sábado, 5 de diciembre de 2015

el interprete cabal.






La fuerza del hábito permitía a Camilo bajar por las escaleras mucho tiempo antes de estar despierto,
en realidad,
la fuerza del hábito era tan fuerte en él que le permitía:
salir de la pensión,
pedalear hasta el trabajo,
trabajar,
odiar a
(la falta de entusiasmo por los libros en el escaparate de)
sus empleadores,
pedalear de vuelta a la pensión,
comprar facturas en la panadería frente al hospital,
tomar un café
y realizar tantísimas otras actividades mucho tiempo antes de estar despierto
pero la mañana del duelo,
los acontecimientos lo precipitaron inmediatamente hacia la lucidez de todas sus facultades,
una tensión dramática flotaba en el comedor
anunciando la ebullición próxima de un desenlace.

Apenas ayer adoptado de las calles,
el gatito de Camilo miraba a través de la ventana como quien se descubre a sí mismo en la mira del cazador.

Al otro lado del vidrio,
un par de gatos veteranos deambulaban maliciosamente sobre la medianera,
se comportaban como partes de un todo
y no parecían dados a sociabilizar con desconocidos,
el más grande y mugriento de todos no apartaba la vista del visitante.

Camilo miró a su huésped,
percibió qué tan profunda era su incomodidad,
distinguió con claridad la amenaza pendiente sobre su pellejo,
fue partícipe de sus miedos,
acolito de las inquietudes que lo carcomían
y así fue como comprendió
los irrevocables mandatos que determinan  
cuántos son multitud en el reino de los gatos

Dejó una ventana abierta y se fue a trabajar
ya extrañando para siempre al recién llegado.

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