martes, 19 de mayo de 2015

Alfredo y la Chicha.



            De modo que, a principios de Octubre, cuando la fe depositada en la llegada de la primavera comenzaba a flaquear y los días y las noches aún seguían siendo fríos y lluviosos, aquella profunda sensación de vacío había logrado escabullirse dentro de las vidas de la Chicha y el Alfredo.

            Formaba parte ya de la rutina en la casa de cincuenta y nueve que, cuando caía la tarde y las sombras del jardín aumentaban su tamaño sobre las baldosas del patio, la Chicha bajaba la guardia y dejaba entrever su verdadera dolencia. Había algo en ese pasaje entre la partida del Sol y la llegada de la Luna que la hacía olvidarse de fingir, de mascarar su tristeza delante de Alfredo, era en ese momento donde revelaba su inquietud; se postraba sobre sus cuatro patas junto a la reja y fijaba sus ojos de perro en el estrecho pasillo lateral que, algún día, habría de devolverle a doña Inés, su doña Inés.

            Pero doña Inés no iba a regresar, ni esa tarde ni tampoco ninguna otra. Descompuesta, se había marchado cinco años atrás en una ambulancia y ahora descansaba en el interior de una bóveda al final de diagonal setenta y cuatro.

            La Chica no podía o no quería entender que doña Inés no fuera a volver jamás; tal vez lo intuía en el fondo, pero necesitaba aferrarse a algo y necesitaba creer. Si esperaba lo suficiente, si persistía y no abandonaba, llegado un buen día, ella volvería para retomar la vida justo donde la había dejado.

            Alfredo asomó su cabeza por entre las cuentas de la cortina que colgaba encima de la puerta que comunicaba el patio con el comedor y se detuvo a observar a la Chicha, entregada afanosamente a su vigilia cotidiana. Reparar en aquella actitud lo hizo contorsionar aún más las hurañas facciones de su rostro, un rostro delgado, pálido y castigado, señalado por una prominente nariz de punta redondeada, que evidenciaba numerosos golpes y caídas. Chupó la bombilla con fuerza y disfrutó el mate caliente y dulcificado en grado sumo gracias al abuso que hacía de la miel a la hora de cebar. Luego salió al patio, llevaba la pava en una mano y el mate en la otra, tomó asiento en uno de los sillones de mimbre que se acomodaban en torno a una mesa ratona bajo el alero de chapa de la casa, y estiró cada centímetro de su huesudo, flacucho y conflictivo esqueleto.

            Se tanteó los bolsillos del pantalón y lamentó con una sonora puteada el haberse dejado los puchos adentro. Paseo su mirada por el patio y recaló una vez más en la inamovible figura de la Chicha. Bajo un tejido de orquídeas y faroles chinos que constituían parte de la obra que doña Inés había legado a la belleza de aquella vieja casa, Alfredo rebobinó sus pensamientos y recordó un tiempo lejano en el que podía citar de memoria todas y cada una de las plantas, árboles y flores que adornaban el jardín de su difunta abuela. Difícilmente podía identificar más que unas pocas ahora y, sin ir más lejos, también le costaba trabajo evocar con claridad a la persona que había hecho crecer aquel jardín, que había cuidado de él cuando era un niño y cuya ausencia mancillaba hoy la tranquilidad de la Chicha.

            Si las primeras luces de su mente comenzaban a apagarse ahora que trepaba vertiginosamente hacia la primera mitad de los treinta años, ¿Por qué tenía que robarle justamente el recuerdo de ésa persona? Contrariado frente a esta nueva incapacidad, Alfredo cerró los ojos y se concentró en reconstruir a doña Inés: su rostro agraciado fue lo primero que apareció, luego siguió su vocecilla dulce, canturreando canciones de Virus, aquellas manos trabajando en el jardín, obrando prístinas sobre la vegetación, prodigando cariñosos cuidados a cada flor, a cada tallo, protegiendo hasta el más ínfimo rizoma de vida; aquellas manos que sanaban cualquier dolor, manos que lo arropaban por las noches, manos diminutas, cruzadas por un sinfín de venas, cubiertas de manchas por la edad, con artritis, que temblaban sin control, que no se rendían, que siguieron abrazándose a la vida hasta el final; aquellas manos que amasaban delicias como escones para el té o empanadas de carne con pasas de uva y azúcar encima, manos que tejían y bordaban, que se desvivían brindando atenciones tanto para él como para la Chicha; manos que ahora estaban demasiado quietas, frías y lejanas.

