lunes, 14 de julio de 2014

masticaba mi corazón como si fuera un chicle.



renunciar a la breve autonomía que tengo sobre mí andamiaje

y acceder a la invitación de tomar una merienda es:

desatar los cordones a un niño ciego y empujarlo sobre la avenida siete en hora pico,

iniciar 5.893 viajes de ida para la mente y procurar poner en orbita a un corazón maltrecho y desorientado



lo último que hacen mis sentidos será agradecerme el desorden al que los expongo

ignorando que un exceso de estímulos podría desencajar todos sus mecanismos

y ahora frente a la perspectiva que ofrece la cocina esta tarde:

dos jóvenes sin sortija

manteniendo conversaciones paralelas

que ofician de distancia entre ellos

ella bate café y sonríe

yo trato de no mirarle las manos

y también trato de no mirarle los pies

y las dos cosas me salen mal



curioso hechizo del tiempo:

veintitantos años ignorando

que soy medio mudo

bastante torpe

y un poco bizco

de pronto descubro que

ella tiene la magia

ella

decide la distancia entre sus cuerpos

el que siempre fue suyo

y el que hasta ese momento fue mío

y ahora es una colonia más de su monstruoso imperialismo afectivo





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