lunes, 2 de marzo de 2015

mientras llenaba con mis datos ese telegrama.



            Era Miércoles y llovía de un modo difícil de olvidar en el corazón de aquel lejano invierno platense. Caminaron desde la cochera hasta la cafetería, lo hicieron tomados de la mano, como hacía rato que ya no lo hacían, y muy despacio, a pesar de la intensa y fría lluvia que caía sobre la ciudad.
            Empujó la pesada puerta de resortes y, sosteniéndola tras su espalda, la invitó a pasar con amigable ademán. Adentro el ambiente era cálido, casi hogareño, y el olor de los granos de café molido y del cacao procesado penetraba con fuerza a través de los sentidos. Nadie pareció reparar en absoluto en su entrada, ni siquiera las chicas al otro lado del mostrador  demasiado ocupadas atendiendo a una pareja de ancianos, enfundadas en chalecos verdes sobre relucientes camisas blancas, provistas de gafetes dorados, sonrisas de postal y una cola de caballo sujetando el pelo. 

            La clientela estaba sumida en la lectura de los periódicos matinales; rollizos ejemplares de Clarín y La Nación oficiaban de biombos en algunas de las mesas, brindando a cada lector una sensación de legítima privacidad dentro de aquel escenario publico. Otros se dedicaban a degustar las delicias alfajoreras exclusivas de la casa, sumergiéndolas en grandes tazones de chocolate caliente que arrojaba su aromático vapor por toda la sala. La radio, sintonizada en AM, transmitía uno de esos boletines informativos que suelen incendiar la realidad de manera tan sutil, pero que, sin embargo, esta vez, y de milagro, parecían anunciar otra jornada tranquila en la década ganada.
            Se ayudaron mutuamente a quitarse los abrigos y tomaron asiento a una de las mesas que daban a la calle. Los asientos estaban empotrados a la pared, eran mullidos y de cuero, a tono con el mismo verde de los uniformes y de la marquesina. La reducida comodidad que ofrecían parecía acentuarse con la tenue luz de las lámparas en el techo y la vista a la diagonal ya cubierta por el diluvio.
            ­–Buen día, chicos ¿Qué les llevó la carta?– ofreció una de las empleadas desde el mostrador. Era fornida, de pelo oscuro y tez pálida, como una de esas famosas italianitas de las que tanto se habla, como una de esas famosas italianitas que él había tenido la suerte de conseguirse.
            –Si, por favor– respondió él, midiendo la dulzura de sus palabras para no desatar un berrinche innecesario que pusiera fin a aquel momento de paz.
La empleada se acercó hasta ellos y les entregó dos carpetas de cuero con las páginas interiores plastificadas. El gafete en su chaleco rezaba Antonela. Roció la mesa con un atomizador y la fregó con un trapo, les obsequió una sonrisa y enfiló a continuación hacia las mesas del fondo.
Estudiaron la oferta gastronomita con sumo cuidado, absortos, paseando la vista de una imagen a la otra, no reparando en el precio de cada ítem, no estimando las calorías que pudieran aparejar, sino reparando en las más sólidas y consistentes, aquellas que pudieran aportar el combustible necesario para hacerle frente a aquella gélida mañana.
–¿Ya sabés que vas a pedir?– consultó ella, siempre un paso adelante en materia de ansiedades. El timbre de su voz era marcado, nasal, casi masculino y algo aparatoso.
–Creo que si. ¿Vos? ¿Si? Bueno, llamá a la moza, pidamos. Estoy famélico.
Antonela tomó nota de sus pedidos en una libreta de hojas amarillas que llevaba colgando garbosamente del cinturón, lo repitió luego en voz alta, como si estuviera realizando un dictado a un par de alumnos de primaria y se retiró obsequiando una segunda y preciosa sonrisa. Ellos se miraron satisfechos y juntaron sus manos por debajo de la mesa.
            Afuera llovía copiosamente, les alegro estar a cubierto y en un sitio calefaccionado. La gente en la calle lucía muy desdichada, corriendo de un lado a otro con caras largas, llegaban tarde para todo, tarde para el trabajo, tarde para le escuela, tarde para rutinas, y se protegían con diarios, paraguas y maletines, maldiciendo cada baldosa floja con la que tropezaban en sus caminos.
           
