domingo, 31 de enero de 2016

mientras todos los hogares se desmoronaban.





todavía puedo escucharlos cantar,
extraviados en la jungla berissense,
en algún remoto cañadón montaraz
junto a los canales de lecho turbio y aguas mansas,
entre nubes de mosquitos y pesadas volutas de humo que se elevan desde el fuego
como plañideros fantasmas grises que se arrastran por el suelo,
los niños que fuimos se resisten al olvido,
expanden sus libertades bien lejos del mundo adulto
riéndose de lo rápido que pasan los días, cantando sobre hazañas precoces
recreando incesantemente la más feliz de las escenas:
tiran clavados, se salpican, juegan a ahogarse,
aplican todo su ingenio al fino arte de ensuciar nombres de madres y hermanas,
desafían los tentáculos que desvanecen la claridad,
el espiral de calendarios deshojados que amenaza con manotearlos hacia el fondo,
la sombra de confusión que se cierne sobre ellos y ese episodio.

el tiempo no ha pasado para ellos
no hay ataduras que los condicionen,
no hay impedimentos que demoren la sonrisa,
la piel no retiene dolencia alguna,
la muerte no los nombra, no se atreve,
ningún destino les anda a la zaga,
ninguna culpa les pertenece,
todavía puedo escucharlos cantar,
extraviados en el monte berissense,
en alguna tarde de sábado que zafó del embargo,
mientras todos los hogares se desmoronaban,
mientras la alegría de nuestras familias se hundía irremediablemente en la crisis.

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