viernes, 30 de octubre de 2015

los ojos del cazador.


Dicen que los ojos del cazador nunca se equivocan,
que distinguen la presa con tan sólo una mirada,
que a donde ellos se ponen se pone una bala,
que pobrecita de aquellas que se descuiden,
terminarán todas con la cabeza colgada de una pared.

Dicen que son hermosos, que son hirientes de tan perfectos,
que su reflejo va inyectando muerte bajo los parpados de la víctima,
que son agudos, temerarios, implacables
y que el dueño de esos ojos
conoce mil maneras de acercarse y volverse amado.

Dicen del cazador
que todo se lo atribuye a la casualidad
o al destino,
no al de él,
no al de ella,
si no al de ambos
que un buen día los juntó en la misma vereda
y cuando los labios de la pretendida ya no pongan peros y las confesiones
 de todo los desengaños previos quieran ser garantes de transparencia
y todas las cerraduras duerman sin llave
el dueño de los bellos ojos saltará de la ternura al desenfreno,
del idilio a la sordidez
y pronto al olvido.

El cazador desaparece con la mañana como el rocío
y así, de una día para el otro,
no más llamadas, no más mensajes,
no más visitas, no más encuentros, no más salidas,
no más casualidades, no más destino,
no más “fuiste lo primero que pensé al despertarme”
ni “anoche soñé con vos”, ni nada,
se terminó eso de “apareciste en el momento justo”,
ahora es el momento injusto

y que nadie se moleste en darle persecución,
la única huella que deja tras sus pasos es un tendal de conquistas fugaces
y de ésas está lleno el mundo.

Los ojos del cazador son una gran mentira
y preferimos creerla a morir sin amoríos
trágicos o de los otros.

jueves, 22 de octubre de 2015

el joven kraut y su compañera.




El joven kraut y su compañera
me reciben con una fría inclinación
en la fría mañana rionegrina.

Una vez tramitada esta primera, breve y última interacción
deciden no involucrarse conmigo,
no importa que seamos los únicos tres turistas en toda la ciudad,
los dos se llaman a silencio
y esta resolución
se sostiene a lo largo de las dos horas y media que dura nuestra espera
hasta que llega la empleada municipal,
saluda
abre la oficina de turismo
y nos explica
qué, dónde y más o menos por cuánto
se puede hacer en Viedma.

En el mientras tanto,
él se entretiene ejecutando melodías plañideras en su ukelele,
de a ratos le dedica unas miradas a su compañera, lo hace
mecánicamente, lo hace
con aburrimiento, con desapego, con resignación,
miradas que a ella parecen no incomodar,
que no la interrumpen:
arrancando pastos que deja caer en un tibio montón sobre su regazo;
acomodando oleadas tras oleadas de pelo rubio detrás de las orejas;
acariciando piernas de una firmeza interminablemente hipnótica,
que tiene su nacimiento en un par de zoquetes blancos
acunados en flamantes botas de montaña.

Las horas pasan y yo los miro,
con escaso o relativo disimulo,
y así descubro y entiendo y me asqueo
con el acuerdo implícito que los desune,
con la ingrata, disparatada y cruel distancia que fijan entre sus cuerpos.

No entiendo a los botches,
los desapruebo como el buen propietario de un alma piojosa que soy.

Ese soy yo:
estudiando y prejuzgando y condenando a un extraño,
cuando yo mismo
acabo de poner setecientos noventa y nueve kilómetros
entre mi persona y la persona que me ama,
cuando ni siquiera puedo dedicarle una mirada,
ni de las indiferentes ni de las encendidas,
cuando no puedo obsequiarle ni un par de acordes en el ukelele,
ni en ese momento,
ni en ninguno otro momento que venga después.


sábado, 10 de octubre de 2015

el amor por los gatos frente a la cámara.



El amor por los gatos les dura
lo que tarda la cámara en hacer su trabajo,
lo que le toma a un panqueque dorar sus lados,
casi tanto
o más
que la ceguera del flash,
que dura poco
y se olvida rápido
mientras los ojos recuperados se dedican
a la descarga, al filtro, a los retoques, a publicar
y a esperar:
a que tantas molestias rindan su fruto,
a que la lluvia de likes se deje caer sobre ellos
y que los comentarios sean favorables con la modelo y su minino
-más con la modelo que con el minino,
el minino,
al fin y al cabo,
es sólo un adorno, un complemento, un señuelo-
y una vez conseguida la atención de ese pulgar,
el tan mentado vinculo entre la dueña y su gato pasará a un segundo plano
y las manos de la ama,
tan dadivosas y gentiles que se mostraban en la postal,
dejarán de lado al felino,
lo depositarán en el suelo
y se apartarán.

Los dedos inician su dialogo febril con el teclado,
consagrándose a la creación de música de computadoras, de chat;
presionando teclas que forman palabras,
que ensambladas constituyen un mensaje
que saltan de una ventana y entran por otra
desde una pantalla,
en una habitación,
dentro de una casa,
en un barrio cualquiera
hacia otra pantalla,
en otra habitación,
dentro de otra casa,
en otro barrio cualquiera
fomentando el vinculo entre dos usuarios
que responden al perfil digital de dos personas,
que se atraen, que se halagan, que se buscan
hasta encontrarse
y consumar, finalmente, sus expectativas
y el gato,
momentáneamente caído en el olvido por ambos,
llevará su pereza y desapego hacia otro rincón de la casa
y procederá a lamer sus genitales con una destreza envidiable.

Así es como lo espontaneo, lo sanguíneo, lo incondicional
desaparecen con cada me gusta que suma la fotografía
para dar lugar al código flamante,
que se inserta y se fortalece en esta nueva trama
donde lo urgente acelera su fugacidad
con idéntico ritmo
al que funda y derroca
el amor por los gatos frente a la cámara.

Al cabo de meses,
semanas,
días o minutos
la modelo, ligeramente aburrida de la novedad,
rescatará a su minino del abandono
y fabricará
una nueva instantánea para compartir
y suscitar
intereses
cumpliendo el mecanismo un nuevo ciclo,
sumando otra foto a su álbum.

La historia se repite, vuelve,
siempre vuelve,
vuelve al punto de partida
y ese juego caprichoso,
esa histérica fijación identitaria,
tan moderna y atractiva,
parece no agotarse ni sorprender
a nadie,
ni siquiera al mismísimo gato.

El no tiene la culpa de que las personas no puedan lamer sus propios genitales.