jueves, 2 de julio de 2015

desmintiendo todo aquello que sentiste al lado de otros.





Le puede pasar a cualquiera:
una mañana, los ojos se abren y descubren los hilos,
la potencia desestabilizadora de los hilos,
la mísera y delgada hebra que sostiene a esta gran mentira
y es partir de entonces, cuando miran sin adorar y revelan
que la voluntad se distrae fácilmente con lo novedoso,
que las apariencias no tienen sustento cuando media el corazón,
que el fuego de ese pibe no calienta ni ilumina,
que el fuego de esa piba no calienta ni ilumina,
que los mundos donde brillan son tinieblas,
que ahora los mirás como lo que son
(puro humo, puro tráiler, puro viento)
y que ese cuerpo desnudo es sólo un cuerpo desnudo,
que no hay magia escondida en sus cavidades,
que el encanto no chorrea entre sus piernas,
que la piel no dice nada,
las palabras no dicen nada
y las acciones no dicen nada,
que no hay un tesoro esperando al final de esta aventura.

La felicidad experimenta un cambio a partir de ese momento,
todo se ve corrompido por una extrañeza sutil:
el café de las mañanas ya no sacude los huesos,
terminan dormidos buscando maneras de vencer al cansancio
y los dientes, antes cómplices del secuestro,
ahora se cubren avergonzados
y esa vida prolijita, exitosa, impenetrable
que supieron construirse bien lejos de acá
se va corriendo ahora tras un impulso,
un pensamiento prófugo de la razón.

Los pasos vuelven hacia atrás, desandan los últimos meses,
desafiando a cientos de mañanas y puestas de sol,
desmintiendo todo aquello que sentiste al lado de otros,
desmintiendo todo aquello que sentiste al lado de otras,
refutando la teoría de los clavos, confirmando los temores,
profundizando silencios en momentos de duda,
clausurando para siempre a esos caminos,
devolviéndole a esa cara lo que había perdido;
los dientes y aquella legitima necesidad de salir,
de mostrarse y decir: voy a clavarme en tu cuello, pronto.


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