            El auto del vecino de al lado entrando al garaje sacó a Alfredo de su trance. El calabacín todavía tibio reposaba entre sus manos y algo dentro suyo reclamaba con urgencia un poco de nicotina. A un tiro de piedra de él estaba la Chicha, aquella perra veterana que no podía disimular tamaña ausencia de bondad como la que doña Inés había dejado al partir lejos de este mundo.

Sabía que no se podía desengañar a la Chicha de que doña Inés ya no vendría; él mismo se olvidaba de a ratos de tan marcada pérdida y solía descubrirse con los ojos y los oídos atentos a la puerta, al teléfono a esa voz que cantará: “encontrarte en algún lugar, aunque sea muy tarde”. Para compensar su imperdonable olvido, a diario era testigo de la expectativa de la Chicha junto a la reja y ello le recordaba un amargo pensamiento que a menudo, y sin éxito, trataba de esquivar: esta vida había dejado de gustarle.

La Chicha no se resignaba a la perdida de su querencia y Alfredo tampoco. Verla esperando todos los días le recordaba que él también esperaba cosas, momentos, sensaciones y lazos que había perdido; personas que ya no volverían a cruzar el pasillo de su casa, a abrir la reja y arrojarse a sus brazos para cubrirlo de tiernos besos y llenar sus oídos de tiernas palabras de amor. Sin importar cuánto tiempo esperara, no rendiría sus frutos. Aquella conclusión lo torno irascible: de pronto, le fastidiaba la terca actitud de la Chicha y, al mismo tiempo, lo conmovía hasta la última fibra de su contuvernado y conflictivo ser.

            Había en la Chicha, en los perros en general a los ojos de Alfredo, una ternura inherente, una fidelidad a prueba de balas. Habitaba en los perros algo mucho más auténtico, más genuino que lo que pudiera ofrecerle cualquier ser humano, mucho mejor que lo que pudo brindarle la hoy distante Norma. Lo que Alfredo encontraba en la mirada de un perro no lo encontraba en ningún otro lugar: los ojos irradiaban compañerismo, entendimiento, devoción; la cola era un barómetro de alegría, un receptor de amenazas, una antena para los peligros; el mismo hocico que ladraba a los enemigos, le untaba cariño en la intimidad; las patas marcaban la huella de un camino que nunca se alejaría del suyo, que se mantendría cerca hasta la llegada de algún final, y nada, ni nadie, los separaría antes de ello. Y el olor, ese olor, el olor de los perros entrando en la nariz de Alfredo era el olor de la libertad, una mezcla de revolcarse en el pasto de la plaza y dormir en la cucha, junto a la estufa, un aroma que siempre lo hacía sentirse como en casa. Y lo mejor, lo más importante, los perros no necesitaban palabras, pasaban de ellas por completo. No eran tontos y parlanchines como los hombres, no decían ni desdecían, no hacían promesas, no fabricaban mentiras, no regalaban lamentos, no lastimaban a nadie con injurias, no cometían la bajeza de interponer excusas a sus fallas y por ello desconocían lo que era pedir perdón. Con los perros todo estaba a la vista, dejaban que sus acciones hablaran por ellos, prescindían por completo al uso de la palabra.

Que el humano era un ser estupido, que se valía de palabras para compensar las gravísimas fallas propias de su espíritu, fue lo último que ocupó los pensamientos de Alfredo antes de ponerse de pie y entrar a la casa en busca de los cigarrillos.

¿Dónde los había metido? Mientras registraba los sitios habituales reparó en una bolsa de papel, abultada de bizcochitos de grasa, que descansaba en el centro de la mesa del comedor. Tuvo el acto reflejo de tomar uno y obsequiárselo a la Chicha como premio a su persistencia, a la vez que, alivio a su desengaño.

–No le den nada que no sea alimento balanceado o el arroz especial de perro– las palabras de Rosita, que trabajaba en la veterinaria del barrio, le llegaron como un rayo, directo a su conciencia, y lo hicieron cambiar de parecer.

            La Chicha estaba delicada y había que toma precauciones. La excesiva lástima que despertaba en los habitantes de la casa, así como también la de los visitantes ocasionales, la había terminado por enfermar. Todos la consentían dándole tonterías que ningún perro debería comer jamás. Golosinas todo el tiempo, golosinas inapropiadas, golosinas que habían terminado por enfermarla. Llegó un punto en que la pobrecilla no retenía ningún tipo de alimentos, sufría preocupantes ataques espasmódicos que la dejaban debilitada y el pelo empezaba a caérsele por toda la casa. Cuando la llevaron a la veterinaria, lo primero que Rosita les preguntó fue:

–¿Qué le están dando de comer a esta perra?

