tierno beso, luego otro, luego otro y otro. Sujetó el dedo índice con firmeza y lo presionó contra sus labios, paseándolo sobre éstos de manera lenta, muy lenta, de derecha a izquierda sobre el labio superior primero, de derecha a izquierda sobre el labio inferior después. Luego inclinó su cabeza sólo un poco hacia atrás y comenzó a lamerlo, la mirada clavada sobre Ernesto, en sus ojos se leía el deseo, la gula, el apetito, la ansiedad. Introdujo el dedo en su boca y procedió con maestranza a enredarlo, someterlo, aprisionarlo bajo su lengua. Ernesto no salía de su asombro. Sentía como si hubiera ido a dar de bruces en el fondo de un pozo cuyo lecho estaba cubierto por la bajeza de la humanidad toda, se sintió abismarse en el centro mismo de la desgracia, y lo peor, había sido Griselda quien lo había empujado allí, no sin querer, no por accidente, no por descuido, sino con plena conciencia del hecho, sin apartar por un segundo sus ojos negros de encima de él, sin pestañear, diciendo más con la mirada que con toda la acción que medio entre su boca y el dedo de Ernesto. Esa mirada voraz, animal y decidida. Esa mirada, la antesala a una noche de placer y desenfreno. Horrorizado, Ernesto apartó su mano, se la restregó contra la parte trasera del pantalón y le lanzó una mirada de odio, plena de rechazo, al tiempo que reclamaba ofendido:
–¿Qué hacés, vos estás loca?
–Dale, Erni, ¿Me vas a decir que no te diste cuenta? ¿En todo este tiempo no te diste cuenta de cómo eran las cosas? –preguntó Griselda divertida, impertérrita, todavía templada–. No tenés que armar un escándalo, podemos ir a tu tiempo si así lo querés, pero, por favor, no dejemos de ir en esa dirección, no perdamos la oportunidad.
Era imposible que Griselda estuviera más cerca de Ernesto quien, enmudecido, sintió como la muchacha se paraba con sus pies desnudos, pálidos y diminutos sobre la puntera de acero de sus botas. Ernesto bajó la mirada y los vio allí. Le estremeció lo perfecto que cuadraban sus partes, tenían el tamaño ideal, eran como un poema, como flor en primavera, como una fogata que amenazaba con llegar a quemarle el corazón si no se despabilaba pronto. Alzó la vista, dejando allí plantados a los piecitos, trepando por las piernas relamidas de Luna, las rodillas ásperas, el dobladillo del vestido como un cerco protector del paraíso, el vientre suavemente pronunciado, los pechos generosos desbordando el escote, el huequito en la base del pecho, ese huequito donde podría depositar las frustraciones de toda una vida, el bretel colgando a un lado, todo desafiaba su hombría, todo lo invitaba a dejar de pensar, a desatarse, a arrebatarse y zambullirse ahí dentro, tomarlo todo, a no medir consecuencias. Siguió subiendo con la mirada por el mentón, la boca, los labios, la lengua que acababan de incendiarlo, que habían arrojado kerosene en el templo donde habitaba otra. Todo parecía decirle que dejará de pensar y fuera a pasar un buen rato. Siguió subiendo, los ojos de Griselda seguían ahí todavía.
–No tenemos que contarle a nadie –dijo Griselda. Sonreía lascivamente. En sus ojos el acto estaba casi consumado, la victoria estaba cantada. Ernesto la tomó de las manos, ella lo miró feliz. Ernesto la apartó muy suave, muy lento.
–No, no, no –le dijo, y empezó a caminar.