            Desayunaron en silencio, concentrados en la bandeja cargada de facturas, infusiones y tostados que Antonela les había dejado al frente de cada uno, apenas dirigiendo alguna que otra mirada al exterior para calcular el desmedro o el crecimiento en el caudal de la lluvia descendiente. Había en ese silencio una suerte de oferta de seguridad que los resguardaba, un deseo mascarado y latente de no querer abordar la conversación por miedo tal vez a tener que caer en hechos y decisiones recientes, como si aquello no existiera en tanto nadie lo mencionara. Finalmente, y fiel a su costumbre, fue ella la que abrió fuego, no si un leve tono de vacilación apoderándose de su voz.
            –¿Cómo te sentís, cómo estás? Digo, quiero decir, ¿Cómo te lo estás tomando?
            –¿Qué cosa me estoy tomando cómo? ¿El café con leche?– respondió él, evasivo.
            –No, lo otro. Vos sabés. No fue una decisión fácil, bah, me imagino.
            –Te imaginas bien, pero ya lo venía pensando hace rato…
            –Si, lo sé.
            –…meditándolo, evaluando las posibilidades, el futuro, las oportunidades, todo.
            –¿Y, entonces?
            –¿Entonces, qué?
–Entonces, ¿qué vas a hacer, cómo vas a seguir?
–No quiero pensarlo de momento, ya lo estuve pensando demasiado y ahora lo hice. Ahora estamos acá, juntos, que es lo importante, no quiero estropearlo pensando si estuvo bien o si estuvo mal. Ya no podía más.
–Ya sé.
–Lo que te propongo para esta mañana es no pensar. Disfrutemos el momento como dicen los pibes hoy. Vayamos a las librerías, a las casas de música, a las tiendas de ropa, a los restoranes, gastemos lo que queda de ese sueldo sin medir las consecuencias y después empecemos a preocuparnos.
–Suena bien lo que decís. Pero no va a poder ser así siempre. Me corresponde decirte que no va a poder ser siempre así.


–Claro que no va a poder ser siempre así y menos mal que no va a  ser siempre así y que un día se va cortar y que ese día llega pronto. Ya fue mucho tiempo de que sea siempre así, tanto que se me quemó la cabeza, tanto que las consecuencias y el pensar que mañana va a ser igual que ayer y antes de ayer y mil ayeres más me anularon por completo. Ya estuve marcando tarjeta cada mañana mucho tiempo y no soy mejor de lo que era cuando empecé. Ahora todos me miran como el pibe que le dio la espalda a un futuro brillante, como a un loco que desechó la mejor oportunidad de su vida y… andá a saber, capaz que hasta tienen razón. Ya no me importa, creo, la decisión ya la tomé y te digo algo: pocas veces me sentí tan bien como ayer, mientras llenaba con mis datos ese telegrama y se lo entregaba en mano al de la oficina de correos, pocas veces, qué digo, ¡nunca antes me sentí tan bien como ayer y como hoy y como los días que van a venir, días donde ningún viejo forro me va a tener siguiendo sus directivas ni sus caprichos ni sus mierdas!.
–Está bien, si es lo que querés, yo te apoyo. Pero no va a ser fácil el futuro y lo sabés. Yo voy a estar a tu lado, como siempre, pero no va a ser fácil.
–¿Y qué, hasta ayer lo era? Sólo en materia de plata y la plata no compra la felicidad. La plata compra este momento, si, puede ser, pero no compra lo mejor de este momento y lo mejor de este momento sos vos y sos vos porque estás acá conmigo y no por ninguna otra razón.
Llegado este punto, los ojos de su famosa italianita se habían puesto vidriosos y algo en su pecho se agitaba como un conejo asustado. Volvió a tomarle las manos por debajo de la mesa: estaban húmedas, calentitas, hospitalarias. No hizo falta decir más. A partir de ahí él era uno más que ingresaba a la estadística de jóvenes desocupados, uno menos que se negaba a recibir ordenes de Mario Dolghin, un sexagenario divorciado, alcohólico y primitivo que, como muchos, había llegado al cargo de capataz a base de insistir durante más de cuarenta años en la fábrica.
Pagaron la cuenta, se despidieron de Antonela y salieron. Afuera la lluvia había mutado en tormenta. Corrieron de la mano hasta la cochera. Pronto el sueldo se terminaría y también llegarían lluvias más fuertes, inviernos más duros y mañanas cada vez más alejadas de ese lujo alquilado de ciudad moderna. Pasaría el tiempo, pelearían por pavadas y también por cosas serias, pero nunca por plata. Mario se conseguiría nuevos contribuyentes que poner bajo sus pies, pero seguiría allí, atado a ese trabajo como un barco en la grada que nunca será botado al mar, cada vez más sexagenario, cada vez más divorciado, más alcohólico y primitivo, jamás correría el riesgo de soltar esas amarras. A ése el destino lo tenía entre sus manos y nunca, nunca lo iba a largar.


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