miércoles, 18 de marzo de 2015

Juan Carlos y los perros.



todos los días, cuando baja el sol,
Juan Carlos y los perros le suman otra vuelta de manzana a sus vidas,
otro paseo tranquilo al anochecer, otra ronda por las calles de mi barrio.
la fuerza de este habito, forjado a través de los años, 
destierra cualquier indicio modernizante que se haya instalado

y allá van de nuevo:
el anciano, el labrador y la mestiza.
rondando de un árbol a otro, intercambiando saludos y ladridos con los vecinos,
trabando conversación con aquellos que se detienen a compartir un momento,
combatiendo con charla anodina el aislamiento dos mil quince.

en un extremo de la correa está Juan Carlos:
jubilado, bonachón, septuagenario,
enflaquecido de años y años de enfermedad,
resistiendo los achaques de la edad
conservando, intacta aún,
cierta luz en su mirada, cierta calidez al hablar,
cierta gentileza ­campechana que subsiste
desde que tengo memoria.

al otro lado están Andrómeda y la Chiquita
jadeando excitados tras la pista de su olfato
arrastrando a su paso al viejo aquél,
imposible precisar quién pasea a quién
exactamente,
dejando su huella en el registro colectivo.

puede que Villa Zula haya modificado su fisonomía,
puede que las rejas sean cada vez más altas
y que los volquetes se amontonen frente a las casas de nuevos vecinos que no se molestan ya en saludar,
puede que los autos cero kilómetro convivan junto a una serie de Falcon desechos y herrumbrados,
y que pequeños síntomas de ciudad grande afloren poco a poco de algunas narices
pero yo sé bien dónde tiene puesto mi barrio su corazón,
yo sé bien cuál es la tónica de sus latidos

allí donde muchos ven a un viejo podrido que ya no sabe cómo aburrirse
yo veo a un emblema de nuestro folclore, tan propio de ella
como los olores de la panadería flotando en la mañana,
como las luces de los patrulleros girando frente a la comisaría,
como el pasto creciendo en los terrenos baldíos,
como la vida, abriéndose paso a través de este esquema
tan frío, dejando atrás todo aquello que un día amamos:
las cosas simples y ese heroísmo de barrio hoy casi extinto.

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