domingo, 10 de agosto de 2014

si yo fuera sus manos.

Si yo fuera su pelo dejaría de bailar contra el viento, con tanto garbo, con tanta libertad y elegancia desmesurada que tiemblo de sólo pensarlo. Dejaría de brillar -rojo como el fuego- a la luz de las farolas de la Avenida Montevideo, mientras el crepúsculo lanza sus encantadores rayos de frío y de sombras sobre nosotros y el ómnibus que esperamos pareciera nunca llegar. No volvería a despedir -en los momentos menos oportunos- mil fragancias provenientes de los jardines del Edén. Fragancias que evocan los días más dulces y felices de la niñez, perfumes que invitan a dormir la siesta y que acompañan la promesa de paz y de calma, de paz y de calma.

Y, si yo fueras sus piernas, esas piernas tan delgadas, de curvas tan pronunciadas, que se asemejan a las hojas de un sauce hamacadas por el viento al andar y que van despreocupadas, sin tropezones ni caídas, ni raspones ni heridas. ¡Oh, si yo fuera sus piernas! Dejaría de danzar a solas en el patio, dejaría de trazar figuras astrales sobre las baldosas y empezaría a correr, me alejaría rápido y sin dirección. Me alejaría de todas las manos y las miradas que se posan sobre mi y que han confundido ternura con deseo, como si fueran las dos caras de una misma moneda, dos facetas inseparables del amor y que, con esa misma moneda, pueden comprar un ramillete de seis rosas rojas o un chocolate o lo que sea que los conduzca hasta ese lugar.

Si yo fuera sus manos, soltaría esas otras manos que me tienen atrapada. Que me quitan lo pálido, lo suave, lo delicado. Que me aprietan y no me sueltan. Que se han puesto como misión acariciarme y hacerme estremecer. Que piensan que las manos son las llaves para abrir una puerta secreta dentro de cada mujer. Que son toscas y violentas. Que no saben, pero creen saber. Si yo fuera sus manos, soltaría esas otras manos.

Pero las probabilidades siempre hacen un esfuerzo increíblemente inhumano para mantenerse bajas todo el tiempo y hoy ya he bajado las persianas, he cerrado todas las puertas y todas las ventanas y he tenido que resignarme a aceptar las cosas tal y como son, tal y como se han dado, tal y como están destinadas a ser.

Si yo fueras sus manos, pienso, pero yo no soy sus manos.

No soy más que mis manos y por ella no he podido hacer otra cosa más que escribir este poema.

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