martes, 14 de octubre de 2014

un rosario de casitas en manos del arrebol.



El sol emerge triunfante de las aguas del río

salta encima del horizonte y rueda pesadamente sobre las casas del barrio

derrama su color en las chapas acanaladas de los techos

y va dejando a su paso, la celeste claridad de una tibia alborada



perros, pájaros y camiones de la basura

se precipitan de golpe en el sueño de los durmientes

al tiempo que una flota de relojes despertadores

bombardea la manzana en una atroz cacofonía

también la avenida traquetea bajo el paso de los buses que retoman su ciclo

al tiempo que cientos de canillas se abren en los baños

dejando salir el agua que cae en las manos,

que refresca los rostros,

que no alcanza a disipar los cansancios.



inexorable,

la rueda echa a girar nuevamente,

arrastra consigo los destinos de todos aquellos que viven en las barriadas



los vampiros vuelan a sus cuevas

dos ratis duermen en un patrullero aparcado a la sombra de la arboleda

los malandras hacen una última parada

se detienen junto a la puerta lateral de la panadería,

aplauden y aguardan pacientemente,

saludan con toda la amabilidad de la que disponen

y proceden a formular el respetuoso mangazo

retornan felices al aguantadero, comiendo facturas del día de ayer



en la cocina,

los jubilados manipulan las perillas del radio en busca de sintonía

dejaron pan viejo sobre la hornalla y el aroma empieza a llenar el aire;

revestidos de amargura y abnegación,

los laburantes ponen la pava sobre el fuego;

levantando la vista de sus apuntes,

los estudiantes saborean la desazón de otra noche entregada al conocimiento;

tapados hasta las narices,

los perezosos se enrollan en la sabana pidiendo cinco minutos más;

con un incendio voraz en el hígado,

los trasnochados se santifican frente al Uvasal,

prometiéndose en voz alta: “no tomo más”.



ajeno a todas estas historias,

las manos de un nene rebuscan dentro del paquete de galletitas surtidas

las de chocolate rellenas de crema sabor vainilla concentran su atención

envuelta en un raído desaville,

con la mirada cansada y una voz impaciente,

su madre le alcanza la mochila y le pide que se apure

los ronquidos de su padre –recién llegado del turno noche en la metalúrgica–

son la última imagen de su hogar que se lleva antes de salir

mientras la llave gira en la cerradura y le abre la puerta a un nuevo día.

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