sábado, 10 de octubre de 2015

el amor por los gatos frente a la cámara.



El amor por los gatos les dura
lo que tarda la cámara en hacer su trabajo,
lo que le toma a un panqueque dorar sus lados,
casi tanto
o más
que la ceguera del flash,
que dura poco
y se olvida rápido
mientras los ojos recuperados se dedican
a la descarga, al filtro, a los retoques, a publicar
y a esperar:
a que tantas molestias rindan su fruto,
a que la lluvia de likes se deje caer sobre ellos
y que los comentarios sean favorables con la modelo y su minino
-más con la modelo que con el minino,
el minino,
al fin y al cabo,
es sólo un adorno, un complemento, un señuelo-
y una vez conseguida la atención de ese pulgar,
el tan mentado vinculo entre la dueña y su gato pasará a un segundo plano
y las manos de la ama,
tan dadivosas y gentiles que se mostraban en la postal,
dejarán de lado al felino,
lo depositarán en el suelo
y se apartarán.

Los dedos inician su dialogo febril con el teclado,
consagrándose a la creación de música de computadoras, de chat;
presionando teclas que forman palabras,
que ensambladas constituyen un mensaje
que saltan de una ventana y entran por otra
desde una pantalla,
en una habitación,
dentro de una casa,
en un barrio cualquiera
hacia otra pantalla,
en otra habitación,
dentro de otra casa,
en otro barrio cualquiera
fomentando el vinculo entre dos usuarios
que responden al perfil digital de dos personas,
que se atraen, que se halagan, que se buscan
hasta encontrarse
y consumar, finalmente, sus expectativas
y el gato,
momentáneamente caído en el olvido por ambos,
llevará su pereza y desapego hacia otro rincón de la casa
y procederá a lamer sus genitales con una destreza envidiable.

Así es como lo espontaneo, lo sanguíneo, lo incondicional
desaparecen con cada me gusta que suma la fotografía
para dar lugar al código flamante,
que se inserta y se fortalece en esta nueva trama
donde lo urgente acelera su fugacidad
con idéntico ritmo
al que funda y derroca
el amor por los gatos frente a la cámara.

Al cabo de meses,
semanas,
días o minutos
la modelo, ligeramente aburrida de la novedad,
rescatará a su minino del abandono
y fabricará
una nueva instantánea para compartir
y suscitar
intereses
cumpliendo el mecanismo un nuevo ciclo,
sumando otra foto a su álbum.

La historia se repite, vuelve,
siempre vuelve,
vuelve al punto de partida
y ese juego caprichoso,
esa histérica fijación identitaria,
tan moderna y atractiva,
parece no agotarse ni sorprender
a nadie,
ni siquiera al mismísimo gato.

El no tiene la culpa de que las personas no puedan lamer sus propios genitales.

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