domingo, 4 de octubre de 2015

mucho en qué pensar y tiempo para hacerlo.




Porque ninguna distancia es mucha si cerramos los ojos
y porque no es tanto lo que puede hacerse en la cama de un hospital,
dedicó las horas del postoperatorio a proyectar su futuro;
diseñando escenarios posibles para el mañana,
programando todo lo que haría ese verano:
los lazos que reanudaría, las promesas que rompería y la carga
que planeaba ir dejando atrás conforme pasaran los días.

Tanto tiempo escapándose, al fin tocaba detenerse y preguntar:

¿Quiénes fueron los convidados a su última cena,
quiénes fijaron el precio de su vida,
quiénes lo detuvieron, lo apresaron, lo condenaron,
quiénes lavaron sus manos de toda responsabilidad,
quiénes aportaron clavos y maderas para su cruz,
quiénes se conmovieron frente a su calvario,
quiénes permanecieron indiferentes ante su caída,
quiénes cubrieron de injurias su nombre,
quiénes negaron haberlo conocido y quiénes,
quienes esperan hoy su resurrección?

Y más
aún:

¿Quiénes apretaron su mano antes de entrar al quirófano,
quiénes le dijeron que todo iba a salir bien,
quiénes lo acompañan ahora
mientras las dolorosas,
extenuantes
y fatídicas horas de internación
transcurren con suma lentitud, apenas interrumpidas
por enfermeras que asisten a comprobar signos vitales,
por médicos que depositan escapismo bajo su lengua
y por madres que prometen,
que prometen y que prometen
que ya pasó lo peor, que pronto volvemos a casa?

Rechazó de lleno la tentativa
de ubicar nombres y caras hasta ese momento incondicionales,
de situar a sus propietarios en marcos de calma y desinterés
mientras él resurgía desde el fondo de la tumba,
rehabilitando un viejo sueño fisurado,
retomando pulsaciones en suspenso,
compartiendo, con las pocas y ocasionales visitas,
silencios, congoja y esperanza.

Comprobó que Hemingway mentía,
que las noches que se pasan en un hospital carecen de romance
y aprovechó el momento a solas para abortar
cada ilusión atesorada,
para desconocer a cada persona tributaria de su devoción
y empujar cada busto de mármol contra el suelo,
y los sueños, que pudo haber tenido hasta entonces,
los fugó por la ventana que daba al patio,
los dejó a la deriva en el nosocomio.

Comprendió, ya entrada la madrugada,
que no podía seguir evadiéndose,
que esta vez iba en serio,
que ni siquiera era cuestión de vérselas
cara a cara con aquellos dramas que lo sometían,
que se trataba de algo más sencillo,
más fácil de hacer si no lo pensaba:
de quitarse el peso de las miradas clavadas en su espalda,
de olvidarse que una parte de la ciudad era suya para andar y la otra no,
de romper los tratados que él mismo había acordado en pomposa ceremonia
entre su orgullo y su debilidad;
simplemente dejar de buscar,
sacarse el moño de la cabeza y empezar a vivir,
dirigirse hacia donde percibiera lo esperaba la felicidad,
al menos ahora sabía dónde no encontrarla, sabía
quiénes no la tenían.

Ahora,
con cuatro tornillos reforzando su rodilla,
¿Quién podría doblegarlo?

Ahora,
conocedor de auténticos dolores,
¿Quién podría lastimarlo?

Ahora,
dueño del curso que tomarán los días por venir
y de una sólida determinación
de no querer volver el tiempo atrás,
¿Quién podría entorpecer su voluntad?

Mañana tendrá que aprender a caminar desde cero,
pronto estará dando el primer paso hacia una vida nueva.

No hay comentarios:

Publicar un comentario