jueves, 12 de febrero de 2015

el olor de la leñera en la mañana.



el capricho de la naturaleza se reveló aquella mañana:
en sincronía con la salida del sol también se había desatado una tormenta,
comenzó como una leve corriente, que traía consigo una fina garúa
y, al cabo, rompió en ráfagas más o menos vigorosas, discontinuas
que regaba los campos con helados baldazos de agua.

ahora el viento soplaba empecinado a través de los sauces,
sacudiendo la enramada con el fervor de un Samson enardecido.

fui sorprendido por el diluvio de vuelta al campamento,
mientras cruzaba el sendero de pinos que discurrían a un lado de la casa;
volvía de la cocina, traía una pava con agua caliente,
ahora me resguardaba bajo el techo de la leñera.

retenía, si, el aroma de los buñuelos que doña Inés fritaba en un sartén,
se había prendido a mi nariz, determinado a no marcharse
y las palabras de la ancianita ejecutándose en mi cabeza,
la más dulce melodía:
–en quince minutos volvé y te llevás unos así toman con el mate– me dijo.
ahora la posibilidad quedaba trunca, la lluvia alejaba esas delicias de mi camino.

ninguna amabilidad equiparaba a la de doña Inés,
su charla era anodina, sus modos sencillos y su corazón gigante.
–¿cómo la están pasando?– me preguntó luego de darme el buen día, y
–maurito no viene nunca, qué bueno que puedan venir ahora están de vacaciones.
el maurito era amigo mío, vivía (y todavía lo hace) a media cuadra de mi casa; después sentenció:
–está como que quiere llover, espero que se aguante un poco más.
tal fue su predicción respecto de las nubes gordas, lentas y pesadas que se arrastraban allá el cielo.

un fuerte olor a serrín y lona mojada venía ahora a echar al de los buñuelos,
desde mi refugio podía dominar toda la extensión:
el viejo caserío, abandonado, con las puertas y las ventanas arrancadas, junto al arroyo, ahí vivía doña Inés antes de mudarse a la nueva casa;
el tractor olvidado en medio del arado,
absorbiendo toda la lluvia en sus ruedas, en el asiento, en el motor,
incapaz de evadirse, imposibilitado para escapar, revestido de abnegación.

un gato emergió de entre las leñas,
maullaba amistosamente y se andaba con movimientos indolentes, despreocupados.
era uno de esos gatos de campo, ramplones y sin garbo,
tenía el pelo pringoso y algunos arañazos repartidos por acá y por allá,
ninguna solterona de ciudad compartiría una foto con él.

se asomó hasta el borde del alero y registró el paisaje a través de la bruma,
su intuición de felino le decía que la cosa iba para largo,
pegó un salto y desapareció encima de las pilas de leña.
la pava se enfriaba en mis manos,
imaginé a la pandilla toda despatarrada dentro de la carpa,
pronostiqué fastidio y desdichas para lo que quedaba de la jornada.

permanecí alelado en mi refugio por tiempo indeterminado,
pronto me vi lleno de predicciones sobre el futuro:
la lluvia que no paraba, que ponía una distancia infranqueable entre esos buñuelos de manzana y mis manos,
que nos echaba a perder la excursión.

era un borrego todavía, lejos estaba de ser el que soy hoy
estaba impaciente bajo el alero, con las zapas embarradas de pasto y rocío,
temblando y a las puteadas.

no advertí del todo bien lo que traería el futuro,
no advertí el número de solteronas de ciudad que me harían estremecer con sus fotos en compañía de amanerados gatos domésticos.

muy temprano esa mañana, al resguardo de la leñera,
experimenté una fuerte conexión con el felino aquel:
ninguna de esas mujeres nos iba a querer en sus vidas jamás.



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