jueves, 22 de octubre de 2015

el joven kraut y su compañera.




El joven kraut y su compañera
me reciben con una fría inclinación
en la fría mañana rionegrina.

Una vez tramitada esta primera, breve y última interacción
deciden no involucrarse conmigo,
no importa que seamos los únicos tres turistas en toda la ciudad,
los dos se llaman a silencio
y esta resolución
se sostiene a lo largo de las dos horas y media que dura nuestra espera
hasta que llega la empleada municipal,
saluda
abre la oficina de turismo
y nos explica
qué, dónde y más o menos por cuánto
se puede hacer en Viedma.

En el mientras tanto,
él se entretiene ejecutando melodías plañideras en su ukelele,
de a ratos le dedica unas miradas a su compañera, lo hace
mecánicamente, lo hace
con aburrimiento, con desapego, con resignación,
miradas que a ella parecen no incomodar,
que no la interrumpen:
arrancando pastos que deja caer en un tibio montón sobre su regazo;
acomodando oleadas tras oleadas de pelo rubio detrás de las orejas;
acariciando piernas de una firmeza interminablemente hipnótica,
que tiene su nacimiento en un par de zoquetes blancos
acunados en flamantes botas de montaña.

Las horas pasan y yo los miro,
con escaso o relativo disimulo,
y así descubro y entiendo y me asqueo
con el acuerdo implícito que los desune,
con la ingrata, disparatada y cruel distancia que fijan entre sus cuerpos.

No entiendo a los botches,
los desapruebo como el buen propietario de un alma piojosa que soy.

Ese soy yo:
estudiando y prejuzgando y condenando a un extraño,
cuando yo mismo
acabo de poner setecientos noventa y nueve kilómetros
entre mi persona y la persona que me ama,
cuando ni siquiera puedo dedicarle una mirada,
ni de las indiferentes ni de las encendidas,
cuando no puedo obsequiarle ni un par de acordes en el ukelele,
ni en ese momento,
ni en ninguno otro momento que venga después.


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