Griselda se quedó allí parada, muda, petrificada, con los pies claveteados al suelo, falta de aliento, de acción y de palabras, toda su energía concentrada en escuchar si Ernesto regresaba, si se lo pensaba dos veces y se arrepentía, si se decidía a dejar de comportarse como un niño y empezaba a ser un hombre, si regresaba y la tomaba. Lo escuchó andar hasta el garaje, tomar la bicicleta y salir de la casa. Siguió allí, inmóvil, tal vez preparando su próxima jugada, tal vez considerándose a si misma una idiota que había hecho algo incorrecto, tan sólo por haber seguido un impulso, tan sólo por haber permanecido demasiado tiempo entre las sombras del lado oscuro del corazón, allí donde habitan las emociones prohibidas. Escuchó el siseo de la cadena rodar hasta el frente de la casa y detenerse. Arrebatada por sus emociones, echó a correr hasta la puerta. Pudiera ser que la noche no estuviera del todo perdida, todavía.
Ernesto se había detenido al final del sendero de piedras, de espaldas a la casa, su alta y ancha figura parecía menor, reducida, insignificante, su pecho se agitaba, su cabeza daba vueltas y vueltas en una violenta oscilación que rompía en suave oleaje hacia los márgenes de la cordura. Sabía que todo se había ido al carajo entre Griselda y él, todo se había ido al carajo allá atrás, sabía que no había sido su culpa, sentía un leve impulso de volver a aclarar las cosas pero la sensación de que ése puente había caído al vacío envuelto en llamas lo dominaba, sentía que lo único que podía hacer era acudir corriendo a los brazos de María Luján y contárselo todo, confesar el crimen del que lo habían hecho cómplice sin consultarlo. Percibió a Griselda parada a sus espaldas, se sintió doblegado bajo el peso de su mirada. Tenía que saberlo, por una loca corazonada tenía que saber lo que podía llegar a sentir su corazón si Griselda volvía a cruzarse frente a sus ojos. Volteó para mirar sin dejar de aferrarse al manubrio de la bicicleta, giró muy lentamente y alzó la mirada: Griselda Esposito era apenas una sombra que se desvanecía en el viento; el pelo suelto, la mirada escrutadora, la boca hambrienta, las curvas, todo seguía allí, todas sus virtudes y atractivos apilados uno encima del otro, fuertes y estables a pesar de las ráfagas de viento que empezaban a soplar desde algún lugar en su interior, la única tormenta estaba en su pecho, su mirada empezaba a desarmarse con la misma cadencia de la noche, como su vinculo, como el circulo secreto que los mantuvo cerca y juntos una vez y ahora se disparaba ensanchándose hacia el infinito, desconociendo los limites, llevándose a cada uno lejos del otro para siempre, de un modo que nunca volverían a estar juntos de la misma manera, la distancia entre ellos ya no podría medirse en términos del sistema métrico decimal, simplemente ya no sería igual jamás. La silueta de Griselda seguía esfumándose como la llama de una vela ante los ojos de Ernesto. Cerró los ojos y los volvió a abrir. Ella seguía allí pero ya no era la misma ahora, tampoco era la misma que un segundo atrás, no era quien fue en un principio ni siquiera la misma que lo quiso avanzar allá atrás hacía unos minutos, ya no sabía quién era, ya no sabía nada de nada. No leyó remordimiento ni pena, tampoco leyó que siguiera acariciando esas mismas intenciones que lo habían precipitado a marcharse, tan sólo pudo ver a una persona solitaria, algo perdida, algo desesperada, con el atractivo necesario para destripar a cualquier muchachito pero que a él ya no le agradaba. Se sintió tan vacío como ella en ese momento. Retomó la marcha y se alejó. Al cruzar la cancela, se volvió para cerrarla y lanzó una última mirada hacia donde estaba Griselda. Resaltaba entre el mobiliario como una figura de utilería, ya no había nada que fuera visible en ella fuera de sus voluptuosas curvas. Ernesto montó su bicicleta y echó a andar por el sendero, su cerebro y su corazón colocaban la tapa al asunto, hacían bajar el cajón hasta el fondo de la sepultura y se turnaban para echar paladas sobre cada momento lindo que pudiera quedarle que hubiera sido compartido con Griselda. Salió corcoveando del sendero y enderezó por la ruta con toda la velocidad que su rodado le permitía. El viento le pegaba en la cara y le dificultaba la tarea y aullaba entre las copas de una larga fila de eucaliptos que se erguían a un costado de la ruta. A Ernesto le entró una loca, inexplicable, desesperación por llegar a casa, encerrarse en la pieza y acostarse en la cama. Aceleró y aceleró, mientras se agitaba mucho y avanzaba poco y maldecía su suerte y ese beso burlón que el destino le había plantado sobre las mejillas.

La euforia que lo dominaba fue disgregándose esquina tras esquina, conforme la tormenta, el volcán y la casa de los Esposito quedaban atrás. Cruzó el puente y se dejó llevar por la pendiente, descansando ambos pies sobre los pedales y su cabeza mecida por el viento. Se dejó ir por unos instantes. Ya no era presa del terror, había logrado escapar. Sin embargo, sentía una herida, una culpa que sólo María Luján podría curar. Aunque era lo que más deseaba en ese momento, sabía que interrumpir en sus sueños a la mitad de la noche para contarle que la chica que tan mala nota prestaba frente a sus ojos se había arrojado sobre él, sólo podría traerle más problemas. Se preguntó si había forma de que ella se enterara de esto por otro lado. Si conocía a las mujeres como creía conocerlas, entonces, no había forma de que llegara hasta oídos de María Luján. Pero puede que no conociera en nada a las mujeres, lo que acababa de suceder así lo demostraba. Sin darse lugar a más vueltas o meditaciones de última hora, enfiló  para su casa.
Sacó una soda de la heladera y bebió uno, dos, tres vasos. Fuera y lejos se perdían los ladridos de un perro en el viento. Recordó las palabras del viejo: “no existe la amistad entre el hombre y la mujer”, recordó cuánto deseó probarle que se equivocaba, él se lo demostraría, él le probaría lo mucho que se equivocaba. Se le vinieron a la cabeza los pucheros que le soltaba María Luján cada vez que se iba de su lado para encontrarse con ella: “tené cuidado, se le nota a la distancia que tiene otras intenciones con vos”” y que él no decía nada para no pelear pero callaba su fastidio; por último, pensó en todas las veces que Griselda le había dicho “te quiero”, sentía todo tan distinto ahora. Se incorporó y caminó hacia la pieza. Evitó hacer una escala en el baño para no enfrentarse al espejo, por temor a que le mostrara que ya no era quien creía ser, que ya no era el mismo, que algo, muy dentro suyo, había cambiado para siempre.



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