martes, 21 de julio de 2015

mirando caer los pianos.



Llovían pianos de cola sobre la ciudad,
desgarraban los cielos con el silbido atroz de su caída
y morían contra el piso en un estruendo trágico, nada alegre.
Era el día después de la Navidad,
yo arrastraba mi renguera de un toldo a otro,
buscando refugio bajo el alero de los negocios.

Era muy temprano esa mañana,
mucho me pesaba el no haberme quedado en la cama
pues no había predicho este clima al salir y, además,
no esperaba encontrarme cerradas las puertas de la clínica,
pero, claro, era el día después de la Navidad
y ese día se pierde con facilidad en todos los calendarios.

Me quedé largo rato mirando caer los pianos:
la madera astillándose en lamentos,
las cuerdas y el marfil apiñándose en las calles,
las notas fúnebres sucediéndose
una
tras
otra,
un canto de cisne, roto y desafinado, sólo para mí.

Deseaba que aquello no se detuviera, necesitaba
suplir cierta carencia, necesitaba
distraerme por un rato, olvidar (que)
no existía una sola casa en toda la ciudad esperando mi regreso,
ni puertas ni mesas que fueran a inquietarse si acaso nunca volviera a ellas.

–Lluvia –le dije–
todo lo que tengo es este momento,
todo lo que hago es verte caer
y me aterra pensar que esto vaya a terminarse,
y me aterra pensar que no sea yo el que decida cuando, ni como.

El cielo tronó sobre mi plegaria,
desahuciado, levanté el cuello de mi abrigo y me envolví con él lo mejor que pude.
Dos pájaros se picoteaban mutuamente, más arriba, en el cableado.
Eché a andar a paso lento, lastimero, destartalado,
erraba, presa del pánico, sin dirección.
Una vez más, y como siempre,
la salida del sol amenazaba con ponerle un fin a mi alegría.

lunes, 6 de julio de 2015

llorando sobre leche derramada.



llorando sobre leche derramada,
arañando el equilibrio justo antes de caer,
negociando los términos de la derrota, excusándose
mientras suelta de sus manos otra oportunidad.

hablando con las paredes, besándolas,
exigiéndoles cariño, entendimiento, comprensión;
tentado por la locura: pasando de la risa al llanto y del llanto a la risa,
subiendo y bajando escalones, trampolines de pánico y carcajada,
empujando cada vez más lejos lo poco que  queda de calma, de quietud.

ensayando disculpas en el espejo del baño,
de rodillas ante un Dios que siempre escucha
con atención, con detenimiento, con profundo y genuino respeto,
que sonríe con ternura frente a las pequeñas crisis que atribulan a su creación,
que se muestra reservado a la hora de dar respuestas, de señalar
un camino.

acostumbrándose a la búsqueda infructuosa de una cura; tropezando
con placebos que no engañan al destino, saboteándose,
repitiendo el crimen, habituado a la condena.

las manos presionando sobre el pecho del difunto,
insuflándole vida a través de los labios,
cubriendo de lágrimas el socorro tardío.

dicen que el tiempo lo destruye todo, se equivocan:
el tiempo no lo destruye todo,
no si podemos llegar primero.

jueves, 2 de julio de 2015

desmintiendo todo aquello que sentiste al lado de otros.





Le puede pasar a cualquiera:
una mañana, los ojos se abren y descubren los hilos,
la potencia desestabilizadora de los hilos,
la mísera y delgada hebra que sostiene a esta gran mentira
y es partir de entonces, cuando miran sin adorar y revelan
que la voluntad se distrae fácilmente con lo novedoso,
que las apariencias no tienen sustento cuando media el corazón,
que el fuego de ese pibe no calienta ni ilumina,
que el fuego de esa piba no calienta ni ilumina,
que los mundos donde brillan son tinieblas,
que ahora los mirás como lo que son
(puro humo, puro tráiler, puro viento)
y que ese cuerpo desnudo es sólo un cuerpo desnudo,
que no hay magia escondida en sus cavidades,
que el encanto no chorrea entre sus piernas,
que la piel no dice nada,
las palabras no dicen nada
y las acciones no dicen nada,
que no hay un tesoro esperando al final de esta aventura.

La felicidad experimenta un cambio a partir de ese momento,
todo se ve corrompido por una extrañeza sutil:
el café de las mañanas ya no sacude los huesos,
terminan dormidos buscando maneras de vencer al cansancio
y los dientes, antes cómplices del secuestro,
ahora se cubren avergonzados
y esa vida prolijita, exitosa, impenetrable
que supieron construirse bien lejos de acá
se va corriendo ahora tras un impulso,
un pensamiento prófugo de la razón.

Los pasos vuelven hacia atrás, desandan los últimos meses,
desafiando a cientos de mañanas y puestas de sol,
desmintiendo todo aquello que sentiste al lado de otros,
desmintiendo todo aquello que sentiste al lado de otras,
refutando la teoría de los clavos, confirmando los temores,
profundizando silencios en momentos de duda,
clausurando para siempre a esos caminos,
devolviéndole a esa cara lo que había perdido;
los dientes y aquella legitima necesidad de salir,
de mostrarse y decir: voy a clavarme en tu cuello, pronto.