Avergonzado, Alfredo no supo explicar que le daban de todo, desde salchichas hasta facturas de ayer, todo iba a parar sin escalas a las fauces del animal gracias al cariño desmedido que ella le inspiraba a él y a sus amigotes.

–Basta de tonterías- le advirtió tajante el vozarrón de Rosita, y se lo dijo en un tono que tenía más de amenaza que de sano consejo medicinal.

            Dolido y algo avergonzado por aquél asomo de flaqueza, Alfredo desechó rápidamente la intención inicial de ofrendar comida a su mascota. Encontró los puchos sobre la tele y regresó al patio con un recién encendido pendiendo de su boca. La Chicha seguía ahí donde la había dejado, junto a la reja, tratando de llegar más allá de donde le permitían sus sentidos. Sentada sobre sus patas traseras, la Chicha representaba cuarenta centímetros de enormidad, una enormidad inconmovible e inclaudicable, Alfredo expulsaba una tras otra bocana de humo y la miraba fijo. La miraba un poco con bronca por ser tan tozuda frente a los hechos y otro poco con amor por esa misma tozudez con que respondía a lo irremediable, el amor que le inspiraba era un amor fraterno, rebozante de comprensión, porque la Chicha era incapaz de rendirse, porque era incapaz de olvidarse, porque era incapaz de hacer otra cosa que no fuera esperar, porque no podía, porque no sabía o porque no quería, porque era un perro y no podía excusarse con palabras que la sacaran del apuro y la dejaran bien parada.

            Despatarrado sobre el sillón, como si hubiera caído desde el cielo hasta él, con el cenicero descansando entre sus manos, Alfredo rebobinó la cinta, visualizó a la Chicha siendo una pequeña cachorrita con pocos días de vida a cuestas, gimiendo en el interior de una caja de zapatos, tendida sobre un viejo pulóver gris a modo de colchón. La hermana de Alfredo se había aparecido una tarde con ella, aquello fue un tiempo después de la muerte de su abuelo. Alfredo era muy chico entonces y hoy casi no podía acordarse de su abuelo, al menos no podía hacerlo de la forma en que a él le gustaría poder recordarlo: no podía recordar su voz, no podía recordar sus manos curtidas en cientos de obras de albañilería, no podía recordar sus gestos, sus modales y su andar de septuagenario, no podía recordar siquiera una palabra o frase ingeniosa que él le hubiera legado; nada en concreto, no podía enmarcarlo dentro de una situación que los tuviera juntos en un mismo escenario. Lo que si podía recordar, y de manera puntillosa, eran las notas tenues y plañideras que la Chicha emitía desde su caja de zapatos, día y noche, todo el tiempo. Aquello se extendió hasta que la Chicha creció y entonces ya no precisó más de sus gimoteos. Nadie podría creer que existiera un animal tan insistentemente lastimero, Alfredo la adoró desde el primer momento. La vio crecer, la acompañó y se acompañaron en cada escalón de la vida. Al llegar a su adolescencia empezó a comprender: nada llenaría el vacío que el abuelo había dejado en la vida de doña Inés al marcharse lejos de este mundo, y le habían endilgado aquella imposible tarea a la Chicha, sintió algo equivocadamente malo al respecto, pero no le sostuvo recelos, al contrario, ver cómo lo intentaba, cómo llenaba de vida la casa con sus ladridos y su andar inquieto sirvió para que redoblara su cariño hacia ella. Tiempo después, con el correr de los años y el difícil sorteo de las eventualidades, Alfredo asumió que un cariño como el que irradiaba la Chicha podía suplir cualquier pérdida. Lo alegraba y lo consolaba saber que fuera ella el remedio para la soledad que tocaba a doña Inés.

            Alfredo tenía por costumbre ir todos los fines de semana a casa de su abuela. Ahí se zampaba los manjares que ella le preparaba, la acompañaba mientras trabajaba en las plantas del jardín y también le prodigaba sus atenciones desmedidas a la Chicha. Así fue, durante un largo periodo de su vida, feliz; toda la primaria y los primeros años del secundario, hasta que colgó los estudios. Luego siguieron años donde la existencia ya no se medía en términos de escolaridad, años despreocupados y entretenidos, años de mucho callejear, de parar en todas las esquinas del mundo ­-cuando el barrio era el mundo entero-, años dedicados al deporte de poner las manos contra la pared y ser cacheados por la policía, años que ahora le parecían tan necesarios para obtener una minima experiencia de vida. Aquello se sostuvo hasta que empezó a trabajar, en aras de solventar su independencia, ahí fue que volvió a retomar el contacto, hasta entonces algo perdido, con doña Inés. Pero la doña ya estaba muy marcada por el paso de las décadas, disminuida por la perdida de aquellos a quienes amaba, ajena a un mundo y a un tiempo que no comprendía, porque había dejado de ser el suyo. Y un día, Alfredo llegó del trabajo para descubrirla desmallada en el piso del comedor. Se la llevaron en una camilla al hospital Español. Sumergida en un estado de miedo y confusión, doña Inés balbuceaba incoherencias, pedía nombres de gente que hacía mucho habían muerto, anunciaba que se iba, que esta vez si, era definitiva. Los enfermeros la subieron a la ambulancia y se la llevaron. Eso fue todo, la predicción de doña Inés fue certera. Así terminó aquél periodo.

