sábado, 27 de febrero de 2016

el preguntón.





Cuando los intervalos amatorios te lleven a abaratar la exigencia,
mucho deberás cuidarte de aquel amante preguntón,
ese querrá saber si "te gusta"
y no tendrá reparos en introducir la cuestión
mientras la plenitud del asunto se aproxima,
susurrando sobre tu espalda el interrogatorio jadeante.

Ese bostezará si no lo afirmas, 
mermará en sus embates
hasta escuchar consentido su capricho, entonces
dictará enunciados soeces que habrás de replicarle como propios,
te opacará el momento con su egofagia.

Ese nada estará entregando,
nunca son ecuánimes los términos de su propuesta,
considerará cada encuentro poco menos que un favor benévolo,
una mera práctica,
puesto que no le ha llegado aún
la ocasión de penetrarse a sí mismo
y así dar por satisfecho
su autentico,
inconfeso
deseo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

ella, esa vez.




Ese verano no se deja olvidar,
vuelve cada vez que ando por Siete
entre Italia y Olazábal, entre Olazábal y Treinta y dos,
ella le cuidaba la casa a una amiga y me invitaba casi todos los días,
también invitaba a otros amigos y amigas
pero a mi
–que tenía otras intenciones proyectadas sobre su compañía–
la invitación se me antojaba con aires de exclusividad,
con una secreta intención de quedarnos accidental
y finalmente a solas
para juntos borrar ese estúpido limite de amistad
que impedía a nuestros labios trenzarse con desaforo.

Sentí confirmarse mi teoría
cierta ocasión que me tocó hacer mandados de última hora,
sólo faltaban las benditas aceitunas para legitimar las pizzas del piberío:
–¿Te acompaño? –me preguntó saltando en mi auxilio
y cada parte de mi torpe anatomía quiso festejar la propuesta
pero fue mi boca la que soltó un pillo y desinteresado "dale",
mientras salíamos, alguien alcanzó a gritarnos que también faltaban servilletas.

Torcimos la esquina y echamos a andar hacia la avenida
esquivando las baldosas flojas que afloran siempre tras la lluvia;
encumbrándome como un campeón en la cima de la pelotudez
le pregunté con quién iba a pasar las fiestas.
No lo sabía todavía, no quería pasarlas en su casa,
quería pasarlas acá, en esta otra casa,
en esta casa momentáneamente nuestra
y quería que el verano durase por siempre
y yo también quise lo mismo,
sólo que no tuve el arrojo de verbalizarlo.

El almacén era un diminuto local, pobremente iluminado y con la 92 al palo 24/7,
una góndola en el centro reducía aún más el ya de por sí limitado espacio,
mirándonos a través de ella, deliberábamos:
cuál llevar, cuáles te gustan, te gustan las rellenas fue su respuesta,
"si, no sé, llevamos esas querés",
"llevá las que quieras" delegó, dando por finalizado el análisis de las olivas,
llevé las rellenas que intuí como las que a ella le gustaban.
–¿Falta algo más? –consultó en el mostrador.
–Faltan las servillas –le apunté con orgullo vanidoso.
–Posta, te acordaste, tenés buena memoria –dijo sonriendo
y ese comentario
favorable,
inopinado,
espontaneo
y nada relevante
yo lo recibí como si fuera la primera gota anunciando la proximidad de la tormenta,
la tormenta nuestra que pondría fin a la aridez entre nosotros.

Todavía me acuerdo de ese día
y de todos los otros días que le siguieron a ese
y de cómo el verano pareció derrumbarse unos días antes de las fiestas
cuando ella volvió a casa de sus padres,
todavía me acuerdo de las aceitunas
y de lo hermosamente perfecta que lucía su cara al otro lado de la góndola
y de la odiosa y minúscula distancia que había entre nuestros cuerpos a la vuelta
y de cómo ponía mucho cuidado en mantener intacta esa distancia,
en evitar el roce,
temía lo que un roce pudiera provocar
y de cómo no sabía
y cómo aún no sé
quién de los dos marcaba y borraba esa distancia
que parecía acortarse a cada paso.

Todavía me acuerdo de cómo se sentía cargar un amor secreto en el pecho,
tengo,
como bien lo había señalado ella, esa vez,
buena memoria,
una memoria de los mil carajos.

sábado, 20 de febrero de 2016

los memoriosos zapatos del energúmeno.




La culpa de todo la tienen estos zapatos,
son ellos los indómitos,
los resentidos,
los desesperados,
son ellos que no aceptan la ruptura,
no entienden que la paz es más fuerte que el amor,
no se adaptan a la distancia que nos cuida,
insisten en llevarme hasta su casa todos los días,
apuran cuando ella se va, atrasan cuando aún no se ha ido,
son un par de zapatos jodidamente memoriosos:
nunca olvidan el camino,
nunca olvidan los horarios,
nunca olvidan los estremecimientos que me sacudieron ahí dentro,
nunca olvidan que fueron preámbulo a la caída de los pantalones,
el escalón previo al inicio de algo fuerte;
mis zapatos no quieren entrar en razón,
yo les hablo pero ellos no escuchan,
les pido que lo dejen ir, que se rescaten,
que acomoden la pena donde no lastime,
que desanden el camino y se vuelvan
pero ustedes no saben lo necios que pueden ser estos zapatos,
ya es muy tarde para entrar en razones,
los zapatos me están metiendo por la ventana,
todo lo que necesitan está ahí adentro
esperándolos todo el tiempo,
llamándolos todo el tiempo,
apartándolos de la buena senda,
llevándonos tras líneas enemigas.

Ojo, que las manos también son culpables,
ellas no consienten el frío,
no se acostumbran al desuso,
quieren lo que no pueden tener
y ahí van:
tocando todo lo que encuentran a su paso,
recorriendo el marco de la puerta que se la lleva y la trae,
acariciando el espejo que bebe de su figura,
dibujando retorcidas posturas sobre la cama deshecha,
levantando prendas del suelo,
adivinado de qué forma llegaron ahí,
sumergiendo dedos en la taza donde lava sus pinceles,
acercando sensaciones a la nariz y a la boca,
abriendo y tocando la caja de pinturitas,
pensando que un día lejano
estos zapatos me llevaron a comprarlas cerca de plaza Italia
y que estas manos se lo entregaron a las de ella
en su cumpleaños, cuando todavía era bienvenido puertas adentro;
toqueteo las paredes, las fotos que cuelgan de ellas,
la cara, lo labios, las piernas de los fotografiados
me arremolino de placer entre los recuerdos que me fueron vedados,
me hundo profunda y perdidamente en el éxtasis de los sentidos
hasta que escucho la llave girando en la puerta,
veloces, los zapatos me sacan por la ventana,
me escabullo en la noche como el más vulgar de los ladrones,
un despavorido energúmeno corriendo bajo la lluvia por callejuelas secundarias,
embarrando mis memoriosos zapatos,
tropezando con charcos de agua sucia,
esquivando perros y bolsas de basura,
vuelvo a mi escondite amparado por degeneradas sombras de la noche,
preguntándome:
por qué negar a tu creación, madre,
te pido
lo que siempre te di y nadie me ha ofrecido en este mundo
un poco, tan sólo un poco, de comprensión
a falta de una segunda oportunidad,
que no merezco,
que no tenés,
que ya no hay.