lunes, 6 de abril de 2015

los fantasmas en el perchero.



detrás de la puerta cerrada flota aún cierta incomodidad, persiste
el millón de ojos que me examina a cada paso, reverbera
un color que opaca la pintura y yo
cuelgo los fantasmas en el perchero, los perdono
aunque sólo sea una medida circunstancial,
aunque mañana vuelvan más decididos y por más, más hambrientos,
mejor preparados y con menos ganas de negociar la tregua;
dejo descansar mis viejos campos de batalla, descargo
la sombra del desconcierto que acompaña
los tropiezos ocasionales que interrumpen
la confianza que me invade cuando creo,
por fin, estar avanzando, ¡y para colmo!,
en la dirección que había estimado correcta.

sacudo el polvo de andar perdido sobre la alfombra, las pisadas
del francisco de ayer adheridas a las pisadas del francisco de hoy, trato
de abrir nuevos caminos, trato y cuál es el resultado: envejecer es el resultado.
me muevo y razono lento para los tiempos que corren;
piedras en los zapatos, en los bolsillos, me retienen
brazos, llamados, remordimientos,
voces que guían hacia erráticas direcciones,
se apagan
cuando me acerco
y encienden
pedidos de auxilio desesperados, irresistibles,
cuando me alejo.

puertas afuera una oleada de personas sacude
con sus vaivenes  mi voluntad,
los fantasmas se dan cuenta y ríen,
ríen a todo pulmón, los muy pulgosos, colgados allá en el perchero.

me digo y les digo que por hoy ya tuvimos bastante
enciendo la hornalla, quemo ansiedades, disuelvo
hebras que concentran la calma de todos los sueños bien merecidos
y suspiro
tan hondo que casi ahogo lo que me queda.

mañana será otro día
igual al de hoy, igual a ayer, igual a todos,
igual a todos los que pasaron,
igual a todos los que vendrán,
días y días de andar nadando hacia la nada,
escapando de ella y buscándola a un mismo tiempo.

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