domingo, 31 de enero de 2016

mientras todos los hogares se desmoronaban.





todavía puedo escucharlos cantar,
extraviados en la jungla berissense,
en algún remoto cañadón montaraz
junto a los canales de lecho turbio y aguas mansas,
entre nubes de mosquitos y pesadas volutas de humo que se elevan desde el fuego
como plañideros fantasmas grises que se arrastran por el suelo,
los niños que fuimos se resisten al olvido,
expanden sus libertades bien lejos del mundo adulto
riéndose de lo rápido que pasan los días, cantando sobre hazañas precoces
recreando incesantemente la más feliz de las escenas:
tiran clavados, se salpican, juegan a ahogarse,
aplican todo su ingenio al fino arte de ensuciar nombres de madres y hermanas,
desafían los tentáculos que desvanecen la claridad,
el espiral de calendarios deshojados que amenaza con manotearlos hacia el fondo,
la sombra de confusión que se cierne sobre ellos y ese episodio.

el tiempo no ha pasado para ellos
no hay ataduras que los condicionen,
no hay impedimentos que demoren la sonrisa,
la piel no retiene dolencia alguna,
la muerte no los nombra, no se atreve,
ningún destino les anda a la zaga,
ninguna culpa les pertenece,
todavía puedo escucharlos cantar,
extraviados en el monte berissense,
en alguna tarde de sábado que zafó del embargo,
mientras todos los hogares se desmoronaban,
mientras la alegría de nuestras familias se hundía irremediablemente en la crisis.

viernes, 29 de enero de 2016

la noche está como para unas diez tazas de té.





Paranoia dejáme tranquilo,
no sabés cuánto teatro me costó llegar hasta este momento,
no sabés a cuántos colegas mentí para no tener que presentarte,
no sabés que llegué arrastrándome hasta la puerta de casa esta noche
y que no fueron pocas las veces que me vi corriendo a la salida de emergencia.

No te escondás en la sombra, no me llamés dulcemente,
ponés anzuelos irresistibles para mi boca,
me hablás con voces prestadas, me hablás
de momentos que ya no existen,
de puertas que se han cerrado,
de llaves que ya no tengo,
de nudos que siguen tal y como fueron dejados,
nombrás placeres perdidos, reís,
reís un montón
pero no lo hacés conmigo.

Mandate a mudar, paranoia, que ya no sos bienvenida,
que ya no tengo lugar para vos entre mis cosas,
dejáme que recueste mi frágil humanidad contra la puerta,
dejáme que suspire cansado de no encontrar alivio,
porque la peor parte del día terminó y ahora empieza la peor parte de la noche,
pronto la piedad de los ángeles descenderá sobre mí,
ellos saben que hago lo que puedo y que vuelvo a equivocarme, conocen de mi debilidad por buscar abrigo en la cenizas.

Me paro frente al monitor y su ventana no se abre,
miro el celular y su mensaje nunca llega,
busco entre la gente su mirada y no aparece,
todo es una falsa alarma,
un simulacro tras otro,
un gasto de energías que no me andarían sobrando.

Hoy voy a ver cómo hago para bajar esta ansiedad,
para disipar esta duda que me embrutece,
a lo mejor invento una excusa para cruzarla en mi camino,
a lo mejor me acuesto y mañana despierto en otro mundo,
a lo mejor con diez tazas me alcanza para disolver este problema.

Uno, dos y tres:
entero el día me lo pasé recordando.

Cuatro, cinco y seis:
el tiempo que pasa no me hace olvidar.

Siete, ocho y nueve:
respiro tu nombre, lo llevo en los labios.

Diez tazas de té bajaron por mi garganta:
besé hasta tus lágrimas pero igual me dejaste.

martes, 26 de enero de 2016

final sin despedida.




La mañana reveló como evidente
 lo que hasta anoche fuera no más que una indeseable sospecha,
anduve revisitando los últimos intercambios de nuestra correspondencia telefónica
y percibí cierta rigidez circunspecta en la brevedad de tus expresiones,
no tanto en la negativa, pobremente argumentada,
a dar uno de nuestros frecuentes paseos nocturnos,
si no más bien en la falta de "te quiero" y "me gustás"
que eran hasta entonces una práctica habitual de tu parte
y que yo recibía como una emocionante marca de territorio

Cuando me fui a dormir, lo hice con ganas de preguntarte si algo andaba mal,
cuando desperté fue sólo para descubrir que ya todo estaba dicho.

En mi vereda el viento desnuda a los árboles,
remueve aquello que se ha marchitado y deshoja las malas noticias del diario,
la pava me silba desde la hornalla, las tostadas quemadas reclaman atención
pero yo estoy en otro viaje: hoy desayuno malas noticias,
hoy desayuno la no pertenecía a tu lista de amigos,
hoy desayuno que el muro se ha cerrado ante mis ojos,
que ya no tengo acceso a ese mundo de fotos, canciones y likes,
ese mundo que hasta ayer fuera la continuidad de otro mundo
que giraba,
pequeño y feliz,
entre besos clandestinos, mordiscos incendiarios y fricciones corporales,
ahora ese mundo se viene abajo y yo me hundo junto con él.

A este día
todavía le quedan unas quince horas más para intensificar y potenciar la desazón,
si logro llegar entero al momento en que el sol se esconde tras los edificios céntricos, si no me desarmo,
si atravieso la jornada resistiendo la tentación de exponerle a cualquiera las impresiones que saco de tu conducta,
si no me dedico empedernidamente a idear cientos de formas de reparar lo que no está roto,
sabré que acomodar el golpe será posible algún día.

En la vereda el viento desnuda a los árboles,
remueve aquello que se ha marchitado y deshoja las malas noticias del diario,
la pava me silba desde la hornalla, las tostadas quemadas reclaman atención
pero yo estoy en otro viaje: hoy desayuné malas noticias
y es raro

todo parece indicar que es el final de algo,
sólo que no sé bien de qué.