            Valiéndose de sus pies como si fueran tenazas, Alfredo atrajo otro de los sillones hasta el suyo y le tiró las piernas encima. Estaba cansado de la rutina, cansado del trabajo, cansado de fumar, cansado de tomar mate lavado con agua fría. Trató de no pensar demasiado, se apoltronó cual bacán, hundió su raquítica figura entre los sillones y cerró los ojos. Arriba, en el cielo, la luz y la claridad eran arrastradas poco a poco tras la iridiscente figura del sol. Pronto, un manto de estrellas se dejaría caer sobre todo el barrio.

            Ahí seguía la casa, inamovible a pesar de los años, ciega a los cambios, negada al progreso, terca en toda su dimensión. Sin importar lo mucho que el barrio modificara su fisonomía, ella se empeñaba en quedarse siempre en el mismo lugar, al 540 de la calle cincuenta y nueve, sitiada al norte por la ciento treinta y al sur por la ciento veintinueve. Terca, terca y hospitalaria.

Ahí seguía la Chicha, decidida a morir de pie, firme sobre sus cuatro patas, expectante al otro lado de la reja, como lo hacía ya desde unos largos años, como lo hacía todas las tardes: tardes de lluvia, tardes de calor, tardes de frío, tardes de fatal humedad rioplatense, tardes de grandes mosquitos hambrientos y descarados, tardes de moscas determinadas a zumbar junto a la oreja de los siesteros, tardes grises de sapos que abandonan sus escondrijos ante la proximidad de la lluvia, tardes de nenes que arrastran sus mochilas sobre la vereda, riendo y gritando nombres de madres y hermanas ajenas, tardes de soderos que llegan hasta la puerta y dejan grandes bidones de agua mineral, tardes de muchas visitas que llegan con el fin de la jornada laboral, visitas que la llaman, que la silban, que le juegan, que la abrazan y le hablan de un modo extraño, visitas que entran y salen y vuelven a entrar en excursiones al kiosko en busca de otro tubo y luego otro y otro y otro, hasta que el fermento los vuelve más lentos, más torpes, menos alegres; tardes, muchas tardes, tal vez demasiadas tardes esperando mientras las personas vienen y se van, sin importar de quiénes se trate: los amigos, las amigas, las novias, las hermanas, las sobrinas, las abuelas, siempre acababan por marcharse, desparecían dejando encendida una luz que se volvía más débil y necesaria con cada día que pasaba.

            Ahí seguía Alfredo, encascado a la vuelta del trabajo, empantanado en oscuras depresiones, empericado en un falso orgullo que le impedía reconocer culpas y errores propios y ajenos, feliz de volver a casa y encontrarse a la Chicha, miserable al descubrir que ella esperaba a otra persona. Tierno y generoso de corazón, severo y difícil por fuera, huraño en la mirada, en el andar, sumándole otra tarde a esta preocupante vigilia, otra semana obsequiada a la espera del milagro, y ¿qué se supone que había que hacer con la vida? Ya lo habían aconsejado que la vida no era para esperarla, sino para vivirla, que no se trataba de buscar ni de ser encontrado, entonces, ¿de qué se trataba la vida? Alfredo no podía resolver ese interrogante y a menudo descubría a la Chicha en su misma situación. A veces se olvidaba de a quién estaba esperando, desde hacía cuánto y por qué nunca llegaba… eso no era vida, eran sólo pequeños pasajes de distracción donde otras vicisitudes (los amigos, la cancha, la esquina, el trabajo, pero nunca otro amor) lo hacían olvidarse de Norma, la Norma, su Norma, que, en aquel momento – él sospechaba – era la Norma de otro, la muy ingrata. Al cabo, siempre volvía a encontrarse ahí, tirado en los sillones de mimbre del patio al atardecer, encadenado a esa suerte, a esa casa, como metido en un cuadro del que no podía salirse aunque rompiera el marco, fumando atado tras atado de Phillip, renegando de la cuestión, incapacitado para ver más allá del presente, aplastado bajo un cielo imposible que se insinuaba infinito hacia el futuro y cuyo pasado no se cansaba de pulir hasta sacarle un brillo tal que cegaba lo bueno que pudiera tener en sus manos hoy. La vida no la estaba viviendo, la estaba esperando, se encontraba incomodo en ella, fuera de lugar, flotando por encima de los días, siendo espectador y no protagonista, lamentaba con gran pesar el haber cambiado su corazón, su esperanza y sus energías a cambio de un asiento en primera fila para observar el desfile de los hechos, de la gente y de sus historias, que ya lo tenían abatido, que fluían con fuerza a los lados pero que nunca llegaban a conmoverlo, a tocarle el alma. No como lo había hecho Norma, nadie como ella, y hoy ella ya no lo quería. Se lo había dejado bastante en claro antes, y ahora estaba con otro, ella no lo admitía cuando él la llamaba de madrugada, completamente borracho y convencido de que merecía una revancha. Ella decía que no, que ya no importaba, pero él lo sabía y él seguía ahí, sentado en el sillón de mimbre, en el patio, bajo los alambres donde se enredaba la parra, fumándose los minutos, esperando vaya uno a saber qué, eso ni él lo sabía.

