miércoles, 24 de febrero de 2016

ella, esa vez.




Ese verano no se deja olvidar,
vuelve cada vez que ando por Siete
entre Italia y Olazábal, entre Olazábal y Treinta y dos,
ella le cuidaba la casa a una amiga y me invitaba casi todos los días,
también invitaba a otros amigos y amigas
pero a mi
–que tenía otras intenciones proyectadas sobre su compañía–
la invitación se me antojaba con aires de exclusividad,
con una secreta intención de quedarnos accidental
y finalmente a solas
para juntos borrar ese estúpido limite de amistad
que impedía a nuestros labios trenzarse con desaforo.

Sentí confirmarse mi teoría
cierta ocasión que me tocó hacer mandados de última hora,
sólo faltaban las benditas aceitunas para legitimar las pizzas del piberío:
–¿Te acompaño? –me preguntó saltando en mi auxilio
y cada parte de mi torpe anatomía quiso festejar la propuesta
pero fue mi boca la que soltó un pillo y desinteresado "dale",
mientras salíamos, alguien alcanzó a gritarnos que también faltaban servilletas.

Torcimos la esquina y echamos a andar hacia la avenida
esquivando las baldosas flojas que afloran siempre tras la lluvia;
encumbrándome como un campeón en la cima de la pelotudez
le pregunté con quién iba a pasar las fiestas.
No lo sabía todavía, no quería pasarlas en su casa,
quería pasarlas acá, en esta otra casa,
en esta casa momentáneamente nuestra
y quería que el verano durase por siempre
y yo también quise lo mismo,
sólo que no tuve el arrojo de verbalizarlo.

El almacén era un diminuto local, pobremente iluminado y con la 92 al palo 24/7,
una góndola en el centro reducía aún más el ya de por sí limitado espacio,
mirándonos a través de ella, deliberábamos:
cuál llevar, cuáles te gustan, te gustan las rellenas fue su respuesta,
"si, no sé, llevamos esas querés",
"llevá las que quieras" delegó, dando por finalizado el análisis de las olivas,
llevé las rellenas que intuí como las que a ella le gustaban.
–¿Falta algo más? –consultó en el mostrador.
–Faltan las servillas –le apunté con orgullo vanidoso.
–Posta, te acordaste, tenés buena memoria –dijo sonriendo
y ese comentario
favorable,
inopinado,
espontaneo
y nada relevante
yo lo recibí como si fuera la primera gota anunciando la proximidad de la tormenta,
la tormenta nuestra que pondría fin a la aridez entre nosotros.

Todavía me acuerdo de ese día
y de todos los otros días que le siguieron a ese
y de cómo el verano pareció derrumbarse unos días antes de las fiestas
cuando ella volvió a casa de sus padres,
todavía me acuerdo de las aceitunas
y de lo hermosamente perfecta que lucía su cara al otro lado de la góndola
y de la odiosa y minúscula distancia que había entre nuestros cuerpos a la vuelta
y de cómo ponía mucho cuidado en mantener intacta esa distancia,
en evitar el roce,
temía lo que un roce pudiera provocar
y de cómo no sabía
y cómo aún no sé
quién de los dos marcaba y borraba esa distancia
que parecía acortarse a cada paso.

Todavía me acuerdo de cómo se sentía cargar un amor secreto en el pecho,
tengo,
como bien lo había señalado ella, esa vez,
buena memoria,
una memoria de los mil carajos.

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