Un manto azul de luna y estrellas se desplegaba sobre las manzanas a uno y a otro lado de la ancha avenida. El agitado transito del boulevard  barría de luces y sonidos las sombras que planeaban una pronta emboscada sobre el barrio. La noche se había posado sobre los árboles y las plantas del jardín, pronto tendrían que meterse adentro, Alfredo lavaría los platos, prepararía la cena y los dos retomarían la peor parte de la rutina, la que no guardaba relación alguna con la espera, con la búsqueda, con los recuerdos.

¿Por qué duraba tan poco la calma? Así se tratara de esa calma piojosamente invertida en la espera de un milagro ¿Por qué siempre giraban con tanta prisa las agujas del reloj? La noche crecía a su alrededor y lo enrollaba de penumbras ¡Qué difícil va a ser esta noche con tanta carencia, con distancias que no podía vencer, con derrotas que no quería aceptar, con vacíos que no podía llenar! Remando contra un tiempo tirano que lo tenía saltando de un escapismo hacia otro, de un intersticio hacia otro. El sol saldría mañana y Alfredo tendría que salir corriendo al trabajo. Fija que se dormía y encima llegaba tarde. Ocho horas y dos colectivos después no quedaría ni un poco de sol para disfrutar. No habría sol, no habría tiempo, no habría Norma a la cual abrazarse. Norma. Siempre habría recuerdos de Norma, pero ya nunca volvería a tener la posibilidad de dirigirle la palabra, de tocarla, de estar cerca de ella. Ese sólo pensamiento lo abatía.

Lamentó la ausencia de cálidas sonrisas en su vida, lamentó la suerte que le había tocado, que no había pedido. Todos se marchaban temprano de la fiesta y al final sólo quedaban él y la Chicha. Últimos orejones de un tarro vacío.

Alfredo posó sus ojos en la Chicha y forzó una sonrisa de aprobación. Notó, entonces, cómo la perra paraba sus orejas y se despegaba del suelo.

–¿Qué pasa, Chicha? –exclamó alarmado, pero la Chicha no atendía su llamado, giró sobre sus patas y salió disparando hacia el fondo del jardín.

– Loca de mierda, sos una loquita de mierda –río Alfredo. Tan divertido se encontraba que no reparó en una serie de eventos que iban tomando forma a su alrededor: las agujas de todos los relojes de la casa se había detenido; el disco ardiente del sol se hallaba suspendido en el oeste, justo al borde del horizonte; al fondo de circunvalación, una tímida media Luna congelaba su brillo encima de un rígido afluente automovilístico.

Alfredo se repatingó contra el sillón, dispuesto a entregarse un rato más a la fantasía. No había ruidos de autos rodando sobre el boulevard, no había bocinas ni caños de escape, no había colectivos trepidando su andamiaje ocupado por laburantes y colegiales cansados de estar lejos de casa. Alfredo la escuchó muy claramente cuando llegó a sus oídos, una vocecilla lejana y familiar canturreaba con su timbre dulce y apagado. Alfredo dejó su asiento y se dirigió lentamente hacia el jardín. Avanzaba maravillado, asombrado y cavilante, guiado por esa voz que se le hacía, a cada paso, más conocida, más cercana, más próxima a ese lugar en el que él quería estar.